domingo, 22 de febrero de 2026

La crisis de la exactitud

 



Vivimos en la era de la neblina unánime. Hemos comenzado a tratar nuestra relación con el mundo no como un ejercicio de precisión, sino como un pacto de ambigüedad. A esta renuncia al rigor la llamamos, erróneamente, tolerancia o libertad, cuando en verdad estamos ante una patología sistémica: la crisis de la exactitud.


La exactitud es la forma más alta de la atención. No es la fría obsesión del técnico, sino el acto ético de reconocer las cosas por lo que son y no por lo que nos gustaría que fueran. Es el puente de confianza que une la mente humana con el mundo físico. Cuando ese puente se quiebra, no solo fallan las palabras; se corrompe el pensamiento, se diluye la moral y el comportamiento se vuelve errático.


La crisis comienza en el intelecto. Hemos sustituido el juicio crítico por la "sensación". Un pensamiento exacto es aquel que define límites, que distingue entre lo que es verdad y lo que es un deseo. Hoy, sin embargo, preferimos la bruma mental porque en ella no hay aristas filosas. El pensamiento exacto es incómodo: nos recuerda que los recursos son finitos, que el tiempo es irreversible y que no todas las ideas tienen el mismo valor. Renunciar a la exactitud en el pensamiento es renunciar a la capacidad de resolver problemas reales; es preferir el consuelo de una mentira vaga al desafío de una verdad precisa.


Como consecuencia, el lenguaje ha dejado de ser una herramienta de revelación para convertirse en una de ocultamiento. Ya no nombramos para entender, sino para evadir. La ambigüedad es el refugio de la irresponsabilidad: si no definimos los términos, nadie puede ser juzgado. El incumplimiento se disfraza de "cambio de paradigma" y la mediocridad se oculta tras neologismos pomposos. La exactitud en el habla es un compromiso con el otro; la vaguedad es, casi siempre, una forma de manipulación o de cobardía.


En el terreno de la moral, la falta de exactitud nos condena al caos. Sin un estándar objetivo de lo que es correcto, la ética se reduce a una preferencia personal que cambia según el viento emocional. Una moral exacta es aquella que establece consecuencias claras para acciones claras. Sin ella, la responsabilidad se evapora.


Esto se traduce finalmente en un comportamiento inconsistente. La persona que padece la crisis de la exactitud es aquella cuya palabra no tiene peso y cuya acción no tiene dirección. Es el individuo que promete sin intención de cumplir y que actúa sin medir el impacto, esperando que la realidad se adapte a su desorden. El comportamiento exacto, por el contrario, es la manifestación del carácter clásico: es la coherencia absoluta entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.


Recuperar la exactitud es un acto de soberanía individual. Implica la valentía de aceptar la realidad con toda su dureza y sus límites. El rigor no nos encarcela; nos sitúa. Solo cuando somos exactos en nuestro diagnóstico —sobre nuestras capacidades, nuestras faltas y nuestras deudas— podemos aspirar a una verdadera transformación.


Sin exactitud, el ser humano es solo una veleta en la tormenta del subjetivismo. La exactitud es el ancla. Es la disciplina de la mirada que nos permite decir "esto es así", y la firmeza del carácter que nos permite añadir "y por lo tanto, actuaré en consecuencia".


La exactitud no es una manía del intelecto, sino la forma más pura de la honestidad. Ser exactos en lo que pensamos, decimos y hacemos es el acto definitivo de respeto por la realidad: es aceptar el mundo tal como se nos presenta, con sus límites y sus verdades incómodas, sin intentar deformarlo para que encaje en nuestros caprichos.


Una visión honesta de la vida exige reconocer que la bruma de la ambigüedad solo sirve para postergar el fracaso. El rigor es el suelo firme sobre el que se construye el carácter. Solo quien se atreve a ser preciso, asume la responsabilidad de su existencia y deja de ser una sombra para convertirse en una presencia real en el mundo.


Gustavo Godoy