martes, 21 de mayo de 2019

Comics, manga y bande dessinée




El comics  es un medio  artístico que combina el dibujo y las palabras para transmitir  ideas, para contar  historias. Es un medio principalmente visual. Y, en segundo grado, literario. Su historia es muy antigua. De hecho, sus orígenes podemos encontrarlos en la prehistoria. Los estudiosos aseguran que el comics como medio es descendiente indirecto de expresiones artísticas exploradas desde tiempos remotos. En el Paleolítico, se utilizó el dibujo como forma de expresión. Los egipcios, los griegos,  los romanos y otros pueblos de la antigüedad usaron dibujos para contar historias. En Asia, también hay evidencias de ello. En el Renacimiento, artistas como Miguel Ángel  realizaron obras de este estilo. En fin, desde hace mucho tiempo, se ha utilizado el dibujo para narrar. Es decir, el dibujo no solo como medio de representación, sino también como medio narrativo. La literatura,  el teatro, el cine y la televisión. Pero también el comics. Medios narrativos por excelencia.  El comics es el noveno arte.

Mientras la literatura es un medio ideal para la exploración de conceptos abstractos, la fortaleza del comics, por ser una forma esencialmente visual, radica mayormente en la exploración de conceptos contextuales. Las cosas, los objetos, el mundo físico, lo circunstancial. Es una forma proclive a la acción, al espectáculo, a la exterioridad.  Ideal para lo dramático.

El comics (como se conoce hoy) floreció a principios del siglo pasado. Después de un tímido comienzo, se desarrolló y tomó vuelo en esa época. La prensa amarillista del periodo impulsó su difusión.  Los magnates de los medios impresos, William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, jugaron un papel fundamental en este proceso.  Sus diarios publicaron ilustraciones y tiras cómicas como un instrumento para atraer a las mases. El comics comenzó como un género destinado principalmente al público menos culto. A personas de clase baja y, sobre todo, a los niños.

Mandrake el Mago, El Fantasma, y Flash Gordon fueron algunas de los  comics que aparecieron en los periódicos de entonces y tuvieron con un gran éxito.  Estas fueron historias inspirados por personajes de la literatura como Robín Hood, El Zorro y John Carter. Estos éxitos precedieron los comics que salieron después.

Los comics se apoyan en la implementación de cuadros con dibujos  colocados en serie. Paneles.  En muchos casos se llega a utilizar un cuadro único. En otros casos, varios. En secuencia. Las palabras comúnmente se encierran dentro de  siluetas en forma de globo para cuando hablan los personajes, en forma de nube para revelar sus pensamientos y en forma de rectángulo para poder leer al narrador.

Con frecuencia, el comics es utilizado para realizar comentarios sobre la actualidad como usualmente ocurre en el caso de las caricaturas editoriales. Pero también se utiliza para contar historias. El género en sus inicios estuvo siempre unido a los periódicos y las revistas como un material anexo o suplementario.  Pero luego, con el tiempo, aparecieron en publicaciones autónomas. Es decir, el comic book o libro de historietas. Los periódicos continuaron publicando comics, pero los comics books también prosperaron de modo independiente. En el año 1938, salió al mercado el comic book que cambió la historia del comics para siempre. Action Comics #1. Con su héroe, Superman.

Con los años,  el comics ha logrado difundirse  en todas partes.  Su atractivo es global. Y en casi todos los países del mundo hay artistas dedicados a este medio.  Sin embargo, existen tres tradiciones que se destacan de las demás. El comics estadounidense, el manga (la historieta japonesa), y el bande dessinée   (la historieta  franco-belga). Esas son  las tradiciones son las más importantes.   Claro que también existen otras tradiciones dignas a mencionar. Por ejemplo.  El fumetto (la historieta italiana) y  el tebeo (la historieta española), en Europa. Y la historieta argentina y brasilera, en Latinoamérica. Estas tradiciones, aunque constantemente se influyen entre sí,  cuentan con su propia historia y características propias.

El comics estadounidense está dominado por las casas editoriales. En esta tradición, el guionista y el artista pasan a un segundo plano. Todo parece girar en torno a los personajes. Y el subgénero del Superhéroe es el que predomina. Y predomina abrumadoramente. Las historias casi nunca terminan y los personajes evolucionan muy poco.  El mismo personaje aparece una y otras vez en un relato de nunca acabar. Nuevos escritores surgen e  intentan reinventar los viejos personajes, pero, en el fondo, nada cambia. Todo es sobre los personajes que nunca mueren.

Sin embargo, el comics en los Estados Unidos sí ha evolucionado en su tono. Con el pasar de las décadas, el tono se ha vuelto más oscuro, la temática más compleja, y la moral más ambigua, prefiriendo la figura del antihéroe sobre la figura del héroe clásico de los años 40s.

El mercado está dominada por dos casas editoriales. DC Comics es la editorial con los derechos sobre personajes como Superman, Batman y la Mujer Maravilla. Por muchos años, la más importante. Pero luego, en los años 60s y 70s surgió  Marvel Comics introduciendo   una nueva clase de superhéroe, superhéroes con humanidad. Personajes con problemas y defectos. Como Los 4 fantásticos, el Hombre Araña, Hulk, y luego los Hombres X. Con  guionistas como Stan Lee, y artistas como Jack Kirby, Marvel Comics se convirtió en uno de los principales poderes en el mundo del comics. Ahora, DC Comics y Marvel Comics dominan más de 60% del mercado total del Comics en los EEUU.  Dejándole  a las demás como Image Comics,  Dark Horse Comics y otras editoriales independientes un lugar minoritario.

En Estados Unidos, los comics tienden a seguir una forma preestablecido velando los intereses de las principales casas editoriales. Es cierto. Pero hay excepciones. Maus de Art Spiegelman, The Sandman de Neil Gaiman, The Watchmen de Allan Moore, y Contract with God de Will Eisner, por ejemplo. Estas son obras de mucha originalidad y gran calidad artística.

El mercado de los comics estadounidenses ya no depende de los periódicos y su público dejó de ser el infantil hace mucho tiempo. Ahora es un nicho especializado que cuanta con sus propias tiendas y sus propios eventos en un enamoramiento creciente con la industria del cine hollywoodense.

El manga japonés es diferente. Y sus diferencias con el comics estadounidense son considerables. En Japón, el manga no es un género marginal. Todo lo contrario, goza de un público muy amplio. Y un puesto de prestigio en la cultura. Mientras el comics se centra en el personaje y en ediciones mensuales, en Japón,  el manga desarrolla series en revistas semanales. Además, una revista publica (en blanco y negro)  varias series al mismo tiempo. Las historias tienden a contar con un principio y un final. Y por lo general los personajes evolucionan. Los géneros son muy variados. Hay de todo para todo tipo de público. Desde dramas juveniles, pasado por historias fantásticas y mitológicas hasta llegar a la pornografía. De todo. Para todos los gustos.

El manga también ofrece superhéroes, por supuesto. Pero tienden a diferir de  los personajes norteamericanos. Ese personaje marginado con doble identidad y un superpoder que lucha contra el crimen como un justiciero, tan típico en los Estados Unidos, en el manga, se ve poco. Existen. Pero dentro de este género en particular,  el manga tradicionalmente ha preferido otras cosas. Tal vez la magia, o la robótica, o  el gigantismo.

La relación entre el anime (animación japonesa) y el manga es sumamente estrecha. Las series de manga más populares casi siempre se han convertido  en animes. Así es el caso de Astro Boy, Dragón Ball, y Pokimon. Para mencionar algunos casos.

El bande dessinée franco-belga opera básicamente como la literatura. El comics estadounidense se centra en  el personaje; el manga,  en la serie; y el bande dessinée ,   en el autor. Un guionista se une con un artista y con el patrocinio de una editorial publican una obra. Esta tradición nos dio  Las Aventuras de Tintín, Los Pitufos, y Las Aventuras de Asterix.  Pero es en la ciencia ficción donde realmente deslumbra (en mi opinión).  La creación de universos gigantescos. El Incal de Alejandro Jodorowsky. La revista Heavy hurlant con las ilustraciones de Moebius. Por ejemplo.

En Latinoamérica, el mercado del comics es sumamente pequeño. Se ha desarrollado un poco más en Argentina. Pero todavía hay mucho trabajo por hacer. Claro que cuanta con sus  historias de éxito como Condorito de Pepo (Chile), Mafalda de Quino (Argentina), El Náufrago de Jorge Blanco (Venezuela) y el El Eternauta de Hector Oesterheld (Argentina).

