viernes, 16 de julio de 2021
viernes, 9 de julio de 2021
Las distintas teorías del mundo
Detrás de la gran comedia humana, yace un número incontable de historias. Y en cada historia se esconde un mensaje. Una teoría del mundo. ¿Qué es una historia? Es el relato de una transformación personal. ¿Qué es una historia? Una metáfora de la vida. Un microcosmos que busca contar las formas y maneras del mundo. Todos tenemos una narrativa muy particular encerrada en nuestra cabeza. Esa narrativa nos define. Nos guía. Nos impulsa. Y, en muchos casos, nos condena. En otros casos, nos libera. Pero nada es tan influyente en nuestra vida como la manera como contamos nuestras aventuras. ¿Quiénes somos? La vida es creación y recreación de una identidad.
domingo, 4 de julio de 2021
viernes, 2 de julio de 2021
El extraordinario cotidiano
Afortunadamente, soy lo suficientemente viejo como para recordar que también éramos unos cretinos antes de Internet. La misma cosa, diferente siglo. Los modelos de los autos han cambiado. Pero me temo que la naturaleza humana aún mantiene su vigencia. El chismorreo de la plaza simplemente se mudó a las redes sociales, pero es básicamente el mismo desastre. Hoy tenemos al joven vegetariano, sexualmente fluido y políticamente correcto, fingiendo una supuesta autenticidad con un selfie. En aquella época, teníamos al amigo pretencioso, a la abuela casamentera y a unos padres con ínfulas de grandeza que querían que uno fuera doctor para impresionar al vecino. Muchas sandeces tuvimos que soportar por parte de una ignorancia que parecía no tener límites. También, como ahora, existían los amores prohibidos, las metas imposibles y las tragedias insufribles. El Facebook no inventó el mal gusto. El Instagram no inventó la ridiculez. Y, ciertamente, el WhatsApp no inventó la obscenidad. Antes, también, éramos unos depravados.
Sin embargo, hay que reconocer lo evidente. Lo que vivimos de niños no nos preparó en lo absoluto para la vida que llevamos hoy. Esta vida es nueva. Los lugares son nuevos. Las creencias son nuevas. Y casi todo es nuevo. Lo único viejo son los recuerdos. Y, por supuesto, los deseos de ser feliz. La nostalgia nos acompaña. Pero también las ganas de vivir. Soñar siempre es costumbre.
Uno de niño pensó (equivocadamente) que la solución a la vida era imitar a los padres. Pero ese mundo que fue, ya no es. Anteriormente, había una serie de reglas. Cosas que uno debía seguir. Había una escala de valores que iban de mejor a peor. Ahora queda muy poco de eso. Ahora todo es relativo y subjetivo. En antaño, uno era lo que la sociedad decía que uno era. Ahora es distinto. En muchos sentidos, el mundo de antes era más sencillo. El meollo de la identidad era menos complicado. Hoy no hay jerarquías de nada. Nada es feo, nada es malo, nada es fijo. Uno es quien dice que es.
Todo está bien. Todo lo que hacemos está bien. Y lo que no hacemos también está bien. Se trata de algo que llamamos “aceptación”. Eso suena muy bonito, pero también implica que ya no tenemos una moralidad universal. Es decir, pocas cosas son las que realmente nos unen. Lo que predomina hoy son las tribus. Nuestra tribu siempre está en lo correcto. Nuestra tribu siempre es inocente. Lo malo son los demás. Lo malo es lo viejo, lo masculino y establecido. Las respuestas ya no yacen en la cultura. Las respuestas están en Youtube.
¿Qué hacer ante semejante situación? ¿Cómo encauzar una vida en la era de la aceptación? ¿A qué aspiramos si todos están bien ? ¿Quiénes somos si ya no hay puntos de referencia? El mundo de hoy es tan extraño que abruma. Todo es bueno. Todo es malo. Y todo el mundo parece estar molesto por alguien. Todos tienen su propia teoría de conspiración. Con frecuencia, lo que provoca es hacerse el loco. Un vinito, buena música, y apaguemos la luz. Silencio, por favor.
¿Qué hacer en medio de este complicado meollo? En este planeta de inmensa locura, yo diría que la solución es la pequeña acción valiente. Los pequeños heroísmos hacen la diferencia. Me refiero a vivir en afirmativo. A veces perdemos oportunidades por miedo a las heridas. Eso es malgastar la existencia. La pasividad en la vida debería ser evitada a toda costa. Debemos hacer que las cosas pasen. Dar el primer paso. Ver más allá de lo obvio. Tomar decisiones. Tener fe. Construir nuestro propio oasis de chocolates y flores. Darle un chance a los demás. Decir que sí. Entregarse a los momentos. Disfrutar con lentitud. Dejarse seducir. Y, sobre todo, ignorar los prejuicios.
Con frecuencia, se deja de vivir, porque caemos víctimas del sobreanalisis. Si la nostalgia pesa, más pesa extrañar lo que nunca sucedió. Nos olvidamos que las cosas se construyen. Los momentos se crean. Y los amores se provocan. Nada cae del cielo. La felicidad se siembra. Lo cotidiano se hace extraordinario. La perfección es un viejo prejuicio. Lo mejor de la vida es absurdo. Las cosas con alma están hechas de fe. En fin, a veces hay que despeinarse. Abrir el champán y dar el salto. Héroes del mundo en el arte de vivir.
sábado, 26 de junio de 2021
El país invisible de los exiliados
Para nadie es un secreto que la “hipergamia” es algo usual. Casi nadie lo quiere confesar. Pero la experiencia nos ha demostrado, de una u otra manera, que la gente mira hacia arriba en la escala social. La persona promedio busca una pareja de un estatus superior al propio. No mencionaré aquí cuál de los géneros es más propenso a esta práctica ancestral. Pero asumo que el lector cuenta con los suficientes años como para sacar por propia estadística. Lo cierto es que esa afición, en gran medida, dicta nuestras dinámicas sociales. Por un lado, eso podría explicar el gran misterio de la vida amorosa del soltero. ¿Por qué no somos correspondidos por la persona que nos gusta? Y, ¿por qué no nos gustan las personas que atraemos? He ahí la explicación. Es la costumbre de la hipergamia. Mi intención aquí no es escribir un tratado sobre los dilemas del amor. Pero considero que el impulso de buscar pareja de esa forma sí marca la vida de muchos en más de un aspecto. Con frecuencia, jugamos al pavo real para ganar la atención de la sociedad. De pronto, todo el mundo nos juzga en esos términos. ¿Qué hacemos? ¿Dónde vivimos? ¿Qué automóvil ostentamos? Esas son las plumas del hombre moderno. Son los símbolos reconocidos de estatus. La mayoría se encuentra trabajando en eso. Confundiendo la aprobación social por valía. No me refiero al ganarse el pan de cada día. Pero me refiero a la interminable carrera de querer llegar a la cima comparativa. Curiosamente, mucha gente definitivamente sí tiene éxito en esta empresa tan popular. Por supuesto que sí hay gente que logra conquistar los mejores partidos. Sin embargo, hay otros que fracasamos épicamente. Obviamente, no carecemos de talentos, ni de encantos. Técnicamente, poseemos todos los atributos necesarios. Ahora bien, el asunto es que, por alguna razón, carecemos de determinación. O sea, somos muy flojos para destacar en el teatro social. Exceso de sensibilidad, falta de vitamina C, o una torpeza innata. No sé. Pero indudablemente que hay gente que no sabe venderse. No por falta de producto. Repito. Es básicamente por flojera. Bueno, lo cierto es que toma mucho tiempo y energía escalar el Everest social con algo de efectividad. Yo diría que uno vive en una distracción eterna. Eso naturalmente inhibe nuestra capacidad de adaptación. Y, con el tiempo, la rareza se instala para quedarse. En consecuencia, la sociedad tiene problemas en leer nuestra extraña individualidad. No encajamos, porque desafiamos las categorías típicas de un sistema bastante interpersonal. Ante las dudas, normalmente se nos designa (al menos provisionalmente) un rango más bajo del que merecemos. Entonces, somos desechados por peculiares. Mi propuesta es que esto es totalmente injusto. Estos “exiliados” del mundo no están cortos de vitalidad. Mejor dicho, no estamos cortos de vitalidad. Cierto que mientras todos están en lo que están, uno está leyendo un libro. Actividad sin mucha utilidad práctica. Mientras la gente de éxito está haciendo “networking”, uno está cultivando una finura espiritual. Se podría decir que el valor agregado de este grupo de inadaptados está en la cultura. Porque si algo nos enseña el estar al margen de la sociedad, es el criticar. ¿Puede la queja salvar al mundo? No lo creo. Pero no podemos olvidar que el gusto es una forma benigna de queja. Después de todo, para que a uno le guste algo, debe no gustarle algo más. Por ende, el crítico ayuda a preservar la belleza en el mundo. Esa es una tarea perfecta para el ocioso y apartado: La crítica cultural. En otras palabras, la riqueza de opiniones. Pese al consenso del hombre común, un catador de la vida es de una utilidad infinita. ¿Qué libro debemos leer este verano? ¿Dónde se puede comprar un buen vino en esta ciudad? ¿Cuál es la mejor película de Fellini? ¿Un lugar secreto para una cena romántica? ¿Un concierto especial? ¿Cómo se baila el tango? ¿Café? La habilidad de conversar y conversar, de todo y sobre todo, indefinidamente, no es un comodín que se puede comprar en el quiosco de la esquina. No sabría decir si esto rivaliza con un doctor, un abogado o un banquero. Es posible que un paseo en un Mercedes del año pueda llegar a ser igual de gratificante. Pero, sin lugar a dudas, la cultura es algo que se suele subestimar. Lamentable accidente del mundo moderno. Desafortunadamente, ya no se valora la vida bohemia. ¿Qué significa ser un catador de la vida? Significa una búsqueda constante por la calidad. Calidad en la obra de los hombres. Implica hacer juicios de valor. Requiere detenerse, observar y valorar. Una vida de experimentación y amor por los detalles. Esto convierte al sujeto en el centro de su propio mundo. Lo que profundiza su rareza y lo aparta del sistema de selección tradicional aún más. La biología es brutal y despedida. Pero el exilio es un destino que en algunos casos no es opcional. El exilio es un país invisible. Solo un exiliado reconoce a otro. Es una banda clandestina que habita dentro del mundo normal. Es un submundo. Bello, apasionado e indomable. Repleto de exiliados. Quejones, criticones, tercos, e incomprendidos. Inadaptados sin muchas perspectivas. Pero grandes enamorados de la vida. Los hijos predilectos de la sensibilidad.
Gustavo Godoy
sábado, 19 de junio de 2021
El deseo de un héroe
La fuerza que nos mueve por la vida es el deseo. Todos queremos algo. Y nuestra historia vital es lo que hacemos para conseguirlo. Por alguna razón, nunca estamos satisfechos del todo. Siempre hay una carencia. Un anhelo. Esa búsqueda nos define y determina nuestro carácter. Pero, ¿qué es aquello que tanto queremos? Queremos muchas cosas y lo hacemos de manera muy personal. Lo que complica bastante el tema, porque es difícil encontrar un deseo universal. Tendríamos que indagar muy fondo. Tendríamos que explorar la naturaleza humana en su esencia. ¿Cuál es nuestro deseo más elemental? El deseo de grandeza. La frase “deseo de grandeza” es obviamente una reducción. Sin embargo, nos ayuda a encontrar claridad. Deseamos ser grandes. Queremos ser importantes. Anhelamos pertenecer. Ser apreciados. Ser relevantes. Queridos. Amados. Validados. Reconocidos. Significantes. En perfecta unión con el todo. Transcendencia. Se nos va la vida buscando estos momentos de eternidad. Me refiero a aquellos instantes que despiertan ese íntimo y divino sentimiento de grandeza en nosotros. La plenitud del ser. Aquí es cuando el asunto se complica. Porque es diferente para cada quien. Para algunos, es ganar la medalla de oro en las Olimpiadas. El premio Nobel para otros. La espiritualidad total para el místico. No sé. El amor de la familia para la persona familiar. El dinero para el hombre de dinero. La fama para muchos. Un arte. Una creencia. Ser parte de una causa. La lectura de un buen libro. Un sabor. Una estética. Los aplausos del público. Un espacio tranquilo. Un recuerdo. Sabiduría, cultura, o libertad. Un talento. Una ideal. Una virtud. El poder. O la violencia. Tal vez, la ausencia de ansiedad. Es la fuerza que nos impulsa por la vida. Tenemos el deseo. Y tenemos el obstáculo. El deseo nos mueve. El obstáculo nos golpea. Motivación y desafío. Mayor el deseo, mayor el obstáculo. El querer siempre implica un riesgo. Exige un sacrificio. ¿Qué tanto queremos lo que queremos? ¿Qué tan lejos vamos a llegar para obtener lo deseado? El héroe debe estar dispuesto a colocarse en una situación de peligro para lograr su cometido. Las pasiones no vienen gratis. Tienen un costo. ¿Quieres una familia? ¿Quieres un hijo? ¿Una carrera? ¿Triunfar? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Felicidad? ¿Ayudar al prójimo? Bueno, hay que ponerse a trabajar. Si la vida te golpea, sigue adelante. Lo que puede parecer duro es simplemente una gran historia que aún no ha terminado. La resistencia es inevitable en el proceso de vivir. A menudo queremos algo, pero, en el fondo, queremos otra cosa. Es decir, lo que pensamos que queremos rara vez resulta ser lo que realmente queremos. Como en la ficción, nuestra vida también suele seguir una trama superficial y una trama profunda. Se trata del deseo consciente, por un lado. Y el deseo inconsciente, por el otro. Lo que creemos desear y lo que en realidad necesitamos para llegar a la grandeza. Existe una historia que nos contamos a nosotros mismos. Una vieja herida del pasado que nos marca y nos limita. No nos deja ser. Por alguna razón, nos hace pensar que no somos suficientes. Una especie de pecado original que nos ha condenado la vida. De pronto, pensamos que somos la decepción de nuestros padres por no vivir a la altura de sus expectativas. De pronto, obtuvimos la felicidad por un instante y al poco tiempo lo perdimos todo. De pronto, nos rechazaron. Perdimos en muchas ocasiones. Nos sentimos un fracaso o un fraude. Y luego surge el relato interno de una persona abatida que mucho lo intentó, pero no pudo. Pudimos ser el héroe. Pero no lo somos. Bruno Díaz perdió a sus padres de niño en un robo callejero. Escogió la vida de un enmascarado que sale por las noches a luchar contra el crimen. Se convirtió en Batman para vengar a sus padres. ¿Venganza o justicia? Difícil decirlo. Su vida es dura. Pero en un sentido es bastante sencilla. Su trabajo es combatir al villano de turno. Así de simple. Ese es claramente su deseo consciente. Ahora bien, ¿es eso lo que realmente quiere? ¿Cuál es su deseo inconsciente? ¿Cuál es su trama profunda? ¿Qué quiere un huérfano en el fondo de su corazón? ¿Una familia? Seguramente, una feliz vida familiar. Volver a sentirse amado. Sin embargo, irónicamente, su oscura vida de superhéroe es exactamente lo opuesto a una vida familiar. En otras palabras, su deseo consistente y su deseo inconsciente se encuentran en directa contradicción. He ahí la complejidad del atormentado personaje. Supongamos que el amigo Bruno decide darse un paseo por la psicoterapia. Lo que necesitas es una novia, Bruno. Pero Bruno Díaz seguramente consideraría dicha solución una completa tontería. En su lugar, prefiere vestirse de murciélago y ser el Caballero Oscuro de Ciudad Gótica. ¿Por qué? Por la historia que se cuenta a sí mismo. La vieja herida del pasado que nunca lo abunda. Su escudo protector. Es su interpretación de lo que pasó con sus padres lo que lo sentencia. Seguramente, piensa que algún criminal terminará matando a su novia. Tal vez cree que la felicidad siempre acaba en calamidad. O que un mundo sin crimen es un mundo feliz. Ahora está en sus manos remediarlo. No sé. Pero su prisión es definitivamente su mente. La verdad es que no es un superhéroe por nobleza o deber. Es superhéroe por conveniencia. Así la vida es mucho más simple. La franquicia de Batman nunca termina precisamente porque el personaje nunca evoluciona. Nunca supera ese círculo vicioso. Le gana al villano. Pero no hay cambio interno. Es el mismo del comienzo. Jamás logra reescribir la historia. Para evolucionar , debemos reescribir nuestra historia. Sanar la herida. Sí, somos suficientes. Sí, merecemos ser amados. Sí, somos valiosos y capaces. Lo que pasó es pasado. Pero no puede convertirse en un freno permanente. Podemos ser grandes. Lo demás es excusa. Todos llevamos un deseo por la vida. Con frecuencia, sin embargo, ese primer deseo no es nuestro. Normalmente es algo impuesto por la sociedad, la familia o alguien más. Por eso, no satisface. Pensamos que es nuestro por sugestión. Los trofeos de la sociedad no siempre son los más importantes. Los aplausos no valen de mucho, si nos sentimos vacíos por dentro. Seamos francos. No hay mayor grandeza que sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Ser el héroe de nuestra propia historia. Luchamos. Tratamos. Lo dimos todo. Vivir. Sentir que somos grandes. Mi deseo es ese. Mi deseo es merecer mi callada admiración. Gustavo Godoy
viernes, 11 de junio de 2021
Carácter
sábado, 5 de junio de 2021
El mundo imaginario de un hombre solitario
Cuando no hay nadie más, queda la mente. La imaginación es el verdadero compañero de un ser solitario. En soledad, nadie te contradice, nadie se te impone, nadie te dicta. Es la tranquila existencia de un mundo construido sobre opiniones personales. Los narcisistas, en particular, se adaptan muy bien a los mundos sin compañía. Se requiere de cierta “esquizofrenia” para poder vivir satisfactoriamente entre cosas invisibles. En la ausencia de los demás, el ego es lo que sustituye el vacío.
La sociedad navega en un mar de convenciones. El animal social ama las normas. La soledad, sin embargo, se nutre de caprichos. El solitario adora sus gustos personales. Lo que convierte a la soledad en un retorno al ser. La soledad es un dominio. Yo diría que el principal requisito para disfrutar una existencia solitaria es la terquedad. ¿Qué hacemos? ¿Cómo vivimos? ¿Cuándo lo hacemos? ¿Y cómo lo hacemos? Bueno, de la manera que nos dé la regalada gana.
No es lo mucho que perdemos viviendo al margen de la sociedad. Es lo mucho que ganamos en nuestro cuarto vacío. Se sobrevive encontrando gozo en nuestra libertad personal. Existe algo sumamente liberador en poder crear nuestro propio mundo. Sin burocracia. Nuestra pequeña utopía no es una democracia. Es la tiranía del individuo.
Se podría pensar que la soledad es el castigo para los fracasados en lo social. En muchos casos, esto es cierto. Pero no en todos. Muchos de nosotros nacemos salvajes. Lo que nos hace, por temperamento, renuentes al proceso de domesticación. Palabras más, palabras menos, los solitarios somos una minoría incomprendida en un mundo propenso al gregarismo. La verdad es que los demás no siempre son una compañía grata. De hecho, en muchos casos, son un problema. No todos contamos con la paciencia suficiente para soportar la estupidez ajena. Lo que convierte a la soledad es un oasis de tranquilidad.
No es necesariamente el resentimiento o la frustración lo único que impulsa al alma solitaria hacia tierras desiertas. En muchos particulares es un cóctel de diversos elementos: Impaciencia, desobediencia, soberbia, megalomanía. Pero también es el deseo de libertad. Yo diría que la posibilidad de crear una realidad alterna. Exactamente. La autorrealización del ser. Y me temo que la única manera de lograr dicho cometido es cultivando lo interno. En sutiles palabras, la soledad puede ser un paraíso para los ricos en imaginación.
Al eliminar a la gente de la ecuación, de pronto, ganamos el tiempo libre para cultivar otros intereses. La filosofía, el arte, la literatura, el cine, el deporte, la naturaleza, el trabajo, el ocio, la religión, la caridad o el placer. No sé. Me refiero a que, sin las cargas habituales del individuo social, es perfectamente posible disponer toda nuestra energía a nuestras pasiones más personales. Lo más sensato sería encontrar nuestro propósito ahí. En otras palabras, una vida solitaria no es, por defecto, estéril. El amor a una causa puede llegar a ser tan intensa y gratificante como una vida en sociedad. Los ermitaños también pueden tener ilusiones. La vida en singular no es insignificante, si el gran compañero es una vocación. Es un error confundir la soledad física como la soledad moral.
La soledad física suele darnos varios regalos. En primer lugar, nos permite pensar sin distracciones. Lo que nos abre la puerta hacia la originalidad. Por otro lado, la autonomía empodera al individuo. La falta de compañía nos obliga a la autosuficiencia. Lo que, a su vez, alienta el desarrollo de capacidades. Tarde o temprano, la persona comienza a confiar en sus poderes. Bien puede empezar a creer en sí mismo. Es más, podría llegar a sentir una profunda admiración por su persona. Después de todo, es el capitán de nuestro barco. Sus errores son suyos. Sus triunfos son suyos. Sabe por experiencia que puede vivir sin los demás. Nada lo ata. He ahí la fuente de su gran poder.
