viernes, 6 de noviembre de 2015

El imperialismo por dentro y por fuera







A finales del siglo XIX, como consecuencia de la revolución industrial y la emancipación política de la burguesía, las principales potencias europeas impulsaron una política imperialista como una solución para sus  problemas internos. Durante el periodo imperial en Europa,  los ambiciosos hombres de negocios convencieron a los gobiernos nacionales de tomar la ruta de la política mundial por razones meramente económicas. La expansión como objetivo permanente y supremo de la política es la idea central del imperialismo. El sistema económico burgués está basado en el crecimiento ilimitado y las fronteras nacionales empezaban a estorbar.


Las potencias capitalistas europeas como Inglaterra, Países Bajos y Francia necesitaban uno lugar seguro donde invertir  sus capitales sobrantes, una fuente barata  de materias primas, un mercado para sus productos y un asentamiento para sus emigrantes.

Los principales imperios fueron el británico y el francés, aunque otros países como Alemania, Bélgica o Italia también se apoderaron de territorios foráneos. Igualmente, Estados Unidos y Japón impulsaron su propia expansión imperial. Gran Bretaña formo el mayor imperio de la época. Sus colonias estaban repartidas por todos los continentes, sobre todo en África y Asia.  Los británicos al poseer  puntos estratégicos  en todo el planeta obtuvieron  el control de las rutas marítimas y la hegemonía del comercio mundial. Sin duda alguna, la posesión más preciada del imperio británico era la India.

La segunda guerra mundial represento el fin del dominio europeo en el mundo. Luego con  el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética en 1991,  comienzo un nuevo periodo llamado “globalización” que no es otra cosa que un tipo de imperialismo adaptado al  contexto actual.

El imperialismo es centralismo. Es una forma de organización social y política donde un centro metropolitano domina directa o indirectamente a sus  territorios periféricos marcando las pautas económicas, políticas, sociales y culturales. Esta actitud centralista deriva  de la idea que un centro superior es el proveedor  de  orden y eficiencia para el resto del sistema. De otra manera, el caos y el atraso reinarían. El centro define el estándar. El papel de la periferia es imitar y servir el centro.  La periferia para  desarrollarse debe  seguir  el estándar que impone el centro.

Si estudiamos a fondo los mecanismos del sistema imperialista, sería un error dividir el mundo entre naciones imperialistas y naciones oprimidas porque el imperialismo primeramente es un fenómeno interno.  Todas las naciones capitalistas tanto “desarrolladas “como “subdesarrolladas” practican en lo interno una economía dual propia de la estructura imperial.  Dentro de cada país, existe un sector moderno y próspero donde habita una  minoritaria concentrada en las grandes ciudades. Por otro lado,  también existe un sector mayoritario que se encuentra  disperso en los campos, los pequeños pueblos  y las zonas marginales de los centros  urbanos. En otras palabras, está  un sector  dominante que  mantiene en sus manos todo el  poder político y económico; y  también está un sector dominado que  funciona como una reserva de mano de obra barata, de materias primas, y de productos agrícolas.  Por ejemplo, en Francia, la región parisina y la del valle de Ródano presentan un ritmo de desarrollo muy diferente al resto del país. En los Estados Unidos, el desarrollo económico ha sido dirigido al polo este del país  y algunas otras ciudades. Sin embargo,  el resto del país no se ha beneficiado de la prosperidad nacional de la misma manera. Es un hecho que en las naciones “desarrolladas” nos encontramos con sectores importantes de la población  viviendo bajo condiciones muy  similares a las de  los países “subdesarrollados”. Esto se lo debemos los desequilibrios internos inherentes al modelo imperialista.

Toda esta retorica antiimperialista proveniente de muchos líderes del tercer mundo, particularmente  en Latinoamérica,  por lo general , es mero populismo y pura hipocresía, sobre todo cuando actúan en la práctica como colonias del sistema imperial mundial y en lo interno defienden un centralismo de económico dual más despiadado que los países que critican. Para ser libre, no basta con hablar de libertad, lo más importante es  vivir en libertad.

 Mahatma Gandhi en su lucha contra el imperio británico ataco  al imperialismo en su corazón  al impulsar  la autonomía local y el orgullo nacional. Gandhi alentó la producción local con métodos autóctonos y  ´promovió el boicot de los  productos británicos en la India. Gandhi comprendió los modos de dominación del imperio y  los   combatió desde su raíz.

En el mundo globalizado de hoy, las corporaciones transnacionales  son las dueñas de los grandes capitales;  y todas las decisiones realmente importantes son tomadas por un muy reducido número de personas en  alguna  oficina en Nueva York, Londres o Tokio. Las grandes corporaciones multinacionales lo controlan todo, mientras que el  hombre común es una simple marioneta.

La mejor manera de contribuir a  la liberación de los pueblos es apoyando lo local. Lo local significa  los granjeros locales, los pequeños negocios independientes, los medios de comunicaciones locales interactivos,  la producción artesanal,  y las actividades sociales, políticas y  culturales comunitarias.  Con  pequeñas acciones desde nuestras  propias comunidades, cambiaremos el mundo. Como dice una expresión que  se ha hecho muy popular recientemente: Piensa globalmente, actúa localmente.




Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 06 de Noviembre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 30 de octubre de 2015

El amante de su propia esclavitud





 El peor esclavo es aquel que se esclaviza a sí mismo. Pareciera que el
hombre moderno ha llegado, tristemente,  a ser amante de su propia
esclavitud. Nos creemos libres, pero en realidad no lo somos. Tenemos
dueño y lo ignoramos.

De la misma manera que los vasallos de antaño eran los primeros en
defender el orden que los oprimía, en la actualidad, las masas son tan
dependientes al sistema que lo defienden a toda costa. La sociedad
contemporánea  con “sangre, sudor y lágrimas” ha logrado grandes
proezas técnicas y materiales, pero ha pagado por ello un precio
demasiado alto: su humanidad.

El hombre moderno promedio es el más primitivo de los seres. Mucho más
pobre, en la práctica,  que sus antepasados. El hombre moderno
individualmente es como un ser mimado  acostumbrado únicamente a vivir
en el cautiverio y que debido a esto  carece de  las destrezas para
vivir independientemente en su entorno natural. Gordos y bonitos
gracias al sistema pero no  por lo que hacen por ellos mismos. Sueltos
en su entorno natural, no tendrían la más remota idea de cómo cubrir
autónomamente sus necesidades más básicas. La modernidad lo ha
involucionado.  Ser moderno significa que el sistema haga todo por él,
pero él no hace  nada por sí solo. Perdió el control de su vida.  La
única función  del hombre moderno es obedecer para  bailar al son que
el tocan.

