viernes, 23 de marzo de 2018

Muerte en Venecia




Todos tenemos nuestros secretos culposos, pecados que amamos pero nunca confesamos. Sí, es cierto, las personas son mucho más pervertidas de lo que comúnmente aparentan. Detrás de esta fachada de "normalidad" y " decencia" que se muestra, vive un lado oscuro que siempre se oculta. En pocas palabras: la gente se las trae. Claro, esto lo sabemos perfectamente. Sin embargo, estas son las cosas que se callan y se esconden. ¡Qué vergüenza! ¡Qué pena! ... Bueno, se entiende. Comprendemos que la sociedad tiene sus normas. También, la moral impone sus límites. Pero, ¿y las pasiones? ¿Qué pasa con las locas pasiones? Ah, ellas existen. Existen y no tienen freno. Ellas vuelan sin control y sin medida aspirando transgredir todas las fronteras. Así son los seres humanos, una mezcla de pudores y de prohibidas pasiones.



Muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann, es una novela sobre la muerte, la vida y las atracciones ilícitas. Sin duda, es una obra que impacta. Nos relata la historia del Gustav von Aschenbach, un consagrado escritor alemán, de unos cincuenta y tantos años de edad. Él es un hombre, disciplinado y severo, dedicado a su arte. Pero, estando en Múnich, sufre de un bloqueo creativo. Entonces, decide hacer un viaje para cambiar de aires. Primero, se dirige a Pula, en la costa Austro-Húngara, pero estando allá cambia de opinión. Finalmente, se traslada a Venecia donde se registra en el Gran Hotel des Bains en la isla del Lido.

Al poco tiempo de estar ahí, se encuentra con una familia polaca durante una cena. Aschenbach queda deslumbrado ante la asombrosa y atrayente belleza de Tadzio, un chico de unos catorce años. Nunca habla con el joven, pero desarrolla una especie de obsesión. Se desvive por él. Esto genera por supuesto un conflicto interno muy profundo en Aschenbach. Por un lado, la culpa. Por el  otro, nunca se había sentido tan vivo. Ahora su vida estaba llena de emoción y sentimientos.

Mientras eso ocurre, brota en Venecia una epidemia de cólera, epidemia  que las autoridades esconden para no perjudicar el turismo. Aschenbach se entera. Pero calla. No huye ni alerta a los demás. Él se queda para poder seguir contemplando al chico. La novela termina con su muerte en la playa mientras veía de lejos a Tadzio jugar.

En esta novela, Thomas Mann confiesa indirectamente sus impulsos reprimidos. Confiesa un secreto que lo atormentó toda su vida. Ojo, no especulo. Sus diarios privados así lo afirman. El Tadzio real, en efecto,  existió. Por muy sorprendente que parezca, la novela es en parte autobiográfica.

Bien dijo Freud: "Las emociones no expresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde en sus peores formas."

Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 23 de Marzo 2018 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 16 de marzo de 2018

Siddhartha




Hermann Hesse publicó Siddhartha, en el año 1921, después de  la primera guerra mundial. La primera parte está dedicada a Romain Rolland;   la segunda, a  Wilhelm Gundert (su sobrino). Por muchos años, su lectura estuvo confinada, se podría decir, básicamente al mundo alemán. Pero, luego, con su publicación en Los Estados Unidos en el año 1951, la obra  obtuvo un público  mucho más amplio en Occidente, sobre todo entre la juventud rebelde de la posguerra. Es una pieza breve, pero de una profundidad inmensa. El autor nos presenta aquí, en un lenguaje sencillo y sumamente poético, una filosofía de vida muy peculiar. Es un texto para reflexionar, sin lugar a dudas. Sobre todo, porque contradice mucho lo que generalmente se supone de una búsqueda espiritual. Sí, la novela nos cuenta la historia de un viaje, un viaje personal de autodescubrimiento. Como bien sabemos, Hesse siempre tuvo un lado blando por las religiones orientales. Sin embargo, esta simpatía no le impidió formar  ideas propias e  independientes. Nunca fue un seguidor ciego  de ningún dogma en particular. Al contrario,  sus exploraciones   siempre fueron activas y avanzadas. Autodidacta por naturaleza.

