viernes, 27 de agosto de 2021

La verdad de las palabras



El texto por sí solo no revela el significado de las palabras. El texto es tan solo una superficie. Las palabras no siempre son el mensaje. Más importante que el texto es el subtexto. Porque, tanto en el arte como en la vida, lo que cuenta es la demostración. La vida es mejor vivirla como un teatro de mimos. Sin palabras, tendríamos que dramatizar nuestros sentimientos. Tendríamos que comunicarnos con gestos, detalles y acciones. Habría que representar nuestra relación con el mundo como si se tratara de un arte escénico. No es lo que digo. Es lo que hago. Son las acciones las que nos definen. 


El lenguaje es engañoso. Las palabras no siempre significan lo que significan. Porque existe algo llamado ironía. La palabra “nada” significa la ausencia de todo. Pero si nuestra pareja dice que no le pasa “nada” con clara expresión de enojo, obviamente, en ese contexto, la palabra “nada” no significa “nada”. En realidad, aquí “nada” significa “de todo”. El texto es “nada”, pero el subtexto es “todo”. Se podría decir que, si un texto dista mucho de su significado formal, estamos ante un texto rico en subtexto. Lo que implica que la palabra tiene múltiples dimensiones. Es decir, los actores no están hablando por sus narices. Y hay que ver más allá de lo evidente. Las comunicaciones más ricas son las que se descifran leyendo entre líneas. El texto es forma. El subtexto es intención. 


Hablamos por un momento de la palabra “gracias”. ¿Qué significa? Por lo general, es algo que comúnmente decimos cuando alguien hace algo por nosotros. Nos sentimos agradecidos por la deferencia. Digamos que es una expresión de aprecio hacia una persona que nos ha hecho un bien. Pero la palabra “gracias” también puede significar “aléjate de mí”. Si alguien nos ofrece un servicio no deseado podemos batir la cabeza y decir “gracias” como una forma de negación. En un instante, entenderán el mensaje. La palabra “gracias” también puede significar decepción. Después de un evento desafortunado, podemos decir “gracias” de modo irónico, sabiendo perfectamente que es una queja y no una expresión de satisfacción. Estamos retrasados para una cita importante y se produce un accidente en la vía. Se forma un tráfico gigantesco y, para colmo de males, comienza a llover. ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias a la vida que me ha dado tanto! En fin, el lenguaje no siempre es textual. 


Hablemos ahora de la palabra “amor”. “Te amo”, dice el joven ingenuo. “Gracias”, dice la muchacha. He aquí la historia de un amor no correspondido. Ese - te amo- seguramente se podría traducir como: Eres muy bonita y me gustaría conocerte más a fondo (sexo). Y ese –gracias- seguramente significa: aléjate de mí, perdedor, tengo pretendientes mejores. Esta breve escena es bastante simple en cuanto a su texto, pero bastante profunda en cuanto a su subtexto. Muy poco sucede en la superficie, pero en el subsuelo hay rayos y centellas.

 

El amor es acción, no sentimiento. Un –te amo- verdadero es en realidad un -te estoy cuidando-. Más acción que palabra. ¿Cómo podría demostrar el amor un mimo? ¿Cómo agradecería un mimo? ¿Recuerdan las historias de amor en el cine mudo? El acto de pronunciar palabras es sencillo. Lo difícil es plasmar la palabra en acción. El texto lo pronuncia cualquiera. Pero el texto revela su auténtico significado en el contexto de las acciones. 


Somos las decisiones que tomamos. Lo que hacemos.  ¿Aprecias a alguien? ¿Quieres a alguien? ¿Se lo dijiste o se lo demostraste? ¿Qué acción acompañó ese texto? En la Grecia Antigua, una persona se dirige a la casa de Demóstenes. “Estoy muy molesto”, le dijo el hombre en tono pausado. “No, no estás molesto en lo absoluto”, le respondió Demóstenes. “¿Qué?” “¿Cómo vas a decir eso?”, afirma indignado el hombre esta vez visiblemente bastante molesto. “Ah, ahora sí hablas como un hombre molesto”, recalcó Demóstenes. 


Lo que decimos normalmente proviene de nuestra mente consciente. Sin embargo, nuestros gestos, nuestras reacciones, y nuestras acciones concretas son más reveladores, porque suelen ser más sinceras. Los pequeños detalles suelen ser más elocuentes a la hora de describir la realidad, porque las palabras son baratas. Solo las palabras acompañadas de acción son palabras creíbles. ¿Agradecido? ¿Qué has hecho para hacer su vida más feliz? ¿Amas? ¿De qué manera estás cuidando a esa persona? ¿Cometiste un error? ¿Cómo estás enmendando la falta? ¿Tienes un sueño? ¿Qué pasos están dando hacia ese sueño? ¿Eres puro texto? ¿O tu vida tiene contenido?



Gustavo Godoy


Autodisciplina

 












domingo, 1 de agosto de 2021

Misión imposible. Una vida de película.

 



El fracaso es el infierno del hombre moderno. Ser tildado de “fracasado” es la peor de las condenas en un mundo de comparaciones. Nadie quiere ser un fracasado, porque todos evitan su compañía. Es un camino muy solitario y repleto de decepciones. Nadie lo quiere. Todos queremos obtener el éxito, porque el éxito es alabado por los demás. Es una validación. Todos queremos ganar, porque perder es demasiado común. Todos queremos sentirnos un éxito, porque el exitoso lo tiene todo. Pero, ¿qué es el éxito? ¿Para qué sirve? ¿Por qué es una meta tan deseada? 

En un principio, el éxito es lograr el primer puesto en una carrera. Es decir, el éxito es ganar la medalla de oro. En la práctica, sin embargo, el éxito es una estación mucho más ambigua e impermanente. En muchos sentidos, el éxito es una reputación. Una reputación que se construye con asociaciones y símbolos relevantes para un grupo social determinado. El éxito, entonces, es básicamente estética y geografía. 

¿Y el talento? ¿Y el trabajo duro? Me temo que no es un requisito necesario. El éxito no es una habilidad técnica. El éxito es estatus social. La forma y el lugar son más importantes que la capacidad. En otras palabras, el éxito sin validación social no es éxito. Supongamos que el mejor violinista del mundo, vestido de indigente, comienza a tocar su música en la calle. Más de uno va a subestimar su talento basándose en el contexto. Ahora supongamos que el mismo violinista toca la misma música en el Carnegie Hall de Nueva York. Más uno va a sobrestimar su talento basándose también en el contexto. En fin, el éxito es una forma de reputación. Depende mucho de la forma y el lugar. El talento, nos guste o no, es secundario en importancia. 

Un día, vamos a comprar un regalo de cumpleaños para un ser querido en una prestigiosa tienda de relojes de lujo. En la tienda, tenemos dos relojes en la exhibición. Ambos son muy parecidos en precio y aspecto. Y el tendero nos informa que la calidad es equivalente. Uno es fabricado en Suiza y el otro es fabricado en Somalia. ¿Cuál de los relojes escogería la persona promedio? 

El genio incomprendido fracasa con frecuencia por una incapacidad social. Es posible que se encuentre en un ambiente insensible a sus talentos o tenga serios problemas de comunicación. En ambos casos, carece de conexiones. O sea, carece de una red de apoyo. Está demasiado solo. El éxito es un lenguaje y un espacio. En consecuencia, el fracasado simplemente está en el lugar equivocado y hablando el idioma que no es. El fracaso es una forma de aislamiento. 

Ahora bien, hablamos del fracaso a un nivel más fundamental. Tenemos un deseo. Hacemos un plan para lograr lo deseado. Y, luego, después de mucho esfuerzo, fracasamos dramáticamente, porque el obstáculo resulta ser más grande de lo anticipado. Aquí tenemos la historia más esencial de todas: El hombre y su batalla contra el destino.

