martes, 5 de diciembre de 2017

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Sin Rumbo y con Delirio / Escritos de otro Mundo  por  Gustavo Godoy


Descripción:  

Seamos francos. La vida en estos tiempos se ha vuelto demasiado compleja y confusa. La mayoría de nosotros estamos algo perdidos. Todo ha cambiado demasiado rápido y necesitamos con urgencia nuevos puntos de orientación. Por un lado, hemos progresado en muchos aspectos. Eso es cierto, pero, por otro lado,  también es una realidad que estamos en medio en una gran crisis. ¿Qué nos pasó?
Esta interesante colección de artículos nos sorprende con algo completamente diferente. Es un asombroso llamado a la duda y a  la reflexión. Nos confronta con preguntas, enigmas, y dilemas muy poco debatidos en la actualidad. Y lo hace  desde una óptica muy original. La obra es un despertar. Más que un libro es un viaje a otro mundo. 
¿Para dónde va la sociedad? ¿Salvaremos el planeta?  ¿Qué ocurrió con la interioridad, la cultura y lo humano en la actualidad? ¿Qué ocurrió con el individuo? ¿Otra vida es posible?

Categoría: (Critica social/ensayos/artículos) 


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viernes, 1 de diciembre de 2017

El amante de Lady Chatterley




La cultura occidental siempre ha tenido una relación difícil con el cuerpo. Por un lado, la tradición grecorromana siempre ha favorecido a la mente sobre el cuerpo porque el cuerpo representa el lado animal en nosotros, por ende la  irracionalidad. Y por otro lado,  también en la tradición judeocristiana, el cuerpo ocupa un rango inferior.  Se relaciona con el pecado. Cuando decimos cuerpo también nos referimos a las actividades comúnmente ligadas a él como, por ejemplo, el sexo.

En el siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX, sobre todo en  Gran Bretaña, imperó la estricta moral victoriana, que prácticamente erradicó al cuerpo y al sexo de la faz de la tierra. Eran considerados indecorosos y vulgares. Los únicos lugares donde se podían encontrar menciones de estos temas eran en los fríos libros de medicina y en las prohibidas publicaciones  pornografías, pero en producciones literarias de alto valor cultural jamás.

En 1927, la mujer encargada de mecanografiar el manuscrito de “El amante de Lady Chatterley”, en Inglaterra, se rehusó a continuar con su trabajo  después de los primeros capítulos. La obra le pareció escandalosa.  Entonces, la primera edición del libro tuve que realizarse en Italia donde los impresores no entendían ni una sola  palabra del texto. Una vez impreso y distribuido, muchos libreros rechazaron sus pedidos cuando abrieron las cajas y leyeron su contenido. El polémico libro fue considerado obsceno por muchos años y fue solo a partir del año 1960, cuando la editorial Penguin ganó el célebre juicio R vs  Penguin Books Ltd, que la novela se pudo publicar en su versión no censurada. Se vendieron miles de copias. Desde entonces, es una obra que para siempre quedó  asociada con la revolución sexual que aquellos años.

El escritor ingles David Herbert Lawrence,  autor de la obra,  propone en su novela al contacto físico, a la intimidad y a la ternura con  soluciones ante los males de la civilización actual. Plantea en una prosa excelentísima “la resurrección del cuerpo”, “la democracia del contacto” y las bondades de  la naturaleza como sanas alternativas en contra de la hegemonía del dinero, el sistema de clases, y la industrialización. La novela es sumamente elegante y profunda. Atrapa y cautiva de modos sorprendentes. Es cultura de la más alta calidad. Todo un homenaje a la sensibilidad.

Connie (Lady Constance Chatterley), la protagonista, una joven educada en un ambiente bohemio clase media alta,  se casa con el aristócrata Sir Clifford Chatterley durante la primera guerra mundial. Su marido recibió graves heridas en el frente y quedó inválido de la cintura para abajo. El matrimonio reside en Wragby Hall  donde llevaban una vida cómoda pero solitaria y vacía. Clifford se refugia en el mundo de la mente. Se convierte en un escritor de éxito y un hombre de negocios pero Connie, en su situación,  se siente cada día más  aislada e insatisfecha. Cae en el desconsuelo porque, en fondo, anhela verdadero  contacto humano.

Todo esto cambia cuando  conoce al guardabosque Oliver Mellors. Juntos comienzan una aventura, se enamoran y se ven con frecuencia en el bosque para mantener apasionados encuentros sexuales.  Para ambos, la vida adquiere otro significado. La novela es una crítica a la civilización occidental. Lawrence propone: un mejor sexo para combatir una mala sociedad.

