viernes, 22 de julio de 2016

El progreso




“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la época de la sabiduría y la época de la bobería, el periodo de la fe y el periodo de la incredulidad, la era de la luz y la era de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo y rodábamos precipitados al abismo”  Charles Dickens.

El mundo contemporáneo se nos presenta como una compleja paradoja. Por un lado, nosotros hemos sido testigos de un enorme progreso en cuanto a lo material y tecnológico. De eso no hay dudas. Por otro lado, también es cierto  que    podemos apreciar un profundo declive del individuo y su mundo interior. En la actualidad, se puede percibir una fuerte descompensación entre el progreso externo y el progreso interno. En los dos últimos siglos, desde la revolución industrial, pasando por las dos guerras mundiales y de  la guerra fría en siglo pasado, el mundo ha experimentado notables avances en el ambiente científico, económico y tecnológico, incluso en lo social.  El capitalismo burgués, la sociedad de consumo, la cultura de masas, el economicismo, y  el tecnificación  le han aportado al hombre moderno gran confort material y muchas libertades. Esto no es malo, inclusive es motivo de orgullo.  Sin embargo, al mismo tiempo, nos hemos empobrecido dramáticamente en cuanto a lo cultural y espiritual.  El individuo de la actualidad esta desorientado, perdido.  En algún del punto del camino, hemos fallado. La insatisfacción personal es generalizada.

En la literatura contemporánea, de manera recurrente, nos topamos con personajes que reflejan con gran claridad esta crisis del individuo actual.  Se trata del joven posmodernista  que vaga nerviosamente como un errante en busca de su identidad en medio del laberintico espacio urbano.  El arquetípico personaje actual es asocial, pasivo, cínico,  inconforme, mezquino y arrogante.   No es crítico, ni pensante. Es incapaz de sobrevivir sin ayuda del sistema.     La tradición, la familia, la comunidad,  la historia, la religión, y las ideologías ya no son puntos de orientación . Y lo único que encuentra es el disfrute consumista, escapista y hedonista en el contexto de una frenética carrera social.    Ya no está impulsado por principios e ideas sino por las cosas,  la fama y el poder.  Vale poco como individuo,  vale mas su posición en la jerarquía social ,que demasiado a menudo depende de su nivel  económico . A la final, eso solo conlleva a un hondo vacío en el fondo de su ser.                

El hombre promedio y bien adaptado vive en la negación. Es más, cuando se critica al sistema actual se desboca ferozmente en su defensa . Y el debate se vuelve emotivo e irracional. La intención no es volver al pasado ni vivir en la indigencia, sino buscar el sano equilibrio entre el progreso externo y el interno.

Las necesidades materiales del hombre en realidad son muy pocas. Y seria seguro decir que mientras más rico es el mundo interior de una persona, lo material cobra menos importancia.  El enfoque de una sociedad sensata debe estar en el ser, no en el tener. Buscar seguridad en lo material exclusivamente, lo que pone en evidencia es nuestra incapacidad y debilidad.  Una persona que pueda caminar kilómetros sin problema necesita menos del transporte moderno que aquel que se canse con un par de cuadras.  Una persona querida por sus amigos y su familia debido a su gran corazón necesitara menos de lo material para impresionar a la gente. Y así va.

El progreso interno comienza agradeciendo lo mucho que tenemos y reconociendo que  ser feliz tiene que ver más con nuestra actitud personal ante la vida, que con las monedas debajo del colchón.  El crecimiento viene del esfuerzo, no de la facilidad.  El que  invierte en su ser siempre estará en la cima del mundo, con o sin castillo.




Gustavo Godoy

Artículo publicado por El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) el viernes  22 de Julio 2016 en la Columna Entre libros y montañas
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viernes, 15 de julio de 2016

El beso








¿De qué se componen las grandes historias de amor? Primero que nada, necesitan como telón de fondo lo monótono, lo tedioso y lo ordinario. Se nutren de ese ambiente lleno de códigos sociales y rígidas fronteras donde todo es pesado y rutinario. También requieren un pasado perdido, un viejo dolor, un fuerte deseo de felicidad. Los protagonistas deben estar impulsados por anhelos muy profundos. La meta debe ser noble, difícil, enorme;  la oposición, terrible. La sociedad, el destino, y el miedo son antagonistas muy duros, siempre muy presentes en toda historia de amor que valga la pena.  Por otro lado, no existe aliado más poderoso que la suerte. Con suerte, no hay nada imposible.