Ahora bien, la historia toma lugar  en la India/Nepal en la época que vivió Buda. Después muy temprana edad, Siddhartha, el hijo preferido de un muy respetado Brahmán (Brahmán: miembro de la casta sacerdotal hindú), siente un fuerte deseo, el deseo de conseguir  la iluminación. Claro, todos esperan que él siga los pasos de su padre como líder religioso en la comunidad. Pero Siddhartha tiene otras aspiraciones. Había aprendido sus lecciones al pie de la letra pero aún así no estaba contento con su progreso interno. Entonces, toma la decisión de radicalizar sus métodos. Se convirte en asceta (asceta: el que renuncia al mundo material).  Junto a su  amigo Govinda, se va al bosque y se somete,  como elemento clave de su nueva vida de renuncia,  a una fuerte  rutina de disciplina y austeridad.  

Al tiempo, los dos escuchan historias sobre el Buda (“Gotama” en el libro)  y van a su encuentro para escucharlo con la esperanza que obtener repuestas. Bueno, Buda les representa con perfecta retórica  su doctrina, las cuatro nobles verdades, los ocho nobles caminos. Después de las lecciones,  Govinda se convierte al Budismo haciéndose un monje, pero Siddhartha no. Él no cree en maestros, ni recetas de salvación.

Paso siguiente, Siddhartha conoce a Kamala, una cortesana, que le enseña los secretos del amor. También, comienza a trabajar con el comerciante Kamaswami que enseña el arte del dinero. Estos caminos también resultan insatisfactorios. Frustrado y desesperado, casi se suicida en medio de una crisis.  Pero algo pasa.

Siddhartha, después de una especie de epifanía junto al río,  decide cambiar de vida nuevamente y se une al barquero Vasudeva, trabajando y viviendo con él. Una vez en el río, y luego de convivir brevemente con el hijo que tuvo con Kamala,  por fin, encuentra algunas respuestas y cierta plenitud de espíritu.


¿Qué aprendió Siddhartha?: que la experiencia directa es la mejor escuela porque la teoría presenta grandes limitaciones. Es decir, para realmente aprender algo que valga la pena sobre la vida es necesario vivirla en carne propia. Los dogmas son ajenos y perjudiciales. No hay maestros, ni sabios en este mundo, únicamente estudiantes. Las respuestas finales están solo en nuestro corazón.  

Gustavo Godoy 

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 16 de Marzo 2018 en la Columna Entre libros y montañas

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viernes, 9 de marzo de 2018

Rayuela






En Rayuela (1963), de Julio Cortázar, leemos sobre muchas cosas.  La novela es un entretejido de múltiples búsquedas, concepciones y lamentos. De hecho, tiene mucho de surreal. Leyéndola, al poco tiempo, nos damos cuenta que abordarla con absoluta seriedad es absurdo.  Hay una historia, sí. Pero mucho de la trama  se nos presenta más como posibilidades que como hechos concretos  y definitivos.  Porque coherente, coherente, no es.  Parece más un juego inquietante, participativo y abierto que una pieza literaria  formal. A veces, incluso, hasta ilegible es.  En efecto, Cortázar le gustaba llamarla una “contranovela”. Ya que rompe con las reglas comúnmente asociadas con  la novela “tradicional”. Normalmente, la novela tradicional nos muestra una realidad fija, ordenada y acabada. Pero Rayuela es diferente. Ella nos mostrará un mundo mucho más caótico, engañoso y movedizo,  y menos realista que otras,  las novelas (tradicionales).

Tiene un total de 115 capítulos. Y estos pueden leerse de muchas maneras. Uno puede elegir la secuencia. De modo lineal, claro. Es decir, de principio a fin. Pero, también, del modo como al lector se le antoje. Ahora bien, esto es lo que propone el autor. Sin embargo, honestamente, creo que, en la práctica, los lectores (en su mayoría),   escogen ignorar este elemento (como yo). Bueno, es algo curioso, sí. Pero no considero que sea  gran cosa. Para mí, Rayuela es una novela genial, no por ese asunto  del orden  variable de los capítulos, sino, principalmente,  por la magia de su prosa, que  es majestuosa (léase Cap.7). La obra se abre plenamente  a la experimentación y la libertad del lenguaje. Es más,  el texto está lleno de  frases en otros idiomas, palabras inventadas, y entretenidas ocurrencias lingüísticas. Una gloria estética.  