En un diálogo, casi al final del libro, Oliver, inseguro por su condición social inferior, le pregunta  a Connie algo así: “El dinero es tuyo, la posición es tuya, las decisiones son tuyas. ¿Qué tengo yo para ofrecerte a ti?”  Connie le responde con gran aplomo: “Yo te lo diré. El coraje de tu propia ternura. Es eso.”

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 24 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 24 de noviembre de 2017

Ernest Hemingway


Gertrude Stein los  llamó la generación perdida. Eran un grupo de escritores y artistas norteamericanos  radicados en París de los años 20s. De Los Estados Unidos y de otras partes llegaron a París después de la Gran Guerra para cambiar al mundo a través del arte. Se encontraban en los cafés y en los clubs de jazz rompiendo con las tradiciones e imponiendo sus nuevos valores entre el licor, la creatividad y el desenfreno. Entre ellos, estaba un joven oriundo de Oak Park, Illinois,  Ernest Hemingway.

Ernest Hemingway contrasta con la imagen que comúnmente se tiene del escritor. Él no era un introvertido ratón de biblioteca. Él era un aventurero, sumamente competitivo y viril. Un robusto hombre de acción y amante de las actividades al aire libre.  Enemigo del intelectualismo y de los círculos literarios. Disfrutaba de la cacería, de la pesca y de la navegación. Fanático del deporte taurino y más aún de un buen whisky. Entre  el gran público, se llegó a conocer  principalmente gracias al periodismo y sus safaris africanos. En la guerra civil española y en otros conflictos bélicos se desempeñó como corresponsal.  Llegó a vivir en lugares como  Cayo West y Cuba. Ganó el premio Pulitzer  y el Nobel.  Al final, después de una larga depresión,   escogió, al igual que su padre,   el suicidio. Murió a mediados del año 1961 a los casi  62 años de edad.

Sin lugar a dudas, las mujeres ocuparan un lugar importante en su vida, algo disipada en materia de amoríos. Esos amoríos, al parecer, sirvieron como fuente recurrente de inspiración y  estímulo para su obra literaria.  Él decía que para escribir hay que estar enamorado. Cosa que yo también  creo así.

Siempre mantuvo una rivalidad literaria y personal muy famosa con el escritor Francis Scott Fitzgerald. Hemingway competía para ganar y Fitzgerald para perder. El melancólico y romántico autor de “El gran Gatsby”  en realidad solo competía consigo mismo. Pero la contienda con su amigo ya era una vieja costumbre que llevaban desde sus tiempos juntos en París.  Además, las biografías  tienden a enriquecerse con este tipo de anécdotas y cotilleos.

El épico Ernest Hemingway.  Poseedor de un estilo sencillo y directo, siempre buscando la sinceridad.  Maestro del oficio, dueño de una gran técnica y aficionado a los datos. Daba más importancia a los diálogos, a la acción y los hechos que a  la introspección o a la emoción.   Sus temas favoritos siempre  fueron la guerra, la muerte, el amor y los entornos naturales. Probablemente era mejor cuentista que novelista. De sus novelas recomendaría “Adiós a las armas” y “Por quién doblan las campanas”. La segunda siendo  mejor que la primera. Y de sus cuentos. Por supuesto, El viejo y el mar.

Hemingway es un icono del siglo XX, una verdadera leyenda, y sus obras son ya clásicos. En mi opinión, una lectura obligatoria.

Cuenta García Márquez que un día, en 1957, cuando vivía en París, alcanzó a verlo caminando con Mary Welsh, su cuarta y última esposa, por el Bulevar Saint-Michel.  Llevaba unos bluejeans desgastados, una camisa de leñador y una gorra de béisbol. GM no lo abordó pero sí le gritó desde el otro lado de la calle: "¡ Maestro!". Hemingway alzó la mano y le respondió jovialmente: "¡ Adiós, amigo!”


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 24 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 17 de noviembre de 2017

El Universo Entero






Es cierto, una vida como las estrellas, en solitario, tiene sus ventajas. Eso no se puede negar. En soledad nadie nos contradice, nadie nos desafía y nadie nos lastima. Tenemos tranquilidad y libertad. Podemos andar relajadamente de un lugar a otro sin mayores contratiempos. No hay que complacer a nadie. No hay que pedirle permiso a nadie para hacer lo que nos plazca. Somos los dueños absolutos de nuestro castillo y podemos reinar en él a nuestro antojo y capricho. Sí, claro, por un lado, es una vida fluida y sin muchos inconvenientes. Pero, por otro lado, es también algo carente de color. Aunque la terquedad y el orgullo nos  impidan admitirlo, la vida solitaria también puede llegar a ser muy fría y simplona. 