En torno al amor, no encontramos en el mundo desafío  más insensato, imposible y temerario que  conquistar a un corazón roto. Se debe estar loco para emprender semejante aventura. Sin embargo, ha pasado. Poco, pero ha pasado.


Como es típico en estos relatos, ficticios o no ,  a pesar que existía cierta simpatía y afinidad, no era buen momento. Nunca lo es. Había algo de atracción pero no estaban dadas las condiciones o por lo menos no las ideales. Había algo que no cuadraba. El tiempo pasaba y los protagonistas de esta breve historia  fueron acercándose , pero muy tímidamente. Se envían señales mixtas y contradictorias. A veces manifestaban interés, otras veces indiferencia. A veces avanzan dos pasos y de pronto retrocedían tres.  Y ,por supuesto, como es natural, surgieron los obstáculos y los enredos. Convenientemente,   estos meollos sirvieron como  excusas para que las cosas no se dieran. Los riesgos a menudo salen muy caros. Y los corazones rotos tienden a protegerse. Viven en negación. Escondiéndose en los rincones. Siempre cubiertos por un velo de misterio. Rara vez dan acceso a su mundo por temor a ser heridos.

Aquel día, ellos no andan buscándose pero se encontraron por causalidad. Por suerte, contaban con mucho tiempo libre. Entonces, comenzaron a conversar de manera espontánea y sin apuros. No estaba en sus planes ,pero se  tomaron un café.  Luego, una torta de manzana. Muy sabrosa, por cierto. Y  hablaron como nunca. Hablaron del pasado, de sus sueños, de trivialidades  y de intentos fallidos. Una vez que fueron sinceros el uno con el otro y se bajaron de sus pedestales , descubrieron que entre los dos eran una verdadera antología de defectos y fallas.  Lo perfecto ,aunque al principio resulte atractivo, a la final aburre. En cambio,  lo imperfecto   seduce ,porque  nos abre  al sensible mundo de la intimidad, de lo vulnerable. Ese mundo que enamora y hechiza de manera tan fascinante.
Al rato de conversar,  se dibujo en sus rostros una sonrisa cómplice y  maliciosa. Esta acompañada de una mirada picara y desafiante.  No se sabe como, pero él , de pronto, se llenó de valor y le robo un beso.  La beso descaradamente. Así mismo. Simple y sin rodeos. Y como por arte de magia, todo fluyo como cuando los muros se desploman por  la fuerza de un rio crecido. Fue la gloria. Pura vida. Fueron segundos, pero parecía la eternidad.  Dicen que cuando los amantes se besan,  se escucha música. Hay fiesta, bailes y violines como en un cuadro de Chagall. Y eso en este caso fue verdad. Durante ese tierno beso de amor se escuchó  Puccini en todo su esplendor. La orquesta, el escenario, los actores, el gran teatro. Todo.  O por lo menos así se sentía. Mientras duro ese encuentro causal, fueron la pareja  más afortunada del mundo. Ellos habían perdido la fe, pero en un instante renació. Tal vez el amor no era tan mala idea después de todo.

Es que el amor todo lo sana, todo lo puede.  En este mundo lleno de sufrimiento, dolor y mentiras, es como quiere el ser humano lo que hace de la vida algo hermoso,  algo mágico. El amor es el centro de todas las cosas. Es lo que mantiene todo unido. El autentico amor es paciente, considerado, generoso, cortés,  incondicional. Nunca es  cobarde, mezquino, orgulloso o rencoroso. No juzga, ni condena. Desafía todos los prejuicios. Entiende. Comprende.  No hiere , ni rompe el corazón.  El amor es darse, entregarse, confiar, valorar. El amor no está hecho de polvo de hadas, sino de voluntad. No se predica. Se vive. Renunciar al amor es renunciar a la vida.
Para conquistar a un corazón roto se necesita: mucha suerte y mucho amor.
Gustavo Godoy
Artículo publicado por El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) el viernes  15 de Julio 2016 en la Columna Entre libros y montañas
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viernes, 8 de julio de 2016