Ahora bien, la experiencia solitaria necesita puntos de apoyo. Si bien es cierto que las relaciones interpersonales suelen ser los validadores para los más sociables, los solitarios deben autovalidarse. Es en el pensamiento donde se encuentra el sentido de pertenencia. Esto normalmente toma muchas formas. Orgullo por nuestras maneras. Orgullo por nuestro trabajo. Orgullo por nuestro talento. Aceptación total del yo. Me refiero al yo y al mundo que ha construido. Eso obviamente incluye rutinas, manías, arbitrariedades, narrativas, pertenencias, conocimientos, hazañas logradas, libros leídos, películas vistas, comidas disfrutadas y viajes realizados. Nuestra existencia íntima y singular es un castillo invisible en el tope de una montaña infinita. El hombre solitario es el héroe de su propia aventura. El rico propietario de un mundo imaginario. El rey de un universo sin fin.
La sociabilidad extrema destruye al individuo. La soledad extrema nos separa del mundo exterior. Dos fuerzas opuestas dominan nuestra vida: La búsqueda del calor humano y el deseo de independencia. La vida es elección. Escogimos entre el rojo, el azul o sus distintos matices intermedios. Sin embargo, he descubierto con los años que también es posible ser feliz en soledad. Nace algo muy sereno en la amistad con uno mismo.
Gustavo Godoy
martes, 23 de junio de 2020
Donny y la batalla de las bandas
Toda la escuela estaba frente a mí. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. El micrófono y la guitarra funcionaban perfectamente, pero me quede sin voz en medio de un silencio absoluto. Los demás miembros de la banda esperaban por mí para comenzar a tocar. Todos me miraban extrañados, porque no hacía nada. Yo no estaba bien. Los huesos de mi cuerpo se volvieron una piedra. Estaba aterrado. Me congele por completo y parecía una estatua. ¡La humillación total! ¡Oh, no! ¡Un verdadero suicidio social! ¿Cómo llegue a este momento? ¿Por qué a mí? ¡Aaah!
Bueno, les contaré. Esta historia comenzó hace tres semanas. Seguro que sacan la película, porque es un cuento lleno de sueños y muchos enredos. La película sería todo un éxito. Ahora que cuento lo que pasó me resulta bastante increíble, porque aprendí cosas muy raras e inesperadas. Sí, tiene un final realmente sorprendente. Mi nombre es Donny Valiente. Valiente es solo mi apellido, porque de valiente no tengo nada. No sé por qué, pero soy muy tímido. Siempre ha sido así. Mi pasión es la música. Me gusta el Rock y toco la guitarra. Sueño con ser una estrella y viajar por el mundo con mi banda. El único problema es que siento un miedo terrible cuando estoy frente a un público. Mi mente se pone en blanco y pierdo todos los sentidos. Me vuelto ciego, sordo y, sobre todo, mudo. La vida de un músico tímido no es fácil. Bueno, esa es mi vida.
¿Han conocido a un rockero? Como estoy seguro que la respuesta es sí, probablemente ya conocen el estilo. Irónicamente, a pesar de que todos buscamos ser originales, todos nos parecemos. Zapatos desgastados, blue jeans rotos, cabello largo y franela negra con el logo de alguna banda de rock famosa son los elementos básicos de nuestro uniforme. Claro que yo no tengo el cabello largo. Mi cabello es corto, pero pincho como los pelos de un puerco espín. Mi cuarto se parece a mí. El cuarto de un rockero es un desorden. Solía ser más ordenado, pero eso era cuando mi mamá todavía estaba con nosotros, y lamentablemente ya no está.
Debería estudiar más, pero no me da tiempo. Mi guitarra no me deja ni un minuto. Practico todo el tiempo. Por lo general, mi único público es mi pececito. ¿Vieron la película del pececito? Sí, Nemo. Tiburón, el nombre de mi pez, es un pez payaso como el de esa película. Como público es genial, solo que no habla mucho. Claro que escuchando es muy bueno. Tiburón escucha y nada todo el día. Tal vez por eso es que lo cuido y lo quiero tanto. Su gusto musical es igual al mío. Aquella tarde, en mi casa, Tibu y yo estábamos solos. ¿Y qué estábamos haciendo? Bueno, ya les dije que toco la guitarra todo el tiempo. Siempre comienzo con canciones lentas y sencillas, pero después me vuelto loco. Sí, loco. Soy ese tipo de músico que después de tocar cuarto notas empieza a saltar haciendo caras raras. Me muevo de un lado a otro como si tuviera hormigas en los pantalones.
Aquella tarde está especialmente emocionado, porque, en la noche, debía tocar con mi banda. Había una fiesta en mi escuela, y estábamos anotados para deleitar al público con nuestras tonadas rockeras. Estaba muy nervioso, pero, como mi destino es ser un gran músico, sé muy bien que debo superar mis miedos. Si no era ese día, ¿cuándo? Mi cerebro decía: Tú puedes, Donny. Mi corazón decía: Hoy te vas a morir, Donny.
Por supuesto que mi miedo escénico no es mi único problema para alcanzar mis sueños. Mi deseo es grande, pero los obstáculos son igual de grandes. No es fácil. Mi padre me tiene prohibido el rock en todas sus formas y maneras. No puedo escuchar rock. No puedo tocar rock. No puede nada. Él quiere que yo sea un ingeniero como él, y que escuche música normal. Mi padre se llama Daniel Valiente y trabaja en una fábrica de jabones. Es un hombre muy serio y conservador que piensa que el orden y la disciplina son la gran receta para tener éxito en la vida. Tener un hijo rockero fue lo peor que le puede pasar. No me entiende y quiere que yo sea igual de aburrido que él. Entonces, todo esto de ser músico ocurre a sus espaldas.
-Un Valiente nunca será un rockero – Me decía rojo como un tomate y con el humo saliendo de sus oídos.
Sin embargo, mi pasión era más poderosa que él. No lo puede evitar. Nací para ser un músico de rock y cambiar al mundo con mis canciones. Es por eso que esa noche, mientras él creía que estaba en mi cuarto a punto de dormir, me escapé por la ventana para ir a dar un concierto con mis amigos.
Mi banda se llama “Los Amos del Rock”. Ahora les voy a representar a sus miembros. Somos cuarto. En la batería, tenemos al gran Mario Gonzales. Le llamo gran Mario, porque es muy bueno en la batería. Y también porque es un poco gordito. En el bajo, tenemos a Bob. Es Bob solamente, porque no recuerdo el apellido. Lo cierto es que todo el mundo lo llama Bob. Tal vez sea el mejor bajista del mundo. En la segunda guitarra, tenemos a la encantadora Marina Gonzales. Excelente con las cuerdas y es hermana de Mario. Quizás sean morochos. No sé. Por último, en la primera guitarra y en las vocales, estoy yo. Bueno, a mí ya me conocen. Ah, se me olvidaba. También está Joel. El hermanito menos de los morochos. Oficialmente, no es miembro de la banda, porque no toca ningún instrumento. De hecho, nunca habla. No es mudo en realidad. Simplemente, nunca habla. Asumo yo que es por elección. Lo podríamos llamar nuestro quinto miembro, porque siempre está con nosotros. Durante los ensayos, nos escucha con mucha atención y expresa su satisfacción con muchos aplausos. Joel es nuestro primer y único fan.