Es verdad, tener la fortaleza para valerse por uno mismo es muy saludable. Las dependencias son las semillas del sufrimiento y la opresión. Y la soledad bien administrada da carácter y fuerza porque invita a la reflexión, a la calma y al crecimiento. Es necesaria. Sin embargo, la soledad también puede convertirse en una cárcel de miedos, un escondite que oculta el dolor de nuestras viejas heridas que no terminan de sanar. En muchos casos, es una vulgar excusa, un letargo, que nos estanca y no nos deja florecer. 

Por supuesto, no es fácil abrirse. Darse al otro. Entregarse. Es el miedo a ser descubierto como el ser imperfecto y vulnerable que en realidad somos. La sensación de que no somos suficientes. Eso asusta. Pero también mostrarse todo el tiempo como alguien inconexo, impenetrable e invencible es  terriblemente agotador. Es cargar todo el peso del mundo en nuestros hombros solitarios y, a veces, hace falta poder contar como alguien más.  
  
Existe la necesidad, en todo ser humano, de estar solo, es natural, pero también existe la necesidad de amar y ser amado. La felicidad compartida. Hay algo intrínseco en nosotros que nos  llama a salir de nuestra propia pequeñez e ir más allá para explorar al otro.   Esto hasta los más testarudos lo reconocen en el fondo. Y, sí, claro, esto engloba también la familia, la amistad y al arte. Pero aquí me estoy refiriendo al amor amor, al amor de los amantes.  Es decir, tener el coraje de querer al otro en medio de toda la dureza de este mundo hostil. Una compañía que te entienda y te acepte, sin juicios ni reproches. Todo a cambio de que tú hagas lo mismo. Dos seres sensibles que se dan el uno al otro su presencia, su atención y su espacio intimo mientras viajan por la vida como cómplices en una especie de noble conspiración. El amor no es un medio, es un fin. Es vivir. 

El oasis secreto del amor se construye con el cuerpo y con el alma. Es distinto y aparte de todo lo demás. Se crea con confianza, compañerismo, apoyo, fidelidad, calor, piel y fe. Con besos, paciencia, cariño, ternura y cercanía. Se forja con los sentimientos, con la punta de los dedos y con los abrazos. 

Quien te ofrece amor, te está ofreciendo el universo entero. 

 
Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 17 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas








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viernes, 10 de noviembre de 2017

Diógenes y su legado.




¿Cómo sopesamos una vida? ¿Bajo qué criterio valoramos un camino recorrido? ¿Por los aplausos de los demás, por el tamaño de nuestros bolsillos, o por lo mucho que hemos amado? Muchos podrían decir que al amigo Diógenes no le ha ido muy bien en la vida. Si por pura curiosidad lo colocarámos en una balanza para pesarlo,  probablemente el hombre no pesaría mucho. En realidad, era muy ligero. Y, por supuesto, aquí no me estoy  refiriendo  a su peso corporal.  Estoy hablando en lo concerniente a sus triunfos materiales. Porque Diógenes no tenía mayores posiciones. Claro, tenía lo suficiente para vivir. Pero más allá  de eso, nada.  Sus necesidades básicas estaban cubiertas pero no podía  ostentar  mayores lujos. Tampoco tenía poder,  fama  o influencia.  Estaba muy lejos de los grandes centros urbanos del mundo moderno como Nueva York, Londres o  París.  Vivía en una desconocida y pequeña ciudad de provincia en  una humble nación periférica. No era el jefe de nadie ni controlaba el destino de nadie. Si se tratara de una guerra, probablemente estaríamos hablando de un simple  voluntario de la Cruz Roja, alguien sin cargo ni rango. Más allá de su reducido entorno,  nadie lo conocía. Ni siquiera tenía familia.  Como nunca  se casó siempre pensó que lo más prudente era no tener hijos. Entonces, estaba solo. Y,  como no le gustan las mascotas, no  tenía ni perro. Es decir, que si  el día de mañana dejará  de   existir,  prácticamente no estaría dejando  nada atrás.



Si nos dejamos llevar por las formas  y las apariencias, sería cierto,  la intrascendental vida de  un bohemio empedernido como Diógenes estaría desprovista de grandes trofeos que exhibir. Porque para valorar a las personas como él hay que  indagar en lo que no se ve. Ya que Diógenes era como un témpano de hielo. Su verdadero tamaño se podía apreciar  no en la superficie sino en lo profundo.  Su riqueza estaba en el mundo de lo intangible, no en lo externo. Juzgarlo por su monedero solamente sería un error.



Era diferente. Tenía otros valores y otro concepto de lo que era  la experiencia de vivir. Lo más sensato sería verlo bajo otro luz ya que él se regía  por otras normas, muy distintas a las de los demás. Su filosofía se basaba en cuarto verbos, los verbos: disfrutar, aprender, aportar y amar. Aunque su realidad era pequeña, nada le faltaba. Lo tenía todo porque en su estrecho rincón existían muchas oportunidades para disfrutar, aprender, aportar y amar.



Se enamoraba, se desenamoraba y se volvia a enamorar. No solo de las damas. También de la belleza de las cosas simples. Buscaba lo eterno en el instante y en el detalle, el universo. Su vida se construía  formando vínculos, conexiones y  contactos. La experiencia de un encuentro íntimo y  directo con el mundo. No poseía. Simplemente, vivía con el corazón.   



¿Qué dejara atrás  Diógenes después del momento de su muerte? Dejará buenos amigos, bellas acciones, lindos recuerdos,  elevados pensamientos y locos amores.

 

 

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 10 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas








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viernes, 3 de noviembre de 2017

Los Oráculos




Desde tiempos remotos siempre ha existido entre los hombres la creencia de que es posible predecir las cosas futuras. Tanto místicos como científicos de diferentes épocas han  admitido que existe la adivinación. La habilidad de pronosticar hechos venideros siempre ha tenido sus adeptos. Y donde hay demanda la sociedad humana siempre ha buscado las maneras de presentar diferentes soluciones que la satisfagan. Hoy en todos partes del mundo hay personas que declaran poseer esa facultad, ya sea gracias a un agudo sentido de la observación, ya sea debido a una  estrecha relación con supuestas fuerzas sobrenaturales. Los inversionistas escuchan a los economistas para tomar decisiones. Los enfermos acuden a los médicos para conocer la prognosis de su enfermedad. Y los matemáticos utilizan números y estadísticas para hacer sus proyecciones.  Lo cierto es que toda empresa que involucre riesgos dentro de un largo periodo de tiempo requiere cierto grado de anticipación y preparación de nuestra parte. Y las predicciones, aunque por lo general imprecisas,   son fundamentales en ese proceso para  poder así  ejecutar las acciones correspondientes y de ese modo obtener los mejores resultados, sabiendo de antemano que no existen certezas pero sí probabilidades.

Todo buen observador ha descubierto con el tiempo que el mundo al parecer se  rige bajo determinadas reglas. Y estas reglas tienden a repetirse en el tiempo y en todos los lugares. Si un evento  ocurrió en el pasado en  un lugar particular bajo determinadas circunstancias, este mismo evento puede vuelve a ocurrir  sin mayor sorpresa en el futuro y en un lugar distinto. Eso solo si las mismas circunstancias se repiten.   Entonces, podríamos decir que si sabemos leer de un modo adecuado el presente es posible adivinar acertadamente el pasado y el futuro sin mayores inconvenientes. Esto se lo podemos atribuir a que el universo como lo conocemos aparentemente goza de una unidad física y temporal incuestionable. En otras palabras,  en la gota se conoce al mar y en el comienzo, el final. Si bien es cierto que la adivinación no es una ciencia exacta, eso se lo debemos no a la indeterminación del universo sino a nuestras limitaciones como imperfectos observadores.

En la antigüedad, los adivinos estudiaban los rayos, el viento, el vuelo de las aves y las entrañas de los animales sacrificados en busca de mensajes divinos para predecir eventos de relevancia humana. La interpretación de sueños, la lectura de las manos, entre otros métodos,  han sido practicados con mucha popularidad por diferentes culturas a lo largo del tiempo. Y hasta los más escépticos de vez en cuando han caído en estas  tentaciones.

En la antigüedad también existían los oráculos. Cada cierto tiempo, luego de aceptar las ofrendas de la concurrencia, una mujer bajo los efectos de un delirio inducido por ciertos rituales expresaba la voluntad de los dioses en un lenguaje incomprensible que solo los sacerdotes del templo podían interpretar. Las respuestas, por lo general, ambiguas y enigmáticas, contaban con la fe de los presentes que escuchan atentamente para la toma de decisiones. Todo esto sin duda tenía una función. Solventaba la necesidad psicológica de aliviar las angustias que conlleva un futuro incierto. Y, además, estimulaba la reflexión.

En este asunto de la adivinación debemos admitir que a pesar de toda la charlatanería que gira alrededor del tema hay algo de mucha verdad. Sí hay cosas predecibles.  Del mismo modo que  el canto de algunas aves nos  indica la pronta llegada del amanecer,  la salud de una mascota; los hábitos de una familia,   ciertos cambios  en el pelaje de la marmota; la duración del invierno, o lo que vemos de una mancha errática en un papel podría anunciar  nuestras obsesiones. También se podría decir  sin temor a equivocarnos que en la vida es  nuestra actitud la que indudablemente determina nuestro destino. Porque la mejor manera de predecir el futuro no está en la lectura  del tarot ni en la consulta de los astros, sino en forjarlo con nuestras acciones. En nuestro carácter está nuestro futuro.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  03 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas