viernes, 28 de agosto de 2015

La ciudad jardin como ideal







Sobre todo después de la revolución industrial, la producción local
artesanal a pequeña escala es considerada prejuiciosamente como un
“retraso”. Este es un dogma que impera hegemónicamente en nuestros
días. La concepción mayoritaria del “progreso” plantea insensatamente
un orden excesivamente adicto al gigantismo y al centralismo que ha
convertido al ser humano  en un ser  insignificante y totalmente
dependiente.

Unas décadas después del descubrimiento de América por Cristóbal
Colon, el humanista ingles Thomas Moro en la Inglaterra de principios
del siglo XVI se inspiró en la vida de los indígenas del Nuevo Mundo
para escribir su pequeño libro “Utopía” como una propuesta para
reformar la civilización de la Europa de entonces. En la república
isleña imaginada por Moro,  las virtudes de sus pobladores se
comparaban con la vida de los sencillos indios americanos. Los
utopianos vivían libres y en  estrecha relación con la naturaleza.
Las puertas de las todas las casas siempre estaban abiertas. Una
puerta brindaba acceso desde  la calle y otra conducía a los extensos
jardines.  Como los indígenas a sus “conucos”, los habitantes de la
isla ficticia le otorgaban una gran importancia a sus jardines donde
cultivaban frutas, cereales, hierbas y flores.
 Una de las características centrales de la Utopía de Moro es el
balance entre  los mejores aspectos de lo humano y los mejores de lo
natural en la forma de una sociedad solidaria y pacifista que habita
en una ciudad-jardín. Mientras las mega-ciudades modernas simbolizan
el aislamiento de la humanidad frente a la naturaleza. De manera muy
diferente, la idea del jardín o conuco está asociada con la imagen de
la naturaleza interactuando con  el hombre en un sano proceso de
interdependencia que se retroalimenta continuamente.

En la Nueva Inglaterra de la Norteamérica anglosajona,  el granjero
yeoman trabajaba directamente su propia tierra de manera autónoma.
Creía en los valores de la autosuficiencia. Era patrono y trabajador a
la vez. En aquella época, lo que predominaba era la granja familiar y
la pequeña propiedad.

Mohandas Gandhi, inspirado en parte por los pensamientos de Thoureau y
Tolstoi, inicio, primero en Sudáfrica y luego en la India,  un
proyecto de la aldea autosuficiente en su plan para rescatar el
trabajo artesano, las destrezas locales, y la cultura del
auto-abastamiento.  El mahatma inspiro profundamente a millones con el
poder de su increíble ejemplo. Desafío al imperialismo  británico y
sus intereses simplemente cambiando su traje de “English Gentleman”
por una sencilla prenda confeccionada artesanalmente por el mismo
usando tan solo un hilar rudimentario.

Estas ideas aunque contrastan radicalmente con las establecidas por la
sociedad urbano-industrial contemporánea son tan poderosas como
sencillas. En la actualidad, en todas partes del planeta surgen miles
de iniciativas alternativas al capitalismo salvaje de las grandes
corporaciones y al socialismo del Estado totalitario.

Casi de forma clandestina, esta revolución sumamente subestimada está
siendo forjada no por las grandes chequeras o las camarillas
políticas, sino por una gigantesca red espontanea de pequeños
horticultores independientes, comunidades intencionales y eco-aldeas a
lo largo y ancho de  todo el globo. Poco a poco,  este movimiento
mundial alcanzara gran visibilidad y, en el momento menos pensado, se
convertirán en un verdadero poder de planetaria trasformación.


Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 28 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 21 de agosto de 2015

Las historias de amor










 El mito de Platón  en torno  al amor en su dialogo “El banquete” ha
cautivado a la humanidad por milenios. El discurso de Aristófanes en
la casa del poeta Agatón nos cuenta que  al principio los seres
humanos éramos seres de dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas.
Los dioses nos castigaron dividiéndonos en dos y ahora cada quien está
en la búsqueda de su otra mitad. El ombligo es una cicatriz que da fe
de ese singular hecho. Este bello mito pone al amor como  un profundo
anhelo  de restituir la plenitud perdida. El amor es el reencuentro
con uno mismo en el ser amado. En otras palabras, existimos para
encontrarnos.