El efecto dramático de esta historia tan universal yace en la distancia entre la expectativa y el resultado. Deseamos algo con todo el corazón, pero las fuerzas antagónicas son demasiado grandes. El fracaso es lo ordinario para las personas con metas muy grandes. Las personas racionales normalmente se plantean metas alcanzables, porque es lo más razonable de hacer. Una historia extraordinaria es esencialmente irracional.

Los personajes muy sensatos no tienen acabado en la literatura o en el cine. La ficción necesita de grandes y imprácticas pasiones. Locos obsesionados dispuestos a arriesgarlo todo por un sueño imposible. Analizamos un deseo cotidiano a modo de ejemplo: Entrar a nuestra casa. En un día normal, todo marcha según lo esperado. Llegamos a nuestra casa y abrimos la puerta con la llave sin mayores inconvenientes. Es decir, nuestras expectativas se cumplen a la perfección. Obtenemos éxito, pero aquí no hay historia. En efecto, no hay nada que contar de verdadero interés. Tendremos una historia en la presencia de un conflicto. ¿Qué pasaría si la llave se rompe y no podemos entrar? Tenemos una historia, porque la normalidad se interrumpe. 

Un personaje sensato llamaría a un cerrajero para solventar el problema. El cerrajero llegaría, solventaría el problema y cobraría por su trabajo. No se perdería mucho. Un poco de tiempo y dinero, pero nada del otro mundo. Esa es la solución sensata. Técnicamente, tenemos una historia. Cierto que tendríamos algo que contar. Pero bien sabemos que no sería una historia muy interesante. Un personaje insensato, por otro lado, no llamaría a un cerrajero. Se subiría al techo y arriesgaría su vida tratando de entrar por la ventana del tercer piso. Se cae en la casa de al lado. Toma la moto de su vecino sin permiso. Y se estrella a toda velocidad derribando la puerta de entrada de su casa. Luego, ya adentro, en medio de la sala con un brazo roto, mira hacia la cocina y se da cuenta que la puerta del jardín estaba abierta. Resulta ser que había gente en la casa. Lo único que tenía que hacer para entrar era tocar el timbre. Aquí tenemos una historia.

La estructura clásica de una historia es: deseo, plan, fracaso, nuevo plan, nuevo fracaso. La clave de una buena historia es añadir un nivel superior de riesgo e insensatez a cada nuevo plan. La obsesión por un deseo y nuestra disposición a sacrificarnos por él no es una garantía de éxito en lo absoluto. Si la meta es el éxito, lo más inteligente es seguir el camino más sensato. Si nos planteamos expectativas sensatas, con un esfuerzo moderado, obtendremos seguramente el resultado esperado. El insensato no busca el éxito en realidad. El insensato simplemente persigue su pasión con toda su alma. Lo arriesga todo por un deseo. Se enfrenta a su destino con total imprudencia. No escucha razones. Vive con el corazón. Es probable que nunca alcance el éxito. Pero, sin lugar a dudas, tendrá una vida de película. 

Gustavo Godoy 

viernes, 9 de julio de 2021

Las distintas teorías del mundo


 Detrás de la gran comedia humana, yace un número incontable de historias. Y en cada historia se esconde un mensaje. Una teoría del mundo. ¿Qué es una historia? Es el relato de una transformación personal. ¿Qué es una historia? Una metáfora de la vida. Un microcosmos que busca contar las formas y maneras del mundo. Todos tenemos una narrativa muy particular encerrada en nuestra cabeza. Esa narrativa nos define. Nos guía. Nos impulsa. Y, en muchos casos, nos condena. En otros casos, nos libera. Pero nada es tan influyente en nuestra vida como la manera como contamos nuestras aventuras. ¿Quiénes somos? La vida es creación y recreación de una identidad.

Anna Karenina de Leo Tolstoi. Una historia de amor. Una mujer que lo tiene todo, pero lo pierde todo por una pasión. Esa es la historia de Anna que, a su vez, se contrasta con la historia de Kitty. Una joven que encuentra la felicidad mediante un amor comprensivo. Tolstoi, como buen moralista, con su ficción nos envía un mensaje muy claro: El amor triunfa sobre la pasión. No el amor como arrebato pasional. El amor como vehículo de la comprensión, la paciencia y la tolerancia. El amor maduro es el amor ideal.

Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Otra historia de amor. Elizabeth Bennett no siente amor por Darcy en su primer encuentro. De hecho, es una especie de rechazo a primera vista. La pareja no congenia en lo absoluto. Luego, después de muchos enredos y malentendidos, llega la realización: Darcy es un buen hombre y sus sentimientos son sinceros. En otras palabras, el amor triunfa cuando se logra superar el orgullo y el prejuicio. O, también, se podría decir que el desamor es una forma de ceguera. Para amar, hay que ver más allá de lo superficial y las conversiones. En cuanto al género romántico, un mensaje muy frecuente es la reivindicación del amor propio. Para que el amor triunfe, hay que tener amor propio.

Las aventuras de Sherlock Holmes por el escritor británico Sir Arthur Conan Doyle. Las aventuras de un peculiar detective que soluciona misterios con su aguda percepción. ¿Cuál es el mensaje aquí? El crimen no paga, porque el bueno es más inteligente que el malo. La novela negra invirtió la fórmula: El crimen sí paga, porque el malo es más poderoso. También tenemos al género de acción, por ejemplo. Las películas de Rambo. El mal no triunfa, porque el bueno es más violento. Las películas de Harry El Sucio y muchas películas de Arnold Schwarzenegger podrían entrar en esta categoría. ¿Las de Marvel? El malo pierde, si los buenos trabajan juntos. O los buenos ganan, si están dispuestos a sacrificarse por los demás. Rocky. Para ganar, hay que luchar.

Una historia es el relato de una transformación. Lo que también implica que hay una teoría del mundo inicial y una teoría del mundo final. La teoría y la contrateoría. El protagonista se encuentra estancado debido a una teoría del mundo inadecuada. Su error en juicio es la raíz de su infelicidad. Normalmente, es algo que pasó en el pasado que lo hace pensar así. Y se actúa según los pensamientos. El amor es pasión para Anna Karenina. La creencia en el amor a primera vista en el caso de Elizabeth Bennet. El pensar que un misterio es indescifrable en el caso de Holmes. El creer que el malo es demasiado poderoso para ser vencido en el caso del género de acción. En fin, las historias cambian cuando adoptamos una teoría del mundo mucho más ambiciosa. Es decir, el pasar la página y dar el paso. Dejar los pensamientos mediocres. Así nacen los héroes.

Para dejar de ser un personaje secundario en nuestra propia vida, hay que sanar las viejas heridas. Dejar la terquedad. Ver el mundo con nuevos ojos. Abrirse a otras posibilidades. Escribir una historia sin barreras. El cambio interno, en realidad, es un cambio de relato. Todo se traduce en lo siguiente: Podemos cambiar al mundo con nuestras acciones. ¿Cuál es el mensaje de nuestra historia?

Por último, es importante dejar la tontería. Lo primero que se te viene a la mente. Eso no es. Si no te valoran, ahí no es. No es la chica más bella. Es la chica más noble. No es el chico con más dinero. Es el chico con más valores. No es lo aparente o lo socialmente aceptado. Es lo más humano. No es lo más fácil o común. Es lo más justo. No es lo que todos creen. Es lo verdadero. Las mejores historias son las que se reescriben. De la tontería común a la inspiración de lo grande, se requiere un borrador y un nuevo comienzo.

