martes, 23 de enero de 2024

Jonás y la ballena




Lo social y lo personal están estrechamente relacionados. Existe un acuerdo implícito de ayuda mutua entre el individuo y su contexto. O, dicho de otro modo, un propósito de vida sano es lograr la armonía con nosotros mismos y nuestro entorno.

Algunas personas pueden sentir que han sido tratadas injustamente en el pasado y, por lo tanto, creen que tienen derecho a tomar más de lo que deberían, ya que sienten que la sociedad les debe algo. O, simplemente, deciden darle la espalda al mundo. Lo que rompe la armonía y crea antagonismo. 

Estas actitudes o comportamientos se centran en el propio individuo y sus intereses, en detrimento de los demás o de la sociedad en general. 

Cuando una persona no valora a los demás o los ve como una amenaza, puede desarrollar actitudes negativas como la vanidad, el narcisismo, el hedonismo, el egoísmo y el cinismo. 


Quienes se sienten aislados del resto del mundo. Piensan que el mundo los ha dejado solos. Se llenan de rencor y no quieren colaborar. Por temor a ser abandonados o maltratados de nuevo, se vuelven solitarios y autosuficientes, y rehúyen las relaciones íntimas. Adoptan una actitud cínica e individualista ante la vida. Piensan que solo deben cuidarse a sí mismos y que nadie es digno de confianza. Su única salida es hacer lo que les plazca. Y eso es lo “justo” para ellos. Piensan que no tienen obligaciones con nadie y el mundo debe respetar su libertad y su voluntad. Su única meta es vivir para sí mismos y sobrevivir.


Pero ese mundo de uno solo puede ser muy triste. Nos falta algo. Al pasar el tiempo, nos damos cuenta de que vivimos en una isla desolada. Necesitamos conectar. Necesitamos encontrarnos con el otro. Añoramos la compañía. Pertenecer a algo más grande. Querer al mundo. Sentir compasión por los demás. El camino hacia la plenitud del uno que quiere ser parte del todo.


La historia de Jonás y la ballena es una de las más conocidas de la Biblia. Jonás era un profeta que recibió la orden de Dios de ir a Nínive y predicar contra la maldad de sus habitantes. Pero Jonás desobedeció a Dios y huyó en un barco en dirección opuesta. Jonás huyó de su destino por una vida sin timón, ni rumbo fijo. Una vida a la deriva.


Dios envió una gran tormenta que amenazaba con hundir el barco. Los marineros, al darse cuenta de que Jonás era el responsable de la tormenta, lo arrojaron al mar. 


Fue entonces cuando una ballena gigante lo tragó. Jonás pasó tres días y tres noches en el vientre de la ballena, donde oró a Dios y se arrepintió de su desobediencia. Finalmente, la ballena lo vomitó en la playa, y Jonás se dirigió a Nínive para cumplir la misión que Dios le había encomendado.


El vientre de la ballena es una metáfora que se utiliza para describir un espacio de oscuridad y soledad que puede llevar a la reflexión y al cambio. 


La historia de Jonás y la ballena nos enseña que no podemos escapar de nuestras responsabilidades y que debemos ser fieles a nuestros compromisos. En ocasiones, es necesario sacrificarnos por un bien mayor. 


También nos recuerda que siempre hay una segunda oportunidad para rectificar nuestros errores y hacer lo correcto. Nunca es tarde. Siempre podemos sanar nuestras heridas con el mundo. La historia de Jonás y la ballena nos enseña cómo crecer y ser adultos de verdad.


Pienso que esta historia nos hace reflexionar sobre el deber social. Es una historia sobre los peligros de la irresponsabilidad. Y sobre la nobleza de cumplir con nuestra parte. Nos habla de la importancia de contribuir. Por increíble que parezca, una vida de cooperación y solidaridad es más rica que una vida ensimismada. 