Los animales criados en  cautiverio  pierden algo difícil de
recuperar. Para ellos, es inconcebible volver a vivir como sus
ancestros salvajes. En su estado natural, serían incapaces de
sobrevivir.  Por esta razón, prefieren vivir en una jaula bajo el
cuidado de sus carceleros. Incluso llegan a amar a sus carceleros y no
conciben una vida sin ellos.  Han cambiado libertad por comodidad. Eso
es lo que le sucede al hombre dentro del modelo socio-tecnológico
moderno. Son ya varias generaciones criados por la televisión, la
computadora, el internet y los videojuegos. Se desconoce  las
implicaciones y exigencias técnicas, físicas y mentales de una vida en
libertad. Y lo peor de todo  es que se  siente orgulloso de ello. A
este alejamiento de los procesos naturalmente humanos  lo llamamos hoy
en día: modernidad.

El sistema  controla la población imponiéndole  constantemente nuevos
necesidades y nuevos deseos. Centramos nuestras vidas en buscar dinero
para comprar cosas que en realidad no necesitamos. Crecimos con un
aparato propagandístico  que nos hizo creer que el camino a la
felicidad es ser millonarios.  El sistema valora lo trivial y lo
verdaderamente importante lo desestima.

El hombre moderno esta  distraído buscando “el éxito”. Esta idolatría
basada en la acumulación insaciable de deseos  gobierna la mente del
neurótico hombre moderno de forma totalitario  y se ha convertido en
el nuevo opio de las masas que no solo está destruyendo el alma humana
sino también el ecosistema de nuestro planeta Tierra.

Todos los problemas que en la actualidad nos preocupan: La pobreza, la
guerra, el crimen, las desigualdades, el desastre ecológico, las
enfermedades psicológicas, la infelicidad, la injusticia y muchas
otras tragedias  en realidad no son las causas de la crisis mundial
que hoy padecemos. Estos problemas son  el simple reflejo externo de
la crisis en nuestro interior.  La crisis  mundial es la crisis
espiritual dentro de cada uno de nosotros. He ahí el problema. He ahí
la solución.  Solo nosotros mismos podemos liberar nuestra mente de la
esclavitud. Solo desde el alma, podremos construir el mundo nuevo que
todos anhelamos.

Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 30 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 23 de octubre de 2015

La frenetica carrera social


 

En el prologado  periodo del Paleolítico, los seres humanos vivieron en pequeños grupos de cazadores y recolectores  con estructuras sociales muy horizontales. Parece ser que  tan solo aproximadamente diez mil años atrás a partir del periodo conocido como el Neolítico, esto comenzó a cambiar gradualmente. Primero, el cambio se originó en determinados lugares y luego, con el tiempo, se expandió  a lo largo y ancho del planeta.   Fue la implementación de la agricultura y la domesticación de animales que permitió un vertiginoso aumento de la población y la aparición de la división de trabajo y la especialización. Mientras que en la sociedad paleolítica, todos se conocían personalmente y cooperaban estrechamente en tareas comunes, en etapas posteriores, aunque biológicamente éramos los mismos , debido a las nuevas realidades, la sociedad humana se volvió mucho más compleja y dinámica. Las personas se vieron forzadas a convivir con extraños. Los relaciones tomaron un carácter mucho más impersonal e indirecto que antes. Esto aumento el grado de desconfianza y tensión entre los miembros de la sociedad.

Todo grupo requiere de un orden interno  para funcionar adecuadamente. Mientras mayor sea el tamaño del grupo, mayor es la necesidad de orden. En los seres gregarios con grandes poblaciones como las hormigas y las abejas se puede apreciar un orden social mecánico y perfectamente regulado.  El hombre paleolítico dentro de sus pequeñas bandas se ayudaba entre sí pero nada parecido a las grandes colonias de algunos insectos. Biológicamente, el ser humano no evoluciono como uno entre miles, mucho menos como uno entre millones.

En la edad Media, la vida en general se hallaba pesadamente regida por la tradición. Aunque había poco libertad personal en el sentido moderno, no todo era malo. Todas las personas ocupaban un determinado lugar en el orden global de las cosas. Esto aportaba un sentido de seguridad y pertenencia. Las personas no aspiraban más de lo que le estaba establecido por nacimiento.  A partir del Renacimiento hasta nuestros días, la humanidad ha logrado liberarse de los muchas de las cadenas que la oprimían en el pasado, pero, por otro lado, se ha desarraigada de tal manera que carece de puntos de orientación en donde apoyarse. Se siente solo y perdido entre la muchedumbre sin saber qué rumbo tomar. Perdió el beneficio de contar con un mundo fijo y estable, esto se convirtió en ansiedad, aislamiento e impotencia. Tanta libertad lo aturde y lo ha vuelto neurótico. Corre desesperadamente  buscando frenéticamente ser reconocido por los demás para ganar algo de seguridad y confianza en sí mismo.

En nuestros días, la carrera social consiste en consumir cosas, acumular  cosas y ostentar cosas. El consumismo es la gran quimera de la modernidad. Hoy somos valorados en la medida que consumimos. Títulos, carros, casas, ropa, aparatos, personas, de todo.   Hoy en día , el valor simbólico de los objetos es mucho más importante que su valor utilitario.  El consumismo consiste en utilizar las cosas como símbolos de nuestra posición social que cada momento debe mejorar. El paraíso siempre estará en la próxima compra.

 Esta es una carrera sin final que  en la actualidad adquiere patrones circulares, absurdos y  muchas veces ridículos.  Por ejemplo, una celebridad viste un atuendo original para que de esta manera puede distinguirse  y lucir especial ante la  gente común. Luego, las masas aspiran lograr un estatus social similar a la celebridad mediante la imitación. Con el tiempo, este atuendo es común entre todos y pierde su carácter distintivo. Naturalmente, la celebridad pronto nota esta contradicción y cambia rápidamente de atuendo. Y todo comienza de nuevo. Esto es un ciclo que se repite a ritmos cada vez más acelerados. Todos los miembros de la sociedad participan en esta carrera de manera frenética por miedo a descender en la escala social. La presión es inmensa. Esto afecta principalmente a la  clase media que son los primeros consumidores y el publico predilecto de la televisión , las cadenas de tiendas y las corporaciones multinacionales. Consumimos compulsivamente para llenar nuestro vacío existencial porque carecemos de lazos  verdaderos que nos conecten al mundo. La sociedad contemporánea está padeciendo de  una profunda crisis espiritual.

Esta locura del “más es mejor” es una gigantesca tontería. Juzgar a los demás por su poder adquisitivo y su nivel de consumo es una tremenda ridiculez. La verdad es que cada ser humano es único y especial. Todos somos miembros de la humanidad y todos pertenecemos a este lindo planeta. La mejor manera de distinguirnos y al mismo tiempo pertenecer no es comprando cosas que en realidad no necesítanos, sino siendo auténticos,  aprendiendo cosas nuevas, contribuyendo a los demás, creando, y sobre todo, cultivando un gran corazón.  No valemos por lo que tenemos, sino valemos por lo que somos.  
 
Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 23 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 16 de octubre de 2015

El colapso de las civilizaciones


 


Normalmente, las civilizaciones son sistemas de organización humana muy inestables. Por lo general, tienden a morir con relativa facilidad. La creencia moderna del perpetuo avance de la civilización es una falsedad que carece de toda prueba histórica. Este mito se desarrolló después de la revolución industrial como una herramienta para el autoengaño y para justificar nuestros destructivos delirios de grandeza.

El escritor inglés Edward Gibbon   en su muy debatido libro “El decline y la caída del Imperio Romano “  expuso una  tesis muy interesante sobre la caída del Imperio Romano. En resumen, él dijo que  el declive  moral del ciudadano romano promedio fue la causa principal  de la caída del Imperio. 

Es paradójico, que la civilización misma crea las condiciones para  su propia destrucción.  Paulatinamente, los avances sociales, técnicos y materiales debilitaron moralmente   a los  miembros del sistema.  El ciudadano romano perdió gradualmente  ese civismo que lo categorizo inicialmente.  El colapso del Imperio se debió al descuido de los mismos romanos. Una vez que el ciudadano romano como individuo comenzó a extraer más del sistema de lo que este  aportaba al mismo era cuestión de tiempo para que el conjunto se desquebrajara. Debido al consumo exagerado y la poca producción real, el Imperio se volvió una estructura inviable que se cayó por su propio peso.  En contra de todo propositico de las masas, aunque inconcebible para la época, el antiguo Imperio Romano, después de siglos de existencia, se derrumbó debido a sus propias fallas internas.

A lo largo de la historia, muchas  civilizaciones también han desaparecido. Por ejemplo,  los mayas de Mesoamérica, las antiguos habitantes de la isla de Pascua, los Anasazi de la Norteamérica precolombina, y la Groenlandia noruega, entre muchas otras, representan civilizaciones que han nacido, crecido, florecido y luego colapsado como resultado de su propia estupidez. En realidad, aunque parezca sorprendente  este es un fenómeno muy  frecuencia. Son muchas las civilizaciones que han colapsado a través de la historia debido a razones similares. Parece ser más la norma que la excepción. 

El sistema actual no es otra cosa que  un gigantesco tren desenfrenado aproximándose al abismo.  Las señales de alerta del desastre están en todos lados. El planeta mismo está enfermando con síntomas muy palpables debido a nuestro descuido.

En la antigua Roma, surgieron innumerables movimientos filosóficos y religiosos que cuestionaron la vigencia de los valores dominantes que imponía Roma, entre ellos, por ejemplo, el cristianismo primitivo. Estos grupos proponían una  reforma. Lamentablemente, no fueron escuchados. Muchos de ellos escogieron el exilo. Escapaban al desierto o a las montañas asqueados de la corrupción de un Imperio en decadencia y cercano a una caída inminente. La mayoría se negó a ver la hecatombe  que se avecinaba. 

A pesar de que seguimos fielmente los mismos patrones de una civilización en rumbo a la debacle, debemos confiar en la nobleza y la inteligencia de la gente. Aún podemos corregir los errores cometidos. Es cuestión de que la humanidad tome conciencia de su propia condición ignominiosa.

La verdadera civilización coloca al ser humano en el centro y  lo empodera para que desarrolle sus facultades. Por lo contrario, la civilización actual carece de una orientación adecuada y todo anuncia un colapso en el futuro.  No hay que ser un genio para saber que  muchas cosas  no marchan  bien.  Por todo el planeta se puede percibir  esta incomoda verdad que la mayoría de las veces la negamos y la escondemos como si se tratase de  una penosa enfermedad. Todavía el miedo, la pereza, el orgullo, y la ignorancia nos empañan los ojos. El sistema actual debe ser transformado urgentemente. Esto es obvio.  Hay que  comenzar de nuevo y retomar el camino de la sensatez.


 Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 16 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

 


viernes, 9 de octubre de 2015

Otro modo de vivir


 




A mediados del siglo XIX, el autor norteamericano Henry Thoureau decidió vivir solo y de manera sencilla en el bosque en una pequeña cabaña construida por el mismo en las orillas del lago Walden, cerca del poblado de Concord en el Estado de Massachusetts en los Estados Unidos. Henry Thoureau defendio la  simplicidad, la autosuficiencia, la soledad, los libros, la naturaleza y la interioridad. Fue un crítico del tipo de progreso que se vino a  imponer  después de la revolución industrial. El novelista ruso León Tolstoi , el líder Hindú Mahatma Gandhi, John F. Kennedy  y  el reverendo Martin Luther King Junior reconocieron su admiración por el excéntrico escritor en más de una ocasión.


Como era de esperarse la mayoría de sus contemporáneos no comprendieron el sentido de sus experimentos. Es natural esperar que la vida de un ermitaño y asceta dedicado mayormente  a la reflexión, el misticismo y la contemplación artística también conlleve, intrínsecamente, un gran costo social. La resistencia de los demás será inevitable. Desde que el mundo es mundo, las sociedades subdesarrolladas  siempre ha marginado despiadadamente  a  las personas excepcionales  que se empecinan en andar obstinadamente  contracorriente. El hombre común va a ser  el peor enemigo del reformador social.

Thoureau decía que cuando uno escuche que alguien se preocupa  por uno y  se acerca para ayudar, la opción más inteligente que tenemos es la huida. En estos casos, la sociedad juega el papel de un mono que quiere salvar a un pez porque piensa que se está ahogando. El que quiera ayudar, pero no se interesa por comprender al otro, termina asfixiando al otro a pesar de sus buenas intenciones.

Según la obtusa moral burguesa, una vida frugal y llena de gratitud es la vida de un chiflado. Para la gran masa cegada por sus prejuicios, estos “desadaptados “no son otra cosa que meros holgazanes sin objetivos, ni futuro. Francamente, un verdadero desperdicio de talentos y potencial.  En nuestra sociedad, el hombre desprovisto de egoísmo, codicia, y ambición es un perfecto pelmazo carente de anhelos concretos.

Los prejuicios de la sociedad de masas y consumo actual asocia la soledad escogida con la depresión y el desamparo, no con la espiritualidad, el campo con el atraso, no con la salud, la paz, o el alma, la sencillez con la pobreza forzosa y las privaciones, no con la elevación cultural y espiritual,  el ocio con la vagancia,  no con el estudio  y la nobleza. Según la concepción totalitaria del capitalismo vigente y los valores de la gran clase media, absolutamente todo debe hacerse siguiendo exclusivamente  un  interés comercial y una apariencia.  Hoy vivimos en una especie de oscurantismo donde un mediocre espíritu gregario lo domina todo.



Emprender  un proyecto de vida alternativo, una visión original del mundo, o  simplemente una manera diferente de hacer las cosas  requiere confianza, fortaleza y grandes sacrificios. La gran mayoría se queda en la teoría porque en realidad es duro crear algo nuevo.  La labor del innovador sobre todo el reformador moral, social y filosófico nunca ha sido fácil. Los verdaderos sueños solo son comprendidos por quien los sueña. El mundo ideal para muchos, muchas veces no coincide con el mundo ideal de algunos.