El escritor francés Antoine de Saint- Exupery en su “Principito” nos
enseña con gran belleza y simplicidad que las relaciones de cariño,
fidelidad y apego se cultivan paulatinamente con una estrecha
cercanía.  El “crear lazos de unión” significa que dos seres dependan
uno del otro gracias a la conexión única y especial que han
desarrollado mutuamente.

El psicoanalista alemán Eric Fromm describe  el amor no como un
sentimiento pasivo  sino como una actividad deliberada  que requiere
cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. En realidad, “el
amor es dar”. Sobre todo, dar de sí.

Nos pueden atraer muchas personas pero en la práctica casi siempre nos
enamoramos de una tipología en específico. Son pocas las personas que
realmente despiertan en nosotros una sensación de afinidad y simpatía
verdaderamente transcendente. No es raro que nos encontremos con gente
que aunque nos parecen atractivas físicamente, no llaman sinceramente
nuestra atención. Ortega y Gasset escribió “La belleza que atrae rara
vez coincide con la belleza que enamora”. Pocas cosas nos describen
tan bien como nuestros gustos de pareja. Con frecuencia, nuestro gusto
expresa elocuentemente nuestra identidad. La escogencia del ser amado
está estrechamente ligada a nuestra propia configuración interna. Por
lo general, sentimos a los demás cuando nos vemos reflejados en ellos
a través de una belleza especial que únicamente nos habla a nosotros.

En la literatura, las historias de amor al principio típicamente se
presentan como una serie de malentendidos, equivocaciones y
complicaciones. Luego, en  el proceso  por superar estos obstáculos,
los protagonistas van descubriendo que en realidad son el uno para el
otro pero no lo sabían. Este descubrimiento casi siempre toma tiempo,
paciencia y valentía el realizarlo.  Gradualmente, las barreras del
miedo, el orgullo y los prejuicios se rompen y lo que antes fue dos,
ahora es uno en una especie de mágico encantamiento.  El mundo como se
conocía se desvanece, y  surge  un mundo nuevo en la forma de una
cálida intimidad que los seduce completamente. El conocimiento del
otro depende de un mejor conocimiento de sí mismos.

El verdadero amor en el mundo de hoy es un fenómeno muy raro.
Constantemente, evadimos, entorpezcamos  y obstaculizamos el amor
porque el hombre moderno  simplemente no sabe amar. El amor es una
unión mística y  espiritual, y lo hemos convertido en una operación
mundana y superficial. Haría mucho bien el repensar nuestra actitud
hacia el amor para así cambiar nuestras maneras. Este podría ser un
mundo mucho más feliz.

Por muy dolorosas, irracionales y difíciles  que muchas veces se
tornen las historias de amor, resulta increíblemente fascinante que a
veces solo basta con un simple gesto como una sonrisa o un “te quiero”
para que instantáneamente  nuestra fe en el amor renazca de las
cenizas con más fuerza que nunca. Definitivamente, la vida, sin lugar
a dudas, ……  es amar.

Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 21 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas

viernes, 14 de agosto de 2015

El culto a la naturaleza









 El polifacético alemán y hombre universal Johann Wolfgang Goethe escribió en 1774 su famosa obra “Las desventuras del joven Werther”. El joven Werther es un rebelde descontento con la sociedad que busca consuelo en la naturaleza, los libros y el sentimiento. Goethe nos presenta el clásico héroe romántico en la figura de este personaje. Werther personifica la retirada del mundo artificial de los hombres y el refugio dentro del alma. 


 Este libro escrito en forma de cartas narra la historia de un joven intelectual y sus amarguras ante el amor y la sociedad. Por razones de una herencia, Werther tuvo que viajar a la provincia. Lejos de la ciudad y rodeado de campo, naturaleza y libros, convierte su estadía en un periodo de autodescubrimiento. Durante toda esta etapa, escribía emotivas cartas a un amigo que son las que componen el libro. Al poco tiempo de su llegada a la provincia, Werther conoce a la bella Lotte de la cual se enamora perdidamente. Ella es hermosa, sencilla y natural. Sin embargo, es un amor imposible porque Lotte se ha casado con el burgués Albert, un hombre totalmente diferente a Werther. Al final, nuestro héroe desafortunadamente se suicida.

