viernes, 15 de febrero de 2019

Rebelión en la granja






En la novela, del británico escritor George Orwell, Rebelión en la granja (1945), los animales se han sublevado contra los dueños humanos que los oprimían. Sin embargo, la medicina terminó siendo peor que la enfermedad cuando los cerdos, ebrios de poder,  traicionan a los demás imponiendo un sistema más opresivo y desigual que el anterior.

La novela claramente tiene un mensaje político dirigido a ridiculizar las revoluciones populares de la época que mientras mostrándose como salvadores en realidad eran los  grandes opresores del pueblo.  El paralelismo con la Unión Soviética de Stalin es evidente. En el momento de la publicación, Stalin todavía era un aliado de Occidente contra los nazis. Por eso, la novela  no recibió en un principio un visto bueno en Inglaterra. Se trataba de una fábula y los personajes animales de granja, pero la comparación no se podía esconder. Esta resistencia inicial cambió al poco tiempo con la llevada de la Guerra Fría. En el periodo de la posguerra, el libro fue muy usada para mostrar todo lo que estaba mal con los soviéticos y para defender el sistema democrático.  Rebelión en la granja es una novela  sobre la estupidez,  los engaños y  la hipocresía del poder. Y se ha convertido en la metáfora perfecta para exponer la enorme distancia entre la versión oficial pregonada por este tipo de tiranías  y la realidad experimentada por los pueblos sometidos bajo su dominio.

La obra hay que leerla para evitar que la historia se repita. Es necesario comprenderla y recordarla con frecuencia. La novela empieza relatando los problemas de los animales bajo el yugo humano y sus anhelos de libertad. Un viejo cerdo incita a los demás a organizar su emancipación. Rápidamente, los cerdos asumen el liderazgo para construir una nueva sociedad basada en la “igualdad”.

En Rebelión en la granja, cada grupo de animales representa una fuerza social. Los cerdos representan los cabezas del movimiento. Los perros, los militares. El curvo Moses, la iglesia. Mollie, la yegua, las clases altas. El caballo Boxer, los trabajadores. Las ovejas y las aves, las masas ignorantes que siguen los cerdos ciegamente. El burro, el intelectual  consciente. Los dueños anteriores, el viejo régimen.

Una de las características principales de los  animales es la brevedad de su memoria. No son buenos recordando. Esta debilidad los hace terriblemente vulnerables. La degeneración de los cerdos va creciendo con el tiempo. Al principio, todo parecía ir por buen camino, pero este entusiasmo inicial acabó pronto. Poco tiempo después de consolidarse en el poder, los cerdos no trabajan. Viven del trabajo de los demás. Se roban la comida de los demás. Cometan abusos. Crean leyes que solo los benefician a ellos. Y reescriben la historia para perjudicar a la granja. La codicia y la mentira ganaron.  Esta nueva casta que surge después de la rebelión se ha convertido en algo más absurdo que el viejo régimen. La granja ha caído víctima de una estafa y están mucho peor que antes.  

Estos sistemas son una traición evidente al espíritu  igualitario y justiciero que originalmente los inspiró. Los cerdos nunca fueron unos liberadores. Fueron unos vulgares charlatanes que se provecharon la ignorancia de los animales para promover sus siniestras agendas. No fueron salvadores. Fueron una tiranía más.

La novela está llena de frases muy interesantes. Hay una particular. Esta: “Todos los animales son iguales, pero hay algunos animales  más iguales que otros.” Aquí se resume la ridiculez de estos cerdos.

Gustavo Godoy 

jueves, 14 de febrero de 2019

Inevitable




Es un amor de esos de leyenda, de los mitos de antaño, de corazón y sensibilidad. Como los que se cuentan en las películas y en las novelas.  De esos que superan al tiempo y rompen las cadenas. De los inolvidables.  De los que viajan por el viento y rozan las estrellas. Amor hecho de amor y nada más.

Aunque siempre te busco y nunca estás. Te elijo a ti. Todo el tiempo a ti. Todas las mañanas. Todas las noches. Una y otra vez. A ti  y solo a ti. Simplemente. Por los días te pienso y por las noches te sueño.  Pero siempre. Y de la misma manera. Total. Tan dulce y tan bella. Entre mares e imposibles. En la totalidad. Mis sueños son contigo. Y mis soles, tu felicidad. Es tu risa que me llena. Es tu infinito mirar. Es tu alma misteriosa. Eras tú y nadie más. Es un amor de esos de leyenda y siempre lo será.

Existe en mí una gran eternidad. Algo que va con los dioses inmortales.  Ahí en lo hondo de mi alma  enamorada. Hay un cielo inagotable. Un río eterno e invencible. Una fuerza frágil e  inamovible. Una tierna emoción indomable. Un sentimiento noble y humilde. Una poderosa debilidad.  Una pasión invicta, tranquila y dulce como la miel.  Mi amor por ti. Inevitable.  

¡Feliz Día de los Enamorados!

Dedicado a los enamorados del amor. Dedicado al amor. Dedicado a ti.

Gustavo Godoy

viernes, 8 de febrero de 2019

1984





El escritor británico George Orwell se dedicaba a la novela política. Por medio de la ficción, se proponía desenmascarar los siniestros métodos utilizados por los regímenes totalitarios.  Su novela 1984, publicada en el año 1949, es una auténtica obra maestra dentro de su género. En 1984, vivimos un futuro distopico, terrible y asfixiante. En un Londres del futuro todo se encuentra bajo el control absoluto del Gran Hermano, el líder supremo. Y la población,  una masa de marionetas.  El control se consolida por medio de la guerra, el hambre y la zozobra. Las condiciones de vida son espantosas. Sin embargo, la única preocupación del Gobierno es mantener el poder. Todos sus esfuerzos están  dirigidos a embrutecer a los ciudadanos con manipulaciones, propaganda y los  lavados de cerebro. Los medios oficiales tergiversan los hechos y falsean la historia. Corrompiendo el lenguaje, el partido ha logrado imponer un mundo de ficción totalmente alejando de la verdad. Según la doctrina del partido, la única salvación es doblegarse por completo a la voluntad del todo poderoso líder. Su dominio es total. En 1984, todos aman al Gran Hermano.

Estudiar a Orwell es comprender las maneras de los sistemas totalitarios. La Alemania de Hitler, La Unión Soviética de Stalin, La Venezuela del Chavismo. En su novela, se expone con gran claridad los mecanismos implementados por este tipo de tiranías para lograr el poder total.

En el centro de la mitología que imponen estos sistemas existe  un gran villano y una conspiración mundial, una idolatría que llega a convertirse fantásticamente en una fe. Los nazis inventaron la conspiración judía. Los comunistas, la conspiración del cerco capitalista. Esos chivos expiatorios fueron utilizados como arma política para que estos hampones pudieran esconder sus agendas particulares, evadir toda responsabilidad y justificar todos los abusos. Su meta es el poder y la gloria para ellos. Nada más.