El lobo estepario





Hay personas que sencillamente no pertenecen a ninguna parte, seres singulares que no encajan, como que si realmente fueran de otro tiempo o de otro planeta. Aunque habitan en los mismos entornos que todos los demás,  perciben todo de manera diferente.  Mientras la mayoría hace lo que todos hacen y piensan lo que todos piensan, ellos viven  por convicción más que por aprobación. Viven en su alma y buscan su propia estrella.  Cultivan un mundo interior propio que a la final los separa del resto y los desarraiga. Tal vez en apariencia  parecen seres normales pero, en la realidad,  tienen sus propios puntos de vista, ven otros detalles, sienten otras emociones y siguen otros objetivos.   Recorren otros caminos, caminos solitarios alejados  del tumulto  y de lo corriente. Son auténticos.




En 1927, el escritor alemán Hermann Hesse público su novela “El lobo estepario”.  En ella, nos relata la historia de Harry Haller, un hombre roto por dentro, perdido en una sociedad que le es ajena. Harry es el prototípico intelectual  solitario aislado en su estudio, independiente y  nocturno. Es un hombre de apariencia común pero internamente se siente profundamente desconectado del mundo que lo rodea. Los  pensamientos suicidas lo atormentan, una y otra vez. Es un huraño melancólico, excéntrico y enigmático, sensible y lleno de espiritualidad. Posee una vida interior sumamente agitada y compleja que cultiva leyendo poesía y tratados filosóficos.


La obra es un profundo ensayo psicológico y filosófico que explora temas muy ricos. Después de leer esta novela, uno ya no  es  el mismo. Uno se transforma. El autor  desafía nuestros paradigmas sobre la vida, el ser y la realidad. Hay dos eventos claves  en la trama: el encuentro con  Armanda, una prostituta, y la entrada al “Teatro Mágico”, después de tomar un alucinógeno. Harry aprende a tomarse con humor la existencia y que el psique humano se compone, no de  una ni  de dos partes sino de infinitas  dimensiones. El individuo es multidimensional y  el mundo visto exclusivamente según la razón es una gran  limitante. Esta es una obra que reta al lector a  ver la realidad y a si mismo con otros ojos. Es un libro “Solo para locos”, “No para cualquiera”, “La entrada cuesta perder la razón”.
 

El lobo estepario se ha convertido el símbolo de los maginados y alternativos. Harry Haller  es el héroe  moderno hastiado del insoportable orden social burgués. Es  un profeta de los sentimientos contra el sistema. La obra fue un libro de culto durante la década de los 60s entre los rebeldes e inadaptados.  El mismo Hesse siguió fielmente este modelo de exiliado que busca en sí mismo la solución a sus propios problemas. Eventualmente, se retiró a una villa rural en Suiza para seguir escribiendo solitariamente, practicando religiones orientales.


El lobo es un animal esencialmente gregario. Vive dentro de un grupo donde debe seguir  reglas y   jerarquías. Sin embargo, también ocurre que existen algunos que escogen apartase de la mamada y enfrontar los hechos elementales de la vida en la soledad, solos en la estepa. En la soledad, todo parece más difícil pero al mismo tiempo todo es más significativo, más intenso.


El  sentido de la vida es imposible de encontrar en una sociedad hecha de prejuicios,  convencionalismos y  superficialidad. Lo esencial se describe en nosotros mismos, en nuestra alma. En palabras de Hermann Hesse, “Quien no encaja en este mundo, está más cerca de conocerse a sí mismo”
  
 
Gustavo Godoy
Artículo publicado por El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) el viernes  8 de Julio 2016 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 1 de julio de 2016

Paris en los años veinte




La Gran Guerra en Europa marco el rompimiento de una moral, una tradición.  Fue durante esta etapa cuando el pensamiento dominante en el siglo XIX y los valores victorianos llegaron abruptamente  a su fin. Después de la guerra, la gente de pronto se vio  invadida por una profunda desorientación y al mismo tiempo por un gran deseo de renovación.  Nadie quería volver al pasado obtuso. Es por eso que el futuro debía  ser inventado  de cero. La libertad, el placer, y el desenfreno se convirtieron en los nuevos ideales.