La pasión desbordante y gran sensibilidad de Werther conmociono a toda Europa de finales del siglo XVIII. La obra fue todo un fenómeno que llegó a llamarse “la fiebre Werther”. Todo el mundo hablaba de la novela. El monstruo del Doctor Frankenstein la leía. Napoleón Bonaparte siempre mantenía una copia en su bolsillo. Jóvenes de todo el continente se identificaban con Werther. Empezaron a vestirse como él y a comportarse como el mientras rendían culto a la sensibilitéen medio de la naturaleza. La obra se convirtió en un símbolo del rebelde solitario enfrentado a la sociedad.

El mundo burgués de hoy tiene un corazón de metal, asfalto y cemento. La modernidad transcurre en la gran ciudad entre humo y bullaranga. La naturaleza es vista por el burgués como una mera mercancía necesaria para alimentar su insaciable codicia.


 Sin embargo, la naturaleza es sagrada para muchos. Románticos, tolstoyanos, taoístas, pueblos indígenas, hippies, conservacionistas, ecologistas, montañistas, senderistas y aristócratas le rinden culto. Ellos buscan sus propiedades terapéuticas para restablecer el balance espiritual, mental y físico. Ven en ella el poder de restaurar el equilibrio de las cosas.

El culto a la naturaleza se presenta en directa oposición a la religión del éxito burgués que impera en nuestros días. Para muchos, una vida sencilla en armonía con la naturaleza es una vida mucho más humana y mucho más plena que unaen lagran metrópolis moderna.

El entorno natural prueba el carácter de los hombres con sus desafíos. Le brinda al devoto un sentido de poder personal y de libertad. Premia a sus fieles con sabiduría y habilidad. Los purifica. Los sana. Un paraíso bucólico de simplicidad rural siempre ha atraído al individuo romántico que se siente asqueado por el lujo, el consumismo, la corrupción, el materialismo de la civilización urbano-industrial donde habitan las masas filisteas.

Para las personas de gran sensibilidad, la naturaleza se transforma en el espacio perfecto para escapar de los prejuicios, las costumbres artificiales y la falsedad de la civilización enajenante. La naturaleza es el escenario ideal para el alma. La naturaleza es la caja de resonación del espíritu humano en su encuentro con sus verdaderos sentimientos.

Mientras la ciudad es el sitio propio para la actividad comercial, el ambiente natural del campo es el sitio para el individuo en busca de sí mismo




Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 14 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas
 

viernes, 7 de agosto de 2015

Sobre el exito y el fracaso en la vida






En el mundo actual, la religión del éxito burgués se ha convertido sobre todo para la clase media en el nuevo opio. Lo que comúnmente se llama “éxito” hoy en día, en realidad, consiste en la ostentación de una lista de determinados símbolos de estatus que despiertan la admiración y el respeto de la masa, por lo general sumamente superficial e ignorante. Una persona exitosa no necesariamente es la más feliz, la más noble o la más inteligente. El éxito significa generalmente la capacidad de vivir acorde con el estándar material que predomina en la cultura popular estadounidense. El fracaso es, por lo contrario, no vivir según ese estándar. En la actualidad, lo que más teme el hombre moderno es ser tildado de fracasado.


 El escritor alemán Thomas Mann logró considerable renombre con una novela sumamente interesante publicada en 1910, Los Buddenbrook. En su novela, Mann cuenta la historia de cuatro generaciones de una familia de comerciantes de la ciudad de Luberck y su decadencia. La trama de la novela transcurre en el siglo XIX entre 1835 y 1877. Este es un relato de éxito y fracaso.