A pesar de los desafortunados estigmas que aún  sufre, el comics como medio narrativo goza de una gran fuerza.  No es sinónimo de incultura,  y no  es un medio meramente infantil.  Tampoco es un atentando en contra de la literatura o la alfabetización.  Esos son prejuicios.

De hecho, es un medio genial para contar historias donde la demostración visual es importante. Potencialmente, puede llegar más allá en sus alcanzas que el cine y la televisión debido a su gran accesibilidad. Tan solo con un lápiz y un papel, se pueden construir mundos imaginarios  tan grandes como un universo. He ahí su enorme poder.

Gustavo Godoy

jueves, 9 de mayo de 2019

Humor y literatura



Desafortunadamente, la crítica (literaria) muestra un extraño irrespeto por los autores que nos hacen reír. Desde Aristóteles hasta nuestros días,  la ficción humorística se ha mirado con menosprecio. Normalmente,  ignorada por los premios y las editoriales.  Desdeñada por los eruditos. Pero disfrutaba por muchos.  No se toma con mucha seriedad. Se subestima. Y lamentablemente se considera inferior a otras formas literarias. Tradicionalmente, el humor se ha visto ligado a la incultura. ¿Por qué?

Primeramente, “comedia” se refiere a la expresión dramática diseñada para ser humorística (provocar risas). En una interpretación antigua, el término solamente aplicaba a piezas con finales felices. Por ejemplo, Dante utilizó este principio para nombrar  su poema, La comedia. Claro que con el tiempo, la palabra se vio cada vez más asociada a  la risa, sin importar el tipo de final. Bueno, la “comedia” (del comediante) y el “humor” (del humorista) suelen ser sinónimos. Pero si nos ponemos más precisos, podríamos decir que técnicamente no son lo mismo. Lo cómico, básicamente, es lo risible como tal. Lo humorístico es cuando se utiliza estratégicamente lo risible para alcanzar otros objetivos. Un artículo de  opinión escrito con humor se podría decir que es la obra de un humorista.  Un chisme sin más propósito que hacernos reír sería el trabajo de un cómico. Sin embargo, la diferencia es tan sutil que resulta muy difícil separar una cosa de la otra en la práctica. Depende mucho del contexto. Pero  para la contrariedad de algunos teóricos, el  humor, la risa y la comedia son conceptos generalmente intercambiables en sus usos cotidianos.  

Ahora bien, hablemos de la comedia como género artístico. Los textos griegos y romanos colocaban a la épica y a la tragedia por encima de la comedia. Esta concepción aristotélica de la ficción ha logrado sobrevivir  los siglos y los milenios. Y, hasta cierto punto, aún mantiene su influencia.  Dentro de esta clasificación, los dioses y los héroes pertenecen a la esfera de lo extraordinario. Su género es la épica. Los reyes y los aristócratas, aunque sujetos a las leyes de la sociedad y de la naturaleza, eran los únicos que podían vivir apasionadamente. Su género es la tragedia. En el escalón más bajo se encuentra la comedia. La afición del pueblo llano. Por ejemplo,  la sátira (un tipo de comedia)  representaba a los rufianes, los monstruos, y los criminales. Es el mundo de los bajos fondos. Lo grotesco, lo feo y lo vulgar. La suciedad. La sexualidad. La vergüenza. Y lo risible. 

La épica, la tragedia y la comedia  no representaban a la gente común.  Con el surgimiento paulatino de la burguesía  y las grandes ciudades (la clase media), sobre todo a partir del siglo XVIII, la literatura adoptó estilos más prosaicos y mucho más realistas. Los romances y las novelas de entonces comenzaron a centrarse en las vidas de la gente común. La versión clásica comenzó a cuestionarse, y la comedia empezó a asomarse y escalar  un poco más entre  los letrados. 

En la antigüedad y en el medievo, la tradición literaria  colocaba al humor entre los géneros más bajos. Según el esquema  jerárquico de la mente aristotélica, la comedia trata de temas insignificantes y  de personas insignificantes. Los demás géneros toman tonos más graves. Se ocupan principalmente  de temas más elevados y de personajes mucho más nobles. 
La comedia clásica podría verse como la antítesis de la tragedia. El héroe trágico comienza feliz y su arrogancia lo conduce eventualmente a la catástrofe. 

Contrariamente,  el héroe cómico (típico) comúnmente  comienza el relato como un marginado, un desdichado. Sin embargo, en la medida que la historia progresa, este logra alcanzar  sus objetivos. Muchas veces  con engaños e intrigas. Pero  otras veces con estrategias más virtuosas.  El héroe cómico es un ser inferior que consigue el triunfo. Un gran rebelde y el representante natural de las clases oprimidos. La comedia (en su definición más amplia)  siempre ha sido un género muy cercano a los valores democráticos. Porque  este tipo de literatura tiende a ser sumamente irreverente. En muchos casos implica la trasgresión de un orden.  Con frecuencia, cuestiona, ridiculiza y  satiriza a la norma establecida (el poder). Es caos. Toca temas  tabúes como la sexualidad, los abusos del poder, y los defectos sociales. No es sorpresa que los grupos más conservadores tengan sus reservas. Claro está que sí   existe un criterio artístico para tener estas reservas, pero también existen elementos evidentemente políticos y sociales.  En algunos casos, muy valiosos y razonables. En otros, meros prejuicios.  En fin, desde  hace muchísimo tiempo el humor tiene una mala reputación entre los críticos de narices más elevadas. 

La teoría (critica) moderna difiere de la clásica en varios aspectos. Uno de estos aspectos es la flexibilidad. La rigidez de antaño se perdió. La división clásica no permitía la mezcla entre géneros. Los géneros eran concebidos como realidades indiscutibles y universos en sí mismos. En la actualidad, el sistema tolera formas hibridas. Y las categorías están abiertas a las reformas y a la incorporación de nuevos y futuros géneros. (En el caso de la comedia,  el género se ha diluido en otros géneros. Es más un tono que un tipo de historia).  Hoy en día, las nomenclaturas sirven solo como descripciones generales. No constituyen una norma inquebrantable. Es raro toparse con obras que no combinen varios géneros al mismo tiempo. 

Actualmente, la creación literaria es mucho más libre que antes. Aristóteles ya no es la autoridad incuestionable que un día fue. 
Claro que aún se puedo observar una evidente correlación entre los géneros y la posición social. Nos guste o no, en el arte se nos  impone un escala informal de prestigio. En gran medida, el prestigio de la audiencia condiciona el reconocimiento de las obras.  Nos encontramos con algo llamado “alta cultura” y algo llamado “cultura popular”. Y,  aunque el humor se puede hallar en ambas culturas, tiende a identificarse con la popular. No es un secreto. Las instituciones culturales de mayor prestigio en el mundo y la crítica en general obedecen casi exclusivamente los convencionalismos  y criterios de la alta cultura.  Es decir, el fantasma de Aristóteles todavía recorre el mundo del arte. Y el humor aún sufre por su desprecio. 
¡Pero vamos!  El humor y la literatura se la llevan muy bien. ¿Acaso Don Quijote de la Mancha no es una obra maestra? Cervantes desafío las normas y salió triunfante. Pero no ha sido el único. Encontramos humor en muchas obras. La novela picaresca utilizó el humor. Así como el teatro isabelino, el francés y el italiano.  No es raro toparse con autores “cómicos” de calidad. Claro que aquí escribo  “cómico” no necesariamente como género. Más bien, la comedia como estilo. Un forma de escribir un libro o un frase. 

El mundo anglosajón ha sido particularmente generoso con la producción de autores humorísticos.  La lista de muy larga. Tenemos a  Jonathan Swift, Daniel Defoe y Jane Austin. Mark Twain, por supuesto. También, Charles Dickens.  Además, escritores irlandeses como Oscar Wilde, Bernard Shaw y  Samuel Becket que escribieron en inglés. Y, por supuesto, el gran P.G Wodehouse. Probablemente, el mejor autor cómico del siglo XX. 