El París de la posguerra represento, para muchos jóvenes escritores, poetas y artistas,  la meca de la bohemia, el arte y el amor.  Los cafés, los bares, y los salones literarios parisinos fueron el escenario ideal para una serie de inmigrantes que llegaron a Paris huyendo del pasado y buscando reinventarse a sí mismos.  Muchas de ellos habían experimentado los horrores de las trincheras y decidieron dedicarse a sus pasiones artísticas por los restos de sus días. La ciudad luz les abría sus puertas como ninguna otra ciudad podía hacerlo.



Ernest Hemingway, John Dos Passos, Ezra Pound , y William Faulkner, entre muchos otros,  escogieron Paris como su lugar de residencia.  En los años veinte, se les podía ver platicando relajadamente o escribiendo  en los cafés de los grandes bulevares. O  tal vez bebiendo varias copas en Dingo Bar o en el Select. Durante esa década,  uno se podía encontrar, por ejemplo,  con Scott y Zelda Fitzgerald bailando al ritmo del jazz  hasta el amanecer en sitios como  La Rotonde. Mientras en los Estados Unidos se imponía  la ley seca,  “Paris era una fiesta”. Fue  un periodo peculiar que presencio, entre muchas cosas,  un nuevo feminismo, un atrevido libertinaje sexual  y la renovada estética de Coco Chanell. 



Uno de los personajes más notables de este Paris fue, sin lugar a dudas,  Gertrude Stein.  Su casa  se convirtió en un centro para los mejores artistas del momento. Ella no solo apoyo en su obra literaria a Hemingway, a Pound y a  F. Scott Fitzgerald , para mencionar a algunos,  sino también a  artistas como Picasso, Matisse y Braque. Los movimientos vanguardistas  estaban en su apogeo. Y no era raro toparse con figuras como Marc Chagall , Salvador Dali o Man Ray   en  Montparnasse o en Montmartre.

Simultáneamente, frente a Notre Dame, Sylvia Beach tenía  su librería  Shakespeare and Company donde vendía libros en inglés y también los prestaba. Este lugar se convirtió en un hogar para  nuevos literatos.  Esta estadounidense  con su dinero publicó el Ulises de James Joyce y también las primeras obras de Samuel Beckett. También en esos años, escribió Marcel Proust. Escribió T.S Eliot. En realidad, fue un periodo mágico.

Para los norteamericanos y otros extranjeros, una de las ventajas de vivir en Paris en aquella época eran los costos. Era relativamente barato y el apoyo proveniente de sus lugares de origen les permitía a algunos gozar de suficiente tiempo de ocio como para dedicarse a su trabajo creativo. Paris era una ciudad cosmopolita, rica en cultura y  llena de vitalidad que  facilitaba a muchos creadores conocerse a sí mismos sin  ataduras. Les dio perspectiva para verse a sí mismos y a  sus países con nuevos ojos. Los expuso a diferentes y nuevas formas de expresión en un ambiente libre y estimulante. En ese Paris se construyó un nuevo mundo, y un nuevo lenguaje artístico que rompió radicalmente con las viejas tradiciones del pasado. Después de la guerra, el pasado dejo de dar respuestas.  Muchos encontraron puntos de apoyo en un estilo de vida festivo,  el  arte nuevo y la nueva  literatura.  Fue este desarraigo e irreverencia ante lo viejo que estimulo tanta creatividad en una misma ciudad durante un tiempo tan breve.  Fue un periodo extraordinario.

Sobre el Paris de los felices y locos años veinte, Hemingway escribió: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, por el resto de tu vida.”

Gustavo Godoy
Artículo publicado por El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) el viernes 01 de Julio 2016 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 24 de junio de 2016

Alicia y el pais de las maravillas



El extraordinario escritor inglés Lewis Carroll, cuyo verdadero nombre era Charles Dodgson, vivió en Inglaterra durante el siglo XIX. Fue un profesor de matemáticas en Oxford. Era un tipo sumamente peculiar. Le gustaba coleccionar juguetes y objetos extraños. Sufría de tartamudez, sordera parcial, epilepsia y un extraño síndrome que afectaba su capacidad para percibir el tamaño real de los objetos. Lewis Carroll escribió la obra “Alicia en el País de la Maravillas”, uno de los clásicos más importantes de la literatura, así como también escribió su continuación “A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí”. Sin duda alguna, es una obra fascinante.