Gustavo Godoy







El estudio

 


















viernes, 2 de julio de 2021

El extraordinario cotidiano



Afortunadamente, soy lo suficientemente viejo como para recordar que también éramos unos cretinos antes de Internet. La misma cosa, diferente siglo. Los modelos de los autos han cambiado. Pero me temo que la naturaleza humana aún mantiene su vigencia. El chismorreo de la plaza simplemente se mudó a las redes sociales, pero es básicamente el mismo desastre. Hoy tenemos al joven vegetariano, sexualmente fluido y políticamente correcto, fingiendo una supuesta autenticidad con un selfie. En aquella época, teníamos al amigo pretencioso, a la abuela casamentera y a unos padres con ínfulas de grandeza que querían que uno fuera doctor para impresionar al vecino. Muchas sandeces tuvimos que soportar por parte de una ignorancia que parecía no tener límites. También, como ahora, existían los amores prohibidos, las metas imposibles y las tragedias insufribles. El Facebook no inventó el mal gusto. El Instagram no inventó la ridiculez. Y, ciertamente, el WhatsApp no inventó la obscenidad. Antes, también, éramos unos depravados.  

Sin embargo, hay que reconocer lo evidente. Lo que vivimos de niños no nos preparó en lo absoluto para la vida que llevamos hoy. Esta vida es nueva. Los lugares son nuevos. Las creencias son nuevas. Y casi todo es nuevo. Lo único viejo son los recuerdos. Y, por supuesto, los deseos de ser feliz. La nostalgia nos acompaña. Pero también las ganas de vivir. Soñar siempre es costumbre. 

Uno de niño pensó (equivocadamente) que la solución a la vida era imitar a los padres. Pero ese mundo que fue, ya no es. Anteriormente, había una serie de reglas. Cosas que uno debía seguir. Había una escala de valores que iban de mejor a peor. Ahora queda muy poco de eso. Ahora todo es relativo y subjetivo. En antaño, uno era lo que la sociedad decía que uno era. Ahora es distinto. En muchos sentidos, el mundo de antes era más sencillo. El meollo de la identidad era menos complicado. Hoy no hay jerarquías de nada. Nada es feo, nada es malo, nada es fijo. Uno es quien dice que es. 

Todo está bien. Todo lo que hacemos está bien. Y lo que no hacemos también está bien. Se trata de algo que llamamos “aceptación”. Eso suena muy bonito, pero también implica que ya no tenemos una moralidad universal. Es decir, pocas cosas son las que realmente nos unen. Lo que predomina hoy son las tribus. Nuestra tribu siempre está en lo correcto. Nuestra tribu siempre es inocente. Lo malo son los demás. Lo malo es lo viejo, lo masculino y establecido. Las respuestas ya no yacen en la cultura. Las respuestas están en Youtube. 

¿Qué hacer ante semejante situación? ¿Cómo encauzar una vida en la era de la aceptación? ¿A qué aspiramos si todos están bien ? ¿Quiénes somos si ya no hay puntos de referencia? El mundo de hoy es tan extraño que abruma. Todo es bueno. Todo es malo. Y todo el mundo parece estar molesto por alguien. Todos tienen su propia teoría de conspiración. Con frecuencia, lo que provoca es hacerse el loco. Un vinito, buena música, y apaguemos la luz. Silencio, por favor. 

¿Qué hacer en medio de este complicado meollo? En este planeta de inmensa locura, yo diría que la solución es la pequeña acción valiente. Los pequeños heroísmos hacen la diferencia. Me refiero a vivir en afirmativo. A veces perdemos oportunidades por miedo a las heridas. Eso es malgastar la existencia. La pasividad en la vida debería ser evitada a toda costa. Debemos hacer que las cosas pasen. Dar el primer paso. Ver más allá de lo obvio. Tomar decisiones. Tener fe. Construir nuestro propio oasis de chocolates y flores. Darle un chance a los demás. Decir que sí. Entregarse a los momentos. Disfrutar con lentitud. Dejarse seducir. Y, sobre todo, ignorar los prejuicios. 

Con frecuencia, se deja de vivir, porque caemos víctimas del sobreanalisis. Si la nostalgia pesa, más pesa extrañar lo que nunca sucedió. Nos olvidamos que las cosas se construyen. Los momentos se crean. Y los amores se provocan. Nada cae del cielo. La felicidad se siembra. Lo cotidiano se hace extraordinario. La perfección es un viejo prejuicio. Lo mejor de la vida es absurdo. Las cosas con alma están hechas de fe. En fin, a veces hay que despeinarse. Abrir el champán y dar el salto. Héroes del mundo en el arte de vivir. 


Gustavo Godoy

sábado, 26 de junio de 2021

El país invisible de los exiliados

 


Para nadie es un secreto que la “hipergamia” es algo usual. Casi nadie lo quiere confesar. Pero la experiencia nos ha demostrado, de una u otra manera, que la gente mira hacia arriba en la escala social. La persona promedio busca una pareja de un estatus superior al propio. No mencionaré aquí cuál de los géneros es más propenso a esta práctica ancestral. Pero asumo que el lector cuenta con los suficientes años como para sacar por propia estadística. Lo cierto es que esa afición, en gran medida, dicta nuestras dinámicas sociales. Por un lado, eso podría explicar el gran misterio de la vida amorosa del soltero. ¿Por qué no somos correspondidos por la persona que nos gusta? Y, ¿por qué no nos gustan las personas que atraemos? He ahí la explicación. Es la costumbre de la hipergamia. Mi intención aquí no es escribir un tratado sobre los dilemas del amor. Pero considero que el impulso de buscar pareja de esa forma sí marca la vida de muchos en más de un aspecto. Con frecuencia, jugamos al pavo real para ganar la atención de la sociedad. De pronto, todo el mundo nos juzga en esos términos. ¿Qué hacemos? ¿Dónde vivimos? ¿Qué automóvil ostentamos? Esas son las plumas del hombre moderno. Son los símbolos reconocidos de estatus. La mayoría se encuentra trabajando en eso. Confundiendo la aprobación social por valía. No me refiero al ganarse el pan de cada día. Pero me refiero a la interminable carrera de querer llegar a la cima comparativa. Curiosamente, mucha gente definitivamente sí tiene éxito en esta empresa tan popular. Por supuesto que sí hay gente que logra conquistar los mejores partidos. Sin embargo, hay otros que fracasamos épicamente. Obviamente, no carecemos de talentos, ni de encantos. Técnicamente, poseemos todos los atributos necesarios. Ahora bien, el asunto es que, por alguna razón, carecemos de determinación. O sea, somos muy flojos para destacar en el teatro social. Exceso de sensibilidad, falta de vitamina C, o una torpeza innata. No sé. Pero indudablemente que hay gente que no sabe venderse. No por falta de producto. Repito. Es básicamente por flojera. Bueno, lo cierto es que toma mucho tiempo y energía escalar el Everest social con algo de efectividad. Yo diría que uno vive en una distracción eterna. Eso naturalmente inhibe nuestra capacidad de adaptación. Y, con el tiempo, la rareza se instala para quedarse. En consecuencia, la sociedad tiene problemas en leer nuestra extraña individualidad. No encajamos, porque desafiamos las categorías típicas de un sistema bastante interpersonal. Ante las dudas, normalmente se nos designa (al menos provisionalmente) un rango más bajo del que merecemos. Entonces, somos desechados por peculiares. Mi propuesta es que esto es totalmente injusto. Estos “exiliados” del mundo no están cortos de vitalidad. Mejor dicho, no estamos cortos de vitalidad. Cierto que mientras todos están en lo que están, uno está leyendo un libro. Actividad sin mucha utilidad práctica. Mientras la gente de éxito está haciendo “networking”, uno está cultivando una finura espiritual. Se podría decir que el valor agregado de este grupo de inadaptados está en la cultura. Porque si algo nos enseña el estar al margen de la sociedad, es el criticar. ¿Puede la queja salvar al mundo? No lo creo. Pero no podemos olvidar que el gusto es una forma benigna de queja. Después de todo, para que a uno le guste algo, debe no gustarle algo más. Por ende, el crítico ayuda a preservar la belleza en el mundo. Esa es una tarea perfecta para el ocioso y apartado: La crítica cultural. En otras palabras, la riqueza de opiniones. Pese al consenso del hombre común, un catador de la vida es de una utilidad infinita. ¿Qué libro debemos leer este verano? ¿Dónde se puede comprar un buen vino en esta ciudad? ¿Cuál es la mejor película de Fellini? ¿Un lugar secreto para una cena romántica? ¿Un concierto especial? ¿Cómo se baila el tango? ¿Café? La habilidad de conversar y conversar, de todo y sobre todo, indefinidamente, no es un comodín que se puede comprar en el quiosco de la esquina. No sabría decir si esto rivaliza con un doctor, un abogado o un banquero. Es posible que un paseo en un Mercedes del año pueda llegar a ser igual de gratificante. Pero, sin lugar a dudas, la cultura es algo que se suele subestimar. Lamentable accidente del mundo moderno. Desafortunadamente, ya no se valora la vida bohemia. ¿Qué significa ser un catador de la vida? Significa una búsqueda constante por la calidad. Calidad en la obra de los hombres. Implica hacer juicios de valor. Requiere detenerse, observar y valorar. Una vida de experimentación y amor por los detalles. Esto convierte al sujeto en el centro de su propio mundo. Lo que profundiza su rareza y lo aparta del sistema de selección tradicional aún más. La biología es brutal y despedida. Pero el exilio es un destino que en algunos casos no es opcional. El exilio es un país invisible. Solo un exiliado reconoce a otro. Es una banda clandestina que habita dentro del mundo normal. Es un submundo. Bello, apasionado e indomable. Repleto de exiliados. Quejones, criticones, tercos, e incomprendidos. Inadaptados sin muchas perspectivas. Pero grandes enamorados de la vida. Los hijos predilectos de la sensibilidad.



