domingo, 29 de marzo de 2026

Teorema de las cenizas

 


En Santa Rosa las calles se empinan huyendo del polvo y el aire tiene la densidad de un incendio suspendido. Allí, entre volúmenes custodiados por la sombra, sobrevivía un códice de seda y cuero, escrito en una lengua muerta antes de la imprenta.

Aristides Valero no era un erudito, sino un hombre devorado por lo intraducible. Ante la fatiga de descifrar el mundo, eligió el fuego como última obra de silencio. Soltó un fósforo sobre las alfombras y se sentó a esperar la limpieza de un punto final absoluto.

Afuera, Carlos Briceño subía la cuesta con la lentitud de quien moldea el tiempo. No lo movía el deber, sino una curiosidad eléctrica. Llegó a la puerta cuando el humo ya lamía las cornisas, impelido por un rechazo físico al desorden.

La casa era una garganta de oro devorando su propia historia. Carlos avanzó por el pasillo, un túnel de aire herido, hasta el salón. Allí, los gritos de Aristides sobre el fin de las formas le parecieron un ruido innecesario que empañaba la pureza del incendio. Le dio la espalda con una indiferencia mineral: el viejo buscaba el olvido; Carlos, una oportunidad de rescate. Arriesgó la piel por el objeto, el cuerpo por la forma.

Fuera, bajo la luz cruda de la tarde, abrió el volumen. No encontró frases ni advertencias, sino una caligrafía hipnótica de venas y raíces; una lengua visual que no necesitaba ser comprendida para ser sentida. La violencia de esos trazos borró el ruido del valle. El códice, en su mudez absoluta, le exigía una nueva forma de mirar.

Al cerrar el volumen, la realidad perdió su peso. Carlos inició el descenso hacia la ciudad con el libro apretado contra el pecho, como quien lleva el único objeto real en un mundo que acaba de volverse transparente. A sus espaldas, el aullido de las sirenas empezó a trepar la cuesta, un llanto de metal que llegaba tarde. Carlos no se giró: Arístides ya era humo y el teorema, por fin, se había resuelto en silencio.


Gustavo Godoy

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