El libreto siempre es el mismo: El pueblo debe todas sus desgracias a los malvados conspiradores. El mundo está repleto de enemigos, tanto internos como externos. El único objetivo de dichos conspiradores es hacerle daño al pueblo. El pueblo siempre es inocente. Los conspiradores siempre son culpables. El pueblo represente el bien. Los conspiradores, el mal. La función del tirano es luchar  contra  los malvados y llevar a los buenos hacia la victoria final. Para luego,   crear un paraíso de igualdad, prosperidad y paz para el pueblo. Mientras tanto, el fin justifica todos los medios. 

Este cuento de hadas es simple. No como la vida que es compleja y contradictoria. He ahí su atractivo. Los líderes totalitarios explotan las  debilidades del populacho y sus deseos insaciables  de  escapar  de la realidad con estas historias de fácil compresión. El sujeto pequeño y vulnerable con estos sistemas abandona su personalidad fundiéndose en un movimiento popular para  adquirir así  una fuerza psicológica que carece como individuo. Sus complejos de inferioridad se superan al someterse al hombre fuerte, el líder supremo. La euforia del número disipa sus miedos. Y sube de estatus al desempeñar un papel “heroico” dentro de esta supuesta guerra santa.

El líder supremo se autoproclama con el profeta infalible de un poder superior, Dios, el destino, la naturaleza, la historia. Convenientemente, el líder solo responde por los triunfos. Las fallas, los problemas y los errores son  obra del chivo expiatorio de turno.  Oponerse al movimiento es traición. La obediencia ciega es la única opción.

Las sociedades caen en estos sistemas buscando una mejora de condiciones pero los resultados son catastróficos. Esa simbiosis entre un pueblo  resentido y el megalómano estafador  siempre termina en desastre. 1984 es una novela sobre cómo se pierde la dignidad humano y la libertad a la merced de las fantasías  y la ambición desenfrenada. Todo un clásico ese libro. Revelador como ninguno.

Gustavo Godoy

viernes, 1 de febrero de 2019

Los grandes amores de novela







¿Sobre qué escribimos cuando escribimos de amor? ¿Cómo se describe el amor en el mundo de las letras? ¿Cómo son los romances de novela? ¡Interesantes preguntas! ¿Eh?  Sin embargo, el  lector amante de las grandes historias de amor podría contestar estas preguntas con relativa facilidad. Porque curiosamente las historias de amor en la literatura se parecen mucho entre sí. Existen elementos claramente universales en ellas. Que si nos ponemos a pensar sobre este hecho, resulta realmente sorprendente. Hablamos, por ejemplo, de dos clásicos sumamente influyentes dentro  del género de amor: Orgullo y Prejuicio y Anna Karenina.

En Orgullo y Prejuicio, Jane Austin nos muestra dos tipos de amor muy distintos. Por un lado, el amor de Lydia y el señor Wickham. Por el otro, el amor de Darcy y Elisabeth. En Anna Karenina,  Tolstoi también  nos cuenta de un modo muy similar al de Austin  la aventura entre  Anna y Vronky, por un lado. Y  el amor entre Levin y Kitty, por el otro. Unas  relaciones están inspirados en la pasión y otras en la virtud. El marcado contraste entre estos dos tipos amor le dan mucha fuerza al mensaje dentro de estos relatos. Evidentemente, ambos autores quieren enseñamos algo muy importante sobre el tema. Le  quieren regalar a sus lectores una valiosa lección de amor. Aquí indagaré,  por razones de espacio, solo un poco sobre los amores basados únicamente en la virtud.

En narrativa, el género romántico tiende a seguir un formato determinado. Una estructura básica que por lo general se representa en tres partes: Un encuentro inesperado, la separación y la realización.

La primera parte es siempre complicada. Está llena de malentendidos y obstáculos. El encuentro se dio, pero casi siempre este viene  acompañado de una desilusión. La pareja simplemente no se entiende. La química, si alguna vez la hubo,  se va por el drenaje.  Surge un rechazo inicial producto de algún evento o alguna creencia desafortunada. En Orgullo y Prejuicio, Elisabeth piensa que Darcy es un arrogante patán. En Anna Karenina, Kitty está ilusionada con otro hombre. En un principio, el amor no se da así nomás. La pareja no está lo suficientemente preparada para el amor verdadero. Todavía falta mucho camino por recorrer.

La segunda parte, generalmente la más larga, la pareja sufre modificaciones en su manera de pensar debido a las circunstancias. El pretendiente de Kitty, en Anna Karenina,  se marchó inesperadamente en busca de un amor ilícito. Ella  enferma y se toma  un buen tiempo para reflexionar sobre sus verdaderos deseos. En Orgullo y Prejuicio, Elisabeth, a la luz de los últimos acontecimientos,  descubre el verdadero carácter del señor Darcy. En esta etapa de espacio y silencio, los personajes experimentan un crecimiento interno y un cambio de perspectiva importante. Ya no son las mismas  personas del comienzo. Se convierten en  otras.  En cierto modo, maduraron.  Su óptica de la vida y del amor se volvió mucho más lucida.

Elisabeth con el tiempo se dio cuenta que Darcy era un hombre bueno y generoso que realmente sí  la quería. Esto fue suficiente para que ella  aceptara su segunda propuesta de matrimonio. Kitty acepta casarse con  Levin cuando este le demuestra que era un hombre sincero y comprensivo que lo único que anhelaba era  hacerla feliz. Luego  y solo luego  de estos cambios,  ya puede  venir  la realización. En ambas novelas, la relación termina en boda. Pero no fue fácil. Para poder  llegar ahí debieron pasar muchas cosas.

En la literatura, y tal vez en la vida misma, las historias de amor en realidad son historias de superación personal. Los protagonistas deben primero emprender un viaje de autodescubrimiento y autorrealización para después poder conseguir sus objetivos. Los cambios deben darse, en primer lugar, en el individuo.  El otro es solo un espejo que  impulsa este proceso  brindándonos  la oportunidad de crecer. En un inicio, por lo general, nos encontramos rotos y la vida que tenemos no es la vida  que realmente queremos o merecemos. Vivimos en negación, y la ceguera nos domina. Pero nuestro corazón constantemente nos está pidiendo más. Nos pide una vida total. El deseo de conocer otros mundos.

El amor intimida porque  nos recuerda nuestra desnudez y desamparo. La soledad es la prisión de los temores. Comunicarse con el otro toma valor.

