En la cresta de la montaña, donde el aire es un cristal tallado, Matías había construido su santuario. Su casa no se adaptaba al entorno; la desafiaba con una estructura de barro y zinc que se oxidaba deliberadamente para mimetizarse con el paisaje. Durante catorce años, habitó el centro exacto de su propia voluntad. Sabía a qué hora la sombra del pico sur tocaría su escritorio de pino y en qué momento la brisa haría cantar la chimenea con un tono sordo y exacto.
La soledad no era una carencia, sino una geografía precisa. Su mente se había vuelto una superficie pulida, un espejo cóncavo que solo reflejaba su propia imagen, libre de imperfecciones. Pero la perfección tiene la densidad de lo inerte. En su soberanía absoluta, Matías había empezado a paralizarse. Sus opiniones, al no ser nunca contrastadas, se habían endurecido hasta convertirse en dogmas de granito. Era un rey sin súbditos, enorme en su microcosmos, pero incapaz de doblarse sin quebrarse.
La montaña, que solo entiende de ciclos ciegos, le trajo el desorden una tarde de ventisca. Un golpe seco sacudió la puerta de palo. Al abrir, encontró una intrusión de carne, sudor y aire helado: Elena. No era la figura desvalida de sus meditaciones; era una resistencia testaruda que se aferraba a la vida. Cuando él intentó llevarla junto al fuego, ella señaló el rincón opuesto, junto a la ventana que daba al precipicio, un espacio muerto que Matías siempre había mantenido vacío.
—Ahí no —sentenció ella, con una voz que era el crujido del rocío—. Ahí no hay luz. La del amanecer debe despertarme primero allá.
Aquel fue el primer pinchazo que rompió su paz. Durante los días siguientes, la casa dejó de ser un templo para convertirse en un territorio en disputa. Elena traía el caos de lo vivo: dejaba los platos amontonados en la cocina y extendía sus prendas sobre lugares no estipulados.
—Te estás momificando con esta casa —le reprochaba ella mientras remendaba el mundo con un hilo rojo y grueso.
La presencia de Elena obligó a Matías a la gimnasia de lo otro. Ya no bastaba con desear para que la realidad se plegara; ahora debía negociar la existencia. Una noche, ella le extendió una cuchara con un guiso abrasador y espeso.
—Está desequilibrado —dijo él, buscando la armonía perdida en sus papilas acostumbradas a una dieta predecible.
—No es eso, es que te falta mundo —rio ella—. El contraste es lo que te recuerda que estás vivo, no la armonía perfecta.
Matías la miró y, por primera vez, no vio un reflejo de su importancia. Vio la montaña a través de una pupila ajena y la sala se expandió. O sea, su mundo se agrandó. Eran dos versiones irreconciliables del universo colisionando, creando una tercera dimensión que él jamás habría imaginado solo. Su mente, antes un bloque de mármol, empezó a desarrollar poros y elasticidad.
Meses después, ella se marchó sin adioses solemnes, lanzándose al valle antes del alba. El silencio reclamó su trono, pero Matías ya no cabía en él. Al sentarse a su escritorio repleto de libros muertos, sus manos dudaban, buscando el peso de una voluntad que no fuera la suya. El olor a cera de vela le pareció, de pronto, el aroma de un mausoleo.
Salió al exterior. Se agachó y apretó una piña de pino hasta que las escamas le clavaron la palma. El dolor era real. Recuperó la calma, pero a costa de una profunda frialdad. Sin voces que lo contradijeran, su universo volvió a encogerse. Su única riqueza era una imaginación inmensa pero etérea, hecha de aire y espejismos, muy lejos de la vida junto a otros.
Gustavo Godoy



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