Gustavo Godoy

sábado, 19 de junio de 2021

El deseo de un héroe

 


La fuerza que nos mueve por la vida es el deseo. Todos queremos algo. Y nuestra historia vital es lo que hacemos para conseguirlo. Por alguna razón, nunca estamos satisfechos del todo. Siempre hay una carencia. Un anhelo. Esa búsqueda nos define y determina nuestro carácter. Pero, ¿qué es aquello que tanto queremos? Queremos muchas cosas y lo hacemos de manera muy personal. Lo que complica bastante el tema, porque es difícil encontrar un deseo universal. Tendríamos que indagar muy fondo. Tendríamos que explorar la naturaleza humana en su esencia. ¿Cuál es nuestro deseo más elemental? El deseo de grandeza. La frase “deseo de grandeza” es obviamente una reducción. Sin embargo, nos ayuda a encontrar claridad. Deseamos ser grandes. Queremos ser importantes. Anhelamos pertenecer. Ser apreciados. Ser relevantes. Queridos. Amados. Validados. Reconocidos. Significantes. En perfecta unión con el todo. Transcendencia. Se nos va la vida buscando estos momentos de eternidad. Me refiero a aquellos instantes que despiertan ese íntimo y divino sentimiento de grandeza en nosotros. La plenitud del ser. Aquí es cuando el asunto se complica. Porque es diferente para cada quien. Para algunos, es ganar la medalla de oro en las Olimpiadas. El premio Nobel para otros. La espiritualidad total para el místico. No sé. El amor de la familia para la persona familiar. El dinero para el hombre de dinero. La fama para muchos. Un arte. Una creencia. Ser parte de una causa. La lectura de un buen libro. Un sabor. Una estética. Los aplausos del público. Un espacio tranquilo. Un recuerdo. Sabiduría, cultura, o libertad. Un talento. Una ideal. Una virtud. El poder. O la violencia. Tal vez, la ausencia de ansiedad. Es la fuerza que nos impulsa por la vida. Tenemos el deseo. Y tenemos el obstáculo. El deseo nos mueve. El obstáculo nos golpea. Motivación y desafío. Mayor el deseo, mayor el obstáculo. El querer siempre implica un riesgo. Exige un sacrificio. ¿Qué tanto queremos lo que queremos? ¿Qué tan lejos vamos a llegar para obtener lo deseado? El héroe debe estar dispuesto a colocarse en una situación de peligro para lograr su cometido. Las pasiones no vienen gratis. Tienen un costo. ¿Quieres una familia? ¿Quieres un hijo? ¿Una carrera? ¿Triunfar? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Felicidad? ¿Ayudar al prójimo? Bueno, hay que ponerse a trabajar. Si la vida te golpea, sigue adelante. Lo que puede parecer duro es simplemente una gran historia que aún no ha terminado. La resistencia es inevitable en el proceso de vivir. A menudo queremos algo, pero, en el fondo, queremos otra cosa. Es decir, lo que pensamos que queremos rara vez resulta ser lo que realmente queremos. Como en la ficción, nuestra vida también suele seguir una trama superficial y una trama profunda. Se trata del deseo consciente, por un lado. Y el deseo inconsciente, por el otro. Lo que creemos desear y lo que en realidad necesitamos para llegar a la grandeza. Existe una historia que nos contamos a nosotros mismos. Una vieja herida del pasado que nos marca y nos limita. No nos deja ser. Por alguna razón, nos hace pensar que no somos suficientes. Una especie de pecado original que nos ha condenado la vida. De pronto, pensamos que somos la decepción de nuestros padres por no vivir a la altura de sus expectativas. De pronto, obtuvimos la felicidad por un instante y al poco tiempo lo perdimos todo. De pronto, nos rechazaron. Perdimos en muchas ocasiones. Nos sentimos un fracaso o un fraude. Y luego surge el relato interno de una persona abatida que mucho lo intentó, pero no pudo. Pudimos ser el héroe. Pero no lo somos. Bruno Díaz perdió a sus padres de niño en un robo callejero. Escogió la vida de un enmascarado que sale por las noches a luchar contra el crimen. Se convirtió en Batman para vengar a sus padres. ¿Venganza o justicia? Difícil decirlo. Su vida es dura. Pero en un sentido es bastante sencilla. Su trabajo es combatir al villano de turno. Así de simple. Ese es claramente su deseo consciente. Ahora bien, ¿es eso lo que realmente quiere? ¿Cuál es su deseo inconsciente? ¿Cuál es su trama profunda? ¿Qué quiere un huérfano en el fondo de su corazón? ¿Una familia? Seguramente, una feliz vida familiar. Volver a sentirse amado. Sin embargo, irónicamente, su oscura vida de superhéroe es exactamente lo opuesto a una vida familiar. En otras palabras, su deseo consistente y su deseo inconsciente se encuentran en directa contradicción. He ahí la complejidad del atormentado personaje. Supongamos que el amigo Bruno decide darse un paseo por la psicoterapia. Lo que necesitas es una novia, Bruno. Pero Bruno Díaz seguramente consideraría dicha solución una completa tontería. En su lugar, prefiere vestirse de murciélago y ser el Caballero Oscuro de Ciudad Gótica. ¿Por qué? Por la historia que se cuenta a sí mismo. La vieja herida del pasado que nunca lo abunda. Su escudo protector. Es su interpretación de lo que pasó con sus padres lo que lo sentencia. Seguramente, piensa que algún criminal terminará matando a su novia. Tal vez cree que la felicidad siempre acaba en calamidad. O que un mundo sin crimen es un mundo feliz. Ahora está en sus manos remediarlo. No sé. Pero su prisión es definitivamente su mente. La verdad es que no es un superhéroe por nobleza o deber. Es superhéroe por conveniencia. Así la vida es mucho más simple. La franquicia de Batman nunca termina precisamente porque el personaje nunca evoluciona. Nunca supera ese círculo vicioso. Le gana al villano. Pero no hay cambio interno. Es el mismo del comienzo. Jamás logra reescribir la historia. Para evolucionar , debemos reescribir nuestra historia. Sanar la herida. Sí, somos suficientes. Sí, merecemos ser amados. Sí, somos valiosos y capaces. Lo que pasó es pasado. Pero no puede convertirse en un freno permanente. Podemos ser grandes. Lo demás es excusa. Todos llevamos un deseo por la vida. Con frecuencia, sin embargo, ese primer deseo no es nuestro. Normalmente es algo impuesto por la sociedad, la familia o alguien más. Por eso, no satisface. Pensamos que es nuestro por sugestión. Los trofeos de la sociedad no siempre son los más importantes. Los aplausos no valen de mucho, si nos sentimos vacíos por dentro. Seamos francos. No hay mayor grandeza que sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Ser el héroe de nuestra propia historia. Luchamos. Tratamos. Lo dimos todo. Vivir. Sentir que somos grandes. Mi deseo es ese. Mi deseo es merecer mi callada admiración. Gustavo Godoy

viernes, 11 de junio de 2021

Carácter

 