¿Cómo se escribe una historia de amor? Se empieza siendo un incrédulo. En este punto, los personajes han perdido la fe en el ser humano. Pero luego llega la bondad, el cariño y la ternura.  Las almas rotas se van curando paulatinamente con compasión, humanidad y paciencia. La magia se va construyendo poco a poco con confianza y generosidad. Ese mundo  compartido que poéticamente llamamos amor nace de una creencia, la creencia en la nobleza y belleza del otro. Claro que no es sencillo. Toma coraje, sensibilidad y sensatez. Toma una sabiduría muy particular para poder  apreciar  lo más bonito del amor. ¿Y qué es eso? La mirada enamorada, la sonrisa ilusionada y el sentimiento desinteresado de un corazón sincero que solo late por ti. Reconocer ese gran milagro. Valorar ese raro y bello milagro. Requiere lo mejor de nosotros. Debemos ser la mejor versión de nosotros mismos.

Casi todos queremos vivir un amor como el de las grandes novelas de los siglos pasados. Sin embargo, se nos olvida que eso implica un sacrificio.  Para poder amar de verdad, debemos convertirnos en mejores personas. Esto exige  una transformación profunda y vital del ser. Significa una lucha  contra los prejuicios, el miedo y la terquedad. Un gran amor de novela. Es un gigantesco salto de fe. El heroico salto de darlo todo por quien daría todo por nosotros. De eso se escribe cuando se escribe de amor.



Dedicado a la bella dama de mis ojos a razón del mes del amor y la amistad… (Sí, a usted)

Gustavo Godoy

domingo, 27 de enero de 2019

En torno al respeto






¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué quieren los hombres? Sí, tal vez sea cierto. Ellas son de Venus, y ellos son de Marte. Quizás. Ciertamente, los seres humanos todos somos iguales. Y, al mismo tiempo, todos somos distintos. Existen tantas culturas, tantas opiniones. Diferentes maneras de ver al mundo y a las cosas. Este planeta es tan diverso que a veces confunde. El sentido de la vida es una búsqueda muy cargada de misterio. A veces,  no se entiende. Uno a menudo  se pierde en la oscuridad. Cada persona parece seguir  objetivos singulares. Unos buscan amor. O a Dios.  Otros buscan paz, espiritualidad, verdad. Otros, éxito, libertad o felicidad.  Otros, fama, dinero, vino o chocolate. Otros simplemente quieren ser excelentes en algo. Alcanzar un potencial.  Crear una obra importante. Desarrollar un talento. Y algunos, sencillamente, quieran ser buenos y dar bondad.  No sé. Es algo muy complicado, de hecho. Estas son algunas respuestas de la gente a las grandes preguntas que nos planea la vida. Sin embargo, me temo que en relación a este tema un consenso general aún no se ha inventado.

De todas estas respuestas posibles, existe una que a mí en lo particular  me gusta mucho. Me llena, lo confieso. Y, en cierto modo, me consuela.  Además, pienso que su atractivo es casi universal. ¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué quieren los hombres? ¡Queremos respeto! Más que amor, riquezas y glorias. Quizás queremos eso. Respeto. Consideración. Estima.  

El respeto, en pocas palabras,  se podría describir como una virtud.  Una virtud de consideración.  La edificación de una relación considerada entre el propio ser y los demás. Es decir, el reconocimiento del valor personal dentro de un contexto social. En las relaciones interpersonales, siempre existe una dinámica de poder. Y para que los vínculos humanos se puedan sostener debe haber un sentido de justicia básico y elemental entre las partes. Por lo tanto,  el respeto sería una forma de espacio sagrado. Un territorio que nadie debe cruzar jamás.  Como acto seguido, el irrespeto sería una violación de los límites  que impone este espacio, también llamado la dignidad humana.

 ¿Cuáles son los enemigos del respeto? Primero, la humillación.  El acto de humillarse  es un hecho irrespetuoso porque convierte a la persona en un ser inferior y sumiso, víctima del otro, carente de amor propio.  Una evidente falta de respeto hacia uno mismo. Segundo, el abuso. El abuso es otra acción irrespetuosa porque implica una imposición  violenta e ilegítima que perjudica al otro, y nos convierte en victimarios. Una clara falta de respeto hacia los demás.  El respeto, entonces,  es un equilibrio entre dos extremos, una especie de sabia armonía. El irrespeto, por el contrario, es un desequilibrio, la negación de la verdadera valía de cada quien.

 Mejor dicho, o para decir lo mismo pero con otras palabras,  la humillación es  la escasez  de dignidad propia; el abuso, la extralimitación que ataca la dignidad ajena. Estos dos vicios son anónimos del respeto, uno por deficiencia y el otro por exceso.  En resumen,  el respecto es paz y bienestar.  Sus opuestos son la eliminación (literal o simbólica)  de la persona. No hay humanidad, sin respeto. Así de sencillo.

El respeto se demuestra en palabras, acciones, gestos y tono. Y la mejor manera de identificar su presencia es la ausencia absoluta de violencia. El violento no respeta. El respeto tiene un cómo, una forma de expresión. Se manifiesta de un modo palpable y tangible. Es sutil, suave y calmado. No discute, argumenta. Es lento, pausado y reflexivo. No salta de rabia, sino que se pasea con elegancia. Escucha, reconoce y acepta. Saluda. Es puntal. Tiene palabra. Honra convenios. Es un caballero.  Lleva un orden, un autocontrol. Es civilización, empatía y educación. Cultura.  Sabe callar. Saber hablar. Escoge el discurso más adecuado. Rectifica a la luz de las razones. Pone de su parte.  Ayuda. No reprocha. Solo reclama tranquilamente lo justo. Es honesto, moderado, prudente. No es terco, arrogante ni soberbio. Beneficia, construye, soluciona. No destruye. No golpea. No insulta. Conversa. Acuerda. Dialoga. Es amable, tolerante y cortés.  Agrega valor a las relaciones, no quita. Claro, se defiende valientemente de las humillaciones y los abusos. Pero con nobleza y altura. No es una víctima, ni un victimario. Es un ser humano. Que falte todo, menos el respeto. Porque en un suelo desprovisto de  respecto, nada provechoso nace nunca.  El respeto. Una actitud ante la vida.