Por ejemplo, León Tolstoi escribió sobre otro modo de vivir que espantaría  al hombre moderno y bien adaptado:

"He pasado por muchas vicisitudes y ahora creo haber descubierto que se necesita para ser feliz. Una vida tranquila de reclusión en el campo, con la posibilidad de ser útil a aquellas personas a quienes es fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que nadie se preocupe por ellas. Después, trabajar, con la esperanza de que tal vez sirva para algo, luego el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo... En esto consiste mi idea de la felicidad. Y finalmente, por encima de todo, tenerte a ti por compañera y, quizás, tener hijos...¿ Qué más puede desear el corazón de un hombre?"



Gustavo Godoy

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 09 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas


viernes, 2 de octubre de 2015

La violencia entre nosotros





  Una cultura de cooperación, de integración y de interdependencia es
fundamental para el funcionamiento adecuado de un grupo social
avanzado y feliz. El uso de la agresión en las relaciones humanas es
un signo de barbarismo. El hombre violento esta frustrado, marginado,
aislado  y sus lazos con los demás son débiles. Su visión del mundo es
triste y limitada. Este tiene una actitud antagónica ante el otro. Se
siente pequeño, amenazado  y tiene miedo. Básicamente, la violencia
nace cuando el individuo inseguro siente que la fuerza es su única
opción para sobrevivir.

 Necesariamente, las sociedades complejas requieren normas sociales
más refinadas y elaboradas que alcancen a todos, círculos éticos
amplios con una creciente importancia de una conciencia moral que
regule la acción para el bien individual y común. La violencia es un
problema cultural y debe ser abordada como tal.

La mejor manera de solucionar este problema es atacarlo desde la raíz.
Hay que fomentar una sociedad que reconozca a sus miembros, que los
incluya y los valore. La falta de una identidad bien definida, la
disparidad entre sectores, el aislamiento, la desintegración social, y
la inestabilidad política son factores que contribuyen a una atmosfera
violenta. Por otra parte, unas instituciones públicas
estabilizadoras, un alto nivel literario y artístico, el intercambio
beneficioso, y lazos sociales interconectadas fomentan un sentido de
identidad, de pertenecía que tienden a formar una estructura
psico-social común. Esta cohesión social reduce las expresiones
violentas entre las personas.

Por todo el planeta, las calles están llenas de pequeñas y grandes
disputas. En lo cotidiano, la contienda está siempre presente. Sin
embargo, ahora más que nunca es cuando, las personas  públicas y
actores  culturales deben ser ejemplos del ciudadano ideal. Su
retórica y conducta deben ser constructores de puentes, no muros. La
fraternidad y el respeto al otro son elementales. Para crear un
ambiente más agradable y armónico, los conflictos deben ser
transformados en el civismo y la compresión.

Es fundamental exaltar modelos positivos de conducta principalmente en
la figura de los padres, los maestros, y  los líderes empresariales y
políticos  cambiando así la familia, las escuelas, los sitios de
trabajo y las instituciones públicas, pilares de la sociedad. La
figura paternal inestable y autoritaria, los maestros arrogantes y
desmotivadores, y los líderes sábelo todo y prepotentes deben ser
sustituidos por modelos más civilizados, más humanos. Es necesario
usar nuestro carácter y actitudes personales para este cambio. Una
cultura violenta se modifica con muchos individuales no violentos.

Los países  necesitan enfocar sus esfuerzos en fortalecer la sana
convivencia, la educación, la cultura. Vivimos tiempos donde reinan
las pasiones pero debemos recordar siempre que los somos amigos, no
enemigos, que por encima de nuestros intereses esta la solidaridad
humana. Como siempre, tenemos que empezar con nosotros.  El poder del
ejemplo es el mejor camino hacia el mundo que queremos.
Solo cambiando nuestra actitud, podremos cambiar al mundo.

 En las palabras de Gandhi “Se el cambio, que quieres ver en el mundo”



 Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 02 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 25 de septiembre de 2015

La economia de lo humano




 El economista inglés Kenneth Boulding  dijo en una oportunidad  “Quien
crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un
mundo finito, o es un loco o es un economista” Ciertamente, el
pensamiento económico vigente está totalmente disociado de la
realidad. Las economistas  son los seres más desacertados en casi
todos los temas económicos que existen.

Por todos lados, vemos señales que nos indican que algo anda mal.  La
humanidad necesita  con urgencia nuevos modos de proceder.   La
economía requiere  un cambio estructural porque el sistema  actual
quita más de lo que da, no solo a la sociedad sino también  al
planeta.   Un  estilo de vida más humano  necesita  eliminar las
atracciones  y enfocarse en  lo verdaderamente importante.Simplemente,
  hay que volver  a los principios y   establecer  la sensatez.

 La economía mundial sufre de grandes fallas sistémicas. La sociedad
industrial contemporánea  está basada en el consumo  de recursos no
renovables.  Por lo tanto, es un sistema insustentable en el tiempo.

 La gran crisis económica mundial del año 2008 fue un aviso de lo
inadecuado del presente sistema.  El aumento demográfico mundial,  el
crecimiento de la clase media  y  el creciente consumo de los países
emergentes como China e  India aumentaron  la demanda. Al mismo
tiempo, los  inventarios decrecientes de las materias primas  y  malas
cosechas debido al cambio climático redujeron  la oferta. En
consecuencia, un alza de los precios a nivel global  fue inevitable
principalmente en los rubros: petróleo,  cobre y  alimentos.  En
Estados Unidos,  esta inflación sumada al estancamiento de los
salarios,  la cultura del  consumo ostentoso,  la adicción al crédito,
y la avaricia corporativa generaron una  crisis en el sector
financiero  estadounidense  que produjo  a una recesión generalizada
que causo estragos  por  todo el planeta.   Nuevas maneras de actuar
a  nivel mundial  son necesarias porque este sistema  no puede
mantenerse por mucho tiempo más.

Ciertamente, el hombre de hoy es demasiada inteligente como para ser
capaz de vivir sin sensatez.  Una vida prudente  determina que es lo
verdaderamente valioso  y suficiente. La esencia del progreso no está
en el incremento constante  de las necesidades materiales sino en
buscar el desarrollo de las capacidades y los poderes humanos a
través de la actividad creadora.  El fomento de las necesidades es la
antítesis de la sabiduría y la libertad porque  tienden a incrementar
nuestra dependencia. Realmente,  el carácter verdaderamente humano no
considera  las cosas más importantes que la gente y el consumo más
importante que la actividad creadora. No hay que confundir calidad de
vida con el nivel de consumo.  Lo ideal  sería la obtención del máximo
bienestar con un mínimo de consumo dado que el consumo es meramente un
medio para el bienestar humano.

