martes, 23 de julio de 2019

El hijo de King Kong



Novela humorística (en proceso): Los dilemas de Alberto Zé

Nota: Alberto Zé, el protagonista de la novela, es un escritor solitario que vive en el pueblo ficticio de San Expedito. El texto a continuación es un extracto de un capitulo donde el personaje se encuentra con una vieja amiga. La vida de Alberto no es fácil. Si algo no le faltan, son los enredos.

El hijo de King Kong

No me quedó otra que adaptarme a las nuevas circunstancias. Afortunadamente, siempre llevo un libro conmigo. Entonces, me dirigí al Café Sentimiento para tomarme algo. El lugar estaba abierto. ¡Tranquilidad, por fin!  Ahora podía seguir con mis asuntos como de costumbre.

-Alberto, finalmente. ¡Qué grata sorpresa! - Escuché a lo lejos.

-Hola, bella dama. ¡Qué placer encontrármela por aquí!- Contesté yo al saludo.

Exactamente, era Susana Echeverría, una vieja amiga que tenía mucho tiempo sin ver y que conocí en El Teatro  San Expedito varios años atrás. Susana era actriz. Tenía la figura de una Audrey Hepburn y la suerte amorosa de una Marilyn Moore. De su amistad, conservaba  un  buen recuerdo. En algún punto y no sé por qué, perdimos el contacto. Pero sí. Extrañamente, me alegre de verla. ¿Qué podría pasar? Eso lo pensé con gran ingenuidad. Poco podía anticipar entonces los enredos que vendrían. Y pensar que todo comenzó con una inocente conversación.

-Siéntate conmigo y ordenemos algo. ¿Te parece? ¿Pedimos algo clásico o algo un poco más atrevido?- Le dije amablemente.

- Sí, me gustaría. Necesito distraerme un poco. ¿Sabes? Hoy no estoy para dietas- Ella respondió sonriente, pero con un largo suspiro.

-Algo atrevido será entonces. Pediremos una enorme torta de chocolate. Aquí sirven una divina- Agregué galantemente y con una sonrisa de oreja a oreja.

Ordené la torta y hablamos un poco. Los primeros temas fueron ligeros. Un poco de teatro. Un poco del ayer. De aquella época cuando nos conocimos. Todo fluía a buen ritmo y el ambiente era estupendo. Pero luego entramos en materias más densas.

-Alberto, ¿sabes? Me casé. Y ahora tengo un hijo. Un niño. Pero estoy pensado en el divorcio.  No soy feliz con mi marido. Ayer tuvimos una pelea terrible. Ya no aguanto más esta situación- Me confesó con una profunda tristeza. 

-¡Ay caray! Lo siento mucho. Yo no sabía nada. ¿Y con quién te casaste?- Pregunté yo de indiscreto.

-Con Ignacio. Ignacio Negrete. ¿Lo conoces? ¿Verdad?- Me susurró  al oído aquel ser encantador.

-Sí, me parece que sí. Creo tener una idea.- Le dije serenamente. Pero claro que conocía a la bestia.

-¿Y por qué el divorcio? ¿Acaso no se la llevan bien? ¿Diferencias de caracteres, tal vez? – Proseguí fingiendo inocencia como un idiota.

-Un poco. Bueno, el hombre es un demonio. ¡Oh, Alberto!  Yo lo  amo tanto. En realidad, sí lo amo, pero ya no puedo vivir con él.- Me confesó con los ojos empañados aquella linda damisela, víctima de aquel troglodita.

Lo que puedo muy bien ser una nueva versión de la Bella y la Bestia, resultó ser otra película más de King Kong. El protagonista en este caso no era un príncipe bajo un hechizo. Nada que ver, por desgracia.  No tenía ni castillo, ni mucho menos una biblioteca. Nada de eso. Era King Kong enfurecido en plena ciudad de Nueva York escalando el edificio Empire State con una bella mujer en sus manos de torpe primate. Un verdadero desastre de gigantescas dimensiones.

-No puede ser tan grave. De pronto, se puede encontrar una solución conversando. Hablando se entiende la gente, ¿no? –Añadí yo tontamente. ¡Mentira! Era el apocalipsis unido con el ataque de los zombis, pero me contuve.

-No, es inútil. Lo he intentado muchísimas veces. Siempre me insulta y me trata muy mal. Me dice que yo soy nadie sin él.  Y cada vez es peor. Mi vida es un infierno, Alberto. Siento que no valgo nada.-Y terminó de explicar su drama moderno con lágrimas desbordadas. 