 

Gustavo Godoy

domingo, 21 de enero de 2024

La cabellera de Sansón

 


Somos seres contradictorios. En cada uno de nosotros conviven luces y sombras, virtudes y defectos. A veces brillamos en lo que hacemos, otras veces nos hundimos en el fracaso. A veces somos sabios, otras veces ignorantes. A veces tenemos el poder, pero nos falta la prudencia para usarlo bien. El poder sin sabiduría es un camino a la ruina. La impulsividad es un riesgo.

Sansón era un gigante de músculos, pero un enano de espíritu. Quizás su origen y su infancia le marcaron con heridas que nunca sanaron. Quizás por eso no supo dominarse a sí mismo. Su fuerza le hizo vencer en las batallas, pero su pasión le hizo caer en las trampas. Al final, su punto débil fue más fuerte que su punto fuerte. Y así terminó su vida, entre ruinas y lágrimas.

La historia de Sansón empieza antes de su nacimiento. Sus padres eran unos humildes israelitas que no podían tener hijos. Un día, un ángel se les apareció y les anunció que tendrían un hijo que sería un gran héroe para su pueblo. Pero había una condición: el niño debía ser consagrado a Dios desde el vientre, y nunca debía cortarse el cabello, pues en él residía su fuerza.

Así nació Sansón, un niño bendecido por Dios, que creció con una fuerza sobrenatural. Con el tiempo, se convirtió en un valiente guerrero que luchaba contra los filisteos, los enemigos de Israel. Sansón realizó muchas hazañas, como matar a un león con sus propias manos, o derrotar a mil soldados con una quijada de asno. Pero también cometió muchos errores, como casarse con una mujer filistea que lo traicionó, o enamorarse de otra mujer llamada Dalila, que lo engañó.

Dalila era una espía de los filisteos, que querían descubrir el secreto de la fuerza de Sansón. Ella le preguntó varias veces a Sansón qué debía hacerse para quitarle su fuerza, y él le mintió. Pero al final, Sansón se dejó seducir por Dalila, y le reveló la verdad: su fuerza estaba en su cabello. Entonces, mientras Sansón dormía, Dalila le cortó el cabello, y lo entregó a los filisteos.

Los filisteos se burlaron de Sansón, le sacaron los ojos, y lo encadenaron en una prisión. Allí, Sansón se arrepintió de su pecado, y le pidió a Dios que le devolviera su fuerza una última vez. Dios escuchó su oración, y le concedió su deseo. Sansón aprovechó que lo llevaron al templo de los filisteos, donde había miles de personas, y empujó las columnas que sostenían el edificio. Así, Sansón murió junto con sus enemigos, y cumplió su misión de liberar a su pueblo.

Su cabello era su orgullo y al cortarlo le quitaron su dignidad y su honor. Era una humillación que le rompió el corazón. El cabello era una señal de poder, valentía y gloria. La traición de su amante era un trago amargo de tragar. Sobre todo, una traición que era la consecuencia de un error de juicio y la falta de dominio propio. Las tijeras de Dalila simbolizan los riesgos de las elecciones imprudentes. El sacrificio de todo por un capricho fugaz.

Esta es la historia de Sansón, un hombre de contrastes, que fue capaz de lo mejor y de lo peor. Un hombre que nos enseña que la verdadera fuerza no está en los músculos, sino en el alma.

Gustavo Godoy

viernes, 19 de enero de 2024

David y Goliat



Las lecciones aprendidas de las historias que nos cuentan son nuestros guías en la toma de decisiones vitales. Por ejemplo, ¿cómo superamos una adversidad?

Supongo que antes de responder a esta primera pregunta, debemos hacernos otra.  Por ejemplo, ¿por qué debemos superar esa adversidad?

La primera se refiere a las estrategias y a las tácticas. La segunda se refiere a nuestras motivaciones. ¿Por qué lo haríamos? ¿Cómo lo haríamos?