La sociedad siempre se equivoca con nosotros. Es ciega. No percibe lo que somos. No sabe lo que somos. Los demás ven de nosotros tan solo una fachada. Pero se les escapa nuestra esencia. Reconocen un perfil de atributos observables. Sin embargo, lo invisible. Lo realmente importante. Normalmente queda en las sombras. La edad, el género, la profesión, la educación, la riqueza, el físico, la apariencia, la nacionalidad, el vehículo que manejamos, y la casa que habitamos revelan únicamente una caricatura de nosotros sin mostrar los aspectos más vitales de nuestro ser. ¿Qué tan generosos somos? ¿Qué tan valiente somos? ¿Qué tan paciente somos? ¿Qué tan humanos somos? ¿Quiénes somos? Eso no sale en un perfil. Sin embargo, somos juzgados por nuestro perfil.
Este sistema impersonal de caracterización y catalogación es usado por necesidad. Se agrupa y se etiqueta. Pero se olvida de la particularidad del ser. En otras palabras, es el reinado de la superficialidad. Sabemos perfectamente que la edad de un individuo no determina su grado de madurez, el físico no siempre revela nuestra salud, el nivel de la formación no es señal de inteligencia y los símbolos de estatus no siempre denotan capacidad económica. En el papel, todo puede parecer ideal. Pero todos conocemos esa historia. Las cosas no suelen ser lo que aparentan ser. Las formas engañan. Nada es lo que parece.
La chica que evade las relaciones románticas, pero en su corazón lo que más desea es vivir un gran amor. El personaje tímido e insignificante que se convierte en un héroe en la adversidad. El hombre de éxito en busca de calor humano. La celebridad que desea tener una vida normal. El genio incomprendido desperdiciando sus talentos en un ambiente hostil. La mujer hermosa superando sus inseguridades. En fin. La lista se puede expandir indefinidamente. Todos desafiamos las etiquetas que nos impone la sociedad. Obviamente, sentimos que estas etiquetas no nos representan. Sin embargo, las usamos para juzgar a los demás. ¡Tremenda ironía!
El individuo es excepcional. No habita en cajas. Es especialmente complejo y contradictorio. La sociedad normalmente suma todos los datos de un perfil y le asigna un lugar a la persona en la escala social. Al parecer, los de más arriba valen más que los de más abajo. El que conduce un Mercedes vale más que el que va en bicicleta. El que viste Prada valen más que el que viste Gap. Pero dichas conclusiones son absurdas. ¿Qué nos dicen esos rasgos de la persona en sí? ¿Es la persona bondadosa? ¿Es leal? ¿Es solidaria? ¿Es paciente? ¿Es perseverante? ¿Hace lo correcto bajo presión? Lo que realmente define a la persona es su carácter. Lo que la persona elige ser en la cuerda floja, eso es. Mayor el peligro, mayor la revelación.
El carácter de una persona yace en su manera de enfrentarse a un destino. El camino que escoge. Los riesgos que asume. Sus respuestas personales a los dilemas que le representa la vida. ¿Escoge la solución fácil? ¿O escoge la vía de los valientes? ¿El dinero o la amistad? ¿La carrera o el amor? ¿El placer o el deber? ¿La mentira o la verdad? ¿El valor o el miedo? ¿La conveniencia o la nobleza? ¿La bondad o la soberbia? ¿La humildad o el orgullo? ¿La pastilla azul o la pastilla roja? ¿Quién es? Lo que elige ser. Lo que está dispuesto a sacrificar por el bien mayor.
El carácter es el fondo. La apariencia es la forma. Las personas más interesantes suelen tener perfiles que contradicen su carácter. Son las distintas capas de la persona. Sus dimensiones. Mayor la distancia entre la forma y el fondo, mayor la complejidad del individuo en cuestión. Es decir, estamos ante un personaje más rico. Ahora bien, si escogemos juzgar a la persona que tenemos a un lado por las caracterizaciones habituales en su perfil social, le estamos negando la posibilidad de mostrar su humanidad. Y nos estamos privando (trágicamente) el gran placer que puede llegar a ser conocerlo a profundidad. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia, escogemos el espejismo. Y nos cerramos a la sustancia.
“Conócete a ti mismo”, nos dijeron los griegos. Evidentemente, no se referían a las etiquetas de una sociedad decadente. Trágico sería, si llegamos a creer en las farsas sociales. No somos lo que nos dicen que somos. Estamos hechos de materia invisible. Somos una sorpresa que rompe las convenciones. Somos algo nuevo. Somos un proceso. Somos lo que elegimos ser. El prejuicio ajeno no nos define. Nuestro carácter es nuestra esencia. No somos Clark Kent. Somos Superman.
Gustavo Godoy

sábado, 5 de junio de 2021

El mundo imaginario de un hombre solitario




Cuando no hay nadie más, queda la mente. La imaginación es el verdadero compañero de un ser solitario. En soledad, nadie te contradice, nadie se te impone, nadie te dicta. Es la tranquila existencia de un mundo construido sobre opiniones personales. Los narcisistas, en particular, se adaptan muy bien a los mundos sin compañía. Se requiere de cierta “esquizofrenia” para poder vivir satisfactoriamente entre cosas invisibles. En la ausencia de los demás, el ego es lo que sustituye el vacío. 


La sociedad navega en un mar de convenciones. El animal social ama las normas. La soledad, sin embargo, se nutre de caprichos. El solitario adora sus gustos personales. Lo que convierte a la soledad en un retorno al ser. La soledad es un dominio. Yo diría que el principal requisito para disfrutar una existencia solitaria es la terquedad. ¿Qué hacemos? ¿Cómo vivimos? ¿Cuándo lo hacemos? ¿Y cómo lo hacemos? Bueno, de la manera que nos dé la regalada gana. 


No es lo mucho que perdemos viviendo al margen de la sociedad. Es lo mucho que ganamos en nuestro cuarto vacío. Se sobrevive encontrando gozo en nuestra libertad personal. Existe algo sumamente liberador en poder crear nuestro propio mundo. Sin burocracia. Nuestra pequeña utopía no es una democracia. Es la tiranía del individuo. 


Se podría pensar que la soledad es el castigo para los fracasados en lo social. En muchos casos, esto es cierto. Pero no en todos. Muchos de nosotros nacemos salvajes. Lo que nos hace, por temperamento, renuentes al proceso de domesticación. Palabras más, palabras menos, los solitarios somos una minoría incomprendida en un mundo propenso al gregarismo. La verdad es que los demás no siempre son una compañía grata. De hecho, en muchos casos, son un problema. No todos contamos con la paciencia suficiente para soportar la estupidez ajena. Lo que convierte a la soledad es un oasis de tranquilidad. 


No es necesariamente el resentimiento o la frustración lo único que impulsa al alma solitaria hacia tierras desiertas. En muchos particulares es un cóctel de diversos elementos: Impaciencia, desobediencia, soberbia, megalomanía. Pero también es el deseo de libertad. Yo diría que la posibilidad de crear una realidad alterna. Exactamente. La autorrealización del ser. Y me temo que la única manera de lograr dicho cometido es cultivando lo interno. En sutiles palabras, la soledad puede ser un paraíso para los ricos en imaginación. 


Al eliminar a la gente de la ecuación, de pronto, ganamos el tiempo libre para cultivar otros intereses. La filosofía, el arte, la literatura, el cine, el deporte, la naturaleza, el trabajo, el ocio, la religión, la caridad o el placer. No sé. Me refiero a que, sin las cargas habituales del individuo social, es perfectamente posible disponer toda nuestra energía a nuestras pasiones más personales. Lo más sensato sería encontrar nuestro propósito ahí. En otras palabras, una vida solitaria no es, por defecto, estéril. El amor a una causa puede llegar a ser tan intensa y gratificante como una vida en sociedad. Los ermitaños también pueden tener ilusiones. La vida en singular no es insignificante, si el gran compañero es una vocación. Es un error confundir la soledad física como la soledad moral. 


La soledad física suele darnos varios regalos. En primer lugar, nos permite pensar sin distracciones. Lo que nos abre la puerta hacia la originalidad. Por otro lado, la autonomía empodera al individuo. La falta de compañía nos obliga a la autosuficiencia. Lo que, a su vez, alienta el desarrollo de capacidades. Tarde o temprano, la persona comienza a confiar en sus poderes. Bien puede empezar a creer en sí mismo. Es más, podría llegar a sentir una profunda admiración por su persona. Después de todo, es el capitán de nuestro barco. Sus errores son suyos. Sus triunfos son suyos. Sabe por experiencia que puede vivir sin los demás. Nada lo ata. He ahí la fuente de su gran poder. 


Ahora bien, la experiencia solitaria necesita puntos de apoyo. Si bien es cierto que las relaciones interpersonales suelen ser los validadores para los más sociables, los solitarios deben autovalidarse. Es en el pensamiento donde se encuentra el sentido de pertenencia. Esto normalmente toma muchas formas. Orgullo por nuestras maneras. Orgullo por nuestro trabajo. Orgullo por nuestro talento. Aceptación total del yo. Me refiero al yo y al mundo que ha construido. Eso obviamente incluye rutinas, manías, arbitrariedades, narrativas, pertenencias, conocimientos, hazañas logradas, libros leídos, películas vistas, comidas disfrutadas y viajes realizados. Nuestra existencia íntima y singular es un castillo invisible en el tope de una montaña infinita. El hombre solitario es el héroe de su propia aventura. El rico propietario de un mundo imaginario. El rey de un universo sin fin. 


La sociabilidad extrema destruye al individuo. La soledad extrema nos separa del mundo exterior. Dos fuerzas opuestas dominan nuestra vida: La búsqueda del calor humano y el deseo de independencia. La vida es elección. Escogimos entre el rojo, el azul o sus distintos matices intermedios. Sin embargo, he descubierto con los años que también es posible ser feliz en soledad. Nace algo muy sereno en la amistad con uno mismo. 


Gustavo Godoy


martes, 23 de junio de 2020

Donny y la batalla de las bandas



Toda la escuela estaba frente a mí. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. El micrófono y la guitarra funcionaban perfectamente, pero me quede sin voz en medio de un silencio absoluto. Los demás miembros de la banda esperaban por mí para comenzar a tocar. Todos me miraban extrañados, porque no hacía nada. Yo no estaba bien. Los huesos de mi cuerpo se volvieron una piedra. Estaba aterrado. Me congele por completo y parecía una estatua. ¡La humillación total! ¡Oh, no! ¡Un verdadero suicidio social! ¿Cómo llegue a este momento? ¿Por qué a mí? ¡Aaah!

Bueno, les contaré. Esta historia comenzó hace tres semanas. Seguro que sacan la película, porque es un cuento lleno de sueños y muchos enredos. La película sería todo un éxito. Ahora que cuento lo que pasó me resulta bastante increíble, porque aprendí cosas muy raras e inesperadas. Sí, tiene un final realmente sorprendente. Mi nombre es Donny Valiente. Valiente es solo mi apellido, porque de valiente no tengo nada. No sé por qué, pero soy muy tímido. Siempre ha sido así. Mi pasión es la música.  Me gusta el Rock y toco la guitarra. Sueño con ser una estrella y viajar por el mundo con mi banda. El único problema es que siento un miedo terrible cuando estoy frente a un público. Mi mente se pone en blanco y pierdo todos los sentidos. Me vuelto ciego, sordo y, sobre todo, mudo. La vida de un músico tímido no es fácil. Bueno, esa es mi vida.

¿Han conocido a un rockero? Como estoy seguro que la respuesta es sí, probablemente ya conocen el estilo. Irónicamente, a pesar de que todos buscamos ser originales, todos nos parecemos. Zapatos desgastados, blue jeans rotos, cabello largo y franela negra con el logo de alguna banda de rock famosa son los elementos básicos de nuestro uniforme. Claro que yo no tengo el cabello largo. Mi cabello es corto, pero pincho como los pelos de un puerco espín. Mi cuarto se parece a mí. El cuarto de un rockero es un desorden. Solía ser más ordenado, pero eso era cuando mi mamá todavía estaba con nosotros, y lamentablemente ya no está.

Debería estudiar más, pero no me da tiempo. Mi guitarra no me deja ni un minuto. Practico todo el tiempo. Por lo general, mi único público es mi pececito. ¿Vieron la película del pececito? Sí, Nemo. Tiburón, el nombre de mi pez, es un pez payaso como el de esa película. Como público es genial, solo que no habla mucho. Claro que escuchando es muy bueno. Tiburón escucha y nada todo el día. Tal vez por eso es que lo cuido y lo quiero tanto. Su gusto musical es igual al mío. Aquella tarde, en mi casa, Tibu y yo estábamos solos. ¿Y qué estábamos haciendo? Bueno, ya les dije que toco la guitarra todo el tiempo. Siempre comienzo con canciones lentas y sencillas, pero después me vuelto loco. Sí, loco. Soy ese tipo de músico que después de tocar cuarto notas empieza a saltar haciendo caras raras. Me muevo de un lado a otro como si tuviera hormigas en los pantalones.

Aquella tarde está especialmente emocionado, porque, en la noche, debía tocar con mi banda. Había una fiesta en mi escuela, y estábamos anotados para deleitar al público con nuestras tonadas rockeras. Estaba muy nervioso, pero, como mi destino es ser un gran músico, sé muy bien que debo superar mis miedos. Si no era ese día, ¿cuándo? Mi cerebro decía: Tú puedes, Donny. Mi corazón decía: Hoy te vas a morir, Donny.

Por supuesto que mi miedo escénico no es mi único problema para alcanzar mis sueños. Mi deseo es grande, pero los obstáculos son igual de grandes. No es fácil. Mi padre me tiene prohibido el rock en todas sus formas y maneras. No puedo escuchar rock. No puedo tocar rock. No puede nada. Él quiere que yo sea un ingeniero como él, y que escuche música normal. Mi padre se llama Daniel Valiente y trabaja en una fábrica de jabones. Es un hombre muy serio y conservador que piensa que el orden y la disciplina son la gran receta para tener éxito en la vida. Tener un hijo rockero fue lo peor que le puede pasar. No me entiende y quiere que yo sea igual de aburrido que él. Entonces, todo esto de ser músico ocurre a sus espaldas.

-Un Valiente nunca será un rockero – Me decía rojo como un tomate y con el humo saliendo de sus oídos.