 La realización de la personalidad se alcanza por la expresión activa
de su potencial en el proceso de creación. Los modelos establecidos
deben ser sustituidos por modelos mejores y  la tendencia hacia lo
mecánico, aparatoso, extravagante  deben ser remplazada por lo
orgánico, elegante y bello. La prosperidad llegara a todos cuando  el
trabajo llegue ser visto como un proceso creador y  cuando todos
tengamos la oportunidad de crear prosperidad   por nosotros mismos de
manera directa. Un modelo económico bueno  está orientado a crear
condiciones favorables al desarrollo  de las personas, no de los
objetos materiales.

  Toda actividad económica debería estar provista  de un sentido
ético.  Los sistemas económicos actuales  necesitan un cambio de
orientación. Este tren sin frenos debe transformarse a través de   una
nueva  ética de trabajo basada en la creatividad y la moderación.  El
apetito voraz que quiere  consumirlo todo a su paso debe ser
sustituido por el afán de contribuir a crear un mundo más humano y
mejor.
Confía en ti. Busca el mejoramiento de las cosas. Cambia  tu televisor
por un huerto,  los centros comerciales por bibliotecas y la lotería
por un abrazo. Fomenta las ideas, el arte, la música, las buenas obras
y la amistad.  Crea paz, felicidad, prosperidad y  progreso.  Cree en
un futuro hecho por ti.


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 26 de septiembre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 18 de septiembre de 2015

El capitalismo y la alienación





 El sistema gremial europeo anterior al surgimiento del capitalismo
estaba basado en la cooperación mutua y un bienestar relativo de sus
miembros. Los artesanos de un mismo oficio se agrupaban para definir
el número de trabajadores, la cantidad de productos y los precios. Sus
secretos profesionales eran celosamente resguardados y la competencia
restringida. El trabajador era dueño de sus herramientas e
implementos. Además gozaban de bastante autonomía. Formaban parte
activa en todo el proceso productivo. Se poseía una relación directa,
íntima y personal con la obra de sus manos, con los demás  y con su
entorno.  Los agremiados por lo general  también disfrutaban de un
programa de asistencia diseñado por ellos mismos que les  aportaba
seguridad social.

Los valores medievales con respecto a la economía eran muy distintos a
los valores de periodos posteriores. No existía ningún afán de
trabajar más de lo necesario para mantener el estilo de vida
tradicional. Había un sentido de solidaridad que subordinaba los
asuntos económicos a los espirituales y los éticos. La economía de las
ciudades feudales era generalmente estática y regional. El comercio a
distancia era muy modesto. Era un sistema planificado, descentralizado
y autogestionado localmente por pequeños productores y mercaderes
independientes.


Este escenario comenzó a cambiar gradualmente a partir del
Renacimiento Italiano. El dinero, la iniciativa individual y la
competencia empezaron a crecer en importancia.  Sin embargo, la etapa
decisiva del capitalismo moderno ocurrió realmente más tarde en el
periodo de la reforma, sobre todo como consecuencia de las ideas del
reformador protestante John Calvin cuya influencia se extendió por
Suiza, los Países Bajos, Inglaterra, Escocia y Norteamérica.

 La doctrina calvinista se caracterizó por la autodisciplina, la
renuncia y una actitud metódica. La laboriosidad, el ahorro y las
inversiones bien pensadas son principios básicos en la ética del
trabajo  protestante. Las ganancias materiales ya no estaban
acompañadas de remordimientos  como en la fe católica. Todo lo
contrario, el éxito profesional era interpretado como un signo de la
gracia divina. El trabajo tomo entonces un carácter compulsivo y
neurótico. Creció el capital y se fue concentrado en las pocas manos
de los “salvados”. Con el tiempo, Gran Bretaña y Los Países Bajos
brotaron como grandes potencias económicas mientras la potencia
católica de España cayo en la decadencia. Luego, los Estados Unidos de
América floreció rigiéndose bajo los mismos principios.

Sin duda alguna, la crítica más importante al capitalismo la expuso
Karl Marx a mediados de siglo XIX en Inglaterra.  Entre las ideas de
Marx, muchas de ellas sumamente erradas, la más acertada y profunda es
su teoría de la alienación que en realidad la tomo básicamente de
Hegel. La alienación es la reducción del hombre a un fragmento
separado de los procesos naturalmente propios. Por eso, Marx critico
la excesiva  división de trabajo en el sistema industrial al estilo
inglés y la injusta relación entre el patrono y el obrero asalariado.
El empleador compra la fuerza de trabajo del empleado por un precio
llamado sueldo y tiene derecho a apropiarse de los frutos de todo su
esfuerzo. El obrero debe limitarse a colocarse a la disposición de su
superior y realizar las tareas que ordene la jerarquía patronal. Esta
dinámica laboral capitalista genera serias desigualdades de poder y en
consecuencia una desproporcionada distribución material.

En el mundo de hoy, vivimos bajo economías realmente mixtas. El Estado
y las grandes corporaciones monopolizan casi  todo capital, mientras
las masas mayoritarias están obligadas a subordinarse a estos patronos
para subsistir.
El problema principal del capitalismo no es la pobreza material sino
la esclavitud social. La pobreza es una mera consecuencia de la
situación de esclavitud física y psicológica que vive la mayoría en la
sociedad moderna.

Cuando el Estado se convierte  en empleador  en realidad no cambia
nada para el empleado asalariado  porque el mismo mecanismo
capitalista de relación laboral alienante y vertical se mantiene.  El
Estado como patrono es el mismo ladrón con diferente traje. Es por
esto que  el sindicalismo como movimiento obrero desde sus primeros
orígenes en Francia siempre ha tenido una relación antagónica contra
el Estado y contra el socialismo de Estado.

Para ser libres, es necesario  idear sistemas socio-tecnológicos
mucho más horizontales donde el ser humano creador de valor  controle
directamente su medio de vida y sea dueño del resultado de sus propios
esfuerzos. Con creatividad, la burocracia tanto pública como privada
podría ser fácilmente abolida.


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 18 de septiembre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 11 de septiembre de 2015

La educación y la fe en los demás


 Generalmente, todos aceptamos la educación como el mejor método para
transmitir valores socioculturales y datos útiles entre los miembros
de la sociedad. Es cierto. Sin embargo, se nos olvida demasiado a
menudo  que  el objetivo deseado de la educación  es la
autorrealización  del ser humano mediante el mejoramiento de las
cosas. Para decirlo de otra manera, nuestros deseos de aprender  están
realmente motivados por el anhelo humano de querer  mejorar  y de
querer  vivir. Se nos olvida esto con demasiada frecuencia.  Se puede
decir  que  todo proceso  educativo debe tener como centro  el
aprendizaje  sobre la vida, y las maneras de como  encausarla
adecuadamente. La educación debe prioritariamente  impulsar valores
éticos  y fortalecer la identidad. Es irónico que hoy en día los
aspectos elementales de la educación sean los más descuidados en los
sistemas educativos de todo el mundo.