Y siguió con su relato trágico- Al principio, me deje seducir por su fuerza varonil. Después de todo, Ignacio es un hombre importante. Tal vez sea el próximo alcalde. Él es un hombre decidido y de acción. Nadie lo puede negar. Las mujeres lo buscan mucho. ¿Sabes? Yo me sentía muy protegida con él. No era un tonto como otros. Pero luego comenzaron los problemas. No sé qué pasó. Y al poco tiempo, vino el embarazo-

Obviamente y como le pasa a muchas mujeres, Susana aún no había superado el paleolítico. La herencia de cavernícola todavía pesaba en su código genético. En este caso, la culpa la tenía la biología, no ella. Lamentablemente, estos más diez miles años de civilización  parecen haber pasado en vano. El problema es que ya no vivimos en la Edad de Piedra. Sin embargo, todavía existen muchas mujeres  buscando a alguien que  las defienda de los tigres. Y al no haber tigres, el cavernícola acaba por desquitarse con ellas.  Al principio,  ellas viven de la ilusión de poder dominar a  su simio antropomorfo, pero eso casi nunca sucede. Desafortunadamente, pocos son los hombres de este tipo, del tipo  bruto y  vernáculo,   que logran reformarse con éxito. Las probabilidades de civilizar a la fiera son casi nulas. La más seguro es que la mujer  termine en sus fauces por estar de redentora.

Por supuesto, que cuando a la mujer se le activa su herencia cavernícola, no hay razonamiento que valga. Entra en un estado permanente de hipnosis. Abandona todo buen juicio para entregarse completamente a los abrazos de su gorila caza tigres. Luego, cuando la hipnosis pasa es que se da cuenta que está viviendo con simiolón en persona y hasta hijos tiene con él. Finalmente,  se pregunta: ¿Por qué a mí? Claro, no recuerda nada. Ella estaba en estado de profunda hipnosis.

-Bueno, de pronto es cierto. El divorcio podría ser una opción a considerar. Cuando las cosas no funcionan, no funcionan. En muchos casos, lo mejor es una separación. Hay que pensar en el bienestar del niño – Dije en tono de gurú de la autoayuda y queriendo que llegarán los extraterrestres para salir de este planeta.



Sí, el asunto del niño era delicado. De hecho, ellos, con las mejores intenciones, tomaron todas las previsiones necesarias para evitar una eventual llegada de la cigüeña. Sin embargo, Saturno ha debido estar ascendente en su carta natal, porque resulta ser que en el calor de aquella batalla al hombre desafortunadamente se le rompió el sombrero. Sí, en esa oportunidad, mientras él estaba podando  el césped de su jardín, la puerta de la jaula cedió  y se escaparon las  golondrinas.   Por ende, cinco minutos de emoción terminaron convirtiéndose en nueve meses de hinchazón. Ahora ahí quedó esa gran responsabilidad. No debe ser fácil para una mujer tener que criar al hijo de King Kong.

-Alberto. Le temo a la soledad. No quiero estar sola. Una mujer soltera con un hijo pequeño no tiene muchas opciones. Y, además,  aquí en este pueblo, no hay hombres. Bueno, también es que no me gusta nadie. Tengo dudas, Alberto. No lo puedo dejar, pero, al mismo tiempo, no me puede quedar a su lado - Y con sus palabras, las servilletas volaron al viento.

 -Ciertamente, es una situación difícil.  No lo dudo. Pero tengamos fe. Probablemente todo será para mejor. Tú eras una mujer bella y sumamente agradable. Ignacio se arrepentirá de lo que perdió y lamentará no haberte valorado. Tienes todo un futuro por adelante. Seguro que sí- Le comente eso para darle ánimos y terminé mi café de golpe.

Después de escucharme, ella bajó la mirada lentamente.  Tomó con su cucharita un  poco de pastel, y se perdió en sus pensamientos. Era un poco las dudas. Era un poco el miedo. Pero también había en ella algo de esperanza. Sé que mis palabras la consolaron.

Esa mañana nos despedimos, pero quedamos en vernos nuevamente. El cielo de pronto se llenó de nubes grises y tuvimos que partir. Pague la cuenta y me fui al hotel para almorzar.

Me quedé muy pensativo con todo aquello. Sin embargo, mi día retomó a su curso habitual. Aquella tarde se me fue  escribiendo. De hecho, todo iba genial. Pero la tranquilidad duró muy poco, porque  esa noche recibí un mensaje muy inquietante en mi celular. Era un mensaje de Susana. No me lo esperaba. Todo indicaba que el asunto empezaba a complicarse.

Este fue el mensaje de texto que recibí:

 “Alberto, tenemos que hablar. Es urgente. Creo que encontré la solución a mis problemas. Pero te necesito. Es arriesgado, pero hay que hacerlo.  Tú eres mi salvación. ¿Mañana en el café?  Es un  asunto de vida o muerte“

¡Rayos!

Gustavo Godoy

lunes, 15 de julio de 2019

El amor platónico de Alberto



Novela humorística (en proceso): Los dilemas de Alberto Zé

Nota: Alberto Zé, el protagonista de la novela, es un escritor solitario que vive en el pueblo ficticio de San Expedito. El texto a continuación es un extracto de un capitulo donde el personaje nos relata parte de su complicada vida sentimental. La vida de Alberto no es fácil. Si algo no le faltan, son los enredos.

