domingo, 24 de mayo de 2026

El verdadero costo de la solución

 


Seguro que te ha pasado más de una vez: ves un problema en tu entorno, en el trabajo o en tu propia familia cuya solución es ridículamente obvia, pero, por alguna extraña razón, nadie mueve un dedo para arreglarlo. O peor aún, eres testigo de cómo la gente parece experta en fabricar dramas y complicaciones de la absoluta nada. Sin embargo, antes de echarle la culpa a la incompetencia ajena o a una mala fe generalizada, vale la pena detenerse a mirar más de cerca. A veces, esa torpeza no es un fallo del sistema, sino un mecanismo de defensa: el autosabotaje estructural. 

Da miedo resolver un problema del todo, porque cuando el conflicto desaparece, nos quedamos a solas con nosotros mismos. El problema no es que no podamos resolver los conflictos, es que no queremos, porque el conflicto es el pegamento de nuestras identidades y relaciones.

Existen vigas que se tuercen no por defecto del material, sino porque la torsión misma es el único punto de contacto entre dos cuerpos que se niegan a desplomarse en la indiferencia.

La suposición de que la falta de soluciones definitivas en el tejido social responde a una conspiración orquestada en una sala oscura —donde mentes maquiavélicas planifican la dependencia del consumidor— es una explicación tosca, un reduccionismo que confunde la tragedia de la condición humana con un simple diseño de obsolescencia programada. La realidad es infinitamente más severa y, por ende, más honesta: la persistencia del desajuste no es un cálculo de maldad corporativa, sino una necesidad existencial, un tanto perversa pero estrictamente humana, de salvaguardar el vínculo. Curar la herida equivale, con frecuencia, a demoler el puente.

Consideremos el diseño de la mampostería relacional. ¿Qué es un padre sin la cojera estructural de su hijo? El progenitor que prolonga la inmadurez de su progenie mediante una tutela asfixiante no busca la tiranía por el goce del dominio; lo que persigue es conjurar el horror del nido vacío, evitar el instante pavoroso en que la columna ya no deba sostener peso alguno y quede expuesta a la intemperie de su propia inutilidad. El hijo, a su vez, asume el rol de contrapeso cediendo a una debilidad artificial; prefiere habitar una estructura encorvada antes que arriesgarse a la autonomía de un suelo sin referencias. El problema se convierte en el cemento que une los ladrillos.

Esta misma dinámica edifica los templos de la salud mental y la pedagogía contemporánea. El psicólogo que eterniza la terapia, dosificando la lucidez como un fármaco de efecto retardado, no traiciona su juramento por mera codicia; se defiende de su propia disolución profesional. Si el paciente alcanza la exactitud de la autorregulación, si aprende a tensar sus propios cables tensores sin auxilio externo, el terapeuta se transmuta en un fantasma, una figura despojada de relevancia en el teatro de la psique ajena. La transferencia se perpetúa porque la curación absoluta significaría la mutua extinción.

Del mismo modo, el maestro que se niega a entregar las claves definitivas de la soberanía intelectual a sus alumnos no hace más que proteger la asimetría que justifica su cátedra. Al mantener al discípulo en un estado de perenne búsqueda, suspendido en una eterna preparación, el maestro asegura su lugar en la cúspide. El aula se transforma así en un ecosistema de dependencia mutua, un espacio donde la ignorancia no es un vacío a llenar, sino la cantera inagotable de la que el instructor extrae su razón de ser.

La exactitud es, por definición, un acto de desapego. Resolver un conflicto con precisión matemática, trazar la línea recta que separa el síntoma de su causa y eliminar la fricción, es un gesto de una honestidad brutal que pocos temperamentos están dispuestos a tolerar. La solución definitiva disuelve la necesidad del otro; sitúa a los individuos en una posición de simetría autárquica donde la relación ya no es un refugio contra la gravedad, sino una elección estética entre iguales. Y la libertad, como la piedra expuesta al viento en lo alto de la torre, es fría y carece de textura.

Preferimos, por lo tanto, habitar la ruina inconclusa. Nos acomodamos en el crujido de la madera vieja y justificamos la persistencia del dolor en la espalda alta alegando la complejidad del cuadro clínico o la fatalidad del destino, cuando en el fondo tememos el silencio que sobreviene cuando el cabo de guerra se rompe y cada equipo cae de su propio lado, forzado a mirarse a sí mismo sin el pretexto de la resistencia ajena. El verdadero costo de la solución no se mide en el esfuerzo necesario para alcanzarla, sino en el vacío absoluto que deja tras de sí la desaparición del problema que nos daba identidad.

Muchas veces preferimos el sufrimiento conocido antes que la libertad del vacío. Al final, no es estupidez ni maldad; es el pánico humano a quedarnos desamparados 


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