Gustavo Godoy


lunes, 14 de enero de 2019

Constanza Chatterley






Dedicado a quienes viven los milagros…

Si la experiencia nos ha demostrado algo en materias de amoríos es lo siguiente: Existe una distancia enorme  entre lo que se dice y lo que se hace. Decimos querer algo, pero nuestras acciones revelan lo contrario. En la mayoría de los casos, manifestamos anhelar un amor bonito, pero no. En la práctica, escogemos amores contrariados. A pesar de lo que constantemente decimos,  las muestras de amor sincero nos aburren y las rechazamos. Preferimos jugar al gato y al ratón. El hombre bueno, la mujer buena no son lo nuestro. Aparentemente, nos gusta la ingratitud. ¿Cinismo? ¿Resentimiento? ¿Pesimismo?  No lo creo. La evidencia es abrumadora. No es políticamente correcto escribir con tanta crudeza sobre el tema, claro. Pero debemos confesar que algo de cierto todo esto  tiene. ¿O no?
Biología, psicología o sociedad, no lo sé. Pero querer es complicado. Sé directo en el amor. Y lo verás. Te darán las gracias y te ofrecerán solo amistad. Algo que es como darle un pan a quien se muere de sed. Muestra distancia, arrogancia y pedantería, y, de pronto, tu atractivo sube como la espuma. ¡Oh, las ironías del amor en tiempos modernos! Le pedimos a Dios una buena compañía, pero cuando nos la envía, no nos gusta. Elegimos otra cosa.  Rara vez, valoramos a la persona que lo apuesta todo por nosotros y lo demuestra con acciones.  Por el contrario, valoramos a quien se va, a quien no podemos tener. Esto nos lo hacen y lo hacemos. Las dos cosas. En la vida real, el príncipe azul no conquista tanto como el lobo feroz.  La bruja puede más que Blancanieves.

El británico David Herbert Lawrence escribía divinamente.  El amante de Lady Chatterley, publicada en el año 1928, es una novela maravillosa. Increíblemente maravillosa porque es la celebración de un milagro.  El guardabosque Oliver Mellors no tiene nada que ofrecerle a la señora Constanza Chatterley. Solo su  ternura. Solo su cariño. Ella lo escoge a él. He ahí la belleza de Connie. En su simplicidad. Lo único que pedía del amor era amor. El amor: Atención, tiempo, detalles, dulzura, momentos, intimidad, compañía.  ¡Para que más!

Constanza se casó muy joven. Su marido, un aristócrata, Sir Clifford Chatterley, quedó invalido de la cintura para abajo después de la Gran Guerra y los dos vivieron juntos en la mansión Chatterley, un lugar sofocante y gris. Por supuesto, la invalidez del señor Chatterley iba más allá de lo físico. También era un hombre incapaz de amar. Su vínculo con Connie no era amor realmente. Era dependencia, necesidad, agradecimiento,  costumbre. Pero no amor. Era otra cosa.  La pareja no gozaba de un verdadero lazo. La guerra rompió a Clifford de un modo más profundo de lo que podía revelar su frágil exterior.  Lo despojó de su espíritu.

De repente, un día, Constanza se dejó querer. Se entregó a un hombre que estaba dispuesto a quererla de verdad. La bella Connie tuve esa valentía. No era el momento, ni la circunstancia. Eran la pareja dispareja y nada encajaba. Pero igualmente se dejó querer. Así nomas. Se decidió por la ternura, por el cariño. Lo demás dejó de  importar.

La relación de Connie y Oliver nos invita a tener fe. Nos abre las puertas hacia una esperanza.  Tal vez, exista un mundo donde el amor sea suficiente, donde  sea posible. Quizás, algún día nos llegue a querer aquella persona que amamos. Y nos dé amor por amor. Simplemente. Tal vez, encontramos a nuestra propia Connie, a nuestro Oliver. Y solo el amor baste. ¡Ojala! Que los te amos sean también un te cuido. Yo te cuido. Tú me cuidas. Nos cuidamos. Así como en la novela, El amante de Lady Chatterley.


Gustavo Godoy 

domingo, 13 de enero de 2019

Anna Karenina y Elisabeth Bennet





¿Es posible enamorarse de personajes literarios? ¡Ah!, he ahí una pregunta muy interesante y sumamente reveladora. ¿Se puede? Bueno,  yo pienso que sí. Es posible, en cierto modo. Leer es una experiencia íntima, sin lugar a dudas. Y existen personajes ficticios que, en esa intimidad poética,  te tocan profundamente. Ya sea porque te recuerdan personas reales. Ya sea porque crean la ilusión de poder encontrártelas en la vida real. Las novelas te acercan, con absoluta sinceridad, a la gente. Y la cercanía enamora. El amor es también una forma de imaginación. Para querer a las personas hay que prestarle atención. E imaginarlas.  Es decir, leerlas con paciencia. Escuchar sus sueños lentamente. Empatizar con sus defectos poco a poco. Disfrutar sus emociones. Explorar sus sentimientos. Y desear su bien de un modo honesto y franco. Mejor dicho, sentirlas. Sentirlas en su totalidad.  Las personas son historias. Y hay personas que solo pueden ser historias de amor. Todo es cuestión de ser un buen lector. 

Anna Karenina es la protagonista de la novela (que lleva su nombre como título) escrita por el escritor ruso León Tolstoi a finales del siglo XIX.  Anna es indudablemente una de las mujeres más bellas de toda la literatura universal. Nunca se deja de lamentar su trágico final. Anna se casó muy joven con un hombre seco y sumamente frio. Karenin es un sujeto responsable y correcto, pero incapaz de demostrar cariño. Su único impulso es el deber. Un excesivo sentido del deber que sofoca. Sin embargo, Anna puedo mantenerse durante años en ese matrimonio sin pasión gracias a su hijo, Sergio. Era una madre muy devota y crio a su hijo con gran ternura. 

Anna Karenina era admirada por toda la alta sociedad de San Petersburgo. Admirada por su belleza, su elegancia y su amabilidad. Una mujer soñada, encantadora,  de trato dulce y amables maneras. En los primeros capítulos de la novela, conocemos a Anna durante su viaje a Moscú ayudando a su hermano con un problema marital.  Esteban Oblonsky, el hermano de Anna, tuvo una aventura con la institutriz, y su esposa lo había  descubierto  todo. Anna intervino con gran sabiduría y ayudó al matrimonio a superar el meollo. Desde ahí, para el lector, es amor a primera vista.  

Lamentablemente, en ese mismo viaje también conoció al causante de su tragedia. En Moscú, conoció a Vronsky,  un joven que después de conocerla se dedicó a conquistarla. Con el tiempo, ella cayó en sus abrazos y quedó embarazada de él. Eventualmente, se separó de Karerin para vivir junto  a su amante desarrollando a una relación sumamente tormentosa que terminó con su lamentable suicidio. Anna se volvió cada vez más caprichosa, celosa e irracional. Ese amorío le salió muy caro. 
¡Anna! Una mujer fascinante e inmensa. Con un atractivo infinito. Terriblemente compleja y contractaría. Llena de belleza, pasión e ímpetu. Nunca logró la felicidad que tanto anhelaba. Incomprendida, inmadura y víctima de sí misma. Conocer el personaje  es quererla. ¡Qué pena! Todo ha podido ser tan diferente. 