Pero el fenómeno es universal. Latinoamérica nos  ha dado escritores con gran sentido del humor. A mi parecer, Cortázar y Teresa de la Parra  siendo los mejores. Todos las regiones tienen autores que nos hacer reír. Los judíos poseen un rico tradición humorística. Y muchos otros…

 Es curioso que algunos críticos literarios acusen a la ficción humorística de “escapista” y “sin contenido”.  Es decir, desligada de la realidad y solo por placer. ¿Qué es  la literatura entonces? ¿Una forma refinada de periodismo? ¡Amigos! La literatura es ficción; y  es, esencialmente,  placer estético. Me temo que esa supuesta “seriedad” de muchos críticos es un simple y vulgar esnobismo. De hecho, el buen humor es sumamente serio. Es arte y cultura. Decir lo contrario es una gran razón para reír.  

Gustavo Godoy


viernes, 22 de marzo de 2019

Literatura, teatro y cine



Primero que nada, para contar una  historia se debe escoger un medio. Un canal para transmitir el mensaje y poder expresarse. Los caminos son muchos, pero existen tres formas artísticas dominantes (en la actualidad). Se puede escribir literatura. Cuentos y novelas. Las palabras sobre el papel para ser leídas. El escritor literario. También, se puede ser un dramaturgo y escribir obras de teatro. Este es un medio donde el texto se escribe para ser representado por actores en un escenario y frente a un público.  O se puede ser guionista y escribir guiones cinematográficos. Aquí el producto final es una película. Un medio audiovisual. Claro que existen otros medios que son una especie de mezcla entre dos o más medios. La televisión, por ejemplo, es una mezcla entre el  teatro y el cine. Los comics son una mezcla entre el cuento y el dibujo.   La ópera es una mezcla entre el teatro y el canto.

Todos esos  medios son utilizados para contar historias. Pero cada uno tiene su propia particularidad. Una historia contada en diferentes medios nunca es la misma historia. El medio afecta su contenido. Digamos que una novela es adaptada al cine. Bueno, la historia siempre cambia. En el trayecto,  algo  pierde y algo gana. Sus propiedades se transforman al  pasar de un medio al otro. Por ejemplo, una figura de papel es muy diferente a una escultura de mármol. Su forma podría ser igual pero el tipo de material utilizado modifica sus propiedades. E indudablemente, estas dos obras despertarían diferentes reacciones en sus espectadores. La experiencia estética obviamente sería muy distinta. Esto sin mencionar la técnica utilizada  para su realización. El creador debe implementar una técnica para trabajar con papel y otra muy distinta para trabajar sobre el mármol. La forma es la misma, pero debido a su composición material son dos obras esencialmente muy distintas entre sí. Una fotografía de la obra, por ejemplo,  llevaría esta diferencia aún más lejos. Ahora bien, en los medios narrativos, este fenómeno también se presenta. 

Las novelas de ciencia ficción, de fantasía, de crímenes,  de aventura y de acción tienden a mejorar una vez llevadas al cine. Este tipo de novelas cuentan con un enorme potencial para el espectáculo visual. Entonces, la gran pantalla les da la oportunidad de brillar. El mundo del cine está repleto con películas  geniales que fueron adaptaciones de novelas menospreciadas por la crítica literaria.  Por ejemplo, El Padrino de Mario Puzo y El Señor de los Anillos de Tolkien. Para los  fanáticos de estas películas, leer estas novelas sí podría ser una experiencia gratificante porque en la película por razones de economía se omiten ciertos detalles que en el libro se pueden conocer (en los libros hay más espacio). Sin embargo,  la obra que realmente los atrae es la película.

Curiosamente, las novelas que indagan principalmente en el mundo interior de sus personajes tienden a convertirse en películas mediocres. Se podría decir que las mejores novelas tienden a ser malas películas.  Las películas basadas en las obras de Marcel Proust o James Joyce son un ejemplo.  Las descripciones, los comentarios, y los acotaciones por parte de un narrador son elementales en una novela. Por medio del narrador conocemos los personajes, sus pensamientos y su mundo. Se nos cuenta la historia con palabras. Todo se apoya  en el texto. Por otro lado, la figura del narrador en el cine y en el teatro resulta un tanto fuera de lugar. Se utiliza a veces. Y en contadas ocasiones se ha llegado a utilizar magistralmente. Pero por lo general es un recurso con resultados muy pobres.  En el cine, los sentimientos y pensamientos de los personajes son mejor expresados visualmente.  No se dice. Se muestra. Si  el personaje  llora, no necesitamos una voz que nos cuente su triste. El efecto es mayor de manera visual.
El teatro es un medio narrativo para el dialogo. Es cuerpo, voz y sentimiento en interacción con los demás. Los monólogos y las obras con un solo personaje en la mayoría de los casos producen un mal teatro.  Comúnmente, estas piezas son un largo comentario personal. Una especie de discurso. Generalmente, carecen de historia. Tal vez, para un actor sean desafiantes pero para un escritor quizás  es mejor escribir ensayos y artículos de opinión para ese fin. Por otro lado,   las películas con poca acción y  diálogos nutridos  tienden a  llevársela divinamente con el teatro. Los embrollos familiares, los enredos de pareja y las batallas verbales se desarrollan de las mil maravillas sobre las tablas.
¿Cuál es el medio apropiado para una historia? ¿Qué tipo de escritor debo ser? ¿Cuál es el mejor medio de todos?  Primero se debemos pensar en el nivel de conflicto que más nos interesa. La literatura es particularmente efectiva explorando  conflictos internos. El mundo de la subjetividad. El teatro es excelente desarrollando conflictos sociales. La familia, los amigos, la oficina, un hospital, etc.  Y el cine es perfecto para mostrar los conflictos externos. El mundo físico. La guerra. Una invasión extraterrestre. Una catástrofe natural. Los tres medios manejan muy bien estos tres niveles de conflicto, pero cada uno tiene su punto fuerte.
El director de cine independiente  obsesionado con la psicología de sus personajes  podría considerar la idea de escribir novelas. El escritor aficionado a la acción o los superhéroes podría tratar de escribir guiones. Y el novelista preocupado por las buenas conversaciones debería experimentar con el teatro.
La literatura es especial para solitarios. El teatro y el cine son esfuerzos colectivos. En la literatura, el trabajo del escritor se aprecia de forma directa. Es su texto. En el teatro y el cine, el trabajo del escritor es invisible. Su texto no se aprecia. Existe solo de modo indirecto,  en las acciones de los actores y  en las decisiones del director.
El cine de hoy se ha dedicado a producir básicamente dos tipos de películas. El primer tipo son las películas de altísimo presupuesto destinadas a un público global.  Aquí entran las películas  de superhéroes,  y las de ciencia ficción. El otro tipo son las pequeñas películas independientes. En otros tiempos predominaban las películas de tamaño intermedio pero este ya no es el caso.  El cine de hoy no  toma riesgos.
En lo respecta a la literatura, hoy  se divide en dos. Primero y por encima de todo, nos encontramos los bestsellers. El trabajo de unas pocas celebridades que venden muchísimo en todo el mundo. Estas obras dominan el mercado, despiadadamente. Luego, están todos los demás. Es decir, el resto de los escritores que venden casi nada. En lo que corresponde a la calidad, esta se halla  en cualquier lugar. Es rara, pero existe. Se descubre con dificultad porque tiende a vivir en la oscuridad. Aquí también podría comentar algo sobre las publicaciones literaturas en las redes sociales y los blogs, pero no lo hare porque este tema es muy extenso y no cabe en este artículo. Más adelante escribiré sobre la materia.
En el caso  del teatro, este se ha concentrado en unas pocas ciudades y goza de un público mucho más reducido que el de la literatura y el cine. Las obras más populares  casi siempre cuentan con la presencia de una celebridad proveniente de otro medio como la televisión o el cine para garantizar un público.  También está el teatro aficionado, por supuesto.

La televisión es el medio del momento. En la actualidad,  la variedad, la experimentación y la innovación en lo corresponde al arte de contar una buena historia se encuentra  en la pantalla chica. Las historias más fascinantes, las más interesantes,  se están desarrollando ahí.  El medio está atravesando una autentica  edad de oro. La televisión dejó de ser un medio exclusivamente de baja cultura. Ahora cuenta con grandes series. Joyas. No todo es bueno, pero la excelencia se ha incrementado de un modo increíble.

Últimamente, las plataformas (Internet) como Youtube, Netflix y Amazon están ganando mucho terreno y seguramente la tendencia crecerá en el futuro. Este nuevo espacio brinda grandes oportunidades para la producción independiente. Es un canal con mucho potencial para escritores noveles. 

El escritor debe escoger un medio para contar su historia. ¿Novelista? ¿Guionista? ¿Dramaturgo? Bueno, he ahí un asunto para ponerse a pensar.

Gustavo Godoy


viernes, 8 de marzo de 2019

El nombre de la rosa



El título de una obra, en cierto sentido, es una interpretación. Es una breve postura del autor ante su creación.  Umberto Eco manifestó en varias oportunidades sus dificultades en encontrar un título apropiado para su obra. Y admite que al final se decidió por “El nombre de la rosa” precisamente por su ambigüedad. La rosa como símbolo puede significar muchas cosas. Y por esa misma razón podría implicar cualquier connotación. Es todo y nada. El lector aquí goza de plena libertad para asignarle un significado particular. A mí me gustaría pensar que la rosa hace referencia al único amor terrenal de Adso de Melk, el narrador. Es decir, la rosa es una mujer. Esta es uno de las muchas posibilidades. Pero sí es un título un tanto nostálgico. Nos recuerda a una perdida. Sobre todo, si consideramos la última línea de la novela. Una frase en latín. “Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos.” De la rosa solo queda su nombre desnudo.

Umberto Eco en esta novela se dedicó principalmente a la creación de un mundo. Las primeras páginas sirven como una prueba de iniciación  para el lector que comúnmente se aburre con muchos detalles históricos y temas demasiados eruditos. El autor lo creyó necesario. Consideró que su mundo no era para cualquiera. Para poder entrar, había que trabajar. Es una novela que nos invita a vivir en el Medievo al igual que un monje de la época. La novela tiene un ritmo muy propio. Los hechos trascurren en seis  días y los capítulos avanzan siguiendo las horas litúrgicas.   La abadía impone sus normas y tiempos al lector. 

La novela tiene características de crónica medieval y novela policiaca  en un claro homenaje al detective Sherlock Holmes y al filósofo franciscano Guillermo Ockham.  El nombre de la rosa nos relata las acciones de Guillermo de Baskerville tratando de esclarecer unos asesinatos cometidos  en una abadía benedictina ubicada en el norte de Italia  en el siglo XIV. Guillermo es un fraile franciscano de origen inglés. Su nombre rinde un tributo evidente a Guillermo Ockham; y su apellido, a la obra de Arthur Conan Doyle. En su modo de pensar es menos medieval que sus anfitriones benedictinos. Sus dotes de gran observador y su sensibilidad para interpretar indicios son extraordinarios.

Adso de Melk es un monje benedictino de origen alemán con trabajo doble. Por una parte, es un acompañante para Guillermo. Y por la otra, es el cronista de la historia. Claro que Adso no es el narrador que nos da la bienvenida. Existe una breve introducción donde se nos informa el hallazgo de un manuscrito medieval. Adso es el autor de dicho manuscrito. Es una especie de Doctor Watson, un testigo y un personaje que participa en la acción. Además,  Adso le agrega a la novela  su historia de amor. Pienso que la novela sin esa historia resultaría muy fría. Me parece que este amorío le aporta a la obra uno de sus elementos  más hermosos.

La idea de la novela, según el autor, comenzó con una imagen. La imagen de un monje muriendo debido  a un libro envenenado. Un libro que mata a sus lectores. Hay varios asesinatos. Pero dentro de un contexto más amplio. Existe una lucha de poder entre el papa y el emperador. El papa representando los intereses del comercio y las ciudades. El emperador representando a sectores más de provincia, sectores más alejados de los territorios papales.  Los diferentes grupos se ubican en algún punto a lo largo de un espectro que va de rechazo a apoyo hacia algunas de estas fuerzas. El debate gira en torno a  la herejía,  el rol de la inquisición,  la risa, la pobreza, la autoridad del papa y la búsqueda legitima del conocimiento.  Las discusiones son enérgicos y abundantes. Además, de interesantes.

En la  abadía se esconde una biblioteca dentro de un laberinto. Su acceso está limitado a solo unas pocas personas y la mayoría de los libros están prohibidos. Esta biblioteca al final lamentablemente arde en llamas. El villano resulta ser el venerable Jorge de Burgos, un personaje que nos recuerda al escritor argentino Jorge Luis Borges. Es un monje ciego de avanzada edad que protege la biblioteca con un celo enfermizo. Todo el enigma se centra en el segundo libro de Poética de Aristóteles dedicado a la comedia. El dilema aquí es si los conocimientos disonantes deben ser divulgados o censurados.

Como bien se conoce, esta novela fue llevada al cine. La adaptación cuenta con Sean Connery y Christian Slater en los roles de Guillermo y Adso respectivamente. Dirigida por el director francés  Jean-Jacques Annaud en una producción  italiana, francesa y alemana. El casting, el maquillaje, la fotografía, el arte y la ambientación en general  son verdaderamente brillantes. La experiencia visual es estupenda.

Entre el guion cinematográfico y la novela naturalmente encontramos diferencias. Son medios distintos y el énfasis se ubica en lugares distintos. Hay diferencias de forma. Y hay diferencias de fondo.  Nos encontramos con algunos cambios meramente cosméticos que no afectan el sentido de la historia en lo más mínimo. Por ejemplo, en la película Adso es franciscano e inglés como Guillermo. En el libro, no. Es alemán y benedictino.  En realidad, da igual. Sin embargo, existen  otras  diferencias más importantes. Voy a comentar algunas.  En la novela se explora mucho más el trasfondo histórico y religioso que en la película. Por razones de espacio y economía,  esto es comprensible. 126 minutos no es mucho.

Con respecto al personaje de Guillermo.  En la película, el personaje de Guillermo se desarrolla  mucho más. Su pasado y su relación con la inquisición tienen mayor elaboración en la película que en la novela. Así como su evolución y conflicto  interna. En la película, Guillermo es más humano, por un lado.  Y más eficiente, por el otro.  En la novela, a Guillermo le toma más tiempo decidirse y comprometerse con una conclusión. Vacila mucho más. En la película, es mucho más asertivo y rápido.

La escena de pasión entre Adso y la joven campesina en el libro es mucho más rica y emotiva que en la película. Como experiencia estética, esa escena en la novela se construye con mayor profundidad y sutileza en la novela. En la película, la escena es más apresurada y al grano. Carece de capas y dimensiones.

En la novela son pocas las cosas que realmente se descubren a tiempo. En ella, nuestros detectives son derrotados, básicamente. La chica no se salva, Bernardo Gui (el malvado inquisidor) escapa ileso, y los líderes franciscanos no logran sus objetivos.  En cambio, la película ofrece un final más complaciente y consolador.  No es del todo feliz pero sí mucho más feliz que el encontrado en la novela.

Esta novela para mi tiene la peculiaridad que la disfruto en combo. Película y novela. Juntas.  Es un triángulo amoroso. Cuando veo la película,  pienso en la novela. Y cuando leo la novela, pienso en la película. Pero de algún modo hemos logrado una sana convivencia. Es decir, nos las llegamos muy  bien. Los tres juntos somos felices.

Gustavo Godoy 

viernes, 1 de marzo de 2019

Fiesta




Los clásicos son eternos. De algún modo, tienen la capacidad de pertenecer vigentes  a pesar de los años, las décadas y los siglos. La universalidad de sus valores es un parte esencial de su longevidad.  Por ende, lo peor que lo puede pasar a una obra que pretende convertirse en un clásico es defender las ideas de  un pasado ya caduco. Un libro obtuso rara vez logra la inmortalidad.

Nuestra actitud cultural hacia la masculinidad tradicional ha cambiado mucho, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. El concepto de género ha evolucionado bastante. ¿Qué es un hombre? ¿Qué es una mujer? A principios del siglo pasado,  las respuestas a estas preguntas eran mucho más claras. Hoy son más fluidas. Y en cierta manera, más ambiguas. La admiración al héroe de  fuerza varonil ha dado paso  al  héroe de la sensibilidad. La vulnerabilidad recibe más aplausos en el público contemporáneo que la imagen del guerrero  viril. Por lo menos en los ambientes más cultos. Con este cambio de actitud,  pocos escritores se han visto más afectados que Ernest Hemingway.

Fiesta (1926) fue la primera gran novela de Hemingway, una obra que lo consagró como uno de los autores más destacados de su tiempo. Marcó el comienzo de una época y colocó al escritor estadounidense como el vocero incuestionable  de una generación herida por el pasado y sin muchas esperanzas de futuro.

Los alocados y licenciosos años veinte fueron años de compensación.  Una era de liberación, de creatividad y de transformación, pero también de perdición. La desorientación espiritual  y la bancarrota moral   de aquellos tiempos condenaron a sus participantes. Paris fue el epicentro de todo esto. Un París repleto de jazz, de arte, de literatura y de expatriados. Era un Paris de desenfreno, ironía y creación.

Fiesta es casi una autobiografía. La ficción se nutre en gran medida de lo vivido por  el autor. El desventurado protagonista, Jack Barnes, un escritor estadounidense, también, como Hemingway, sirvió en Italia durante la Gran Guerra. Debido a una herida (que lo dejó impotente), ingreso a un hospital donde fue atendido por una enfermera inglesa de la que se enamoró, Brett Ashley. Se separaron, pero nueve años después coincidieron en Paris. Ella, una mujer divorciada, seductora y liberal. Él, un hombre pasivo destinado a ser un simple espectador.

La primera parte de la novela trascurre en Paris. Es la vida de los cafés, el licor y los bailes.  Entre expatriados, principalmente ingleses y estadunidenses. La promiscuidad, las tareas inconclusas, la imprudencia económica  y   los corazones rotos son el pan nuestro de cada día. Pero los amigos decidieron cambiar de aires. Se van a España, a las fiestas de San Fermín en Pamplona para ver las corridas de toros.

La segunda parte de la novela es en España. Antes de llegar a Pamplona, Jake y un amigo hacen un alto y  se van a pescar truchas. Luego, se encuentran con los demás en las vísperas de las fiestas. En el grupo, está Brett por supuesto.

Hemingway sabe contar una historia, definitivamente. Sus descripciones son sumamente vívidas. La pasión (por las corridas de toros)  se hace sentir. Indudablemente. La novela nos muestra una versión romántica del deporte sangriento. Hemingway es un maestro de la técnica. Eso nadie lo puede negar.

En fin, Brett llega comprometida pero una vez en las fiestas se enamora de un joven torero. Deja a su prometido y se fuga con su nuevo amor, un joven 19 años menor que ella. El amor dura poco. Jack y Brett pasan un tiempo juntos en Madrid pero no sin lamentarse de su suerte. Y así concluye la novela. Con una enorme sensación de  vacío.

Fiesta es una novela sobre el pasado irreparable, los  amores imposibles y las ilusiones perdidas. Pero también es  un homenaje a la masculinidad tradicional, violenta y teatral. Algo que para el lector de hoy podría resultar un poco difícil de digerir. Porque la cultura es otra. Fiesta es la misma novela que causó furor en el momento de su publicación, pero los valores han cambiado. Ahora es vista bajo otra luz. ¿Estamos siendo injustos con Hemingway? Solo el tiempo lo dirá.


Gustavo Godoy

viernes, 15 de febrero de 2019

Rebelión en la granja






En la novela, del británico escritor George Orwell, Rebelión en la granja (1945), los animales se han sublevado contra los dueños humanos que los oprimían. Sin embargo, la medicina terminó siendo peor que la enfermedad cuando los cerdos, ebrios de poder,  traicionan a los demás imponiendo un sistema más opresivo y desigual que el anterior.

La novela claramente tiene un mensaje político dirigido a ridiculizar las revoluciones populares de la época que mientras mostrándose como salvadores en realidad eran los  grandes opresores del pueblo.  El paralelismo con la Unión Soviética de Stalin es evidente. En el momento de la publicación, Stalin todavía era un aliado de Occidente contra los nazis. Por eso, la novela  no recibió en un principio un visto bueno en Inglaterra. Se trataba de una fábula y los personajes animales de granja, pero la comparación no se podía esconder. Esta resistencia inicial cambió al poco tiempo con la llevada de la Guerra Fría. En el periodo de la posguerra, el libro fue muy usada para mostrar todo lo que estaba mal con los soviéticos y para defender el sistema democrático.  Rebelión en la granja es una novela  sobre la estupidez,  los engaños y  la hipocresía del poder. Y se ha convertido en la metáfora perfecta para exponer la enorme distancia entre la versión oficial pregonada por este tipo de tiranías  y la realidad experimentada por los pueblos sometidos bajo su dominio.

La obra hay que leerla para evitar que la historia se repita. Es necesario comprenderla y recordarla con frecuencia. La novela empieza relatando los problemas de los animales bajo el yugo humano y sus anhelos de libertad. Un viejo cerdo incita a los demás a organizar su emancipación. Rápidamente, los cerdos asumen el liderazgo para construir una nueva sociedad basada en la “igualdad”.

En Rebelión en la granja, cada grupo de animales representa una fuerza social. Los cerdos representan los cabezas del movimiento. Los perros, los militares. El curvo Moses, la iglesia. Mollie, la yegua, las clases altas. El caballo Boxer, los trabajadores. Las ovejas y las aves, las masas ignorantes que siguen los cerdos ciegamente. El burro, el intelectual  consciente. Los dueños anteriores, el viejo régimen.

Una de las características principales de los  animales es la brevedad de su memoria. No son buenos recordando. Esta debilidad los hace terriblemente vulnerables. La degeneración de los cerdos va creciendo con el tiempo. Al principio, todo parecía ir por buen camino, pero este entusiasmo inicial acabó pronto. Poco tiempo después de consolidarse en el poder, los cerdos no trabajan. Viven del trabajo de los demás. Se roban la comida de los demás. Cometan abusos. Crean leyes que solo los benefician a ellos. Y reescriben la historia para perjudicar a la granja. La codicia y la mentira ganaron.  Esta nueva casta que surge después de la rebelión se ha convertido en algo más absurdo que el viejo régimen. La granja ha caído víctima de una estafa y están mucho peor que antes.  

Estos sistemas son una traición evidente al espíritu  igualitario y justiciero que originalmente los inspiró. Los cerdos nunca fueron unos liberadores. Fueron unos vulgares charlatanes que se provecharon la ignorancia de los animales para promover sus siniestras agendas. No fueron salvadores. Fueron una tiranía más.

La novela está llena de frases muy interesantes. Hay una particular. Esta: “Todos los animales son iguales, pero hay algunos animales  más iguales que otros.” Aquí se resume la ridiculez de estos cerdos.

Gustavo Godoy 

jueves, 14 de febrero de 2019

Inevitable




Es un amor de esos de leyenda, de los mitos de antaño, de corazón y sensibilidad. Como los que se cuentan en las películas y en las novelas.  De esos que superan al tiempo y rompen las cadenas. De los inolvidables.  De los que viajan por el viento y rozan las estrellas. Amor hecho de amor y nada más.

Aunque siempre te busco y nunca estás. Te elijo a ti. Todo el tiempo a ti. Todas las mañanas. Todas las noches. Una y otra vez. A ti  y solo a ti. Simplemente. Por los días te pienso y por las noches te sueño.  Pero siempre. Y de la misma manera. Total. Tan dulce y tan bella. Entre mares e imposibles. En la totalidad. Mis sueños son contigo. Y mis soles, tu felicidad. Es tu risa que me llena. Es tu infinito mirar. Es tu alma misteriosa. Eras tú y nadie más. Es un amor de esos de leyenda y siempre lo será.

Existe en mí una gran eternidad. Algo que va con los dioses inmortales.  Ahí en lo hondo de mi alma  enamorada. Hay un cielo inagotable. Un río eterno e invencible. Una fuerza frágil e  inamovible. Una tierna emoción indomable. Un sentimiento noble y humilde. Una poderosa debilidad.  Una pasión invicta, tranquila y dulce como la miel.  Mi amor por ti. Inevitable.  

¡Feliz Día de los Enamorados!

Dedicado a los enamorados del amor. Dedicado al amor. Dedicado a ti.

Gustavo Godoy

viernes, 8 de febrero de 2019

1984





El escritor británico George Orwell se dedicaba a la novela política. Por medio de la ficción, se proponía desenmascarar los siniestros métodos utilizados por los regímenes totalitarios.  Su novela 1984, publicada en el año 1949, es una auténtica obra maestra dentro de su género. En 1984, vivimos un futuro distopico, terrible y asfixiante. En un Londres del futuro todo se encuentra bajo el control absoluto del Gran Hermano, el líder supremo. Y la población,  una masa de marionetas.  El control se consolida por medio de la guerra, el hambre y la zozobra. Las condiciones de vida son espantosas. Sin embargo, la única preocupación del Gobierno es mantener el poder. Todos sus esfuerzos están  dirigidos a embrutecer a los ciudadanos con manipulaciones, propaganda y los  lavados de cerebro. Los medios oficiales tergiversan los hechos y falsean la historia. Corrompiendo el lenguaje, el partido ha logrado imponer un mundo de ficción totalmente alejando de la verdad. Según la doctrina del partido, la única salvación es doblegarse por completo a la voluntad del todo poderoso líder. Su dominio es total. En 1984, todos aman al Gran Hermano.