El tema educativo no está limitado solamente  a los educadores,  a las
aulas de clases o a una edad en particular. Nos compete a todos, en
todos los ámbitos, y a lo largo de toda nuestra vida. La educación
entonces es fundamental en la vida y  no es sólo  una preparación para
jóvenes encaminándose hacia  una futura vida laboral.

El  verdadero propósito de un modelo educativo es producir seres
ejemplares, no solo una fuerza de trabajo. Por otro lado,  la meta del
estudiante es  el desarrollo constantemente  de sus capacidades,
capacidades para hacer el bien, para la felicidad.  La imaginación, el
pensamiento útil, la acción  creadora, la expresión y la  cooperación
son los frutos en un sistema educativo eficaz.  La educación es buena
en la medida que produzca un ser humano pleno.

 Las fallas en el modelo educativo  actual  son una de las principales
causas de nuestra crisis planetaria de recursos humanos. El sistema
educativo mundial  está equivocado. No sirve. Este  produce
pasividad, obediencia ciega, y reduce el gran potencial de los jóvenes
a un colectivo terriblemente mediocre.  Este sistema está basado en la
 estandarización  y en la jerarquía. Sus fines y sus medios son
totalmente inapropiados. El sistema  imita el  funcionamiento de una
fábrica inglesa del siglo XIX sin tomar en cuenta las
particularidades. La enseñanza en masa del momento está diseñada para
producir gente  obediente, dócil y sin criterio propio  alguno.
Nuestras instituciones educativas  manufacturan personas como si
fueran mera máquinas de trabajo sin espíritu. Nuestras escuelas se
parecen a una cárcel o a una maquila cuando deberían parecerse a un
jardín. El sistema, con sus raras excepciones, carece de valores
humanos por lo tanto es inadecuado. Así de sencillo.

Una nueva pedagogía pide una nueva concepción, un cambio de paradigma.
Es necesario repensar los fundamentos del pensamiento educativo
mundial para poder crear las circunstancias favorables para un auténtico
mejoramiento personal. La tarea de un buen educador es  inspirar al
otro a confiar e interesarse por sí mismo,  a usar los recursos de su
propia mente, y a encontrar por si solo  sus propias fortalezas.
El individuo común puede  empezar dando su aporte  reconociendo  el
hecho que hay mucho potencial en el otro, brindando una oportunidad a
la gente  y esperando más de los demás. Vamos a  crear  ambientes con
horizontes mucho más amplios confiando que las personas son capaces.
Vamos a fomentar  un  clima cálido, abierto  y participativo donde
existan muchas  oportunidades para entrar en contactos con todas las
corrientes del pensamiento respetando la diversidad de talentos,
escuchando lo diferente con atención y  estimulando  lo positivo con
entusiasmo.

El papel del educador debe ser realizado por todos.  El ser humano
requiere un nuevo modo de enseñar y aprender porque los modelos
actuales no  sirven.  Tenemos que ser parte de la solución,
propiciando un cambio de enfoque.  Solo con una actitud creativa y
proactiva  orientada a  lo bueno y realmente útil,  podremos construir
 el  mundo bonito, feliz y  de bien que todos queremos. Este lindo
planeta  tiene mucha gente valiosa  y, muchas veces, no lo vemos.
Apoya a tu gente, apoya a tu país .Ten fe en los demás.


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 11 de septiembre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

sábado, 5 de septiembre de 2015

Los tiempos de guerra



Pocas estrategias se han probado tan útiles para el dirigente
político pícaro bajando en apoyo popular como el manufacturar una
noticiosa y sonora guerra.

En la actualidad, tenemos de todo tipo. Tenemos numerosos conflictos
convencionales, como los armados y también no convencionales como los
mediáticos, psicológicos o económicos. Los motivos declarados son
igualmente muy variados. Unos bandos son elogiados como luchadores
heroicos de nobles causas y otros censurados como malvados
terroristas. Todo depende del bando al que uno pertenezca.
Virtualmente, todo gobierno en el mundo está en guerra permanente
contra  algo o alguien.

En el presente, en los discursos políticos la palabra “guerra” es
omnipresente. Todo líder político belicoso siempre de la boca para
fuera defiende la paz pero reiteradamente  declara que es arrastrado
en contra de sus deseos  a la pelea sobre la excusa de la autodefensa
o rebuscadas consideraciones éticas en apariencia muy nobles. Habla de
paz mientras que con gestos de mando marcial y un lenguaje cuartelero
infunde valores militaristas en la población. Con toda teatralidad,
despliega su poderío ostentoso y amenazante con grandiosos desfiles
militares y escandalosos gastos armamentistas. Además rinde un culto
pseudoreligioso a caudillos y sangrientas batallas del pasado
histórico. Al dirigente este estilo conflictivo le confiere un porte
de macho guapetón, fuerte y decidido que le aporta volumen a su
imagen.

Por otro lado, los ciudadanos comunes dejan de prestar su atención a
los crecientes problemas sociales y económicos que los agobian
terriblemente para apoyar enérgicamente a su líder contra las
supuestas amenazas externas.

Pareciera que los seres humanos estamos condicionados biológicamente a
poseer un mecanismo dual en nuestras relación con los demás. Tenemos
una ética de cooperación con los amigos y una ética de competencia con
los enemigos.  Por supuesto, este mecanismo no es demasiado rígido y
tocando las teclas indicadas puede ser manipulado con relativa
facilidad. Por ejemplo, dos rivales en los negocios pueden odiarse
ferozmente. Sin embargo, al verse amenazados por un enemigo común se
llegan a sentir como hermanos de lucha por una causa compartida. El
miedo al enemigo es un potente factor de cohesión social. Los líderes
asustan a la gente con enemigos reales o ficticios para unir sus filas
y disipar las fricciones internas. Hay tantas guerras por la sencilla
razón que significa  un negocio redondo para muchos. Da millones de
dólares a la gigantesca y lucrativa industria bélica, una manutención
y un propósito al soldado raso, gloria y honores a los generales,
éxitos a los dirigentes políticos y unidad psicológica a las masas.

Para dar un simple ejemplo, esta dinámica la pudimos observar de la
manera descarada en la invasión a Irak por la última administración
Bush. Las guerras son justificadas apelando la moral y la autodefensa
pero en la mayoría de los casos obedecen intereses oscuros de una
elite.

En las palabras del escritor inglés George Orwell “Toda la propaganda
de guerra, todos los gritos, y las mentiras y el odio provienen
invariablemente de la gente que no está peleando”


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 04 de septiembre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 28 de agosto de 2015

La ciudad jardin como ideal







Sobre todo después de la revolución industrial, la producción local
artesanal a pequeña escala es considerada prejuiciosamente como un
“retraso”. Este es un dogma que impera hegemónicamente en nuestros
días. La concepción mayoritaria del “progreso” plantea insensatamente
un orden excesivamente adicto al gigantismo y al centralismo que ha
convertido al ser humano  en un ser  insignificante y totalmente
dependiente.