Elisabeth Bennet es la heroína de la novela Orgullo y Prejuicio de la escritora inglesa Jane Austen. Austen comenzó a escribir la obra en el año 1796 y la terminó en el 1797. La pieza explora el tema del matrimonio y de cómo escoger al compañero ideal. Ambientada en la Inglaterra rural de finales del siglo XIII en medio de familias de clase media. La historia se centra en la interesante relación entre Elisabeth y el señor Darcy. 

Elisabeth es una mujer de criterio, de pensamiento independiente y de carácter aplomado. Elisabeth es muy bonita y peculiar. Recordarla es sonreír. Siempre fiel a sus principios. Siempre con opiniones fuertes. Es la segunda de cinco hermanas. Y la preferida de su padre, el señor Bennet. Al principio de la novela, todas las hermanas están solteras y en busca de  marido. Una situación ideal para que comiencen los enredos. La novela es en realidad una comedia romántica, llena de color, reveses y sorpresas. Se disfruta muchísimo. La diversión nunca para. 

La relación de Elisabeth con Darcy empieza como grandes malentendidos. En un principio, se detestan. No se soportan. Pero con el tiempo, se van descubriendo. Y van creciendo en la medida que se van conociendo mejor. Darcy, un caballero de elevada posición social, en el fondo, es un hombre bueno y de noble sentimientos. Pero introvertido, de modales a veces toscos y en apariencia arrogante. Cuando por primera vez, Darcy le propone matrimonio a Elisabeth,  ella lo rechaza de plano. Su propuesta fue casi grosera, totalmente inapropiada. Y Elisabeth siempre digna se lo hizo saber con una firmeza muy típica en ella. La seguridad de Elisabeth es admirable. Es su mayor atractivo. La mujer es bella. Si algo tiene, es personalidad. 

Anna Karenina y Elisabeth Bennet son mujeres muy distintas. Anna es una dama de sociedad sumamente sofisticada. Elisabeth, por otro lado,  es una muchacha de orígenes más humildes y con menos mundo que Anna. Sin embargo, se podría decir que Elisabeth es mucho más centrada y madura. Son bellezas diferentes. Anna es como un trofeo muy cotizado, pero Elisabeth es un  premio que se debe merecer y solo se revela  conociéndola. Anna es el sueño de todo hombre, pero Elisabeth es una mujer para construir sueños a su lado. Elisabeth sabe lo que quiere. Y valora al hombre que la quiere. Anna no está muy clara. Y emocionalmente es un desastre. Por supuesto, ambas son mujeres que inspiran sentimientos muy profundos. Apasionan. 

Es un asunto misterioso y sutil. Por ejemplo, uno no puede enamorarse de Emma Bovary. A pesar de sus encantos. Esto probablemente se debe a que los personajes de Flaubert son, en el fondo, patéticos. La novela Madame Bovary (todo un clásico de la literatura francesa del siglo XIX)  es bellísima, pero no por sus personajes, sino por su espectacular estilo. El escritor es un verdadero  artista. Todo un poeta.  Sin embargo,  Emma en realidad  es un personaje un tanto ridículo. Causa lastima, no simpatía. Eso crea una distancia muy honda.  Hay algo muy soso en ella. Su mundo no nos atrae, ni nos conmueve. No seduce como mujer. Existe una brecha difícil de superar. La llegamos a conocer muy bien, pero no la llegamos a querer. Algo falta. Dignidad, tal vez. Amor propio, no sé. Pero algo. Simplemente no tiene la suficiente sal. Básicamente, carece de gracia. Pero ¡ojo!  No es culpa del lector. El autor lo quiso así. De ese modo nos presentó a su personaje. Emma Bovary. La protagonista de la novela más famosa del gran escritor francés Gustav Flaubert. 

Por otro lado, una mujer como Anna Karenina. Una mujer como Elisabeth Bennet. Eso sí es otro cuento.  Ellas son mujeres interesantes. Derrochan vitalidad. Poseen una complejidad que fascina y una belleza que ilumina. Llegan al corazón.  Es decir, enamoran. Nos hacen perder la cabeza. Así, dejándonos locos de amor. 


Gustavo Godoy



viernes, 4 de enero de 2019

La manzana de mis ojos



¿Sabe? Yo también he sufrido decepciones. Duele. Y duele mucho. Yo  también, al igual que usted, me he perdido a la deriva de los recuerdos. Extrañando lo que fue,  y anhelando lo ya que nunca será.  Queriendo por momentos caer en amores de segunda mano. Impulsado por el borrón dejaron. También me han querido mal. Igualmente di oportunidades a quien no lo merecía. De merecerlo  habrían luchado más para quedarse. De la misma manera me deje llevar por ilusiones temporales. Confié en personas que no supieron dar, que no supieron recibir. Promesas vacías, grandes ausencias, largos olvidos.  Pensé que se podría, pero no. No entendieron el compromiso que requería, la paciencia que se  necesitaba,  el desafío que implicaba. Creí que era posible, pero no.  Tan solo nos enamoramos de la idea que se planteaba. También mostré mis heridas. Solamente para que, al final,  les arrojaran limón y sal. Ahora pienso que todo pasó por una razón. Todo fue una preparación. Algo dura, pero con una propósito.

Claro, uno se vuelve escéptico. Así, bloqueando el corazón por razones de seguridad al propio estilo del Facebook. Lo comprendo.  Buscando defectos hasta en el paraíso. Aferrándose inútilmente  a un pasado perdido que se obstina a seguir viviendo, como un fantasma. Uno se vuelve ciego y renuente a un nuevo comenzar. Pero entienda.  En su caso,  la falla fue de ellos. No suya. No hay nadie como usted. Así de bella. Así de única. No eres perfecta. Pero eres tú. Más que suficiente. Plena en libertad. Divinamente complicada.  Inigualablemente tierna. Luchadora y terca. Alegre y triste. Risueña y seria. Misteriosa, nostálgica, y romántica como ninguna.  Cálida y fría.   Dudosa y valiente. Sola y social. Siempre deseando lo improbable. Siempre soñando con amar.  Corriendo y apurada. Despistada y distraída. Olvidadiza y enredada. Cambiante y constante.  Fuerte y frágil.  Rabiosa y dulce.  Lo que dices y lo que callas. El café y el vino. La música y los libros. Un pequeño jardín. Un lápiz y un papel. Una sonrisa bella, unos ojos picaros y un lindo sentir. Llena de recuerdos pero también llena de anhelos. Y con un  corazón gigante. Usted es infinita. No cambie jamás.   ¡Vaya torpeza del que no quiso quedarse a su lado! ¡Y  no supo valorar su inmensidad!

Sin embargo, yo. Bella dama. Con usted me tomaría un café y  me tomaría una vida. Yo no me canso de estar. De esperar. De ser. Jamás me iré. Siempre estaré. El gran admirador de su locura. Cariño sin reservas. Amor sin temores. Usted vale un mundo. Con sus océanos, sus mares y sus montañas. Con sus cielos azules y brillante sol. 

¿Y por qué escribo? Escribo solo porque me lees. Y sé que me lees porque sabes que solo te escribo a ti. Escribo para sentirte cerca. Para coleccionar más sonrisas tuyas.  Para soñar contigo. Para tenerte menos lejos de mí. Para ser feliz. Las palabras son las caricias y los besos de la distancia. Entonces, yo te escribo a ti cartas de amor. Y te escribiré por siempre. Para toda la vida. Eres la manzana de mis ojos. Mi razón infinita. Mi pensamiento constante. Mi eterno anhelar.

Tú allá. Yo aquí. Cada uno en su orilla.  Con la distancia y el pasado como pruebas. Entre los miedos y las ganas. Entre dudas y  esperanzas.  Existimos juntos sin ser nada. Ni amantes, ni amigos. Pero ahí. Una posibilidad. La posibilidad de ti y de mí. Un destino que constantemente  nos susurra. Estés o no estés.  Eso no importa tanto. Quizás, podría pasar toda una vida sin ti. No te necesito, supongo. Y, de hecho, yo me las arreglo muy bien solo. Dejar de amarte, sin embargo. Eso sí no puedo. Y creo que nunca podré. Este mi amor por ti es para toda la vida. Y, por siempre, te escribiré.

Gustavo Godoy                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

viernes, 28 de diciembre de 2018

Los Idilios


Siempre es la misma historia. Es un patrón que se da una y otra vez. Un viejo cliché. Un hombre conoce a una mujer y, de pronto, surgen las primeras chispas de un mágico hechizo. Desde muy temprano en la relación ya saben que son el uno para el otro. Se disuelven en el otro. Pierden el control y no pueden parar de pensar en el otro. Todo es bonito y bello. Y el corazón parece que va a explotar con sentimientos y emociones. Ya nada más importa. Ha comenzado un idilio.

El problema con los idilios  es su corta duración y sus dañinos efectos secundarios. Los idilios son experiencias muy intensas. Sin embargo, duran muy poco. En un principio, todo va de las mil maravillas. Todo es genial. Pensamos que ese sensación de intoxicación valida nuestra unión. Pero, con el tiempo, la realidad se impone con gran dolor. Lo que antes eran rastros positivos y admirables, con la convivencia comienzan a mostrar su lado más oscuro. Si nuestra pareja “perfecta” nos resultaba graciosa al comienzo, esa misma gracia ahora nos parece falta de seriedad. Si antes era tranquila y despreocupada, ahora nos parece irresponsable. Si antes nos parecía inteligente, ahora es terca. Si antes la relación era un paraíso, ahora nos parece desprovista de compromiso y  entrega. El ideal se ha transformado en decepción; y la ilusión  se convirtió en una agonía. El objeto de nuestro deseo nos ha defraudado y nuestras expectativas simplemente ya no se cumplen. Resulta ser que ahora después de tantos momentos bonitos no somos suficientes.  El idilio se ha desvanecido y todo lo que queda son peleas, rabia y frustración. Las personas que antes no podían  vivir el uno sin el otro. Una vez que  ha desaparecido  el encantamiento, ya no se soportan. El abandono, el desamor, los reproches y los lamentos nos han roto el corazón.

Las rupturas son muy dolorosas. Y es sumamente complicado sanar una vez que se  ha roto el  corazón. La mayoría renuncia a los quereres. Creen no contar con las fuerzas suficientes para volver a amar. Algunas personas duran meses en recuperarse. Unas duran años. Otras jamás lo logran.

Los idilios son como una droga. Por lo general, se nos presentan como una solución ideal para tapar un vacío.  El adicto a los idilios es idéntico al adicto a las drogas. Se deja seducir por un bienestar ilusorio. Todo se forma en la fantasía. De hecho, es un fenómeno psicológico muy relacionado con la química cerebral. Es decir, un idilio es una sobredosis de dopamina. Casi todo transcurre en nuestra mente. Cuando el idilio se va, también se va la dopamina. Y ese sufrimiento que experimentamos no es otra cosa que un síndrome de abstinencia, muy similar por cierto a lo que siente un adicto a las drogas cuando deja de consumirlas. Una experiencia horrible.

Curiosamente, el mayor obstáculo para poder entender este fenómeno es uno semántico. Porque cuando comúnmente nos referimos al amor, en realidad estamos hablando principalmente de idilios. Utilizamos la misma palabra para hablar de dos cosas con significados muy distintos. En realidad, el amor y el idilio son dos condiciones complemente diferentes. Se parecen, pero de hecho son tan distintas como el agua y el alcohol. El agua nutre. El alcohol, por otro lado, hay que tomarlo con mucha prudencia. No son lo mismo.

Las personas buscan idilios para llenar una carencia interior. Pretenden reparar  las heridas que ha dejado el pasado con la supuesta fortaleza de la otra persona.  Entonces, compensan todos sus miedos e inseguridades en la pareja “ideal”, con mucha ayuda de las fantasías. Pero ese, en el fondo, es un plan sumamente insensato. Siempre termina en fracaso. No necesitamos que alguien nos arregle. Debemos arreglarnos nosotros mismos.

El verdadero amor no nace de una carencia. Todo lo contrario. Nace de la abundancia. Como una fuente que se desborda porque es muy prospera. No exige. Ofrece.  Es algo que debe crecer no de la fantasía sino de la realidad. No viene de golpe como los idilios. Se edifica poquito a poco. Con tiempo, detalles y pequeños actos de bondad. Se construye gradualmente con presencia, voluntad, respeto, generosidad, cariño, compresión, dialogo y madurez. Sobre todo, madurez. El amor es acompañamiento. No es idealización. No es perfección. Es paciencia. Apoyo y dulzura. Mejor dicho, ¿sabes qué? Estamos locos. Somos un desastre. Tenemos fallas y muchas veces no hacemos lo correcto. Sin embargo, aquí estamos. Nos aceptamos. Nos queremos. Nos estamos ayudando para  ser mejores personas. Hablando y llegando a sabios acuerdos compartimos un vínculo, noble y sincero. El amor es una creación. Una bella obra de arte.

Todos hemos tenido el corazón roto alguna vez. Y es una sensación terrible. Sentimos que nunca más podremos volver a amar. Después de tantos idilios. Sentimos que lo único racional en ese momento es renunciar a todas aquellas “tonterías” que en una etapa de locura llegamos a creer. Y ahora tenemos que permanecer solos para siempre. Así no volver a sufrir nunca jamás. 


Tal vez, la respuesta no sea esa. Tal vez, la respuesta yace en otro lado. Tal vez,  debemos  comenzar a amar, amar de una vez por todas. Amar de verdad. El amor no es sufrimiento, torbellino y frenesí. El verdadero  amor, en esencia,  es paz, tranquilidad y libertad.  Algo lindo… y para toda la vida. 