Estudiar a Orwell es comprender las maneras de los sistemas totalitarios. La Alemania de Hitler, La Unión Soviética de Stalin, La Venezuela del Chavismo. En su novela, se expone con gran claridad los mecanismos implementados por este tipo de tiranías para lograr el poder total.

En el centro de la mitología que imponen estos sistemas existe  un gran villano y una conspiración mundial, una idolatría que llega a convertirse fantásticamente en una fe. Los nazis inventaron la conspiración judía. Los comunistas, la conspiración del cerco capitalista. Esos chivos expiatorios fueron utilizados como arma política para que estos hampones pudieran esconder sus agendas particulares, evadir toda responsabilidad y justificar todos los abusos. Su meta es el poder y la gloria para ellos. Nada más.

El libreto siempre es el mismo: El pueblo debe todas sus desgracias a los malvados conspiradores. El mundo está repleto de enemigos, tanto internos como externos. El único objetivo de dichos conspiradores es hacerle daño al pueblo. El pueblo siempre es inocente. Los conspiradores siempre son culpables. El pueblo represente el bien. Los conspiradores, el mal. La función del tirano es luchar  contra  los malvados y llevar a los buenos hacia la victoria final. Para luego,   crear un paraíso de igualdad, prosperidad y paz para el pueblo. Mientras tanto, el fin justifica todos los medios. 

Este cuento de hadas es simple. No como la vida que es compleja y contradictoria. He ahí su atractivo. Los líderes totalitarios explotan las  debilidades del populacho y sus deseos insaciables  de  escapar  de la realidad con estas historias de fácil compresión. El sujeto pequeño y vulnerable con estos sistemas abandona su personalidad fundiéndose en un movimiento popular para  adquirir así  una fuerza psicológica que carece como individuo. Sus complejos de inferioridad se superan al someterse al hombre fuerte, el líder supremo. La euforia del número disipa sus miedos. Y sube de estatus al desempeñar un papel “heroico” dentro de esta supuesta guerra santa.

El líder supremo se autoproclama con el profeta infalible de un poder superior, Dios, el destino, la naturaleza, la historia. Convenientemente, el líder solo responde por los triunfos. Las fallas, los problemas y los errores son  obra del chivo expiatorio de turno.  Oponerse al movimiento es traición. La obediencia ciega es la única opción.

Las sociedades caen en estos sistemas buscando una mejora de condiciones pero los resultados son catastróficos. Esa simbiosis entre un pueblo  resentido y el megalómano estafador  siempre termina en desastre. 1984 es una novela sobre cómo se pierde la dignidad humano y la libertad a la merced de las fantasías  y la ambición desenfrenada. Todo un clásico ese libro. Revelador como ninguno.

Gustavo Godoy

viernes, 1 de febrero de 2019

Los grandes amores de novela







¿Sobre qué escribimos cuando escribimos de amor? ¿Cómo se describe el amor en el mundo de las letras? ¿Cómo son los romances de novela? ¡Interesantes preguntas! ¿Eh?  Sin embargo, el  lector amante de las grandes historias de amor podría contestar estas preguntas con relativa facilidad. Porque curiosamente las historias de amor en la literatura se parecen mucho entre sí. Existen elementos claramente universales en ellas. Que si nos ponemos a pensar sobre este hecho, resulta realmente sorprendente. Hablamos, por ejemplo, de dos clásicos sumamente influyentes dentro  del género de amor: Orgullo y Prejuicio y Anna Karenina.

En Orgullo y Prejuicio, Jane Austin nos muestra dos tipos de amor muy distintos. Por un lado, el amor de Lydia y el señor Wickham. Por el otro, el amor de Darcy y Elisabeth. En Anna Karenina,  Tolstoi también  nos cuenta de un modo muy similar al de Austin  la aventura entre  Anna y Vronky, por un lado. Y  el amor entre Levin y Kitty, por el otro. Unas  relaciones están inspirados en la pasión y otras en la virtud. El marcado contraste entre estos dos tipos amor le dan mucha fuerza al mensaje dentro de estos relatos. Evidentemente, ambos autores quieren enseñamos algo muy importante sobre el tema. Le  quieren regalar a sus lectores una valiosa lección de amor. Aquí indagaré,  por razones de espacio, solo un poco sobre los amores basados únicamente en la virtud.

En narrativa, el género romántico tiende a seguir un formato determinado. Una estructura básica que por lo general se representa en tres partes: Un encuentro inesperado, la separación y la realización.

La primera parte es siempre complicada. Está llena de malentendidos y obstáculos. El encuentro se dio, pero casi siempre este viene  acompañado de una desilusión. La pareja simplemente no se entiende. La química, si alguna vez la hubo,  se va por el drenaje.  Surge un rechazo inicial producto de algún evento o alguna creencia desafortunada. En Orgullo y Prejuicio, Elisabeth piensa que Darcy es un arrogante patán. En Anna Karenina, Kitty está ilusionada con otro hombre. En un principio, el amor no se da así nomás. La pareja no está lo suficientemente preparada para el amor verdadero. Todavía falta mucho camino por recorrer.

La segunda parte, generalmente la más larga, la pareja sufre modificaciones en su manera de pensar debido a las circunstancias. El pretendiente de Kitty, en Anna Karenina,  se marchó inesperadamente en busca de un amor ilícito. Ella  enferma y se toma  un buen tiempo para reflexionar sobre sus verdaderos deseos. En Orgullo y Prejuicio, Elisabeth, a la luz de los últimos acontecimientos,  descubre el verdadero carácter del señor Darcy. En esta etapa de espacio y silencio, los personajes experimentan un crecimiento interno y un cambio de perspectiva importante. Ya no son las mismas  personas del comienzo. Se convierten en  otras.  En cierto modo, maduraron.  Su óptica de la vida y del amor se volvió mucho más lucida.

Elisabeth con el tiempo se dio cuenta que Darcy era un hombre bueno y generoso que realmente sí  la quería. Esto fue suficiente para que ella  aceptara su segunda propuesta de matrimonio. Kitty acepta casarse con  Levin cuando este le demuestra que era un hombre sincero y comprensivo que lo único que anhelaba era  hacerla feliz. Luego  y solo luego  de estos cambios,  ya puede  venir  la realización. En ambas novelas, la relación termina en boda. Pero no fue fácil. Para poder  llegar ahí debieron pasar muchas cosas.

En la literatura, y tal vez en la vida misma, las historias de amor en realidad son historias de superación personal. Los protagonistas deben primero emprender un viaje de autodescubrimiento y autorrealización para después poder conseguir sus objetivos. Los cambios deben darse, en primer lugar, en el individuo.  El otro es solo un espejo que  impulsa este proceso  brindándonos  la oportunidad de crecer. En un inicio, por lo general, nos encontramos rotos y la vida que tenemos no es la vida  que realmente queremos o merecemos. Vivimos en negación, y la ceguera nos domina. Pero nuestro corazón constantemente nos está pidiendo más. Nos pide una vida total. El deseo de conocer otros mundos.

El amor intimida porque  nos recuerda nuestra desnudez y desamparo. La soledad es la prisión de los temores. Comunicarse con el otro toma valor.

¿Cómo se escribe una historia de amor? Se empieza siendo un incrédulo. En este punto, los personajes han perdido la fe en el ser humano. Pero luego llega la bondad, el cariño y la ternura.  Las almas rotas se van curando paulatinamente con compasión, humanidad y paciencia. La magia se va construyendo poco a poco con confianza y generosidad. Ese mundo  compartido que poéticamente llamamos amor nace de una creencia, la creencia en la nobleza y belleza del otro. Claro que no es sencillo. Toma coraje, sensibilidad y sensatez. Toma una sabiduría muy particular para poder  apreciar  lo más bonito del amor. ¿Y qué es eso? La mirada enamorada, la sonrisa ilusionada y el sentimiento desinteresado de un corazón sincero que solo late por ti. Reconocer ese gran milagro. Valorar ese raro y bello milagro. Requiere lo mejor de nosotros. Debemos ser la mejor versión de nosotros mismos.

