En la plaza de baldosas gastadas, bajo un cielo que amenazaba con la grisalla de la costumbre, apareció él. No traía pañuelos de seda ni palomas asustadas bajo la manga; traía solo sus manos, unas manos de pianista desterrado que empezaron a tocar el aire como si el vacío fuera una materia desobediente.
Al principio fue un juego de sombras. El hombre —llamémoslo el Prestidigitador de Intervalos— cerraba un puño sobre la nada y, al abrirlo, el aire parecía haber quedado marcado por un pliegue invisible. Luego, con un movimiento circular, trazó un arco. No hubo luz, pero los que mirábamos sentimos un súbito descenso de la temperatura en esa franja exacta del espacio. Era un muro de transparencia absoluta.
—Miren —dijo, y su voz no era una orden, sino un susurro de agua sobre piedra—. Sientan la insistencia de lo que no está.
Extendió los dedos y empujó un bloque de silencio. Vimos cómo su palma se aplanaba contra una resistencia que nosotros no podíamos ver, pero que sus músculos, tensos y vibrantes, confesaban con una honestidad atroz. Uno a uno, nos acercamos. Una mujer de guantes negros estiró la mano y su dedo se detuvo en seco, a veinte centímetros de su propio rostro, sobre una superficie fría y lisa que no reflejaba nada. No era vidrio; era una ausencia endurecida.
El hombre no se detenía. Con la voracidad de un dios en ayunas, comenzó a levantar columnas de aliento y pasillos de pura intención. Sus pies medían el suelo con una geometría que ignoraba las baldosas reales; saltaba escalones invisibles y se apoyaba en barandillas de aire con una confianza que nos fue contagiando. Pronto, la plaza ya no era una plaza. Era un laberinto de vacíos sólidos, una catedral de transparencia donde la luz del sol se filtraba sin encontrar obstáculos, pero donde nuestros cuerpos ya no podían desplazarse con libertad.
Nos movíamos con cautela por esas naves de aire. Alguien rió, pero el sonido rebotó en una bóveda invisible y volvió a nosotros con una acústica de mármol.
Nos fuimos olvidando del tráfico, de las palomas ruidosas, del olor a gasoil que subía del valle. Nuestros ojos, educados de pronto en la disciplina de lo sutil, empezaron a distinguir las molduras del vacío, las cornisas de la nada, la veta imperceptible del aire compactado.
Entonces, el Prestidigitador bajó las manos. Se limpió un sudor inexistente y, con una reverencia que pareció un adiós, se alejó caminando hacia la calle real.
—La función ha terminado —dijo, perdiéndose en la neblina.
Quisimos seguirlo, pero la primera mujer que intentó salir de la plaza dio un grito ahogado. Sus ojos, fijos en la nada, no veían el edificio de correos ni la estatua de bronce que siempre había presidido el lugar. Para ella, lo real se había vuelto una mancha borrosa, un humo gris y carente de significado. Sus manos buscaban desesperadas la seguridad de la pared de aire, el dintel invisible que ahora era lo único que su tacto reconocía como "sitio".
Miramos hacia la ciudad. Lo que antes era sólido —el concreto de las aceras, el hierro de los faroles— nos provocaba un vértigo repugnante, una náusea de formas impuras. Al intentar pensar en nuestras casas, en el tacto de las sábanas o en el peso de una llave de metal, un miedo ancestral, un pavor a lo denso, nos recorría la columna. El mundo real era ahora una pesadilla de texturas groseras y ruidos innecesarios.
Retrocedimos. Con un suspiro de alivio colectivo, volvimos a internarnos en el palacio de aire. Tanteamos con ternura los muros invisibles que el mago nos había dejado. Preferimos no recordar el nombre de las calles ni el color del cielo anterior. Nos sentamos en el suelo de aire, protegidos por techos de nada, y cerramos los ojos para no ver la mancha sucia de la realidad que afuera, tercamente, insistía en existir sin nuestra venia.
Al principio fue un juego de sombras. El hombre —llamémoslo el Prestidigitador de Intervalos— cerraba un puño sobre la nada y, al abrirlo, el aire parecía haber quedado marcado por un pliegue invisible. Luego, con un movimiento circular, trazó un arco. No hubo luz, pero los que mirábamos sentimos un súbito descenso de la temperatura en esa franja exacta del espacio. Era un muro de transparencia absoluta.
—Miren —dijo, y su voz no era una orden, sino un susurro de agua sobre piedra—. Sientan la insistencia de lo que no está.
Extendió los dedos y empujó un bloque de silencio. Vimos cómo su palma se aplanaba contra una resistencia que nosotros no podíamos ver, pero que sus músculos, tensos y vibrantes, confesaban con una honestidad atroz. Uno a uno, nos acercamos. Una mujer de guantes negros estiró la mano y su dedo se detuvo en seco, a veinte centímetros de su propio rostro, sobre una superficie fría y lisa que no reflejaba nada. No era vidrio; era una ausencia endurecida.
El hombre no se detenía. Con la voracidad de un dios en ayunas, comenzó a levantar columnas de aliento y pasillos de pura intención. Sus pies medían el suelo con una geometría que ignoraba las baldosas reales; saltaba escalones invisibles y se apoyaba en barandillas de aire con una confianza que nos fue contagiando. Pronto, la plaza ya no era una plaza. Era un laberinto de vacíos sólidos, una catedral de transparencia donde la luz del sol se filtraba sin encontrar obstáculos, pero donde nuestros cuerpos ya no podían desplazarse con libertad.
Nos movíamos con cautela por esas naves de aire. Alguien rió, pero el sonido rebotó en una bóveda invisible y volvió a nosotros con una acústica de mármol.
Nos fuimos olvidando del tráfico, de las palomas ruidosas, del olor a gasoil que subía del valle. Nuestros ojos, educados de pronto en la disciplina de lo sutil, empezaron a distinguir las molduras del vacío, las cornisas de la nada, la veta imperceptible del aire compactado.
Entonces, el Prestidigitador bajó las manos. Se limpió un sudor inexistente y, con una reverencia que pareció un adiós, se alejó caminando hacia la calle real.
—La función ha terminado —dijo, perdiéndose en la neblina.
Quisimos seguirlo, pero la primera mujer que intentó salir de la plaza dio un grito ahogado. Sus ojos, fijos en la nada, no veían el edificio de correos ni la estatua de bronce que siempre había presidido el lugar. Para ella, lo real se había vuelto una mancha borrosa, un humo gris y carente de significado. Sus manos buscaban desesperadas la seguridad de la pared de aire, el dintel invisible que ahora era lo único que su tacto reconocía como "sitio".
Miramos hacia la ciudad. Lo que antes era sólido —el concreto de las aceras, el hierro de los faroles— nos provocaba un vértigo repugnante, una náusea de formas impuras. Al intentar pensar en nuestras casas, en el tacto de las sábanas o en el peso de una llave de metal, un miedo ancestral, un pavor a lo denso, nos recorría la columna. El mundo real era ahora una pesadilla de texturas groseras y ruidos innecesarios.
Retrocedimos. Con un suspiro de alivio colectivo, volvimos a internarnos en el palacio de aire. Tanteamos con ternura los muros invisibles que el mago nos había dejado. Preferimos no recordar el nombre de las calles ni el color del cielo anterior. Nos sentamos en el suelo de aire, protegidos por techos de nada, y cerramos los ojos para no ver la mancha sucia de la realidad que afuera, tercamente, insistía en existir sin nuestra venia.
Gustavo Godoy

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