Gustavo Godoy

viernes, 21 de diciembre de 2018

Nostalgia




Y de repente nos invade la nostalgia. Surgen los recuerdos de un pasado perdido. De pronto, así de la nada,  el presente se nos llena con vivencias del ayer y sentimos el dolor de aquella felicidad de antaño, hoy tan lejana. Nos persiguen las sombras de lo ausente y sin poder evitarlo extrañamos lo que  el tiempo nos ha quitado. ¿Cómo seguir viviendo cuando lo mejor de nuestras vidas ha quedado atrás? Los momentos, las personas, los pequeños detalles, los grandes amores, las risas, los sabores, los abrazos, y  tantas canciones… dejan huellas imposibles de borrar. Recordamos. No podemos olvidar. Nuestra vida se convierte en un constante evocar.  Evocamos el pasado, que  ha partido para no volver jamás. La vida se nos ha hecho chiquita.  Ahora todo se reduce a una  obstinada y tediosa existencia del carajo.

Nos sentimos nostálgicos, y no podemos evitarlo. Nos pasa. A unos más, a otros menos, pero nos pasa. En un abrir y cerrar de ojos, transcurren los años y el camino recorrido se va volviendo cada vez más largo. Se nos van quedando las cosas en las orillas. Nos encontramos cada vez más solos.  Menos son las compañías y más son los recuerdos. Es cierto. El tiempo pasa y el fuego termina convirtiendo los días  en ceniza.  Aunque nadie lo quiera, envejece la vida; y lo que antes fue luz y verdor,  hoy solo es nostalgia. Es natural extrañar. Echar de menos. Sin embargo, hay que superar las viejas páginas y seguir escribiendo nuestra historia.  La nostalgia se cura con la esperanza de un  renacer.

La nostalgia nos llega también con  sus calladas preguntas:   ¿Tan feliz fue ese pasado que ahora nos impide  seguir viviendo? ¿Un pasado bonito nos codena a un futuro desdichado? ¿Acoso no podemos ya tener grandes anhelos? La nostalgia puede ser una excusa nuestra para justificar nuestros errores.  Aferrase al pasado  revela nuestra  incapacidad de adaptarnos al ahora. Nuestros obtusos esquemas mentales. El miedo a lo nuevo. Nuestra resistencia a crecer y asumir responsabilidades. Lo que pasa es que algunos nacimos extrañando. Siempre mirando atrás al caminar. Disfrutando a medias, queriendo a medias, viviendo a medias. Nos engañamos.  Transformando en la memoria felicidades parciales en paraísos terrenales. Pero nos mentimos. Idealizamos los recuerdos. Claro que sí.  Construimos a capricho un pasado de ilusión para poder compensar un presente frenado  y sin color. Nos empeñamos en añorar lo que supuestamente tuvimos pero en el fondo sabemos la verdad.  Nos apegamos a ideas falsas y sesgadas para no reconocer la verdadera realidad de las cosas. Nuestro secreto es que esa nostalgia probablemente es simplemente vergüenza. La vergüenza que sentimos de las oportunidades que perdimos y seguimos perdiendo.  No nos perdonamos que hemos vivido una vida de miedos y límites.  Mejor dicho, no hemos sido lo que podemos llegar ser. Nos han ganado los temores. Nos ha faltado coraje.

La mayor falta de una persona consiste en no ser feliz pudiendo serlo. El tiempo no nos quita nada. Simplemente nos educa. Nos brinda sus  lecciones. Nos ayuda a crecer. Nos forja  en etapas. No toma sin dejarnos algo a cambio. Por cada perdida, obtenemos cientos de oportunidades. Un familiar que se va puede llevarnos a que honremos  su ejemplo. Un error puede convertirse en una aventura de redención. Un amor contrariado puede dar paso al hallazgo del amor verdadero. Un fracaso; en un aprendizaje para futuros éxitos.   De las ruinas puede surgir el más bello de los templos. Las experiencias nos hacen más fuertes. El heroísmo nace de la adversidad.   Si los pasados fueron grandes, los futuros pueden ser gigantes. La vida es un eterno devenir. Una trasformación infinita.

Cada momento de nostalgia es  en realidad un susurro. Es una voz que nos invita a despertar. La vida es mucha más que un eterno lamentar. Ya está bueno de culpas y de excusas. Debemos perdonarnos. Debemos aceptarnos. Debemos dejar los llantos y avanzar. Hacer las paces con el pasado. Sanar la herida. Edificar un futuro. Abandonar de una vez por todas, esos temores ancestrales que nos detienen y nos impiden vivir. Dar un salto de fe. Confiar más. Entregarse más.  Empezar a soñar.

Yo a menudo caigo en la nostalgia. Prisionero del pasado. Lo confieso. Pero me encantaría pensar que lo mejor de mi vida no yace detrás de mí,  sino en frente de mí. Quiero recordar mi pasado con felicidad y crear sobre él una vida rica en esperanza e ilusiones. Vivir mirando al frente.  Sentir  la gran pasión del camino por delante. Quiero creer que lo mejor está por venir.


Gustavo Godoy

lunes, 17 de diciembre de 2018

El amor en los tiempos del cólera





El amor en los tiempos del cólera (1985), del escritor colombiano Gabriel García Márquez, es una novela dedicada al amor. Es una exploración profunda del tiempo, la memoria,  la espera, la muerte, la familia, la vejez y las contrariedades de los amores difíciles.  Según el autor, todo comenzó con una imagen, la imagen de dos viejitos bailando sobre un bote que navegaba plácidamente por un bello río tropical. Para los detalles del relato, el escritor se inspiró mayormente en la relación de sus padres, que entrevistó con la curiosidad de un reportero.     

La trama se desarrolla en una época llena de adversidades. A principios del siglo pasado, en una región costera del mar caribe donde  cundía la enfermedad del cólera, pero sobre todo los prejuicios  y los amores imposibles.  Florentino Ariza, un joven pobre e ingenuo,   después de una mirada fugaz, se enamora perdidamente  de Fermina Daza, una joven altiva y orgullosa.  Nunca llegaron a estar solos. Nunca se tocaron ni besaron. Solo se llegaron a enviar algunas cartas. Secretamente. Por un breve momento ambos experimentaron un enamoramiento muy intenso pero esto duró muy poco. Porque al poco tiempo, después de un viaje que realizó, ella perdió su amor por él.  Luego, Fermina aceptó casarse  con un importante doctor,  y    eventualmente lo aprendió a amar  (a su peculiar manera, claro). Una decisión que tenía mucho sentido según las creencias y los valores de la época y de su entorno familiar.  En los ojos de ella,  el amorío con Florentino nació de una efímera curiosidad adolescente destinada al fracaso. Sin embargo, para él sería un amor que duraría toda una vida.