Casi todos queremos vivir un amor como el de las grandes novelas de los siglos pasados. Sin embargo, se nos olvida que eso implica un sacrificio.  Para poder amar de verdad, debemos convertirnos en mejores personas. Esto exige  una transformación profunda y vital del ser. Significa una lucha  contra los prejuicios, el miedo y la terquedad. Un gran amor de novela. Es un gigantesco salto de fe. El heroico salto de darlo todo por quien daría todo por nosotros. De eso se escribe cuando se escribe de amor.



Dedicado a la bella dama de mis ojos a razón del mes del amor y la amistad… (Sí, a usted)

Gustavo Godoy

domingo, 27 de enero de 2019

En torno al respeto






¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué quieren los hombres? Sí, tal vez sea cierto. Ellas son de Venus, y ellos son de Marte. Quizás. Ciertamente, los seres humanos todos somos iguales. Y, al mismo tiempo, todos somos distintos. Existen tantas culturas, tantas opiniones. Diferentes maneras de ver al mundo y a las cosas. Este planeta es tan diverso que a veces confunde. El sentido de la vida es una búsqueda muy cargada de misterio. A veces,  no se entiende. Uno a menudo  se pierde en la oscuridad. Cada persona parece seguir  objetivos singulares. Unos buscan amor. O a Dios.  Otros buscan paz, espiritualidad, verdad. Otros, éxito, libertad o felicidad.  Otros, fama, dinero, vino o chocolate. Otros simplemente quieren ser excelentes en algo. Alcanzar un potencial.  Crear una obra importante. Desarrollar un talento. Y algunos, sencillamente, quieran ser buenos y dar bondad.  No sé. Es algo muy complicado, de hecho. Estas son algunas respuestas de la gente a las grandes preguntas que nos planea la vida. Sin embargo, me temo que en relación a este tema un consenso general aún no se ha inventado.

De todas estas respuestas posibles, existe una que a mí en lo particular  me gusta mucho. Me llena, lo confieso. Y, en cierto modo, me consuela.  Además, pienso que su atractivo es casi universal. ¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué quieren los hombres? ¡Queremos respeto! Más que amor, riquezas y glorias. Quizás queremos eso. Respeto. Consideración. Estima.  

El respeto, en pocas palabras,  se podría describir como una virtud.  Una virtud de consideración.  La edificación de una relación considerada entre el propio ser y los demás. Es decir, el reconocimiento del valor personal dentro de un contexto social. En las relaciones interpersonales, siempre existe una dinámica de poder. Y para que los vínculos humanos se puedan sostener debe haber un sentido de justicia básico y elemental entre las partes. Por lo tanto,  el respeto sería una forma de espacio sagrado. Un territorio que nadie debe cruzar jamás.  Como acto seguido, el irrespeto sería una violación de los límites  que impone este espacio, también llamado la dignidad humana.

 ¿Cuáles son los enemigos del respeto? Primero, la humillación.  El acto de humillarse  es un hecho irrespetuoso porque convierte a la persona en un ser inferior y sumiso, víctima del otro, carente de amor propio.  Una evidente falta de respeto hacia uno mismo. Segundo, el abuso. El abuso es otra acción irrespetuosa porque implica una imposición  violenta e ilegítima que perjudica al otro, y nos convierte en victimarios. Una clara falta de respeto hacia los demás.  El respeto, entonces,  es un equilibrio entre dos extremos, una especie de sabia armonía. El irrespeto, por el contrario, es un desequilibrio, la negación de la verdadera valía de cada quien.

 Mejor dicho, o para decir lo mismo pero con otras palabras,  la humillación es  la escasez  de dignidad propia; el abuso, la extralimitación que ataca la dignidad ajena. Estos dos vicios son anónimos del respeto, uno por deficiencia y el otro por exceso.  En resumen,  el respecto es paz y bienestar.  Sus opuestos son la eliminación (literal o simbólica)  de la persona. No hay humanidad, sin respeto. Así de sencillo.

El respeto se demuestra en palabras, acciones, gestos y tono. Y la mejor manera de identificar su presencia es la ausencia absoluta de violencia. El violento no respeta. El respeto tiene un cómo, una forma de expresión. Se manifiesta de un modo palpable y tangible. Es sutil, suave y calmado. No discute, argumenta. Es lento, pausado y reflexivo. No salta de rabia, sino que se pasea con elegancia. Escucha, reconoce y acepta. Saluda. Es puntal. Tiene palabra. Honra convenios. Es un caballero.  Lleva un orden, un autocontrol. Es civilización, empatía y educación. Cultura.  Sabe callar. Saber hablar. Escoge el discurso más adecuado. Rectifica a la luz de las razones. Pone de su parte.  Ayuda. No reprocha. Solo reclama tranquilamente lo justo. Es honesto, moderado, prudente. No es terco, arrogante ni soberbio. Beneficia, construye, soluciona. No destruye. No golpea. No insulta. Conversa. Acuerda. Dialoga. Es amable, tolerante y cortés.  Agrega valor a las relaciones, no quita. Claro, se defiende valientemente de las humillaciones y los abusos. Pero con nobleza y altura. No es una víctima, ni un victimario. Es un ser humano. Que falte todo, menos el respeto. Porque en un suelo desprovisto de  respecto, nada provechoso nace nunca.  El respeto. Una actitud ante la vida.

Gustavo Godoy


lunes, 14 de enero de 2019

Constanza Chatterley






Dedicado a quienes viven los milagros…

Si la experiencia nos ha demostrado algo en materias de amoríos es lo siguiente: Existe una distancia enorme  entre lo que se dice y lo que se hace. Decimos querer algo, pero nuestras acciones revelan lo contrario. En la mayoría de los casos, manifestamos anhelar un amor bonito, pero no. En la práctica, escogemos amores contrariados. A pesar de lo que constantemente decimos,  las muestras de amor sincero nos aburren y las rechazamos. Preferimos jugar al gato y al ratón. El hombre bueno, la mujer buena no son lo nuestro. Aparentemente, nos gusta la ingratitud. ¿Cinismo? ¿Resentimiento? ¿Pesimismo?  No lo creo. La evidencia es abrumadora. No es políticamente correcto escribir con tanta crudeza sobre el tema, claro. Pero debemos confesar que algo de cierto todo esto  tiene. ¿O no?
Biología, psicología o sociedad, no lo sé. Pero querer es complicado. Sé directo en el amor. Y lo verás. Te darán las gracias y te ofrecerán solo amistad. Algo que es como darle un pan a quien se muere de sed. Muestra distancia, arrogancia y pedantería, y, de pronto, tu atractivo sube como la espuma. ¡Oh, las ironías del amor en tiempos modernos! Le pedimos a Dios una buena compañía, pero cuando nos la envía, no nos gusta. Elegimos otra cosa.  Rara vez, valoramos a la persona que lo apuesta todo por nosotros y lo demuestra con acciones.  Por el contrario, valoramos a quien se va, a quien no podemos tener. Esto nos lo hacen y lo hacemos. Las dos cosas. En la vida real, el príncipe azul no conquista tanto como el lobo feroz.  La bruja puede más que Blancanieves.

El británico David Herbert Lawrence escribía divinamente.  El amante de Lady Chatterley, publicada en el año 1928, es una novela maravillosa. Increíblemente maravillosa porque es la celebración de un milagro.  El guardabosque Oliver Mellors no tiene nada que ofrecerle a la señora Constanza Chatterley. Solo su  ternura. Solo su cariño. Ella lo escoge a él. He ahí la belleza de Connie. En su simplicidad. Lo único que pedía del amor era amor. El amor: Atención, tiempo, detalles, dulzura, momentos, intimidad, compañía.  ¡Para que más!

Constanza se casó muy joven. Su marido, un aristócrata, Sir Clifford Chatterley, quedó invalido de la cintura para abajo después de la Gran Guerra y los dos vivieron juntos en la mansión Chatterley, un lugar sofocante y gris. Por supuesto, la invalidez del señor Chatterley iba más allá de lo físico. También era un hombre incapaz de amar. Su vínculo con Connie no era amor realmente. Era dependencia, necesidad, agradecimiento,  costumbre. Pero no amor. Era otra cosa.  La pareja no gozaba de un verdadero lazo. La guerra rompió a Clifford de un modo más profundo de lo que podía revelar su frágil exterior.  Lo despojó de su espíritu.

De repente, un día, Constanza se dejó querer. Se entregó a un hombre que estaba dispuesto a quererla de verdad. La bella Connie tuve esa valentía. No era el momento, ni la circunstancia. Eran la pareja dispareja y nada encajaba. Pero igualmente se dejó querer. Así nomas. Se decidió por la ternura, por el cariño. Lo demás dejó de  importar.

La relación de Connie y Oliver nos invita a tener fe. Nos abre las puertas hacia una esperanza.  Tal vez, exista un mundo donde el amor sea suficiente, donde  sea posible. Quizás, algún día nos llegue a querer aquella persona que amamos. Y nos dé amor por amor. Simplemente. Tal vez, encontramos a nuestra propia Connie, a nuestro Oliver. Y solo el amor baste. ¡Ojala! Que los te amos sean también un te cuido. Yo te cuido. Tú me cuidas. Nos cuidamos. Así como en la novela, El amante de Lady Chatterley.


Gustavo Godoy 

domingo, 13 de enero de 2019

Anna Karenina y Elisabeth Bennet





¿Es posible enamorarse de personajes literarios? ¡Ah!, he ahí una pregunta muy interesante y sumamente reveladora. ¿Se puede? Bueno,  yo pienso que sí. Es posible, en cierto modo. Leer es una experiencia íntima, sin lugar a dudas. Y existen personajes ficticios que, en esa intimidad poética,  te tocan profundamente. Ya sea porque te recuerdan personas reales. Ya sea porque crean la ilusión de poder encontrártelas en la vida real. Las novelas te acercan, con absoluta sinceridad, a la gente. Y la cercanía enamora. El amor es también una forma de imaginación. Para querer a las personas hay que prestarle atención. E imaginarlas.  Es decir, leerlas con paciencia. Escuchar sus sueños lentamente. Empatizar con sus defectos poco a poco. Disfrutar sus emociones. Explorar sus sentimientos. Y desear su bien de un modo honesto y franco. Mejor dicho, sentirlas. Sentirlas en su totalidad.  Las personas son historias. Y hay personas que solo pueden ser historias de amor. Todo es cuestión de ser un buen lector. 

Anna Karenina es la protagonista de la novela (que lleva su nombre como título) escrita por el escritor ruso León Tolstoi a finales del siglo XIX.  Anna es indudablemente una de las mujeres más bellas de toda la literatura universal. Nunca se deja de lamentar su trágico final. Anna se casó muy joven con un hombre seco y sumamente frio. Karenin es un sujeto responsable y correcto, pero incapaz de demostrar cariño. Su único impulso es el deber. Un excesivo sentido del deber que sofoca. Sin embargo, Anna puedo mantenerse durante años en ese matrimonio sin pasión gracias a su hijo, Sergio. Era una madre muy devota y crio a su hijo con gran ternura. 

Anna Karenina era admirada por toda la alta sociedad de San Petersburgo. Admirada por su belleza, su elegancia y su amabilidad. Una mujer soñada, encantadora,  de trato dulce y amables maneras. En los primeros capítulos de la novela, conocemos a Anna durante su viaje a Moscú ayudando a su hermano con un problema marital.  Esteban Oblonsky, el hermano de Anna, tuvo una aventura con la institutriz, y su esposa lo había  descubierto  todo. Anna intervino con gran sabiduría y ayudó al matrimonio a superar el meollo. Desde ahí, para el lector, es amor a primera vista.  

Lamentablemente, en ese mismo viaje también conoció al causante de su tragedia. En Moscú, conoció a Vronsky,  un joven que después de conocerla se dedicó a conquistarla. Con el tiempo, ella cayó en sus abrazos y quedó embarazada de él. Eventualmente, se separó de Karerin para vivir junto  a su amante desarrollando a una relación sumamente tormentosa que terminó con su lamentable suicidio. Anna se volvió cada vez más caprichosa, celosa e irracional. Ese amorío le salió muy caro. 
¡Anna! Una mujer fascinante e inmensa. Con un atractivo infinito. Terriblemente compleja y contractaría. Llena de belleza, pasión e ímpetu. Nunca logró la felicidad que tanto anhelaba. Incomprendida, inmadura y víctima de sí misma. Conocer el personaje  es quererla. ¡Qué pena! Todo ha podido ser tan diferente. 

Elisabeth Bennet es la heroína de la novela Orgullo y Prejuicio de la escritora inglesa Jane Austen. Austen comenzó a escribir la obra en el año 1796 y la terminó en el 1797. La pieza explora el tema del matrimonio y de cómo escoger al compañero ideal. Ambientada en la Inglaterra rural de finales del siglo XIII en medio de familias de clase media. La historia se centra en la interesante relación entre Elisabeth y el señor Darcy. 

Elisabeth es una mujer de criterio, de pensamiento independiente y de carácter aplomado. Elisabeth es muy bonita y peculiar. Recordarla es sonreír. Siempre fiel a sus principios. Siempre con opiniones fuertes. Es la segunda de cinco hermanas. Y la preferida de su padre, el señor Bennet. Al principio de la novela, todas las hermanas están solteras y en busca de  marido. Una situación ideal para que comiencen los enredos. La novela es en realidad una comedia romántica, llena de color, reveses y sorpresas. Se disfruta muchísimo. La diversión nunca para. 

La relación de Elisabeth con Darcy empieza como grandes malentendidos. En un principio, se detestan. No se soportan. Pero con el tiempo, se van descubriendo. Y van creciendo en la medida que se van conociendo mejor. Darcy, un caballero de elevada posición social, en el fondo, es un hombre bueno y de noble sentimientos. Pero introvertido, de modales a veces toscos y en apariencia arrogante. Cuando por primera vez, Darcy le propone matrimonio a Elisabeth,  ella lo rechaza de plano. Su propuesta fue casi grosera, totalmente inapropiada. Y Elisabeth siempre digna se lo hizo saber con una firmeza muy típica en ella. La seguridad de Elisabeth es admirable. Es su mayor atractivo. La mujer es bella. Si algo tiene, es personalidad. 

Anna Karenina y Elisabeth Bennet son mujeres muy distintas. Anna es una dama de sociedad sumamente sofisticada. Elisabeth, por otro lado,  es una muchacha de orígenes más humildes y con menos mundo que Anna. Sin embargo, se podría decir que Elisabeth es mucho más centrada y madura. Son bellezas diferentes. Anna es como un trofeo muy cotizado, pero Elisabeth es un  premio que se debe merecer y solo se revela  conociéndola. Anna es el sueño de todo hombre, pero Elisabeth es una mujer para construir sueños a su lado. Elisabeth sabe lo que quiere. Y valora al hombre que la quiere. Anna no está muy clara. Y emocionalmente es un desastre. Por supuesto, ambas son mujeres que inspiran sentimientos muy profundos. Apasionan. 

Es un asunto misterioso y sutil. Por ejemplo, uno no puede enamorarse de Emma Bovary. A pesar de sus encantos. Esto probablemente se debe a que los personajes de Flaubert son, en el fondo, patéticos. La novela Madame Bovary (todo un clásico de la literatura francesa del siglo XIX)  es bellísima, pero no por sus personajes, sino por su espectacular estilo. El escritor es un verdadero  artista. Todo un poeta.  Sin embargo,  Emma en realidad  es un personaje un tanto ridículo. Causa lastima, no simpatía. Eso crea una distancia muy honda.  Hay algo muy soso en ella. Su mundo no nos atrae, ni nos conmueve. No seduce como mujer. Existe una brecha difícil de superar. La llegamos a conocer muy bien, pero no la llegamos a querer. Algo falta. Dignidad, tal vez. Amor propio, no sé. Pero algo. Simplemente no tiene la suficiente sal. Básicamente, carece de gracia. Pero ¡ojo!  No es culpa del lector. El autor lo quiso así. De ese modo nos presentó a su personaje. Emma Bovary. La protagonista de la novela más famosa del gran escritor francés Gustav Flaubert. 

Por otro lado, una mujer como Anna Karenina. Una mujer como Elisabeth Bennet. Eso sí es otro cuento.  Ellas son mujeres interesantes. Derrochan vitalidad. Poseen una complejidad que fascina y una belleza que ilumina. Llegan al corazón.  Es decir, enamoran. Nos hacen perder la cabeza. Así, dejándonos locos de amor. 


Gustavo Godoy