Esto es lo que “ocurre”, si hacemos una reducción: Todo gira en torno a Horacio Oliveira, un intelectual argentino, y su peculiar amorío  con la Maga (Lucía), una joven uruguaya, que tiene un bebé (Francisco pero apodado extrañamente: Rocamadour). Ambos viven en París como “falsos estudiantes” y son parte de un grupo de bohemios autodenominados el “Club de la Serpiente”. El club mata el tiempo conversando, fumando cigarrillos, tomando mate y escuchando jazz. Claro, la Maga es muy distinta a todos los demás. Ella es  tierna, ingenua,  espontánea, sentimental y valiente. Contrasta radicalmente con las actitudes y pedanterías del resto de la banda. Lo cierto es que una noche,  Rocamadour muere repentinamente, y, luego, la Maga desaparece. Entonces, Oliveira se traslada a la ciudad de Buenos Aires. Ya en Argentina, trabaja con su viejo amigo Traveler y su pareja (Talita). Pero, eventualmente, Oliveira, turbado por el recuerdo,  entra en una crisis emocional. Piensa en el suicidio. Lo intenta, pero finalmente Traveler y Talita le frustran el intento.

Lo interesante aquí es la vasta exploración psicológica de los personajes más que sus  acciones. Los temas: el amor, la ausencia, el exilio, el desarraigo, la muerte, los celos y el arte. 

Como insinúa su título, la novela retrata al típico hombre en busca de algo sin poder hallarlo (pero con la sensación que ya tiene lo que busca). Acierta en captar una sensibilidad muy particular. Hay algo muy juvenil en la obra. Un tipo de  atmósfera muy seductora. Dista mucho de la novela latinoamericana tradicional. Rayuela: Los bohemios, París,  la ciudad (sus calles, sus puentes y sus cafés), el arte, el jazz, la vanguardia, la inconformidad. ¡La Maga! Ah, uno se enamora de la Maga, de sus imperfecciones, de sus divertidas locuras, de sus absurdas manías y de sus ganas de vivir. “¿Encontraría a la Maga?...”


Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 09 de Marzo 2018 en la Columna Entre libros y montañas


viernes, 2 de marzo de 2018

La Divina Comedia






Leer a Dante  es encontrarnos con un mundo totalmente diferente al actual.  Esto es porque su cosmovisión obedece a un orden invariable; y  hoy nuestra postura es mucho más ambigua. Es decir, el universo dantesco se estructura de un modo perfectamente jerárquico y preciso. Es una concepción básicamente medieval, por supuesto.  En la Edad Media (tiempo de Dante), aún dominaba las suposiciones de Aristóteles y Tolomeo sobre la realidad. Según estos pensadores, el universo estaba dividido en categorías de diferente valor. Por ejemplo, existía lo físico y lo espiritual, siendo lo primero inferior a lo segundo. Otro ejemplo: estaba lo humano y lo animal. Lo humano superaba a lo animal en valía; pero estaba por debajo de lo divino. Por encima de lo divino: nada.   Se puede añadir también que en aquellos tiempos existían zonas céntricas  y otras periféricas.  El centro físico representaba literalmente la supremacía moral y metafísica.  Es más, por mucho tiempo, se aceptó la idea de que la Tierra ocupaba en centro de todo, y que los demás astros, incluyendo el sol, giraba en torno a ella.  Ahora resulta claro que estas viejas nociones del cosmos  se la debíamos más a un asunto de ego que a la observación objetiva de la evidencia. Bueno, sí,  de más está decir que  la ciencia moderna ha logrado refutar estas creencias antiguas. Sin embargo, aún es frecuente toparse con personas (por lo general religiosas) que profesan estos credos ya vencidos. Pero, bueno,  ese es un tema más complejo… En términos generales, podríamos afirmar que los esquemas medievales han sido abandonados. Y hoy son considerados absurdos. Al mismo tiempo, debemos admitir que el universo medieval todavía conserva un gran valor estético, sin duda. En otras palabras, en nuestros días aún brilla por su belleza. En el arte vive y resplandece.

La Divina Comedia (1308-1321), o simplemente “Comedia” porque el adjetivo fue añadido más tarde por Boccaccio,  es un poema épico escrito en tercetos -en italiano-  por el poeta florentino Dante Alighieri, el “Poeta Supremo” y “Padre del idioma” italiano. Es un libro de transición del pensamiento medieval (teocéntrico)  al renacentista (antropocéntrico).  Toma algunos elementos considerados anteriormente como baja cultura y los combina con temas y estilos elevados. Creando así una obra maestra.  La comedia se divide de tres partes: el “Infierno”, el “Purgatorio” y el “Paraíso”. Cada una de sus partes a su vez se componen en treinta y tres capítulos (cantos). Si acotamos que hay un canto introductorio, la totalidad de la obra se forma de cien cantos. Cien: el numero de la perfección. Cada uno de estos reinos, presentan a su vez nueve tramos. Obviamente, el autor concede una importancia enorme a la simbología de los números.

El texto nos relata una vivencia, la historia de un viaje espiritual por el universo. Dante (narrador y protagonista), a sus treinta y cinco años de edad, atraviesa una crisis existencial. De pronto, se encuentra, por razones que nunca explica, en medio de una selva oscura y tenebrosa. Al poco tiempo de estar ahí, es acechado por tres bestias. La situación se torna desesperada, pero pronto se encuentra con el poeta romano Virgilio, autor de la Eneida, que lo rescata y lo guía, a solicitud de Beatriz (su eterno amor platónico que lo quiere ayudar desde el más allá). Su peregrinaje comienza el viernes santo del año 1.300 D.C y termina una semana después. Inician en el infierno (un hoyo), pasan por el purgatorio (una montaña)  y finalizan en el paraíso (el cielo). En el trayecto, se encuentran con personajes históricos y mitológicos (todo es una mezcolanza de historia, mitos paganos, y catolicismo). Y las personas están distribuidas en cada lugar según sus méritos y pecados. Ordenadamente, claro. La pieza es, de hecho, un gran inventario de todo. Vemos de todo.   Hay muchos diálogos muy interesantes. Y, ah, las descripciones son fascinantes.

La Divina Comedia narra simbólicamente la historia de una transformación personal.  La obra educa, asombra y enamora.  Viajando junto a Dante, escuchando a Virgilio, queriendo a Beatriz,   se aprende sobre la vida. Se aprende sobre las limitaciones de la razón, el valor de la virtud, la grandeza del  amor y el poder de la fe.




Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 02 de Marzo 2018 en la Columna Entre libros y montañas

viernes, 23 de febrero de 2018

Las mil y una noches




Convencido de la infidelidad incorregible de las mujeres, el sultán Shahriar decidió casarse cada noche con una virgen para después ordenar su muerte al día siguiente. De este modo, el testarudo monarca pretendía vencer la supuesta “vileza” natural del género femenino y nunca ser víctima de una traición. Este insólito ritual se repitió una y otra vez por muchos años. Todos los días moría una joven inocente en las manos de los  verdugos del palacio. Luego, un día (ya la cifra de muertes había  ascendido a tres mil), llegó el turno de Sherezade, la hija del gran visir.  La astuta y bella mujer se rehusó a aceptar su trágico destino e ideó un ingenioso plan:  en la noche de bodas relataría (con la ayuda de su hermana) un cuento que siempre dejaría inconcluso. De esta manera, su marido tendría que perdonarle la vida para poder escuchar el final del cuento. Y así lo hizo. Noche tras noche, Sherezade logró cautivar al rey con sus maravillosas historias. ¡Genial!

Ahora bien, esa es la historia que sirve de marco para contar las además historias que aparecen en Las mil y una  noches. Este es un libro de cuentos. Cuentos tras cuentos y cuentos dentro de cuentos.  Este libro nos revela  a un Oriente mágico y sumamente exótico: Genios colosales  encerrados en pequeñas botellas, viajeros que descubren reinos maravillosos, alfombras voladoras y objetos asombrosos , cuevas con joyas y riquezas enormes... En esta obra hay de todo menos monotonía. Adicionalmente  a los cuentos maravillosos, también se cuentan fábulas, chistes,  diarios de viajes, relatos de pícaros, narraciones de crímenes y anécdotas breves. Ahí parecen: “El pescador y el genio”, “Las tres manzanas”, “Aladín y la lámpara maravillosa”, “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, “Simbad el marino”, “La ciudad de bronce”, entre muchos otros. En la voz de Sherezade descubrimos el placer de un buen cuento.