Sin embargo, mi pasión era más poderosa que él. No lo puede evitar. Nací para ser un músico de rock y cambiar al mundo con mis canciones. Es por eso que esa noche, mientras él creía que estaba en mi cuarto a punto de dormir, me escapé por la ventana para ir a dar un concierto con mis amigos.

Mi banda se llama “Los Amos del Rock”. Ahora les voy a representar a sus miembros. Somos cuarto. En la batería, tenemos al gran Mario Gonzales. Le llamo gran Mario, porque es muy bueno en la batería. Y también porque es un poco gordito. En el bajo, tenemos a Bob. Es Bob solamente, porque no recuerdo el apellido. Lo cierto es que todo el mundo lo llama Bob. Tal vez sea el mejor bajista del mundo. En la segunda guitarra, tenemos a la encantadora Marina Gonzales. Excelente con las cuerdas y es hermana de Mario. Quizás sean morochos. No sé. Por último, en la primera guitarra y en las vocales, estoy yo. Bueno, a mí ya me conocen. Ah, se me olvidaba. También está Joel. El hermanito menos de los morochos. Oficialmente, no es miembro de la banda, porque no toca ningún instrumento. De hecho, nunca habla. No es mudo en realidad. Simplemente, nunca habla. Asumo yo que es por elección. Lo podríamos llamar nuestro quinto miembro, porque siempre está con nosotros. Durante los ensayos, nos escucha con mucha atención y expresa su satisfacción con muchos aplausos. Joel es nuestro primer y único fan.

Esa noche la teníamos difícil, porque Marina nos anota para tocar en una fiesta organizada por la escuela y teníamos competencia. Por supuesto que no éramos los únicos que tocaríamos en el evento. Ya ni recuerdo las razones de la fiesta, pero era por algo. Pero recuerdo muy bien nuestros rivales. ¡Los Reyes de la Destrucción! Sí, así mismo es. Ellos son nuestros archienemigos en esta historia. Ellos son Jack, John, Chichi y Chicho. Los favoritos del público y nuestros bullies personales. Nos molestan todo el tiempo y nunca nos dejan en paz. Ellos son los chicos populares. Nosotros somos los raros. La verdad es que somos enemigos naturales. El único problema es que siempre nos ganan. Los detesto.

Cuando los muchachos y yo llegamos a la escuela, nos sentíamos muy seguro de nosotros mismos. Habíamos ensayado por mucho tiempo y estábamos listos para dar lo mejor de nosotros ante el público. Al principio, no estaba nervioso. Al contrario, me sentía muy emocionado. Era mi gran debut, y, por fin, el mundo conocería mi talento. Las primeras bandas tocaron muy bien y la gente disfrutaba el espectáculo. Nosotros tocábamos de último, justo después de los Reyes de la Destrucción. Con cada canción, mi calma se empezaba a convertir en miedo. Todavía no había entrado en pánico, pero casi.

Llegó el turno de los Reyes de la Destrucción, nuestros archienemigos. Como era costumbre en ellos, durante toda la noche, se burlaron de nosotros, nos decían cosas y nos ponían caras. Me gustaría decirles que tocaron malísimo, pero no sería cierto. Su presentación fue la mejor hasta el monumento y al público le encantó. La reacción fue increíble y los aplausos no paraban. El éxito de nuestros rivales, debido a sus burlas, me puso aún más nervioso. Era nuestro turno, y la mente ya se me estaba nublando. Los muchachos, que sabían muy bien sobre mis miedos, me dieron ánimos, pero darme ánimos en este momento era prácticamente una misión imposible. No sé cómo, pero, por fin, logre pararme en el escenario. ¿Sería mi fin?

Entre luces y sombras, no reconocía a nadie del público. El único que logre ver fue a Joel. Ahí estaba él, sentando mirándome atentamente sin decir una palabra. De algún modo, su mirada callada me tranquilizó. Estaba a punto de empezar a tocar, pero algo ocurrió. Yo no sé, pero me distraje por su segundo y cometí el error de mirar al fondo del salón. Ahí estában Jack haciéndome muecas extrañas.  Si antes estaba nerviosa, ahora estaba mil veces más. Mi rostro se volvió blanco como un papel, y me congelé. Mis manos estaban frías como un tempano de hielo. De pronto, Jack sacó una marioneta con la cara de Chucky. ¿Se acuerdan de Chucky? Sí, ese mismo. El mismito Chucky en persona llegó para atormentarme la existencia en el peor momento posible. Me gustaría decirles que logre ignorarlo y tocamos como nunca. Me gustaría decirles que fuimos la mejor banda de la noche y nuestro éxito fue total. Pero eso no fue lo que pasó. ¿Qué pasó?

El desastre, eso fue lo que pasó. En el momento que vi a Chucky me desmayé. Caí largo a largo en pleno escenario como una rana platanera. ¡Vaya debut! Lo que puedo ser la noche de nuestras vidas se convirtió en nuestra peor pesadilla. Los Amos del Rock no tocaron esa noche, porque su estrella cayó tieso del susto. Mi gran carrera como leyenda del Rock terminó antes de comenzar. ¡Cómo te odio, Chucky!

Los días siguientes, fueron terribles, porque me convertí en el hazmerreír de la escuela. Jack y sus amigos no paraban de burlarse de mí. Hasta los maestros, de vez en cuando, hacían referencia a lo ocurrido. “Espero que no se desmaye hoy, Valiente”. Y todos en el salón se reían hasta más no poder. Me sentía muy malo. En parte, por las bromas que no paraban. En parte, porque todavía soñaba con ser músico, pero ahora era un sueño que parecía muy lejano. Claro que también me sentía muy malo, porque decepcioné a mis amigos. La banda había practicado mucho y tenía muchas esperanzas para esa noche. Sin embargo, mis miedos me vencieron y lo arruiné todo.

Este fue el momento cuando decidí renunciar a la música de una vez por todas. Tal vez mi papá tenía razón. De pronto, es mejor que me convirtiera en un ingeniero de una fábrica de jabones, y me olvide de ese sueño tonto de ser una estrella. Lo mejor será que renuncie a esa idea ilusa de viajar por el mundo y cambiar a la sociedad con mis canciones. En la fábrica de jabones, ahí estaré toda mi vida. Encerrado en una oficina y cumpliendo un horario como todos. Quizás, debo escuchar a mi papá.

Claro que cuando las cosas lleguen llegan todas juntas, porque resulta ser que la escuela organizó un concurso musical para celebrar su aniversario. Todos hablaban de eso, y todas las bandas de la ciudad se inscribieron. Al parecer, el alcaide sería uno de los jueces en el jurado. El señor Montañoso, el director de mi escuela, la Escuela Las Montañas, sería juez y presentador al mismo tiempo. En una reunión, donde estábamos todos, nos explicó las reglas del concurso. El asunto era simple. La mejor banda gana. Y gana un premio sorpresa. Por supuesto, todas las bandas querían ganar.

Yo había renunciado a la música. Entonces, el concurso no era asunto mío. Claro que mi mente no podía parar de pensar en este bendito premio sorpresa. Yo no iba, pero Marina y los muchachos no aguataron la tentación. Es decir, que Los Amos del Rock participarían en el concurso, contigo o sin mí. Al principio, trataron de convencerme, pero mi renuncia era irrevocable. La música era pasado para mí. No tocaría una guitarra nunca jamás.

Marina tocaba muy bien, pero no cantaba. O sea, que necesitaban un nuevo vocalista.  Ya que mi renuncia será irrevocable, realizaron un casting. Muchos participaron en el casting, pero lamento decirles que los resultados no fueron muy buenos. Es decir, todos eran terribles. Es más, todos eran tan malos que lo más difícil del castings fue decidir cuál era el peor. Pero se necesitaba elegir a uno con urgencia. Era un asunto de vida o muerte. Entonces, eligieron a Jaime Rueda. Jaime tocaba bien la guitarra, pero cantaba fatal. No podía pronunciar la erre y hablaba como si tuviera la nariz tapada. Fue una decisión desesperada. Tápense la nariz y hablen. Bueno, así hablaba Jaime. El plan fue eliminar todas las palabras con erres de las canciones, y sustituirlas con palabras sin erres. Sobre el problema de la nariz tapada, no se podía hacer mucho, pero le recomendaron que gritara. Cuando gritaba, no se notaban tanto su peculiar forma de cantar.