Unas décadas después del descubrimiento de América por Cristóbal
Colon, el humanista ingles Thomas Moro en la Inglaterra de principios
del siglo XVI se inspiró en la vida de los indígenas del Nuevo Mundo
para escribir su pequeño libro “Utopía” como una propuesta para
reformar la civilización de la Europa de entonces. En la república
isleña imaginada por Moro,  las virtudes de sus pobladores se
comparaban con la vida de los sencillos indios americanos. Los
utopianos vivían libres y en  estrecha relación con la naturaleza.
Las puertas de las todas las casas siempre estaban abiertas. Una
puerta brindaba acceso desde  la calle y otra conducía a los extensos
jardines.  Como los indígenas a sus “conucos”, los habitantes de la
isla ficticia le otorgaban una gran importancia a sus jardines donde
cultivaban frutas, cereales, hierbas y flores.
 Una de las características centrales de la Utopía de Moro es el
balance entre  los mejores aspectos de lo humano y los mejores de lo
natural en la forma de una sociedad solidaria y pacifista que habita
en una ciudad-jardín. Mientras las mega-ciudades modernas simbolizan
el aislamiento de la humanidad frente a la naturaleza. De manera muy
diferente, la idea del jardín o conuco está asociada con la imagen de
la naturaleza interactuando con  el hombre en un sano proceso de
interdependencia que se retroalimenta continuamente.

En la Nueva Inglaterra de la Norteamérica anglosajona,  el granjero
yeoman trabajaba directamente su propia tierra de manera autónoma.
Creía en los valores de la autosuficiencia. Era patrono y trabajador a
la vez. En aquella época, lo que predominaba era la granja familiar y
la pequeña propiedad.

Mohandas Gandhi, inspirado en parte por los pensamientos de Thoureau y
Tolstoi, inicio, primero en Sudáfrica y luego en la India,  un
proyecto de la aldea autosuficiente en su plan para rescatar el
trabajo artesano, las destrezas locales, y la cultura del
auto-abastamiento.  El mahatma inspiro profundamente a millones con el
poder de su increíble ejemplo. Desafío al imperialismo  británico y
sus intereses simplemente cambiando su traje de “English Gentleman”
por una sencilla prenda confeccionada artesanalmente por el mismo
usando tan solo un hilar rudimentario.

Estas ideas aunque contrastan radicalmente con las establecidas por la
sociedad urbano-industrial contemporánea son tan poderosas como
sencillas. En la actualidad, en todas partes del planeta surgen miles
de iniciativas alternativas al capitalismo salvaje de las grandes
corporaciones y al socialismo del Estado totalitario.

Casi de forma clandestina, esta revolución sumamente subestimada está
siendo forjada no por las grandes chequeras o las camarillas
políticas, sino por una gigantesca red espontanea de pequeños
horticultores independientes, comunidades intencionales y eco-aldeas a
lo largo y ancho de  todo el globo. Poco a poco,  este movimiento
mundial alcanzara gran visibilidad y, en el momento menos pensado, se
convertirán en un verdadero poder de planetaria trasformación.


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 28 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 21 de agosto de 2015

Las historias de amor










 El mito de Platón  en torno  al amor en su dialogo “El banquete” ha
cautivado a la humanidad por milenios. El discurso de Aristófanes en
la casa del poeta Agatón nos cuenta que  al principio los seres
humanos éramos seres de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.
Los dioses nos castigaron dividiéndonos en dos y ahora cada quien está
en la búsqueda de su otra mitad. El ombligo es una cicatriz que da fe
de ese singular hecho. Este bello mito pone al amor como  un profundo
anhelo  de restituir la plenitud perdida. El amor es el reencuentro
con uno mismo en el ser amado. En otras palabras, existimos para
encontrarnos.

El escritor francés Antoine de Saint- Exupery en su “Principito” nos
enseña con gran belleza y simplicidad que las relaciones de cariño,
fidelidad y apego se cultivan paulatinamente con una estrecha
cercanía.  El “crear lazos de unión” significa que dos seres dependan
uno del otro gracias a la conexión única y especial que han
desarrollado mutuamente.

El psicoanalista alemán Eric Fromm describe  el amor no como un
sentimiento pasivo  sino como una actividad deliberada  que requiere
cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. En realidad, “el
amor es dar”. Sobre todo, dar de sí.

Nos pueden atraer muchas personas pero en la práctica casi siempre nos
enamoramos de una tipología en específico. Son pocas las personas que
realmente despiertan en nosotros una sensación de afinidad y simpatía
verdaderamente transcendente. No es raro que nos encontremos con gente
que aunque nos parecen atractivas físicamente, no llaman sinceramente
nuestra atención. Ortega y Gasset escribió “La belleza que atrae rara
vez coincide con la belleza que enamora”. Pocas cosas nos describen
tan bien como nuestros gustos de pareja. Con frecuencia, nuestro gusto
expresa elocuentemente nuestra identidad. La escogencia del ser amado
está estrechamente ligada a nuestra propia configuración interna. Por
lo general, sentimos a los demás cuando nos vemos reflejados en ellos
a través de una belleza especial que únicamente nos habla a nosotros.

En la literatura, las historias de amor al principio típicamente se
presentan como una serie de malentendidos, equivocaciones y
complicaciones. Luego, en  el proceso  por superar estos obstáculos,
los protagonistas van descubriendo que en realidad son el uno para el
otro pero no lo sabían. Este descubrimiento casi siempre toma tiempo,
paciencia y valentía el realizarlo.  Gradualmente, las barreras del
miedo, el orgullo y los prejuicios se rompen y lo que antes fue dos,
ahora es uno en una especie de mágico encantamiento.  El mundo como se
conocía se desvanece, y  surge  un mundo nuevo en la forma de una
cálida intimidad que los seduce completamente. El conocimiento del
otro depende de un mejor conocimiento de sí mismos.

El verdadero amor en el mundo de hoy es un fenómeno muy raro.
Constantemente, evadimos, entorpezcamos  y obstaculizamos el amor
porque el hombre moderno  simplemente no sabe amar. El amor es una
unión mística y  espiritual, y lo hemos convertido en una operación
mundana y superficial. Haría mucho bien el repensar nuestra actitud
hacia el amor para así cambiar nuestras maneras. Este podría ser un
mundo mucho más feliz.

Por muy dolorosas, irracionales y difíciles  que muchas veces se
tornen las historias de amor, resulta increíblemente fascinante que a
veces solo basta con un simple gesto como una sonrisa o un “te quiero”
para que instantáneamente  nuestra fe en el amor renazca de las
cenizas con más fuerza que nunca. Definitivamente, la vida, sin lugar
a dudas, ……  es amar.

Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 21 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 14 de agosto de 2015

El culto a la naturaleza









 El polifacético alemán y hombre universal Johann Wolfgang Goethe escribió en 1774 su famosa obra “Las desventuras del joven Werther”. El joven Werther es un rebelde descontento con la sociedad que busca consuelo en la naturaleza, los libros y el sentimiento. Goethe nos presenta el clásico héroe romántico en la figura de este personaje. Werther personifica la retirada del mundo artificial de los hombres y el refugio dentro del alma. 


 Este libro escrito en forma de cartas narra la historia de un joven intelectual y sus amarguras ante el amor y la sociedad. Por razones de una herencia, Werther tuvo que viajar a la provincia. Lejos de la ciudad y rodeado de campo, naturaleza y libros, convierte su estadía en un periodo de autodescubrimiento. Durante toda esta etapa, escribía emotivas cartas a un amigo que son las que componen el libro. Al poco tiempo de su llegada a la provincia, Werther conoce a la bella Lotte de la cual se enamora perdidamente. Ella es hermosa, sencilla y natural. Sin embargo, es un amor imposible porque Lotte se ha casado con el burgués Albert, un hombre totalmente diferente a Werther. Al final, nuestro héroe desafortunadamente se suicida.

La pasión desbordante y gran sensibilidad de Werther conmociono a toda Europa de finales del siglo XVIII. La obra fue todo un fenómeno que llegó a llamarse “la fiebre Werther”. Todo el mundo hablaba de la novela. El monstruo del Doctor Frankenstein la leía. Napoleón Bonaparte siempre mantenía una copia en su bolsillo. Jóvenes de todo el continente se identificaban con Werther. Empezaron a vestirse como él y a comportarse como el mientras rendían culto a la sensibilitéen medio de la naturaleza. La obra se convirtió en un símbolo del rebelde solitario enfrentado a la sociedad.

El mundo burgués de hoy tiene un corazón de metal, asfalto y cemento. La modernidad transcurre en la gran ciudad entre humo y bullaranga. La naturaleza es vista por el burgués como una mera mercancía necesaria para alimentar su insaciable codicia.


 Sin embargo, la naturaleza es sagrada para muchos. Románticos, tolstoyanos, taoístas, pueblos indígenas, hippies, conservacionistas, ecologistas, montañistas, senderistas y aristócratas le rinden culto. Ellos buscan sus propiedades terapéuticas para restablecer el balance espiritual, mental y físico. Ven en ella el poder de restaurar el equilibrio de las cosas.

El culto a la naturaleza se presenta en directa oposición a la religión del éxito burgués que impera en nuestros días. Para muchos, una vida sencilla en armonía con la naturaleza es una vida mucho más humana y mucho más plena que unaen lagran metrópolis moderna.

El entorno natural prueba el carácter de los hombres con sus desafíos. Le brinda al devoto un sentido de poder personal y de libertad. Premia a sus fieles con sabiduría y habilidad. Los purifica. Los sana. Un paraíso bucólico de simplicidad rural siempre ha atraído al individuo romántico que se siente asqueado por el lujo, el consumismo, la corrupción, el materialismo de la civilización urbano-industrial donde habitan las masas filisteas.

Para las personas de gran sensibilidad, la naturaleza se transforma en el espacio perfecto para escapar de los prejuicios, las costumbres artificiales y la falsedad de la civilización enajenante. La naturaleza es el escenario ideal para el alma. La naturaleza es la caja de resonación del espíritu humano en su encuentro con sus verdaderos sentimientos.

Mientras la ciudad es el sitio propio para la actividad comercial, el ambiente natural del campo es el sitio para el individuo en busca de sí mismo




Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 14 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas
 

viernes, 7 de agosto de 2015

Sobre el exito y el fracaso en la vida






En el mundo actual, la religión del éxito burgués se ha convertido sobre todo para la clase media en el nuevo opio. Lo que comúnmente se llama “éxito” hoy en día, en realidad, consiste en la ostentación de una lista de determinados símbolos de estatus que despiertan la admiración y el respeto de la masa, por lo general sumamente superficial e ignorante. Una persona exitosa no necesariamente es la más feliz, la más noble o la más inteligente. El éxito significa generalmente la capacidad de vivir acorde con el estándar material que predomina en la cultura popular estadounidense. El fracaso es, por lo contrario, no vivir según ese estándar. En la actualidad, lo que más teme el hombre moderno es ser tildado de fracasado.


 El escritor alemán Thomas Mann logró considerable renombre con una novela sumamente interesante publicada en 1910, Los Buddenbrook. En su novela, Mann cuenta la historia de cuatro generaciones de una familia de comerciantes de la ciudad de Luberck y su decadencia. La trama de la novela transcurre en el siglo XIX entre 1835 y 1877. Este es un relato de éxito y fracaso.

El viejo Johann Buddenbrook, un hombre de éxito, el fundador de la familia que representa la primera generación, era un hábil comerciante, brillante y energético. Como es típico de la burguesía, poseía un férreo deseo de acenso social que buscaba con el fuerte pragmatismo de un genial hombre de negocios. Uno de las características principales del patriarca era sin dudas su gran vitalidad.

 En la segunda generación está Jean Buddenbrook, el hijo del creador de la compañía. Luego están sus cuatro descendientes que conforman la tercera generación, Thomas, Christian, Antoine y Clara. A lo largo de la novela con el pasar del tiempo, durante la segunda y la tercera generación comenzaron a aparecer gradualmente algunos signos de decadencia. Entre varios miembros de la familia, empezaron a manifestarse actitudes bohemias y empezaron también los primeros fracasos. Hasta que en las etapas finales del derrumbe de la familia, surge el último de los Buddenbrook y miembro de la cuarta generación. Hanno, el hijo de Thomas, es un joven físicamente endeble con carácter depresivo y falto de empuje que muere prematuramente de tifus, pero dotado con un asombroso talento musical y esplendida sensibilidad artística, una persona extraordinaria.
Inspirado en parte por las ideas del filósofo Arthur Schopenhauer, los conceptos del alejamiento de la vida o la decadencia en Thomas Mann son interpretados bajo una luz radicalmente diferente a las definiciones convencionales. Para el escritor, este fenómeno no es visto como señal de declive sino todo lo contrario. La decadencia es signo de gran sofisticación. El proceso de decadencia al que hace referencia Mann en su novela de familia es realmente el distanciamiento progresivo de los valores burgueses de dureza e insensibilidad hacia nuevos valores. En cada generación, los personajes de la novela adquieren una dimensión interna cada vez más compleja y profunda. En esta obra, la decadencia demuestra el más alto grado de refinamiento cultural, sensibilidad anímica y elevación espiritual.

El éxito y el fracaso son conceptos que requieren redefinirse. En realidad, el fracaso es vivir una vida sin un significado, una vida vacía. Por otro lado, una vida verdaderamente exitosa no es sobre lograr cosas, obtener trofeos o recibir títulos. Es exitoso quien sabe amar, quien todos los días aprende algo nuevo, quien cada día ayuda a alguien. Es realmente exitoso quien vive plenamente, ya sea desde un castillo o desde la más humilde de las chozas.

Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 7 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas