miércoles, 24 de agosto de 2022

La teoría de la estupidez

 


La costumbre es culpar a los malvados por los problemas del mundo. Se suele pensar que somos víctimas de una gran conspiración. Suponemos que los demás son extremadamente competentes y las injurias son el resultado directo del egoísmo ajeno. Creemos en la maldad del otro con la explicación más razonable. Esa creencia no es total. Pero sí es bastante común. De hecho, se podría decir que es la creencia predominante. Todos tenemos un sentido de la justicia. Sin embargo, el egoísta cruza las líneas constantemente para obtener una ventaja perjudicando a los demás. De este modo, explicamos la injusticia. Y, de la injusticia, nace la rabia y la frustración. 

Esta teoría de la maldad gana popularidad debido a nuestra predisposición a pensar que las personas arriba en la escala social son superiores a nosotros en casi todos los aspectos. Mejor dicho, la mayoría está convencida de que las personas en puestos de autoridad y prestigio son seres especialmente talentosos. Se asocia el poder con la habilidad. Por ende, toda maldad debe ser el resultado natural de un cálculo egoísta. Se nos olvida considerar la teoría alternativa.

¿Cuál es esa teoría? La teoría de la estupidez. El hecho de que la estupidez está en todas partes. Con frecuencia, subestimamos el poder de la estupidez. Y los líderes, particularmente, son propensos a la estupidez. En la mayoría de los casos, la estupidez es una explicación más exacta que la maldad. Y, en la mayoría de los casos, la estupidez es un agente mucho más dañino y destructivo que la maldad.

Muchos de nosotros andamos por la vida creyéndonos unos genios. Nos sentimos especiales. Nos sentimos, de algún modo u otro, seres superiores de nuestro entorno. El hecho de que los demás no reconozcan nuestros atributos es un desafortunado defecto de la realidad. El detalle con esto es que todos andamos en lo mismo. O sea, las personas normalmente se sobrestiman a sí mismas y subestiman a los demás. En consecuencia, el rechazo de los demás nos parece injusto. Pero, al mismo tiempo, rechazamos a los demás con gran facilidad.

Todos sufrimos del síndrome del sabelotodo. Unos más, otros menos, pero todos somos unos sabelotodo a cierto nivel. Se podría decir que las cosas que no sabemos son mayores a las que sí sabemos. Sin embargo, rara vez, lo reconocemos. Pensamos que sabemos mucho. Sin embargo, en realidad, sabemos muy poco. En muchos aspectos de nuestra vida, somos muy ignorantes y bastantes ineptos. Pero, en nuestro fuero interno, la idea de que somos unos genios se mantiene. En otras palabras, andamos por la vida haciendo el ridículo con nuestro ego hinchado y mirando a los demás con desdén. Esa actitud, naturalmente, nos hace cometer muchos errores. Con nuestra estupidez, nos hacemos daño y le hacemos daño a los demás.

Tomemos un ejemplo pequeño. Hablemos del impuntual. Por lo general, el impuntual no es necesariamente un irrespetuoso aprovechado. En la mayoría de los casos, se trata de un optimista empedernido que volvía a subestimar sus capacidades. Pensó que lo lograría en 5 minutos. Pero se tomó una hora, porque no hizo los cálculos adecuadamente. Esta impuntualidad por ineptitud es perjudicial para todas las partes. Y es más el resultado de la estupidez que de la maldad.

Ahora pensemos en la madre que da un mal consejo a su hijo. Y pensemos en el hijo que actúa mal por confiar en su madre. También tenemos al experto que emite una opinión fuera de su área de competencia. O el político que se ve en la obligación de tomar muchas decisiones importantes con muy poca información. Podemos pensar en el empresario que actúa de manera imprudente ocasionando pérdidas para él y para los demás. O en la celebridad que no supo controlar su ira acabando con la fiesta y arruinando su reputación. Imaginamos al distraído que causó un accidente con daños para él y otros. No es la maldad. Es asunto de la estupidez. 

