domingo, 12 de abril de 2026

Suicidio Logístico

 




El despacho del profesor Alfredo Sedano no era una habitación, sino un manifiesto contra el desorden. En su escritorio de caoba, cuyo coeficiente de fricción impedía que cualquier folio se deslizara más de tres milímetros por accidente, reposaban tres cronómetros náuticos de manufactura suiza, sincronizados con el tiempo atómico de Greenwich. Sedano no vivía el tiempo; lo auditaba. Para él, la existencia era un borrador plagado de erratas que la mayoría, en su embriaguez de mediocridad, se negaba a corregir.

Aquella tarde en Barquisimeto, el aire soplaba con una densidad de partículas que juzgó ofensiva. Revisaba una tesis doctoral con un bolígrafo de punta de platino que permitía un trazo de exactamente cero coma tres milímetros. Tachó una coma mal situada; no era un error gramatical, sino una fuga de capital intelectual, un bache en la carretera de la lógica que obligaba al lector a un frenazo innecesario.

—Caos —susurró, y su voz sonó como el roce de dos hojas de bisturí—. La gente cree que el lenguaje es un fluido, cuando es una estructura de precisión.

Fue el parpadeo irregular de un semáforo defectuoso lo que le provocó una síncopa lógica: su propia muerte, el evento final de su contabilidad personal, estaba sujeta a la misma arbitrariedad. Podía morir por un infarto tras un pan mal horneado o ser embestido por un conductor analfabeto. Esa idea le resultó insoportable. Si el punto final de su oración biográfica caía de forma aleatoria, toda la sintaxis de su vida carecería de sentido.

—No permitiré que el azar sea mi editor jefe —sentenció.

Durante seis meses, Sedano fue el arquitecto de su propia liquidación. Aplicó los principios de la gestión de capital a su biología, estudiando farmacología con la disciplina de un analista de riesgos. Calculó su índice de masa corporal y su tasa de filtración glomerular para que el síncope cardíaco fuera fulminante en el segundo exacto: las veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos del treinta y uno de diciembre. Un bloque de tiempo absoluto. Una muerte impuntual sería una vulgaridad que perseguiría su memoria para siempre.

La noche del evento, se vistió con un traje de lino blanco verificado bajo luz ultravioleta. Sobre la mesa, su nota de suicidio no era una confesión, sino una Fe de Erratas. Listó sus inversiones fallidas, un matrimonio que duró tres años de más y amistades que nunca superaron la fase de ruido blanco. Al final, dejó una instrucción precisa: Asegúrense de que el acta de defunción mantenga la sangría de dos centímetros en el margen izquierdo. 

A las 23:59:59, el corazón de Sedano se detuvo en una síncopa perfecta. El último latido coincidió con el salto de la aguja hacia el nuevo año. Murió en el limbo exacto entre dos eras, una oración sin una sola falta de ortografía. Fue, en ese microsegundo de eternidad, el hombre más rico del planeta: poseía el control total sobre su activo más escaso.

Cuatro días después, el conserje Ruperto, que personificaba la entropía más descuidada, entró fumando y dejó caer ceniza sobre el traje impecable del difunto. El médico forense de guardia, un joven llamado Pérez que llevaba dieciséis horas sin dormir, sacó un bolígrafo barato que perdía tinta. 

—Nombre del occiso —gruñó Pérez.
—Alfredo Sedano —respondió el conserje.

Con una caligrafía de insecto agonizante, el médico escribió en el acta: Alfredo Zedano. Olvidó la tilde y transformó la "S" en "Z" por pura incuria auditiva. Luego, consultó su propio reloj de plástico, que tenía un retraso de cuatro minutos, y dictó mientras rascaba una mancha de café en el formulario:

—Hora de muerte: cero horas con tres minutos del día primero.



Gustavo Godoy


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