Hay distintas razones por las que la gente hace lo que hace. Algunos buscan satisfacer su ego o sus necesidades. Otros quieren desarrollar su personalidad. Y otros se dedican a servir a los demás. Los motivos pueden ser egoístas, altruistas o ambos. La forma de superar los obstáculos depende de cada situación. Hay que elegir la estrategia y la táctica más adecuadas para cada caso.

Por ejemplo, un estudiante de medicina para aprender a curar las enfermedades tiene que estudiar mucho, hacer prácticas, pasar exámenes, competir con otros candidatos, etc. La estrategia de ser perseverante, disciplinada y proactiva. Su táctica es organizar su tiempo, buscar apoyo de sus profesores y compañeros, y aprovechar todas las oportunidades de aprendizaje.

¿Y la fe? También. Lo más razonable es tener una fe que se basa en la razón y que persigue un ideal moral.

¿Es posible vencer el reto? ¿Tengo la habilidad y el talento? ¿Lo hago por una causa noble? ¿Mi acción contribuirá a un bien?  

Solo quien se atreve a enfrentar el peligro por una causa noble puede llamarse valiente. El héroe es quien vence el miedo y la cobardía. Pero no basta con ser audaz, también hay que ser prudente. Quien actúa sin pensar, por impulso o por orgullo, no demuestra valor, sino temeridad. El valor es una virtud que se cultiva con sabiduría. Porque quien se lanza de un edificio creyendo volar como Superman no es valiente. Está loco. El optimismo iluso es un delirio.

La interpretación clásica de la historia de David y Goliat es que el pequeño puede ganarle al grande, si tiene fe en Dios: La fe lo puede todo. Es una historia de fe, esperanza y superación.

El problema es que bien sabemos que la fe no es una garantía de victoria. De ser así, el Papa sería el campeón mundial de boxeo. Es decir, “Dios ayuda al que madruga”. Se requiere de esfuerzo, trabajo y acción.

Si aceptamos que solo la fe en Dios nos garantiza el triunfo en las contiendas, podríamos llegar a cometer muchas locuras. El escuchar esta interpretación en la homilía de una misa nos hace sentir muy bien. Pero obviamente se trata de una versión simplista y superficial. En el mejor de los casos, incompleta.

Claro que no fue una lucha tan desigual, como muchos creyeron. David tenía más que fe a su favor. Tenía la juventud, la agilidad, la inteligencia y la destreza de quien sabe usar la honda con maestría. La honda, esa arma tan poderosa y temible, capaz de lanzar una piedra con la fuerza de un rayo. Goliat, en cambio, solo tenía su enorme estatura y su fuerza bruta. Nada más. David lo sorprendió con su atrevimiento y su confianza. Porque Goliat lo menospreciaba. Porque no esperaba que un muchacho tan pequeño y delgado le hiciera frente. La inteligencia y la habilidad, unidas a su fe y a sus razones, le dieron la victoria inesperada. Inesperada para los que lo miraban con desdén. David sabía lo que hacía desde el principio. Sabía de lo que era capaz. No le importó que los demás lo subestimaran.

No podemos confiar ciegamente en la fe, ni tampoco podemos ignorarla. No podemos actuar solo por impulsos, ni tampoco podemos renunciar a nuestros sueños. No podemos subestimar a nuestros enemigos, ni tampoco podemos sobreestimar nuestras fuerzas. No podemos olvidar nuestros valores, ni tampoco podemos imponerlos a los demás. No podemos asumir que todo saldrá bien, ni tampoco podemos temer que todo saldrá mal.

La historia de David y Goliat nos enseña que la adversidad se puede superar, pero también que hay que ser hábiles y valientes. Nos enseña que la fe es importante, pero también que hay que ser inteligentes. Nos enseña que el éxito es posible, pero también que incluye el riesgo de fracaso. Nos enseña que la vida es una aventura, pero también un desafío. La fe hace falta. Pero la prudencia, también.

Gustavo Godoy