En ese primer libro, Carroll nos relata el viaje de Alicia, una pequeña niña, por el país de las maravillas. Un día Alicia ve a un conejo blanco, vestido elegantemente, hablando solo y usando un reloj que miraba constantemente mientras caminaba a toda prisa. Curiosa, ella decidió seguirlo. Finalmente,  entra por un agujero que la conduce al país de las maravillas, un mundo fantástico.

En el país de las maravillas, Alicia  encontró un mundo lleno de frustración, confusión y sinsentido. En el relato dominan los  juegos de palabras, las paradojas, las parodias, los poemas y divertidos problemas matemáticos. Durante su aventura,  la joven protagonista se encuentra con diversos personajes: La reina de corazones, el sombrerero loco, el gato Cheshire, la liebre de marzo, y  la oruga azul,  para mencionar lo más destacados.  Estos son seres dictatoriales, ilógicos e irracionales que siempre  están imponiendo sus caprichos a Alicia. Todos la criticaban constantemente. Siempre dando órdenes insensatas, siempre sermoneándola con discursos absurdos. “Nunca he recibido tantas ordenes en toda mi vida” dijo Alicia frustrada.

La obra de Carroll nos plantea una temática muy interesante: Los padres y el mundo infantil. La obra es mucho más que  mero  entretenimiento. En el fondo es  una dura crítica al mundo de los adultos. Tiene mucho de sátira social con planteamientos muy  similares a los realizados  por Kafka varios años después. El mundo de los adultos desde la mirada de los niños resulta un completo absurdo debido a sus injusticias e ironías.

En el mundo de hoy, sobre todo según la moral de la clase media, los niños están sujetos a dos actitudes muy desiguales.  Por un lado, los niños son vistos con seres angelicales y frágiles que deben ser protegidos todo el tiempo. Es importante no conversar algunos temas frente a ellos y nunca exponerlos a ciertas situaciones consideradas peligrosas.  Se les debe ocultar información  omitiendo así elementos básicos de la vida como el sexo,  la muerte y los defectos de la sociedad, incluyendo los defectos de sus padres. Como es natural,  los niños crecen desconfiando de los adultos porque saben muy bien que esos mienten todo el tiempo. En muchos casos, los niños son tratados con condescendencia, sarcasmo, e ironía. Rara vez son escuchados con respeto.

Por otro lado, la infancia pareciera que consiste en seguir órdenes. Todo gira en torno a la obediencia. Algo así como un cuartel: horarios, normas, y deberes.   Reglas, reglas y más reglas. Y aunque el discurso formal declara que todo es por el bien de los niños, eso en muchos casos no es convincente.  A veces parece que los niños son presionados para compensar las frustraciones y los complejos  de los padres.   Frases frecuentes  como “No quiero que cometas los mismos errores que yo cometí”, o  “Estudia para que seas mejor que yo “son muy reveladoras.

Por supuesto que estas actitudes no aplican en todos los casos y tampoco aplican todo el tiempo. Son tendencias más que realidades universales.  Sin embargo, es un asunto para una profunda reflexión.

Los niños no son trofeos ni  nuestros súbditos. Son individuos con gran potencial que necesitan crecer a su propio ritmo y según su propia singularidad. Seres pensantes con criterio, profundidad, dignos de ser escuchados,  y con la capacidad de comprender temas complejos. Crecen mejor jugando libremente que obedeciendo “sabias”  instrucciones.

Debemos olvidarnos de imponer tanto nuestras expectativas a los niños  y empezar  a aprender más de ellos. Este mundo sería mucho mejor, si todos dejáramos de ser tan adultos.  