El tiempo pasó y ambos  (Florentino y Fermina) construyeron vidas por separado. El doctor Juvenal Urbina y Fermina Daza vivieron un matrimonio tradicional ajustado a las normas religiosas y sociales de aquellos tiempos conservadores. Era una relación basada en la estabilidad y las costumbres. Florentino Ariza, por otro lado, vivió una existencia muy diferente, siempre  fiel a su amor platónico, pero llenando el vacío dejado por este con innumerables aventuras de cama, aventuras que anotaba siempre en un cuaderno.  Sobrevivió a los años sin su amada con trabajo y lujuria. Sin embargo, Florentino nunca dejó de pensar en Ferrmina,  ni nunca dejó de quererla.

Después que  el marido de Fermina murió, Florentino comenzó a pretender a la viuda. Ella sin dudarlo lo rechazó. Habían pasado más de 50 años desde aquel breve  idilio juvenil. Un amor no correspondido que creció en él  a distancia, sin hablarse, sin verse, sin tocarse. Pero tan intenso y real como  el más lindo de los amores. Para Fermina los avances de Florentino eran una mera impertinencia. Sencillamente, no era el momento. Por un lado estaba el luto, que como mujer de buenas costumbres debía respetar. Y, por el otro, la edad hacía (creía ella) que un amor como el propuesto por Florentino pareciera una ridiculez. ¡Estaban demasiados viejos para esas cosas! Una idea absurda por supuesto. El amor no tiene edad ni buen momento. Es siempre y para siempre.  Renunciar al amor es renunciar a la vida. Y, además, Florentino era muy “terco”.

Claro que esta historia de amor tiene un final feliz. Con el tiempo, la fuerza de los sentimientos de Florentino lograron finalmente  ablandar el corazón amurallado de Fermina. Ella al final decidió entregarse al sutil encanto de aquel amor tardío.  ¡Ah! definitivamente, se debe reconocer que esta obra posee una mágica sumamente seductora,  y  despierta en nosotros una fuente inagotable de emociones. La nostalgia de las oportunidades perdidas, la obstinación de un querer que se resiste al desgaste de los años, los miedos de una mente orgullosa, la esperanza de que el amor todo lo puede,  el triunfo final e imparable de la paciencia y la ilusión, la gran celebración del amor verdadero. Y ahí queda para siempre  esa escena inolvidable. La de  Florentino y Fermina finalmente después de tantos años bailando de amor sobre el río Magdalena.  La heroica victoria de un amor infinito que logró vencer  todas  las adversidades.   

Ahora bien, la gran pregunta que nos plantea la novela: ¿Puede un amor no correspondido  perdurar más de 50 años sin ser destruido por el tiempo o el desconsuelo?… Sí, lo creo. Y, en algunos casos, es simplemente inevitable. No hay remedio. Algunos amores son para toda la vida. Son eternos.

Gustavo Godoy


viernes, 7 de diciembre de 2018

¿Cómo adquirir mi nuevo libro?




Amigos Queridos: 

 Mi nuevo libro ha sido todo un éxito. Gracias por el apoyo.  Las ventas, tanto la versión paperback como  la PDF, de la primeras semana han superado nuestras expectativas.  Los reportes son muy alentadores. El Blog también ha obtenido nuevos patricinantes. Pero todavía hay libro por  un rato largo. No te quedes sin tu copia. Hagan sus órdenes. La distribución es mundial. Pa´ luego es tarde.   Ya hay libros llegando a Estados Unidos, a Europa y a América latina.  Pasa la Navidad leyendo. 

 Patrocina las letras. Apoya la cultura y a los autores noveles. Compra un libro. 


¿Cómo adquirir el libro? 

Muy fácil. 

 1 )     En amazon.com. Compra el libro en físico ¡Recuerda dejar un comentario positivo!







     2)    Da un aporte y conviértete en Patrocinante del blog (véase las instrucciones en la columna derecha del blog) Recibirás como regalo la versión de PDF. Recuerda enviarme tu correo.


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3) A lxs amigos venezolanxs en Venezuela: 

El libro está disponible en su versión digital (PDF). Con un simple aporte  podrías recibir tu archivo en tu correo sin problemas. La información bancaria está en el blog y abajo. No importa el monto. Sería un gesto simbólico. No hay excusa que valga. Más complicado es comprar un caramelo.  Lo importante que es no te quedes  sin tu libro. Envíame tu correo.


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Gustavo Godoy
14398677
Cuenta corriente
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lunes, 3 de diciembre de 2018

El trujillano Gustavo Godoy llega con su nuevo libro "Los Anhelantes"


https://diariodelosandes.com/site/el-trujillano-gustavo-godoy-llega-con-su-nuevo-libro-los-anhelantes/

por
 Andrea Briceño



Después de su primer libro “Sin Rumbo y con delirio” del año 2017, ahora con mucho orgullo presenta su más reciente obra: Los Anhelantes. Una antología de cuentos y reflexiones, cargada de relatos sobre la soledad, el amor y la esperanza.
Godoy comenta que escribir esta obra “es una experiencia íntima y muy reveladora, sería un excelente regalo durante esta Navidad”.
Está disponible en su versión física en Amazon, pueden ordenar su copia, entra en la categoría de Narrativa / Ficción y está disponible acá: http://entrelibrosymontanas.blogspot.com/2018/11/los-anhelantes-disponible-en-amazon.html?m=1
El autor comenta que duró un año y medio para darle vida a ese manuscrito, conformado por más de 40 cuentos breves.
Gustavo Godoy comentó que su próximo proyecto será un libro para niños “Ya la ilustradora está trabajando en eso, espero publicarlo a final del próximo año”.
Godoy es un joven escritor, actualmente vive en su casa de montaña en los Andes Venezolanos, Trujillo, escribe en un blog que recibe más de cinco mil visitas mensuales www.entrelibrosymontanas.blogspot.com y escribió por varios años la columna “Entre libros y montañas” publicada por El Diario El Tiempo de la ciudad de Valera en Venezuela.
Entre sus premios están: Articulista Revelación del Año 2015 de la Asociación Trujillana de Articulistas, Colaborador de Revistas y medios alternativos en países como Costa Rica, Alemania, Argentina, Venezuela, entre otros, Autor de dos libros publicado: Sin Rumbo y con Delirio (2017)
Los Anhelantes (2018) y actualmente es el editor en jefe del portal informativo criptoresumen.com.
“Con el tiempo descubrí que el escribir era el medio ideal para drenar muchas de las cosas que nos ahogan por dentro. Porque no sólo facilita un mejor pensar sino que también alivia muchos de los enredos del corazón. Es una terapia. Escribir es mi pasión y un consuelo”.