El viejo Johann Buddenbrook, un hombre de éxito, el fundador de la familia que representa la primera generación, era un hábil comerciante, brillante y energético. Como es típico de la burguesía, poseía un férreo deseo de acenso social que buscaba con el fuerte pragmatismo de un genial hombre de negocios. Uno de las características principales del patriarca era sin dudas su gran vitalidad.

 En la segunda generación está Jean Buddenbrook, el hijo del creador de la compañía. Luego están sus cuatro descendientes que conforman la tercera generación, Thomas, Christian, Antoine y Clara. A lo largo de la novela con el pasar del tiempo, durante la segunda y la tercera generación comenzaron a aparecer gradualmente algunos signos de decadencia. Entre varios miembros de la familia, empezaron a manifestarse actitudes bohemias y empezaron también los primeros fracasos. Hasta que en las etapas finales del derrumbe de la familia, surge el último de los Buddenbrook y miembro de la cuarta generación. Hanno, el hijo de Thomas, es un joven físicamente endeble con carácter depresivo y falto de empuje que muere prematuramente de tifus, pero dotado con un asombroso talento musical y esplendida sensibilidad artística, una persona extraordinaria.
Inspirado en parte por las ideas del filósofo Arthur Schopenhauer, los conceptos del alejamiento de la vida o la decadencia en Thomas Mann son interpretados bajo una luz radicalmente diferente a las definiciones convencionales. Para el escritor, este fenómeno no es visto como señal de declive sino todo lo contrario. La decadencia es signo de gran sofisticación. El proceso de decadencia al que hace referencia Mann en su novela de familia es realmente el distanciamiento progresivo de los valores burgueses de dureza e insensibilidad hacia nuevos valores. En cada generación, los personajes de la novela adquieren una dimensión interna cada vez más compleja y profunda. En esta obra, la decadencia demuestra el más alto grado de refinamiento cultural, sensibilidad anímica y elevación espiritual.

El éxito y el fracaso son conceptos que requieren redefinirse. En realidad, el fracaso es vivir una vida sin un significado, una vida vacía. Por otro lado, una vida verdaderamente exitosa no es sobre lograr cosas, obtener trofeos o recibir títulos. Es exitoso quien sabe amar, quien todos los días aprende algo nuevo, quien cada día ayuda a alguien. Es realmente exitoso quien vive plenamente, ya sea desde un castillo o desde la más humilde de las chozas.

Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 7 de agosto de 2015 en la columna Entre libros y montañas


viernes, 31 de julio de 2015

La estetica y conducta de la rebeldia




 El filósofo alemán Friedrich Nietzsche en una de sus primeras
publicaciones “El origen de la tragedia”, explora el origen y el
desarrollo de la tragedia griega, y plantea la dicótoma de las
mentalidades apolínea y dionisíaca presentes en el arte.
Por un lado, esta Apolo. Es el dios del sol, la belleza y la forma. Es
símbolo de la luz, la medida, la estructura y la mesura. Representa
el proceso de individuación y el racionalismo al estilo socrático.

Por otro lado, en diametral oposición, esta Dionisio. Es el dios del
vino, la intoxicación y la vida. Es el símbolo de lo oscuro, lo
informe, el instinto y la pasión. Representa el rompimiento con
todas las barreras y todas las limitaciones.En los ritos Dionisiacos
de la Grecia antigua y en los bacanales de Roma, los devotos ebrios
pasaban a ser uno con el flujo de la vida misma. La división
sujeto-objeto desaparecía. En estas orgias, el ser era uno con el
mundo en una especie de clímax orgásmico.

Nuestra imagen y nuestros hábitos siempre están asociados con
nuestras ideas sobre la sociedad y el mundo. En la Grecia antigua,
mientras los pitagóricos se vestían de blanco, usaban ungüentos
perfumados y se bañaba regularmente, los filósofos llamados cínicos
ostentaban una apariencia muy distinta. La estética cínica estaba en
coherencia con su concepción de la realidad.

Los cínicos desdeñaban la higiene corporal, los cosméticos y la moda
en rechazo al orden social convencional. Se vestían de manera
desaliñada con un simple pedazo de tela rustica que contrastaba con
las telas finas de los comercios griegos de la época como signos de
renuncia, sencillez y desprendimiento.

Los filósofos cínicos usaban una larga barba para afirmar su
proximidad a las bestias del mundo animal. El cabello largo y
descuidado recordaba los patrones del reino vegetal. Su deseo era
volverse salvaje. La densa cabellera y la barba tupida es la barbarie
en el repudio a la civilización. Los cínicos vivían como vagabundos
solitarios e itinerantes como señal del distanciamiento que buscaban
con mundo formal de los hombres.

Otro ejemplo. El célebre novelista León Tolstoi nació dentro una
familia de nobles en la Rusia del siglo XIX. Durante su infancia y
juventud vivió como un típico hidalgo ruso. Pero, luego, se convirtió
en asceta. Leía mucho a Rousseau, estudio a Schopenhauer, alababa a
Lao-Tzu y decidió parecerse a los cinicos. Quería vivir en estrecho
contacto con la naturaleza y desafiaba constantemente las normas de
la sociedad establecida. El excéntrico conde usaba una barba
larguísima, era sucio como un santo y vestía como el más humilde de
los campesinos.

La estética de los cínicos y los elementos dionisiacos siempre se
han interpretado como símbolos de irreverencia y formas de expresión
utilizadas por todo crítico del sistema. La noche, el color negro,
la música, las drogas, el sexo y el nudismo, entre otros, son símbolos
de desenfreno, caos y rebeldía por su carácter dionisiaco. Por ello,
las comunidades filisteas con fuertes mentalidades apolíneas desean
controlarlo todo y censuran vehemente los elementos dionisiacos para
someter al ser humano en el conformismo e imponer un orden mecánico a
la vida.

El famoso escritor y premio nobel de literatura Albert Camus dice “Me
rebelo, luego existo”

 
Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 31  de julio de 2015 en la columna Entre libros y montañas

 



 

viernes, 24 de julio de 2015

La retirada de los sabios





Según la tradición, el sabio Lao Tzu mantuvo la posición de bibliotecario imperial durante la dinastía Chou hace unos 2600 años atrás en la región que hoy llamamos China. Cuenta la leyenda que durante un periodo de caos y corrupción, hastiado decidió escapar de la civilización e irse a vivir solo en las montañas. Lao Tzu es el autor del “Tao te Ching “, una de los obras filosóficas más hermosas y profundas jamás escritas.

Los grandes sabios y reformadores morales de todos los tiempos con frecuencia se han apartado del entorno social donde nacieron y se han retirado lejos de la gente en busca de los valores espirituales que proporciona la soledad en medio de la naturaleza. Los chamanes a menudo se adentran a zonas salvajes para encontrarse con el mundo espiritual. El profeta del antiguo Imperio Persa Zoroastro en su época partió a territorios inhóspitos anhelando sabiduría. También, Buda, en el ambiente hindú del noreste de la India del siglo VI A.C, dedicó varios años a la meditación en el bosque para luego lograr la iluminación. Por otro lado, Jesús de Nazaret, en el trasfondo judío de Palestina bajo el dominio del Imperio Romano, pasó cuarenta días en el desierto soportando severas austeridades para después iniciar su ministerio donde se proclamó como el mesías de la humanidad. Este tema se presenta muy a menudo a través de la historia sobre todo en periodos de atraso o transición.

El viaje migratorio y el retiro hacia el alma se han convertido en una metáfora del rompimiento del viejo orden de las cosas y la búsqueda de algo nuevo y mejor. El retiro sana y purifica. La soledad prueba y disipa las dudas. La tranquilidad, la libertad interior y el alejamiento del mundo aportan una lucidez que permite cuestionar lo obsoleto y facilita las innovaciones.

Sin duda alguna, en el mundo de la literatura, sobre todo la moderna, este tema se presenta repetidamente. Por ejemplo, en las primeras décadas del siglo XX, el escritor irlandés James Joyce en su novela de aprendizaje, “Retrato del artista adolescente”, relata la lucha del joven intelectual Stephen Dedalus por romper con el ordenamiento social con el que se crió y crear en el exilio un nuevo orden en armonía con su espíritu. Escapa del hogar materno y se muda a la ciudad de Dublín para recrearse libre de las ataduras del pasado.

Igualmente, en una obra de teatro también de Joyce, “Exiliados” este tema es explorado con gran belleza. El personaje del escritor Richard Rowan, como Stephen Dedalus, afronta también similares sentimientos de extrañamiento con la sociedad y busca una respuesta en una especie de exilo espiritual, esta vez, enclaustrado en su estudio donde se dedica a la escritura. El protagonista ha renunciado a su familia, a la amistad y al amor para vivir en su propio mundo según sus propias reglas.

Como un refugio solitario y apartado en el exilio lejos de las fuerzas conservadores de la sociedad, la muy criticada torre de marfil del sabio ermitaño proporciona un marco fijo y estable donde desenvolverse sosegadamente para poder crear libremente un mundo original sin las distracciones, las presiones y las limitaciones de los contextos gregarios y retrógrados.

El exilio es un viaje externo que alienta y estimula el viaje interno. En la mayoría de los casos, la renuncia con el pasado o lo establecido debe ir acompañada necesariamente con un cambio de entorno físico que se adapte mejor a las nuevas realidades espirituales del viajero.
 Gustavo Godoy

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera 24 de julio de 2015 en la columna Entre libros y montañas

 

viernes, 17 de julio de 2015

El mundo de los filisteos





El escritor Hermann Hesse en su novela el Lobo Estepario nos narra el conflicto interno de su personaje Harry Haller que vive como un extraño dentro del mundo burgués. La novela inicia el día que Harry alquila una habitación en una urbanización de clase media en la casa de una dulce señora burguesa. El hogar del burgués es seguro, ordenado, limpio, rutinario, y decente. Todos son trabajadores, familiares y ciudadanos ejemplares. Los domingos van a las iglesias y siempre pagan sus impuestos. Todos siguen las reglas y están ansiosos por hacer las cosas de la manera más perfecta posible. Harry Haller detesta lo burgués. Para el, es un ambiente asfixiante. Vive entre ellos, pero no es feliz. Siente que no pertenece a ese mundo. Es un lobo estepario.

Como lo uso aquí, el término burgués es intercambiable con el de filisteo. No lo empleo con su connotación política y económica dentro de la teoría marxista sino como es usado a menudo en los clásicos de la literatura, sobre todo en el siglo XIX. Un burgués o un filisteo es una persona que toma en serio todos los convencionalismos sociales tradicionales, preocupado solo por el dinero y carente de toda sensibilidad para la literatura, las artes y lo intelectual. En este contexto, su antítesis seria el bohemio o el artista. Nada que ver con el sentido comunista o socialista de la palabra. Es un estado del alma, no es una realidad política o económica. La palabra burgués viene del francés bourgeis que quiere decir ciudadano. Mientras que la palabra filisteo viene del pueblo de comerciantes del mediterráneo en la antigüedad. Por otro lado, bohemio viene de la región de Bohemia en Europa asociada con los gitanos y su vida errante.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer presenta “El filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas.”

La santa trinidad del mundo de los filisteos es el trabajo, la familia y la sociedad. Su vida consiste exclusivamente en trabajar, casarse, criar niños y seguir las normas de la sociedad establecida.

Sus ideas son obtenidas de la iglesia, el Estado y la opinión pública. La burguesía descansa su moral en la policía y su arte en las corporaciones. La existencia burguesa busca lo práctico, lo conveniente, lo seguro y lo cómodo.

La rivalidad entre la burguesía y la bohemia es eterna. En la novela Ulises del irlandés James Joyce nos encontramos que el personaje del intelectual Stephen Dedalus tenía más de seis meses que no tomaba un baño. Ha renunciado a la religión, ha acudido al arte y a la filosofía por consuelo. El excéntrico grupo de escritores llamados los beats en el barrio neoyorquino de Greenwich Village de los 50s. Eran ociosos melenudos de barba rala que vestían de forma desaliñada, dormían en un colchón en el piso, tenían una vida disipada, desordenada, sin rutina, sin trabajo y sin familia. Consumían marihuana y alcohol mientras bailaban jazz y tenían sexo hasta el amanecer. Para satisfacción de los bohemios, este tipo de comportamiento siempre escandalizan a los burgueses.

El bohemio abraza la vida, el filisteo el dinero. Uno escoge calidad, el otro cantidad. El bohemio crea, el filisteo imita. El bohemio ama la libertad y busca ser autentico. El filisteo ama la seguridad, sobrevive sometiéndose al grupo y cuidando su apariencia. Uno tiene su personalidad, el otro tiene sus propiedades.

La vida bohemia es sobre sensibilidad, expresión, libertad, creatividad y la originalidad del individuo. La vida del burgués o filisteo es sobre todo lo contrario.




 Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes17 de julio de 2015 en la columna Entre libros y montañas


viernes, 10 de julio de 2015

El mito de sisifo





Según la mitología griega, Sísifo fue rey de Corinto y un hombre muy sabio y prudente. Sin embargo, cometió una gravísima falta que ofendió terriblemente a los dioses. Debido a esta transgresión, este mortal, símbolo de la humanidad, fue condenado al Hades y castigado de un modo muy particular. Su pena consistió en hacer subir una pesada roca hasta la cima de una altísima montaña para volverla a subir inmediatamente sin descanso por toda la eternidad. Este curioso mito fue brillantemente utilizado por el escritor franco-argelino y premio nobel de literatura Albert Camus para ilustrar su famosa filosofía de lo absurdo.

El mundo de Sísifo es un mundo similar al nuestro. Esta es una realidad donde los problemas verdaderamente importantes no tienen una solución definitiva. Este es, sin duda, un mundo incompresible desde la razón. En las palabras de William Butler Yeats “La vida es una larga preparación para algo que nunca llegará”

En el arte de vivir nos topamos frecuentemente con profundas contracciones y difíciles dilemas que desafían constantemente el pensamiento. Sin embargo, la vida concreta no se piensa, se vive.

Este mundo no es racional sino paradójico. Eso que comúnmente llamamos realidad no es otra cosa que un complejo sistema de procesos y cambios constantes. Es inútil especular de manera absoluta acerca de la totalidad del universo y su finalidad. Lo único cierto es lo incierto.

La comprensión humana es limitada porque su percepción del entorno es también limitada. Para los seres humanos no existen verdades objetivas ni absolutas sino subjetivas y relativas. Ya el filósofo griego Protágoras lo dijo en el siglo V antes de Cristo “El hombre es la medida de todas las cosas”. De forma parecida lo postuló el filósofo Danés Søren Kierkegaarden su famosa frase “La verdad es la subjetividad”

La incapacidad de la mente humana de comprender objetivamente los misterios del universo en su totalidad absoluta se extiende inevitablemente a la incapacidad de construir ideales y valores basados en un orden metafísico cerrado y universal.

Las leyes de los hombres no vienen de los dioses o de una realidad supranatural. Nuestras leyes, costumbres y principios morales son convencionalismos construidos por nosotros mismos para nuestra propia utilidad como resultado de la experiencia. No hay normas transcendentes de conducta. No hay patrones absolutos que impongan el cómo se debe vivir.

 ¿Cómo vivir la vida en un mundo absurdo, un mundo sin sentido último? Como en el caso de Sísifo, el caminante en un camino sin final debe encontrar plenitud en el hecho mismo de caminar. Sería absurdo poner sus esperanzas en una meta inalcanzable desde el inicio.
La vida carece de un fin último fuera de nosotros mismos. Sencillamente, somos en la medida que vivimos. La vida es simplemente el momento presente donde cada individuo existente vive, siente y experimenta en ese movimiento místico entre el ser y su circunstancia.

Todo cambia. Hay tiempos malos y buenos. La suerte viene y se va. Sin embargo, hay algo para aferrarse y nadie no los puede arrebatar: Nuestra actitud personal ante el destino. La vida es el acto mismo de vivir.

Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 10 de julio de 2015 en la columna Entre libros y montañas