Gustavo Godoy

Articulo publicado por El diario El Tiempo el viernes 24 de Junio 2016 en la columna Entre libros y montañas

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viernes, 17 de junio de 2016

Carta de amor



Querer  es un acto temerario. Se requiere atención, generosidad, y valentía. El amor es un regalo que uno debe dar sin muchos cálculos. Si este  es merecido o no, correspondido o no , en realidad, no importa mucho. Los regalos son así.   En cierto modo la aventura de  amar es un salto al vacío, si uno lo piensa demasiado, no lo hace. Con mucha frecuencia, ese gran obstáculo que es el miedo nos congela o nos hace huir.
El amor es algo muy raro en estos tiempos de oscuridad. Querer es una decisión. No es un sentimiento involuntario despertado por un ideal perfecto como creen casi todos . Amar y querer es la construcción intencional de algo especial entre un par de imperfectos que escogieron tolerarse un poco y apoyarse un poco dentro de este mundo ,muchas veces tan  frio y hostil. Es para valientes e insensatos.  No ama quien quiere ,sino quien puede.

Ellos  salieron en varias ocasiones, encuentros gratos y divertidos.  Luego, ella se fue. Y mientras  estuvo en la distancia, él insensatamente le escribió inoportunas cartas de amor. He aquí una de dichas cartas cuyas  respuestas siempre fueron largos silencios, nerviosas evasivas  o tímidos distanciamientos:  
 El hombre insensato solo lucha por causas perdidas. Solo el que tiene fe busca  milagros en lugares grises y en tiempos grises. Son las grandes historias,  las que superan los obstáculos, los miedos y los enredos, a pesar de las distracciones y las excusas. Lo mágico viene de  la esperanza, de la fe.  Viene de  desafiar el destino y el orden natural de las cosas. Viene de cuando lo ordinario da paso a lo extraordinario.


Yo no soy el mejor hombre del mundo. Tengo mis virtudes pero también  estoy lleno de fallas y defectos. Soy un simple mortal.  No soy más  ni menos que los demás. Tal vez no tengo mucho que ofrecer. Pero puedo ofrecer lo que es mío. Mi paciencia. Mi dedicación. Mi atención. Mi esfuerzo. Mi comprensión. Mi compañía. Mi amor.


La vida es tan complicada como uno la quiera hacer. Podría ser simple. A veces es ver algo bello y querer acercarse. Es respetar. Es cuidar. Es dar. Es dejarse querer. Es luchar por lo que valga la pena.


Hay tiempos para ser sutil y hay tiempos para ser más atrevido. La ventaja de escribir cartas en la distancia es que dan valor.  Algo que en este tipo de asuntos no cae mal. El que se mete en estos menesteres tiene que asumir todos los riesgos con coraje.  Los milagros pueden ocurrir en cualquier momento. 


Como tu bien sabes,   me gustas mucho. ¿Y por qué no poner en palabras lo que ya  los dos sabemos?  Ser directo y descarado, a pesar de los peligros.  En otras palabras,  quiero estar cerca de ti. Aceptarte con lo bueno y lo malo. Me gustaría escuchar tus sueños, tus secretos, tus preocupaciones, tu versión de la felicidad. Me gustaría conocerte de cerca. Conocer ese lado que ocultamos a los demás por temor a ser heridos.  Yo no quiero herirte.  Yo lo que  quiero es  estar a tu lado para acompañarte al caminar. Que mis cafés sean contigo. Celebrar días especiales junto a ti. Salir a buscar  medicinas como loco cuando te de gripe.  Contribuir con las pequeñas cosas como cambiar  bombillos o reparar tu carro. Viajar contigo. Comer juntos de vez en cuando. Dedicarte poemas. Enviarte flores.   Dejarte sola, cuando quieres estar sola. Poder tocar tu mano al conversar.  Quiero  lo imposible y lo insensato.


Más que nada es  la certeza que eres alguien para querer.  Y te propongo  que construyamos algo entre los dos. Iríamos a tu ritmo y sin presiones. Armonizando  las cosas poco a poco. Conversando. Explicándonos. Yo no quiero importunarte.  Solo quiero acercarme más a ti porque me gustas. Así de sencillo.
En cierto modo  algo entre nosotros sería una locura, lo entiendo perfectamente,  pero sería una locura ajustada a nuestra medida. Por momentos dejaríamos todo atrás y  nos escaparíamos a un mundo creado por nosotros, un mundo lleno de música, magia y poesía.
Si he de escribir una gran historia de amor, me gustaría que fuera contigo.