Esa noche la teníamos difícil, porque Marina nos anota para tocar en una fiesta organizada por la escuela y teníamos competencia. Por supuesto que no éramos los únicos que tocaríamos en el evento. Ya ni recuerdo las razones de la fiesta, pero era por algo. Pero recuerdo muy bien nuestros rivales. ¡Los Reyes de la Destrucción! Sí, así mismo es. Ellos son nuestros archienemigos en esta historia. Ellos son Jack, John, Chichi y Chicho. Los favoritos del público y nuestros bullies personales. Nos molestan todo el tiempo y nunca nos dejan en paz. Ellos son los chicos populares. Nosotros somos los raros. La verdad es que somos enemigos naturales. El único problema es que siempre nos ganan. Los detesto.
Cuando los muchachos y yo llegamos a la escuela, nos sentíamos muy seguro de nosotros mismos. Habíamos ensayado por mucho tiempo y estábamos listos para dar lo mejor de nosotros ante el público. Al principio, no estaba nervioso. Al contrario, me sentía muy emocionado. Era mi gran debut, y, por fin, el mundo conocería mi talento. Las primeras bandas tocaron muy bien y la gente disfrutaba el espectáculo. Nosotros tocábamos de último, justo después de los Reyes de la Destrucción. Con cada canción, mi calma se empezaba a convertir en miedo. Todavía no había entrado en pánico, pero casi.
Llegó el turno de los Reyes de la Destrucción, nuestros archienemigos. Como era costumbre en ellos, durante toda la noche, se burlaron de nosotros, nos decían cosas y nos ponían caras. Me gustaría decirles que tocaron malísimo, pero no sería cierto. Su presentación fue la mejor hasta el monumento y al público le encantó. La reacción fue increíble y los aplausos no paraban. El éxito de nuestros rivales, debido a sus burlas, me puso aún más nervioso. Era nuestro turno, y la mente ya se me estaba nublando. Los muchachos, que sabían muy bien sobre mis miedos, me dieron ánimos, pero darme ánimos en este momento era prácticamente una misión imposible. No sé cómo, pero, por fin, logre pararme en el escenario. ¿Sería mi fin?
Entre luces y sombras, no reconocía a nadie del público. El único que logre ver fue a Joel. Ahí estaba él, sentando mirándome atentamente sin decir una palabra. De algún modo, su mirada callada me tranquilizó. Estaba a punto de empezar a tocar, pero algo ocurrió. Yo no sé, pero me distraje por su segundo y cometí el error de mirar al fondo del salón. Ahí estában Jack haciéndome muecas extrañas. Si antes estaba nerviosa, ahora estaba mil veces más. Mi rostro se volvió blanco como un papel, y me congelé. Mis manos estaban frías como un tempano de hielo. De pronto, Jack sacó una marioneta con la cara de Chucky. ¿Se acuerdan de Chucky? Sí, ese mismo. El mismito Chucky en persona llegó para atormentarme la existencia en el peor momento posible. Me gustaría decirles que logre ignorarlo y tocamos como nunca. Me gustaría decirles que fuimos la mejor banda de la noche y nuestro éxito fue total. Pero eso no fue lo que pasó. ¿Qué pasó?
El desastre, eso fue lo que pasó. En el momento que vi a Chucky me desmayé. Caí largo a largo en pleno escenario como una rana platanera. ¡Vaya debut! Lo que puedo ser la noche de nuestras vidas se convirtió en nuestra peor pesadilla. Los Amos del Rock no tocaron esa noche, porque su estrella cayó tieso del susto. Mi gran carrera como leyenda del Rock terminó antes de comenzar. ¡Cómo te odio, Chucky!
Los días siguientes, fueron terribles, porque me convertí en el hazmerreír de la escuela. Jack y sus amigos no paraban de burlarse de mí. Hasta los maestros, de vez en cuando, hacían referencia a lo ocurrido. “Espero que no se desmaye hoy, Valiente”. Y todos en el salón se reían hasta más no poder. Me sentía muy malo. En parte, por las bromas que no paraban. En parte, porque todavía soñaba con ser músico, pero ahora era un sueño que parecía muy lejano. Claro que también me sentía muy malo, porque decepcioné a mis amigos. La banda había practicado mucho y tenía muchas esperanzas para esa noche. Sin embargo, mis miedos me vencieron y lo arruiné todo.
Este fue el momento cuando decidí renunciar a la música de una vez por todas. Tal vez mi papá tenía razón. De pronto, es mejor que me convirtiera en un ingeniero de una fábrica de jabones, y me olvide de ese sueño tonto de ser una estrella. Lo mejor será que renuncie a esa idea ilusa de viajar por el mundo y cambiar a la sociedad con mis canciones. En la fábrica de jabones, ahí estaré toda mi vida. Encerrado en una oficina y cumpliendo un horario como todos. Quizás, debo escuchar a mi papá.
Claro que cuando las cosas lleguen llegan todas juntas, porque resulta ser que la escuela organizó un concurso musical para celebrar su aniversario. Todos hablaban de eso, y todas las bandas de la ciudad se inscribieron. Al parecer, el alcaide sería uno de los jueces en el jurado. El señor Montañoso, el director de mi escuela, la Escuela Las Montañas, sería juez y presentador al mismo tiempo. En una reunión, donde estábamos todos, nos explicó las reglas del concurso. El asunto era simple. La mejor banda gana. Y gana un premio sorpresa. Por supuesto, todas las bandas querían ganar.
Yo había renunciado a la música. Entonces, el concurso no era asunto mío. Claro que mi mente no podía parar de pensar en este bendito premio sorpresa. Yo no iba, pero Marina y los muchachos no aguataron la tentación. Es decir, que Los Amos del Rock participarían en el concurso, contigo o sin mí. Al principio, trataron de convencerme, pero mi renuncia era irrevocable. La música era pasado para mí. No tocaría una guitarra nunca jamás.
Marina tocaba muy bien, pero no cantaba. O sea, que necesitaban un nuevo vocalista. Ya que mi renuncia será irrevocable, realizaron un casting. Muchos participaron en el casting, pero lamento decirles que los resultados no fueron muy buenos. Es decir, todos eran terribles. Es más, todos eran tan malos que lo más difícil del castings fue decidir cuál era el peor. Pero se necesitaba elegir a uno con urgencia. Era un asunto de vida o muerte. Entonces, eligieron a Jaime Rueda. Jaime tocaba bien la guitarra, pero cantaba fatal. No podía pronunciar la erre y hablaba como si tuviera la nariz tapada. Fue una decisión desesperada. Tápense la nariz y hablen. Bueno, así hablaba Jaime. El plan fue eliminar todas las palabras con erres de las canciones, y sustituirlas con palabras sin erres. Sobre el problema de la nariz tapada, no se podía hacer mucho, pero le recomendaron que gritara. Cuando gritaba, no se notaban tanto su peculiar forma de cantar.