El orientalista frances Jean Antoine Galland( 1645-1715), mientras vivía en la ciudad de Estambul, descubrió un manuscrito árabe que reunía un gran número de cuentos y decidió traducirlos al francés. Los cuentos recopilados por Galland fueron publicados en París, entre 1703 y 1717, en doce volúmenes bajo el título de Les milles et une nuits. La obra causó gran sensación en Europa. Y desde entonces ha sido un libro que ha deleitado a incontables generaciones de ávidos lectores. ¡Borges lo amaba!

Evidentemente, las mil y una noches es un trabajo colectivo creado básicamente por tres pueblos: el hindú, el persa y el árabe, que creció y devino a lo  largo de  siglos. De hecho, su origen es muy remoto. Así, la variedad y la extensión de la pieza se explica como una consecuencia de  su rica, antigua y  progresiva procedencia.

El título es una belleza. El número “mil “ recuerda a lo eterno; y la noche, al misterio.  El “uno”  fue agregado luego debido a una vieja superstición oriental que considera a los números pares de mala suerte. He aquí la explicación del título tan encantador.  

Occidente adquirió una noción del Oriente gracias a Las mil y una noches. Distorsionada, sí. Pero increíblemente bella.

Gustavo Godoy


Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 23 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 16 de febrero de 2018

Diálogo fantástico



El individuo es una mera fantasía. No existe. El uno es un número falso, ilusorio y tan solo aparente. En el fondo, somos una gran multitud de seres, seres que cohabitan en una rica, compleja e intangible realidad que está cambiando sus paisajes sin cesar. Cada uno es un inmenso universo, infinito en el tiempo y en el espacio. Cada “persona” es, en realidad, un libro eterno e insólito donde son representados innumerables personajes que interactúan vivazmente en un océano de matices y posibilidades sin fin. Hay tantos yos como azules en el cielo.

Era uno de esos días que veía todo inconexo y gris, seguramente a raíz de algún desaire o algún revés. Estaba aún solo en casa, acostado en un diván, pero, como por obra de un extraño sortilegio, de hecho, no me sentía en casa. De pronto, me encontré en otro lugar.  Me vi deambulando afuera, entre las estrechas y oscuras callejuelas del mundo. Estaba caminando triste y en círculos como la persona que busca algo pero en realidad no sabe qué. Vagaba cabizbajo, algo abatido y un tanto decepcionado. 

Al poco tiempo de estar en ese mágico dominio, uno de mis yos me llamó. En un primer momento, lo ignore desdeñosamente. Pero él insistió. Trate de evitarlo porque no estaba de ánimos para charlas. Sin embargo, él terminó por imponerse. Me tomó del brazo con firmeza y me susurró al oído: “¡Amigo!, quiero decirte algo”. Era viejo y de lento proceder. Se asemejaba a mí, pero mucho más desgastado e irónicamente mucho más feliz y sereno. A mí, al principio, me pareció sumamente imprudente. Pero como me di cuenta que ya no me podía escapar, no me quedó otra que escucharlo. Entonces, ahí estamos los dos, sentados en un banquillo imaginario en un recóndito y secreto rincón de mi mente extraviada, mi viejo yo conversando con mi joven yo.

Después de una breve pausa, el viejo me dijo: “¡Sabes!, te envidio”. Yo hice una mueca en señal interrogante. Él, luego de notar mi reacción, prosiguió. “Sí, es verdad. Si nos tomamos el tiempo para mirar atrás y reflexionamos un poco, nos daremos cuenta sin mucho trabajo que esos años de dolor y de soledad, de dificultades y de pérdidas, de problemas y de amargos abandonos, esos años son los mejores” -Yo sonreí ofendido y aparte la mirada en gesto de protesta-.

-“Sí, estoy hablando en serio, querido amigo” - Me afirmó con un tono mucho más firme y aplomado-. Y prosiguió: “¿Qué pretendes? ¿Quieres que nunca le pase nada? ¿Tú aspiras que todo se te  dé fácil, así nomás?¿Dónde estaría el mérito en eso? ¡Una vida de gloria, pero sin esfuerzo! Eso sería muy triste. ¡Bah! Pasear por la llanura es demasiado poco. Yo prefiero escalar montañas. Claro que la vida es dura y está llena de contrariedad. No te lo niego. Pero hacerse la víctima no resuelve nada.”