El amor platónico de Alberto:

Ah, pero sí me gusta alguien. Para terminar de enredar el asunto, y hacerlo más contradictorio. Aquí va mi secreto.  Aunque para efectos prácticos, esto no modifica en lo absoluto mi estado sentimental. Porque relación como tal no existe. Es decir, todo es pura ilusión.  Sin embargo, el hecho es que sí me gusta la dama, un ser hermosísimo.  ¿Y quién es esa mujer misteriosa que  desvela mis noches y no logro olvidar? Regina Santamaría, mi  amor imposible. La mujer de bella de mundo. Mi musa. Mi amor platónico e infinito.

Regina, mi musa, es lo que podría llamarse una mujer interesante. La dama es una mezcla de Anna Karenina con Elisabeth Bennet, especialmente diseñada para romper corazones. Más dura que una piñata de cemento, eso sí.  De esas que te desarman con solo su presencia. Es bonita, inteligente y bondadosa. Derrocha talento,  vitalidad y misterio. Una mujer fuera de serie. Tiene  la capacidad de enloquecer a cualquiera. Solo basta una mirada suya para convertir a un hombre normal  en un auténtico poeta. Es la manzana de mis ojos. Como ella, no hay.

 Hablar de mi musa sería una historia de nunca acabar. Pero sí les puedo contar que Regina no me corresponde. Soy letra de tango para su indiferente melodía. Simplemente, no da un medio por mí. Soy su gran admirador, pero a ella eso le importa tres peniques. ¿Por qué? No lo sé. Para mí siempre  ha sido un gran enigma.

Vamos, tampoco podemos decir que carezco totalmente de atributos. Por muy golpeado que  este, uno también goza de cierto encanto, cierta gracia. Analizamos la cosa por un segundo. Primero, tengo en términos generales un buen carácter. Por otra parte, no soy del todo malo de corazón. Hasta bonachón soy. Soy divertido, amable y cariñoso (cuando me lo propongo).  Soy educado, un tipo de principios, y de temperamento básicamente tranquilo. Físicamente, si bien, claro está, no soy un adonis, tampoco podemos decir que soy Freddy Krueger, el  de la película Pesadilla en la calle del infierno. Digamos que me encuentro en una banda promedio, con una leve tendencia hacia la alza. Mis finanzas no son espectaculares, pero, vamos, tampoco estamos en la indigencia. Lo suficiente como para vivir con relativa comodidad. Ciertamente, soy un sujeto con muchos defectos, pero también con sus virtudes.  Como todos, ni más, ni menos que nadie. Hablar  así, me sonroja un poco, lo confieso. No quiero parecer vanidoso ante ustedes. Francamente, no es mi intención.  Sin embargo, a veces, las cosas deben decirse como son. Vamos a estar claros. ¿O no?

Les menciono todo esto por lo siguiente: Se podría creer que en un mundo donde la mayoría de las mujeres solteras se la pasan quejándose a los cuatro vientos sobre la gran escasez de “hombres”, que un sujeto como yo podría por lo mínimo ser sometido a una consideración. No me refiero a una aprobación inmediata. No, pero sí a una evaluación general como posible candidato. Incluso hasta puesto a  prueba por un periodo. Una opción, por lo menos. Pero no. Uno en este caso se estaría equivocando de plano, porque en la lista de opciones de mi adorada y querida musa yo me ubico lamentablemente en los últimos peldaños. Solo por encima del abominable hombre de las nieves y el monstruo de la laguna negra. Y justo por debajo de Cuasimodo, el jorobado de Nostre Dame. Y eso es después del incendio. O sea, ustedes se imaginaran.

Para esa mujer, la mujer de mis sueños, yo soy peor que el tifus y la amibiasis. Me ve y se espanta. Como quien se topa con un fantasma a media noche. Sin embargo, yo soy un activo que ella tiene. Más que un mendigo pidiendo limosnas, me gustaría verme como una lotería que aún no se cobra. No cualquier mujer puede jactarse de decir que un hombre con mis encantos la quiere como toda su alma, y estaría dispuesto a darlo  todo por ella.   Ella no valora mi buen gusto, por supuesto. Pero  mi musa es tan bella y soñada que no tengo el corazón para condenarla por ese pequeño defecto en su juicio. Si le pasó a Dante, ¿por qué no me podría  pasar a mí? Claro que yo a ella no le exijo nada. Sus alas son suyas y el cielo es de nadie.  Regina es mi  amor imposible. Un amor eternamente   no correspondido. Una causa perdida. Algo que jamás se dará. Sin embargo, el valle es más verde cuando pienso en ella. Y lo hago todo el tiempo.   Estoy   locamente enamorado de mi bella musa. Podría conocer otras mujeres, pero Regina es la dueña indiscutible de mi corazón.


Gustavo Godoy