  Gustavo Godoy

Artículo publicado por El diario El Tiempo el viernes 17 de Junio 2016 en la Columna Entre libros y montañas

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viernes, 10 de junio de 2016

El loco







Un día, sin ninguna razón en particular, decidió viajar hacia rutas salvajes. Decidió caminar sin rumbo fijo por  un sendero  solo transitado por  locos, rebeldes y  vagabundos. Hastiado de lo artificial, zarpó en busca de  pureza. En el mundo, solo encontró mezquindad y vacío. Entonces, abandono lo cómodo y sensato. Sin posesiones o prejuicios, adopto la vía como su hogar y la libertad como su bandera.  Decidió perderse. Partió  para escapar de la falsedad y  lo absurdo  de la sociedad hacia los  territorios inhóspitos de su propia alma.

Con cada paso, se  acercaba más hacia los valores de la decadencia. Detestaba lo burgués.  Su apariencia  era cada  vez más desaliñada. Se dejó la barba rala y el cabello largo. Y  rara vez tomaba un baño.  No trabajaba. No estudiaba. No atendía ninguna iglesia. No sentía interés por iniciar una familia. Su templo era la música, el arte y la fantasía.  Llevaba una vida disipada y bohemia en una galaxia de  libros, tabaco y  vino.  Le atraía lo prohibido, lo oscuro.  Siempre se enamoraba de la menos indicada. Y siempre buscaba estar entre malas compañías: poetas, artistas, marginados y soñadores. Leía a Nietzsche, a Schopenhauer,  a Hesse, a Lord Byron,  a Cioran y a Rilke mientras escuchaba Rock y Jazz.  Se inclinaba un poco al Budismo y al Taoísmo, pero nada grave.  Practicaba una espiritualidad, sin dogmas y sin dioses. Amaba la vida, la belleza, el amor. Era joven ,a pesar de los años.

Habitaba el país  de la  autodestrucción y la recreación constante, impulsado por una subjetividad que a veces lo hacía feliz y otras veces lo deprimía. Su vida estaba llena de contradicciones, fallas y verdad. Abandono la lucha por la perfección y aceptó ser imperfecto. Sentía un profundo rechazo por lo cotidiano y lo práctico. En su interior  se daba una pelea eterna entre los demonios de la realidad y los del alma. Tenia todo: tristeza, felicidad, paz, rabia, calma, tormento, superficialidad y profundidad.

Su  comportamiento tan irracional e imprudente escandalizaba a sus familiares y amigos. Buscaban sanarlo, curarlo.  Lo creían loco. Lo consideraban confundido y desorientado botando su futuro sin  sentido alguno. Lo trataban como un inadaptado y un extremista. Ellos deseaban que fuera normal.  Él había experimentado la normalidad, y no deseaba volver. No quería eso. Quería equivocarse. Quería irse de lugar. Quería escapar y construir un mundo según sus propias reglas, un mundo más parecido a él. Más que la normalidad, quería el  fuego de lo auténtico.

Él estaba consciente que su conducta molestaba y preocupaba a mucha gente. Pero también estaba perfectamente consciente que eso  le importaba un bledo.  El precio de la libertad y del autodescubrimiento es la soledad y la incomprensión. No era que no le gústase la gente. Era simplemente que se sentía menos solo en la soledad. Era que la existencia  en soledad le resultaba más grande, más hermosa. Era simplemente que viviendo más allá del mundo de los hombres, cada pequeña vivencia se tornaba en  una aventura extraordinaria.  Así lo veía él, a pesar que nadie podía entender en lo que andaba. Hay algunas realidades que solo son comprendidas por sus creadores. Para los demás, son un gran misterio.

La vida no es una carrera de logros y premios  sino un tiempo que debe ser  vivido y sufrido, con sus cielos e infiernos.  Le llamaban loco, pero prefería eso a encontrarse con la muerte  y tener que confesar que  jamás había vivido.  Era vivir o morir en el intento.  Pasión o nada.

Lo que ocurre es que existen algunos seres que, a pesar de estar más seguros en el suelo, realmente nacieron para volar.  Así son los extraños, los raros, los diferentes, las ovejas negras, los patitos feos. Así  son los locos de este mundo.