Mis días sin música pasaban muy lento. Extrañaba tocar mi guitarra. Incluso, Tibu no era el mismo. Los dos estábamos muy cambiados. Nos habíamos quedado sin alma. Todo era más tranquilo, pero las cosas dejaron de tener sentido para mí. Todo era una rutina. No había luz. Extrañaba a la música. Extrañaba tener sueños. Y extrañaba a mis amigos. Pensaba en el concurso todo el día. Pero mi decisión no podía cambiar. Sería un ingeniero en una fábrica de jabones como mi papá. Seré un hombre serio y normal como todos los demás. ¿Un rockero? Nunca jamás. Nunca volveré a pasar por más humillaciones. La fecha del concurso se acercaba y yo firme con mi posición. Soñar es para ilusos. Mi camino es otro. Mi futuro está en los números, en las máquinas y en los jabones.
Llegó el día del concurso y yo no había salido para ningún lado. Por un momento, pensé en ir, pero no podía. Sería algo muy doloroso para mí. La mala noticia es que Jaime Rueda lo tuvieron que operar por su problema de la nariz y ya no podía tocar con los Amos del Rock. Lo que más me molestaba de todos esto era que Jack y los Reyes de las Destrucción seguro que ganarían el concurso y se llevarían el premio, un premio que ha debido ser para nosotros. Pero esta historia tomó un giro inesperado.
Mi papá estaba muy raro conmigo. Bueno, en realidad estaba muy extrañado por mi reciente cambio. Durante aquellas últimas semanas, no fue tan severo conmigo. Yo estaba siempre muy triste, y la casa parecía una funeraria. Ya no peleábamos, pero el ambiente estaba lleno de silencio y pesadez. Yo vivo solo con mi papá, porque mi mamá ya no está. Lamentablemente, mi mama murió en un accidente, justo el día de navidad. Los dos extrañamos mucho a mi mamá. Mi papá cambió mucho con su partida. Ya no sonríe. Se volvió mucho más serio y sobreprotector conmigo. Nuestra relación es muy fría y no hacemos casi nada juntos. Vivimos juntos y es mi papá, pero en realidad somos un par de desconocidos.
El día del concurso, exactamente media hora antes de su comienzo, me toca la puerta para empezamos a charlar. Me explicó que me veía muy triste, y eso le preocupaba mucho. Yo no podía decirle que los verdaderos motivos de mi tristeza, porque de hacerlo debía confesarle que tenía años desobedeciéndolo con respecto a la música. Luego, me confesó algo sorprendente. Me confesó que cuando tenía mi edad había sido rockero también. Es más, así conoció a mi mamá, porque los dos eran miembros en la misma banda. Aja, así mismo. De hecho, la música lo pone triste, pero le recuerda que ella ya no está con nosotros. Luego, sacó una caja muy grande envuelta en papel de regalo y me la dio. Era mi regalo de navidad. Nunca llegó a dármelo, porque esa fue el día de su muerte. Estaba la caja y un sobre.
Después de hablar conmigo, mi papá me dejó solo en mi cuarto. Y yo abrí el regalo. ¿Qué era? Se van a caer para atrás, porque era una guitarra. ¡De todos los regalos! ¡Una guitarra! El regalo de mi mamá. De pronto, sentí que el alma me volvía al cuerpo, y me acorde el concurso. Tomé la guitarra y el sobre, y salí corriendo para la escuela. Fue una lucha contra el tiempo. No corrí. Volé. Logré llegar y me encontré con los muchachos. Todas las bandas habían tocado ya. Era casi seguro que los Reyes de la Destrucción serían los ganadores. Pero ahora nos tocaba a nosotros mostrar nuestro talento. Sí, tocamos. Cambié de opción y volví a ser un rockero. Fue el momento más emocionante de toda mi vida. Marina habló con el señor Montañoso y nos dieron la oportunidad de tocar.
¿Saben lo que pasó? Bueno, pasó algo realmente increíble. Mis miedos volvieron. Este es el precioso momento donde comenzó este cuento. Toda la escuela estaba frente a mí y yo, muerto de miedo. ¿Cómo llegue a este momento? ¿Por qué a mí? ¡Aaah!
De pronto, vi mi mano y noté que tenía un sobre. Sentí el fuerte impulso de querer abrirlo. Y lo hice. ¿Quieren saber qué decía? Decía: “Donny, sé valiente. Eres mi estrella. Tu mamá.” Y luego surgió en el recuerdo. Lo pude ver todo como en una película. Vi cuando ella me cantaba. Vi cuando éramos felices todos juntos. Vi cuando me ponía música para dormir. También vi a mis amigos tocando Rock y disfrutando hasta más no poder. Sentí que la música no es sobre ser famoso y viajar por el mundo. Tampoco es para impresionar al público. La música es para ser feliz. La música es vida, amor y amistad.
Esta vez estaba paralizado, pero no de miedo. Estaba paralizado de esperanza. Ese fue el momento cuando reconocí al rostro de Joel en medio del público. Me miró y gritó: ¡Donny, tú puedes! ¡Joel habló! No lo podía creer. Y toda la escuela comenzó a aplaudir. Ahí fue cuando comenzamos tocar como los dioses. Nos convertimos en los verdaderos Amos del Rock. Las auténticas estrellas de la noche. Sacudimos la sala con nuestra música. Ese día el mundo cambió con el poder del Rock.
Para mi sorpresa, mi papá también estaba ahí. No estaba molestó conmigo. Todo lo contrario, estaba muy feliz y me apoyó con sus aplausos. Los dos estábamos muy felices esa noche. Ese concurso nos hizo los mejores amigos. Fue un día increíble y muy especial. ¿Quieren sabes si ganamos el concurso?
Bueno, la cosa no resultó ser tan fácil. El jurado se tomó más una hora para decidir. El público nos apoyaba. Pero la batalla estaba entre los Reyes de la Destrucción y nosotros. De pronto, el Alcalde de la ciudad salió con un papel en la mano. En ese papel, estaba el ganador. Los ganaderos son: ¡Los Amos del Rock! Ganamos. Después de tanto sufrir, ganamos el concurso y no podíamos parar de gritar de la alegría. Los Reyes de la Destrucción perdieron y estaban muy molestos. Salieron de una vez quejándose de la decisión. Fue lo máximo. ¡Ganamos!
Luego, todo se calmó. El evento terminó, y todos comenzaron a salir de la escuela por irse a sus casas. Nosotros queríamos celebrar, y decidimos irnos a la casa de los hermanos Gonzales. Le pedí permiso a mi papá, me dijo que sí. En la salida, nos encontramos otra vez con el Director y el Alcalde.
-Hey, un minuto. ¿Y el premio sorpresa?- Dijo Mario.
El Alcalde y el Director se miraron con asombro. El Alcalde nos dijo – Ah, lo siento, jóvenes. Se nos olvidó lo del premio. ¡Qué gran descuido! El premio es un viaje para representar a la ciudad en un concurso de bandas con todos los gastos pagos-
-¿Y para dónde?- Preguntó Marina.
-Para Hollywood, Los Ángeles, California- Dijo el Director.
Nosotros nos miramos y gritamos juntos: ¡¡¡Para Hollywood!!!
¡Nos vamos a Hollywood! Nunca paren de soñar. Es decir, amigos, esta historia continuará.