Mis días sin música pasaban muy lento. Extrañaba tocar mi guitarra. Incluso, Tibu no era el mismo. Los dos estábamos muy cambiados. Nos habíamos quedado sin alma. Todo era más tranquilo, pero las cosas dejaron de tener sentido para mí. Todo era una rutina. No había luz. Extrañaba a la música. Extrañaba tener sueños. Y extrañaba a mis amigos. Pensaba en el concurso todo el día. Pero mi decisión no podía cambiar. Sería un ingeniero en una fábrica de jabones como mi papá. Seré un hombre serio y normal como todos los demás. ¿Un rockero? Nunca jamás. Nunca volveré a pasar por más humillaciones. La fecha del concurso se acercaba y yo firme con mi posición. Soñar es para ilusos. Mi camino es otro. Mi futuro está en los números, en las máquinas y en los jabones. 

Llegó el día del concurso y yo no había salido para ningún lado. Por un momento, pensé en ir, pero no podía. Sería algo muy doloroso para mí. La mala noticia es que Jaime Rueda lo tuvieron que operar por su problema de la nariz y ya no podía tocar con los Amos del Rock. Lo que más me molestaba de todos esto era que Jack y los Reyes de las Destrucción seguro que ganarían el concurso y se llevarían el premio, un premio que ha debido ser para nosotros. Pero esta historia tomó un giro inesperado.

Mi papá estaba muy raro conmigo. Bueno, en realidad estaba muy extrañado por mi reciente cambio. Durante aquellas últimas semanas, no fue tan severo conmigo. Yo estaba siempre muy triste, y la casa parecía una funeraria. Ya no peleábamos, pero el ambiente estaba lleno de silencio y pesadez. Yo vivo solo con mi papá, porque mi mamá ya no está. Lamentablemente, mi mama murió en un accidente, justo el día de navidad. Los dos extrañamos mucho a mi mamá. Mi papá cambió mucho con su partida. Ya no sonríe. Se volvió mucho más serio y sobreprotector conmigo. Nuestra relación es muy fría y no hacemos casi nada juntos. Vivimos juntos y es mi papá, pero en realidad somos un par de desconocidos.

El día del concurso, exactamente media hora antes de su comienzo, me toca la puerta para empezamos a charlar. Me explicó que me veía muy triste, y eso le preocupaba mucho. Yo no podía decirle que los verdaderos motivos de mi tristeza, porque de hacerlo debía confesarle que tenía años desobedeciéndolo con respecto a la música.  Luego, me confesó algo sorprendente. Me confesó que cuando tenía mi edad había sido rockero también. Es más, así conoció a mi mamá, porque los dos eran miembros en la misma banda. Aja, así mismo. De hecho, la música lo pone triste, pero le recuerda que ella ya no está con nosotros. Luego, sacó una caja muy grande envuelta en papel de regalo y me la dio. Era mi regalo de navidad. Nunca llegó a dármelo, porque esa fue el día de su muerte. Estaba la caja y un sobre.

Después de hablar conmigo, mi papá me dejó solo en mi cuarto. Y yo abrí el regalo. ¿Qué era? Se van a caer para atrás, porque era una guitarra. ¡De todos los regalos! ¡Una guitarra! El regalo de mi mamá. De pronto, sentí que el alma me volvía al cuerpo, y me acorde el concurso. Tomé la guitarra y el sobre, y salí corriendo para la escuela. Fue una lucha contra el tiempo. No corrí. Volé. Logré llegar y me encontré con los muchachos. Todas las bandas habían tocado ya. Era casi seguro que los Reyes de la Destrucción serían los ganadores. Pero ahora nos tocaba a nosotros mostrar nuestro talento. Sí, tocamos. Cambié de opción y volví a ser un rockero. Fue el momento más emocionante de toda mi vida. Marina habló con el señor Montañoso y nos dieron la oportunidad de tocar.

¿Saben lo que pasó? Bueno, pasó algo realmente increíble. Mis miedos volvieron. Este es el precioso momento donde comenzó este cuento. Toda la escuela estaba frente a mí y yo, muerto de miedo. ¿Cómo llegue a este momento? ¿Por qué a mí? ¡Aaah!

De pronto, vi mi mano y noté que tenía un sobre. Sentí el fuerte impulso de querer abrirlo. Y lo hice. ¿Quieren saber qué decía? Decía: “Donny, sé valiente. Eres mi estrella. Tu mamá.” Y luego surgió en el recuerdo. Lo pude ver todo como en una película. Vi cuando ella me cantaba. Vi cuando éramos felices todos juntos. Vi cuando me ponía música para dormir. También vi a mis amigos tocando Rock y disfrutando hasta más no poder. Sentí que la música no es sobre ser famoso y viajar por el mundo. Tampoco es para impresionar al público. La música es para ser feliz. La música es vida, amor y amistad.

Esta vez estaba paralizado, pero no de miedo. Estaba paralizado de esperanza. Ese fue el momento cuando reconocí al rostro de Joel en medio del público. Me miró y gritó: ¡Donny, tú puedes! ¡Joel habló! No lo podía creer. Y toda la escuela comenzó a aplaudir. Ahí fue cuando comenzamos tocar como los dioses. Nos convertimos en los verdaderos Amos del Rock. Las auténticas estrellas de la noche. Sacudimos la sala con nuestra música. Ese día el mundo cambió con el poder del Rock.

Para mi sorpresa, mi papá también estaba ahí. No estaba molestó conmigo. Todo lo contrario, estaba muy feliz y me apoyó con sus aplausos. Los dos estábamos muy felices esa noche. Ese concurso nos hizo los mejores amigos. Fue un día increíble y muy especial. ¿Quieren sabes si ganamos el concurso? 

Bueno, la cosa no resultó ser tan fácil. El jurado se tomó más una hora para decidir. El público nos apoyaba. Pero la batalla estaba entre los Reyes de la Destrucción y nosotros. De pronto, el Alcalde de la ciudad salió con un papel en la mano. En ese papel, estaba el ganador. Los ganaderos son: ¡Los Amos del Rock! Ganamos. Después de tanto sufrir, ganamos el concurso y no podíamos parar de gritar de la alegría. Los Reyes de la Destrucción perdieron y estaban muy molestos. Salieron de una vez quejándose de la decisión. Fue lo máximo. ¡Ganamos!

Luego, todo se calmó. El evento terminó, y todos comenzaron a salir de la escuela por irse a sus casas. Nosotros queríamos celebrar, y decidimos irnos a la casa de los hermanos Gonzales. Le pedí permiso a mi papá, me dijo que sí. En la salida, nos encontramos otra vez con el Director y el Alcalde.

-Hey, un minuto. ¿Y el premio sorpresa?- Dijo Mario.

El Alcalde y el Director se miraron con asombro. El Alcalde nos dijo – Ah, lo siento, jóvenes. Se nos olvidó lo del premio. ¡Qué gran descuido! El premio es un viaje para representar a la ciudad en un concurso de bandas con todos los gastos pagos-

-¿Y para dónde?- Preguntó Marina.

-Para Hollywood, Los Ángeles, California- Dijo el Director.

Nosotros nos miramos y gritamos juntos: ¡¡¡Para Hollywood!!!

¡Nos vamos a Hollywood! Nunca paren de soñar. Es decir, amigos, esta historia continuará.



Niños en un taller literario ( Libreria El  Clip 2019) en colaboracion con Gustavo Godoy