“Ahí, al borde del abismo y las tinieblas, cuando somos atacados por la soledad, el miedo y la desolación, en medio de esa oscuridad que terriblemente nos envuelve y nos golpea, en ese lugar salvaje y frío,  siempre yace  una esperanza. La esperanza, la fe, el amor, la paciencia, el cariño y la bondad, esos son tus compañeros. Nunca los abandones. Todo el dolor, todas las penas, son solo espinas de un rosal. No te rindas. Levántate. Tú eres más fuerte que un titán y tus huesos son de acero. Porque nunca se podrá doblegar la voluntad indomable y el espíritu imparable de un corazón anhelante. Cree en ti. Sé audaz, atrevido y constante. Confía en ti y en tus poderes. Asume, con tenacidad y optimismo, los retos del destino. Afronta sus designios con dignidad."

"Recuerda esto: En la vida siempre hay que tener una ilusión, un ideal, una meta inalcanzable. Eso sí, cualquier sendero que escojas, ¡amalo! Ama siempre con toda tu alma y jamás pierdas la pasión. Haz de la vida un evento memorable.”

Gustavo Godoy


Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 16 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


viernes, 9 de febrero de 2018

El corazón de las tinieblas




Joseph Conrad (1857-1924), uno de nuestros grandes escritores modernos,   nació en Ucrania, de padres polacos. En su primera juventud, se  educó en francés, en alemán y en ruso, pero, posteriormente,  eligió  el  inglés como su lengua literaria.  Desde muy temprano edad, sintió pasión por  el mar. Así que, aún siendo un adolescente, se enroló como marinero para  zarpar   hacia una vida  de viajes y aventuras por el mundo. De todos sus viajes, el suyo por el Congo tuvo en él obviamente un efecto profundo. Por sus comentarios, ese viaje se sintió como un descenso al infierno. Y  lo cambió en lo más hondo.

El capitán Marlow, marino mercante inglés, es el temerario personaje que utiliza Conrad para contar su historia personal. Sin embargo, el Marlow que conocemos en El corazón de las tinieblas (1899) va más allá de ser un personaje solamente, parece, más bien, una actitud moral, la del propio Conrad. La verdad es que Marlow no solo narra los hechos, sino que también los comenta, los siente y los sopesa. Si leemos sus “juicios” superficialmente, podríamos caer en el error de considerarlos una censura total de lo vivido; pero no. Sus conclusiones, aunque sumamente sombrías, distan de ser precisas. De hecho, presentan  una gran ambigüedad y bastantes dudas. Lo que sí queda perfectamente claro es la intensidad de sus emociones. Sus impresiones son tan profundas y desgarradoras que dejan al lector estupefacto del asombro. Eso es porque  el texto, sobre todo en su tono, posee una fuerza impresionante. La obra logra expresar el horror, la zozobra, la fatalidad, y la oscuridad de aquella experiencia  extraordinaria, como ninguna otra.  Es el trabajo de un verdadero genio de la sensibilidad.

El corazón de las tinieblas es el  relato de un viaje por el río Congo.  La obra es, evidentemente, casi una autobiografía, claro que convertida en un hondo estudio de las emociones humanas. Por una parte, la novela denuncia severamente las terribles ironías,  la amarga hipocresía y los tristes excesos de la colonización europea en África, pero, también, plantea temas morales más universales. Conrad explora aquí el problema de la soledad, el poder y la fragilidad moral del ser humano.   Es decir, los nefastos efectos morales que podrían recaer en un hombre el  poseer un poder sin controles ni frenos.


 La trama, en sí, sorprende por su sencillez.  El capitán Marlow  es asignado con la misión de navegar, con un barco a vapor,  río arribo, adentrándose al centro  de la selva, para rescatar a un destacado comerciante de marfil, un tal Kurltz, que presuntamente  ha caído gravemente enfermo. Pero lo impactante del relato no son los hechos  como tal, sino la atmósfera tenebrosa y sofocante que poco a poco se va construyendo en una especie de crescendo. Con el pasar de cada página, la tensión se va  incrementando hasta llegar a niveles de expresión muy potentes. A cada momento,  la selva se hace más  lúgubre y más intimidante. Y el personaje de Kurltz también se revela paulatinamente cada vez más grande, más enigmático y más inquietante. Kurltz, un hombre de gran talento y dotes excepcionales, se ha convertido un terrible tirano,  en una suerte de dios del mal, el cual los nativos rinden culto como a un demonio. Kurltz es un hombre con algo que decir.  Un ser que fascina,  confunde y  perturba al mismo tiempo. Lo que más trastorna a Marlow de su encuentro con Kurltz y al escuchar su voz, es la lucidez de sus ideas. Kurltz no parece estar loco, pero debe estarlo. El corazón de las tinieblas es un oscuro viaje hacia las profundidades del alma. 



Gustavo Godoy


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viernes, 2 de febrero de 2018

Goethe







Para gran beneficio de la cultura, Goethe logró unir tendencias estéticas anteriormente consideradas como antagónicas en algo armonioso y superior. Pudo equilibrar magistralmente los impulsos románticos, típicos de las regiones germánicas, con los clásicos, heredados del mundo grecorromano. Supo combinar los valores propios de una burguesía emergente ligada exclusivamente a un ámbito nacional con la tradición aristocrática europea, acostumbrada a moverse en un escenario internacional. Es decir, sintetizó corrientes supuestamente contrapuestas y las llevó a un nivel mucho más elevado. Con su obra, subió el estándar de calidad y, al mismo tiempo, la hizo accesible a un público más amplio. Goethe creó literatura universal.

Johann Wolfgang von Goethe nació el 28 de agosto del año 1749 y murió el 22 de marzo del 1832. Nació en la ciudad de Fráncfort, en lo que hoy se conoce como Alemania. Es el más grande de las letras alemanas y uno de los gigantes de todos los tiempos. Con Goethe, sobre todo en su país, hubo un antes y un después. Poeta, novelista, dramaturgo, científico, abogado, diplomático.   Fue un hombre total. Un acontecimiento único. Colocó a su patria en la boca de todo el mundo y le dio a su terruño un prestigio cultural del que carecía. Fue un ser extraordinario.

El Goethe joven participó en el influyente movimiento artístico conocido como Sturm und Drang, (preludio del Romanticismo). Después de abandonar el estilo rococó de sus inicios, e inspirado por Homero, Shakespeare, Ossian y escritores provenientes del pueblo llano, comenzó a escribir bajo una nueva poética.

Su primera novela, basada en una vivencia personal, nos relata la tragedia de una pasión frustrada, los tormentos de un joven burgués e intelectual enfrentado ante el amor y la sociedad.  Los sufrimientos del joven Werther, una obra atrevida que causó un verdadero furor por toda Europa e impuso nuevos esquemas. La novela conmocionó porque produjo un efecto profundo en la vida emocional de sus lectores. Los jóvenes se vieron en Werther y se identificaron con su pesar. En su tiempo, fue una sensación, un fenómeno editorial sin precedentes.  Hasta el monstruo de Dr. Frankenstein leyó el libro. Y se dice que Napoleón Bonaparte siempre llevaba una copia en un bolsillo.   

Sus otros escritos, por otro lado, se han convertido en valiosísimas guías educativas para las clases cultas, principalmente su texto autobiográfico titulado Poesía y verdad, pero también sus novelas de formación como Los años de Wilhelm Meister, Los años de peregrinación de Wilhelm Meister y Las afinidades electivas.  Son verdaderas joyas del desarrollo personal. Una referencia obligada.

Luego, tenemos su drama teatral, Fausto. Esta es la obra poética más trascendente en lengua alemana. Un drama universo. Lo tiene todo. Se basa en la leyenda del alquimista y astrólogo alemán Fausto, hombre que, motivado por una desmesurada sed de conocimiento, realizó un pacto con el Diablo. Fausto es un desafío contra el mundo y los límites que nos impone. El personaje, hoy, se identifica con la voluntad indomable del hombre de energía avasallante. La imagen de todo desenfreno.

Goethe es el símbolo de lo mejor del humanismo alemán. Todo lo contrario a lo que podría representar una figura como la de un Hitler.  Goethe tenía mil facetas. Era un hombre de acción y, al mismo tiempo, de gran intelecto. Un romántico de clase mundial.  



Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 02 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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