Niños en un taller literario ( Libreria El Clip 2019) en colaboracion con Gustavo Godoy
martes, 23 de julio de 2019
El hijo de King Kong
Novela humorística (en proceso): Los dilemas de Alberto Zé
Nota: Alberto Zé, el protagonista de la novela, es un escritor solitario que vive en el pueblo ficticio de San Expedito. El texto a continuación es un extracto de un capitulo donde el personaje se encuentra con una vieja amiga. La vida de Alberto no es fácil. Si algo no le faltan, son los enredos.
El hijo de King Kong
No me quedó otra que adaptarme a las nuevas circunstancias. Afortunadamente, siempre llevo un libro conmigo. Entonces, me dirigí al Café Sentimiento para tomarme algo. El lugar estaba abierto. ¡Tranquilidad, por fin! Ahora podía seguir con mis asuntos como de costumbre.
-Alberto, finalmente. ¡Qué grata sorpresa! - Escuché a lo lejos.
-Hola, bella dama. ¡Qué placer encontrármela por aquí!- Contesté yo al saludo.
Exactamente, era Susana Echeverría, una vieja amiga que tenía mucho tiempo sin ver y que conocí en El Teatro San Expedito varios años atrás. Susana era actriz. Tenía la figura de una Audrey Hepburn y la suerte amorosa de una Marilyn Moore. De su amistad, conservaba un buen recuerdo. En algún punto y no sé por qué, perdimos el contacto. Pero sí. Extrañamente, me alegre de verla. ¿Qué podría pasar? Eso lo pensé con gran ingenuidad. Poco podía anticipar entonces los enredos que vendrían. Y pensar que todo comenzó con una inocente conversación.
-Siéntate conmigo y ordenemos algo. ¿Te parece? ¿Pedimos algo clásico o algo un poco más atrevido?- Le dije amablemente.
- Sí, me gustaría. Necesito distraerme un poco. ¿Sabes? Hoy no estoy para dietas- Ella respondió sonriente, pero con un largo suspiro.
-Algo atrevido será entonces. Pediremos una enorme torta de chocolate. Aquí sirven una divina- Agregué galantemente y con una sonrisa de oreja a oreja.
Ordené la torta y hablamos un poco. Los primeros temas fueron ligeros. Un poco de teatro. Un poco del ayer. De aquella época cuando nos conocimos. Todo fluía a buen ritmo y el ambiente era estupendo. Pero luego entramos en materias más densas.
-Alberto, ¿sabes? Me casé. Y ahora tengo un hijo. Un niño. Pero estoy pensado en el divorcio. No soy feliz con mi marido. Ayer tuvimos una pelea terrible. Ya no aguanto más esta situación- Me confesó con una profunda tristeza.
-¡Ay caray! Lo siento mucho. Yo no sabía nada. ¿Y con quién te casaste?- Pregunté yo de indiscreto.
-Con Ignacio. Ignacio Negrete. ¿Lo conoces? ¿Verdad?- Me susurró al oído aquel ser encantador.
-Sí, me parece que sí. Creo tener una idea.- Le dije serenamente. Pero claro que conocía a la bestia.
-¿Y por qué el divorcio? ¿Acaso no se la llevan bien? ¿Diferencias de caracteres, tal vez? – Proseguí fingiendo inocencia como un idiota.
-Un poco. Bueno, el hombre es un demonio. ¡Oh, Alberto! Yo lo amo tanto. En realidad, sí lo amo, pero ya no puedo vivir con él.- Me confesó con los ojos empañados aquella linda damisela, víctima de aquel troglodita.
Lo que puedo muy bien ser una nueva versión de la Bella y la Bestia, resultó ser otra película más de King Kong. El protagonista en este caso no era un príncipe bajo un hechizo. Nada que ver, por desgracia. No tenía ni castillo, ni mucho menos una biblioteca. Nada de eso. Era King Kong enfurecido en plena ciudad de Nueva York escalando el edificio Empire State con una bella mujer en sus manos de torpe primate. Un verdadero desastre de gigantescas dimensiones.
-No puede ser tan grave. De pronto, se puede encontrar una solución conversando. Hablando se entiende la gente, ¿no? –Añadí yo tontamente. ¡Mentira! Era el apocalipsis unido con el ataque de los zombis, pero me contuve.
-No, es inútil. Lo he intentado muchísimas veces. Siempre me insulta y me trata muy mal. Me dice que yo soy nadie sin él. Y cada vez es peor. Mi vida es un infierno, Alberto. Siento que no valgo nada.-Y terminó de explicar su drama moderno con lágrimas desbordadas.
Y siguió con su relato trágico- Al principio, me deje seducir por su fuerza varonil. Después de todo, Ignacio es un hombre importante. Tal vez sea el próximo alcalde. Él es un hombre decidido y de acción. Nadie lo puede negar. Las mujeres lo buscan mucho. ¿Sabes? Yo me sentía muy protegida con él. No era un tonto como otros. Pero luego comenzaron los problemas. No sé qué pasó. Y al poco tiempo, vino el embarazo-
Obviamente y como le pasa a muchas mujeres, Susana aún no había superado el paleolítico. La herencia de cavernícola todavía pesaba en su código genético. En este caso, la culpa la tenía la biología, no ella. Lamentablemente, estos más diez miles años de civilización parecen haber pasado en vano. El problema es que ya no vivimos en la Edad de Piedra. Sin embargo, todavía existen muchas mujeres buscando a alguien que las defienda de los tigres. Y al no haber tigres, el cavernícola acaba por desquitarse con ellas. Al principio, ellas viven de la ilusión de poder dominar a su simio antropomorfo, pero eso casi nunca sucede. Desafortunadamente, pocos son los hombres de este tipo, del tipo bruto y vernáculo, que logran reformarse con éxito. Las probabilidades de civilizar a la fiera son casi nulas. La más seguro es que la mujer termine en sus fauces por estar de redentora.
Por supuesto, que cuando a la mujer se le activa su herencia cavernícola, no hay razonamiento que valga. Entra en un estado permanente de hipnosis. Abandona todo buen juicio para entregarse completamente a los abrazos de su gorila caza tigres. Luego, cuando la hipnosis pasa es que se da cuenta que está viviendo con simiolón en persona y hasta hijos tiene con él. Finalmente, se pregunta: ¿Por qué a mí? Claro, no recuerda nada. Ella estaba en estado de profunda hipnosis.
-Bueno, de pronto es cierto. El divorcio podría ser una opción a considerar. Cuando las cosas no funcionan, no funcionan. En muchos casos, lo mejor es una separación. Hay que pensar en el bienestar del niño – Dije en tono de gurú de la autoayuda y queriendo que llegarán los extraterrestres para salir de este planeta.
Sí, el asunto del niño era delicado. De hecho, ellos, con las mejores intenciones, tomaron todas las previsiones necesarias para evitar una eventual llegada de la cigüeña. Sin embargo, Saturno ha debido estar ascendente en su carta natal, porque resulta ser que en el calor de aquella batalla al hombre desafortunadamente se le rompió el sombrero. Sí, en esa oportunidad, mientras él estaba podando el césped de su jardín, la puerta de la jaula cedió y se escaparon las golondrinas. Por ende, cinco minutos de emoción terminaron convirtiéndose en nueve meses de hinchazón. Ahora ahí quedó esa gran responsabilidad. No debe ser fácil para una mujer tener que criar al hijo de King Kong.
-Alberto. Le temo a la soledad. No quiero estar sola. Una mujer soltera con un hijo pequeño no tiene muchas opciones. Y, además, aquí en este pueblo, no hay hombres. Bueno, también es que no me gusta nadie. Tengo dudas, Alberto. No lo puedo dejar, pero, al mismo tiempo, no me puede quedar a su lado - Y con sus palabras, las servilletas volaron al viento.
-Ciertamente, es una situación difícil. No lo dudo. Pero tengamos fe. Probablemente todo será para mejor. Tú eras una mujer bella y sumamente agradable. Ignacio se arrepentirá de lo que perdió y lamentará no haberte valorado. Tienes todo un futuro por adelante. Seguro que sí- Le comente eso para darle ánimos y terminé mi café de golpe.
Después de escucharme, ella bajó la mirada lentamente. Tomó con su cucharita un poco de pastel, y se perdió en sus pensamientos. Era un poco las dudas. Era un poco el miedo. Pero también había en ella algo de esperanza. Sé que mis palabras la consolaron.
Esa mañana nos despedimos, pero quedamos en vernos nuevamente. El cielo de pronto se llenó de nubes grises y tuvimos que partir. Pague la cuenta y me fui al hotel para almorzar.
Me quedé muy pensativo con todo aquello. Sin embargo, mi día retomó a su curso habitual. Aquella tarde se me fue escribiendo. De hecho, todo iba genial. Pero la tranquilidad duró muy poco, porque esa noche recibí un mensaje muy inquietante en mi celular. Era un mensaje de Susana. No me lo esperaba. Todo indicaba que el asunto empezaba a complicarse.
Este fue el mensaje de texto que recibí:
“Alberto, tenemos que hablar. Es urgente. Creo que encontré la solución a mis problemas. Pero te necesito. Es arriesgado, pero hay que hacerlo. Tú eres mi salvación. ¿Mañana en el café? Es un asunto de vida o muerte“
¡Rayos!
Gustavo Godoy
lunes, 15 de julio de 2019
El amor platónico de Alberto
Novela humorística (en proceso): Los dilemas de Alberto Zé
Nota: Alberto Zé, el protagonista de la novela, es un escritor solitario que vive en el pueblo ficticio de San Expedito. El texto a continuación es un extracto de un capitulo donde el personaje nos relata parte de su complicada vida sentimental. La vida de Alberto no es fácil. Si algo no le faltan, son los enredos.
El amor platónico de Alberto:
Ah, pero sí me gusta alguien. Para terminar de enredar el asunto, y hacerlo más contradictorio. Aquí va mi secreto. Aunque para efectos prácticos, esto no modifica en lo absoluto mi estado sentimental. Porque relación como tal no existe. Es decir, todo es pura ilusión. Sin embargo, el hecho es que sí me gusta la dama, un ser hermosísimo. ¿Y quién es esa mujer misteriosa que desvela mis noches y no logro olvidar? Regina Santamaría, mi amor imposible. La mujer de bella de mundo. Mi musa. Mi amor platónico e infinito.
Regina, mi musa, es lo que podría llamarse una mujer interesante. La dama es una mezcla de Anna Karenina con Elisabeth Bennet, especialmente diseñada para romper corazones. Más dura que una piñata de cemento, eso sí. De esas que te desarman con solo su presencia. Es bonita, inteligente y bondadosa. Derrocha talento, vitalidad y misterio. Una mujer fuera de serie. Tiene la capacidad de enloquecer a cualquiera. Solo basta una mirada suya para convertir a un hombre normal en un auténtico poeta. Es la manzana de mis ojos. Como ella, no hay.
Hablar de mi musa sería una historia de nunca acabar. Pero sí les puedo contar que Regina no me corresponde. Soy letra de tango para su indiferente melodía. Simplemente, no da un medio por mí. Soy su gran admirador, pero a ella eso le importa tres peniques. ¿Por qué? No lo sé. Para mí siempre ha sido un gran enigma.
Vamos, tampoco podemos decir que carezco totalmente de atributos. Por muy golpeado que este, uno también goza de cierto encanto, cierta gracia. Analizamos la cosa por un segundo. Primero, tengo en términos generales un buen carácter. Por otra parte, no soy del todo malo de corazón. Hasta bonachón soy. Soy divertido, amable y cariñoso (cuando me lo propongo). Soy educado, un tipo de principios, y de temperamento básicamente tranquilo. Físicamente, si bien, claro está, no soy un adonis, tampoco podemos decir que soy Freddy Krueger, el de la película Pesadilla en la calle del infierno. Digamos que me encuentro en una banda promedio, con una leve tendencia hacia la alza. Mis finanzas no son espectaculares, pero, vamos, tampoco estamos en la indigencia. Lo suficiente como para vivir con relativa comodidad. Ciertamente, soy un sujeto con muchos defectos, pero también con sus virtudes. Como todos, ni más, ni menos que nadie. Hablar así, me sonroja un poco, lo confieso. No quiero parecer vanidoso ante ustedes. Francamente, no es mi intención. Sin embargo, a veces, las cosas deben decirse como son. Vamos a estar claros. ¿O no?
Les menciono todo esto por lo siguiente: Se podría creer que en un mundo donde la mayoría de las mujeres solteras se la pasan quejándose a los cuatro vientos sobre la gran escasez de “hombres”, que un sujeto como yo podría por lo mínimo ser sometido a una consideración. No me refiero a una aprobación inmediata. No, pero sí a una evaluación general como posible candidato. Incluso hasta puesto a prueba por un periodo. Una opción, por lo menos. Pero no. Uno en este caso se estaría equivocando de plano, porque en la lista de opciones de mi adorada y querida musa yo me ubico lamentablemente en los últimos peldaños. Solo por encima del abominable hombre de las nieves y el monstruo de la laguna negra. Y justo por debajo de Cuasimodo, el jorobado de Nostre Dame. Y eso es después del incendio. O sea, ustedes se imaginaran.
Para esa mujer, la mujer de mis sueños, yo soy peor que el tifus y la amibiasis. Me ve y se espanta. Como quien se topa con un fantasma a media noche. Sin embargo, yo soy un activo que ella tiene. Más que un mendigo pidiendo limosnas, me gustaría verme como una lotería que aún no se cobra. No cualquier mujer puede jactarse de decir que un hombre con mis encantos la quiere como toda su alma, y estaría dispuesto a darlo todo por ella. Ella no valora mi buen gusto, por supuesto. Pero mi musa es tan bella y soñada que no tengo el corazón para condenarla por ese pequeño defecto en su juicio. Si le pasó a Dante, ¿por qué no me podría pasar a mí? Claro que yo a ella no le exijo nada. Sus alas son suyas y el cielo es de nadie. Regina es mi amor imposible. Un amor eternamente no correspondido. Una causa perdida. Algo que jamás se dará. Sin embargo, el valle es más verde cuando pienso en ella. Y lo hago todo el tiempo. Estoy locamente enamorado de mi bella musa. Podría conocer otras mujeres, pero Regina es la dueña indiscutible de mi corazón.
Gustavo Godoy





