Gustavo Godoy

Artículo publicado por El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) el viernes 10 de Junio 2016 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 3 de junio de 2016

Lo efímero también es eterno




Todo cambia en este mundo. En realidad,  nada es para siempre. Todo se va como el fluir de la corriente. Y nada se escapa del poder destructor de los dioses del tiempo. Nuestro deseo es que los momentos que se fueron,  se queden junto a nosotros eternamente.  Sin embargo, todo se desvanece con el pasar de los días. Todo llega  a un final. Con demasiada frecuencia, anhelamos ese pasado perdido donde todo parecía más puro, más feliz, más bello. Con demasiada frecuencia, deseamos  recuperar ese futuro que no pudo suceder, pero soñamos con el alma. Son las ilusiones las que duran muy poco y parten a los océanos del tiempo para no volver.  Son los recuerdos de un imaginado provenir  los  causantes de muchas de nuestras más profundas tristezas.

En el bosque encantado de las hadas, todo obedecía a un orden. Cada ser tenía un rol definido dentro del gran diseño.  La paz y la tranquilidad reinaban porque  todo era predecible y seguro.  Había una forma fija, una norma que alejaba los peligros.  Existían fronteras y linderos que no se debían cruzar para poder preservar  el equilibrio.

Una noche, el rey decidió, un poco por aburrimiento, un poco por curiosidad, cambiar con su magia el orden de los cosas, pero tan solo por un día. Por un día, el mundo fue al revés. Lo que antes estaba prohibido, por ese día estaría  permitido.  Y lo permisible no  lo era más.  Durante esas horas, cada ser podía escoger su destino y los obstáculos desaparecieron. Lo que antes era imposible, ese día fue posible.

El tímido gnomo  siempre estuvo secretamente enamorado de la princesa de las hadas. Desde el primer día que la vio quedo encantado. No solo fue su belleza,  los bonitos colores de sus alas de mariposa, o su hermosa voz.  El gnomo la admiraba por cuidar el bosque tan  dulcemente. Cuando la princesa cantaba, el bosque florecía. Ese día, el tímido gnomo se llenó de  valor, y declaro su amor a la princesa.  La princesa, que antes lo habría  rechazado al instante por ser un gnomo,  lo acepto con emoción.  Sin duda, ese pequeño morador de la tierra, a pesar de ser algo torpe, también poseía un enigmático atractivo. Su trabajo en el bosque era ayudar a crecer las flores, tarea que desempeñaba con gran pasión. El gnomo era sensible, curioso y aficionado a las adivinanzas. Tocaba una guitarra de siete cuerdas y escribía versos en hojas de pino. Era un tanto extraño, pero gracioso y ,en el fondo, bueno de corazón.

Ese amor no era permitido. Se suponía que los gnomos y las hadas no debían mezclarse. No era práctico. Y no era bien visto por los demás. Pero durante ese día, los amores imposibles parecían tener sentido.  Ese día los dos salieron  a pasear juntos. Compartieron sus secretos, sus miedos y sus sueños.  Disfrutaron de los pequeños detalles. Ella se reía de sus ocurrencias. Y a él le fascinaba verla sonreír. Durante ese mágico día, el tiempo se detuvo y todos los peros desaparecieron.  Por un día, lo extraordinario parecía poder durar para siempre. Sin embargo, el día termino  y todo volvió a la normalidad. Fue un breve sueño. El orden volvió al bosque. Y lo predecible y seguro retornaron como antes. Lo que se creía que podía ser para siempre, llego a su fin demasiado pronto. El gnomo y la princesa de las hadas no volvieron a verse.

Los sueños rotos siempre son causas de tristeza. Pero también son causas de alegría, de satisfacción. Intentarlo, teniendo todo en contra.   Arriesgarse. Luchar por causas perdidas, o amores imposibles. Es un acto de fe. Es vivir.  Lo efímero también es eterno cuando se vive cada instante intensamente, con pasión, amor, valentía y esperanza.  Vivir, amar, tratar de alcanzar la luna, aunque a veces no traiga recompensas,  siempre valdrá la pena.    Los momentos mágicos en la vida, aunque demasiado cortos, siempre estarán junto a  nosotros, porque  jamás se olvidan.



Gustavo Godoy


Artículo publicado por El diario El Tiempo el viernes 03 de Junio 2016 en la Columna Entre libros y montañas



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