La ignorancia confiada, la vanidad, la credulidad, la obediencia, la distracción, la ineptitud y falta de control son los pilares de la estupidez en el mundo. Hay personas que pierden sin ganar nada por ayudar a los demás. Estos somos los nobles incautos. Hay personas que ganan perjudicando a los demás. Estos son los bandidos. Hay personas que ganan aportando valor. Estos son los inteligentes. Y hay personas que pierden causando daños para todos. Estos son los estúpidos. El bando más numeroso de todos.

La estupidez explica muchas cosas. ¿Por qué no funcionó esa relación? ¿Qué pasó aquella vez? ¿Por qué no logre el objetivo? ¿Por qué perdimos? Ahora bien, es muy probable que la razón haya sido la estupidez y no la maldad. O sea, la responsabilidad cae en nuestra propia estupidez y no en la maldad del otro. Nuestro optimismo iluso nos hace pensar que tenemos la capacidad para la tarea cuando en realidad no la tenemos. Nota importante: La conciencia de nuestra propia estupidez no es un desaliento. De hecho, es una oportunidad para mejorar como personas. Porque nos recuerda que no lo sabemos todo. Todavía hay mucho por aprender. 

Gustavo Godoy

domingo, 7 de agosto de 2022

Una carta a la distancia





Debo confesar que me gusta la idea de enviarle cartas a un amigo en tierras lejanas. Hablo de cartas en el sentido más antiguo. Hablo de cartas de papel. Escritas a mano. Colocadas en un sobre y enviadas con la ayuda de un mensajero. Al estilo del siglo XIX. Cartas como en los tiempos victorianos. Supongamos que tardan varias semanas en llegar a su destino. Y la respuesta tarda aún más tiempo en regresar. Eso significa que debo tomarme mi tiempo. Significa que debo resumirlo todo en una carta. No tendría más opción que pensar muy bien en el mensaje. Lo que ocurre es que el destinatario no sabría nada de mí en tiempo real. Mi carta siempre llegaría tarde. Siempre sería total y permanente. Escribir una carta así sería como escribirle al silencio. Sería algo serio e importante. Pienso que eso me obligaría a ser más sincero y profundo. Porque, en su momento, mi carta sería leída con toda la atención. En este mundo tan superficial, lamentablemente, escribir cartas es un arte perdido.

La nostalgia por las cartas, en realidad, no es nostalgia por las cartas. Creo que, en el fondo, es un deseo de intimidad. Pero no me refiero a la intimidad física. Me refiero a la intimidad espiritual. En el pasado, la comunicación a distancia requería tiempo. Era difícil. Lo que la convertía en un recurso limitado. Eso estimula la calidad en el mensaje. Entonces, se escribía con mayor reflexión, detalle y sentimiento. Debido a las limitaciones de antaño, una carta requería esfuerzo. Y el esfuerzo nos hace valorar las cosas.

La belleza de una carta radica en lo que representa. Es un pequeño símbolo. Nos recuerda que las letras son puentes de entendimiento que hacen de la distancia una ilusión. Las cartas son mágicas. Porque nos obligan a detenernos en el tiempo para mirar al otro con dedicación. El verdadero regalo es el regalo de nuestro tiempo. Tiempo y comprensión. Porque en cada uno de nosotros yace el deseo ancestral de ser observados con ojos amables.

En una carta, podemos contar nuestra historia. Podemos revelar nuestros deseos. Podemos admitir nuestros miedos. Podemos compartir nuestro dolor. En la presencia de unos ojos amables, somos libres de relatar nuestro mundo. Somos libres de explicar nuestros motivos. Somos libres de confesar nuestros secretos. Somos libres de describir al universo desde nuestra particularidad. En una carta, es posible la expresión sincera.

Las cartas no son para todo el mundo. Las cartas son personales. Hay un elemento de confidencialidad en una carta. Son pequeños universos de complicidad. No son para todo el mundo. Porque no todo el mundo tiene la generosidad de ver lo mejor en los demás. No todo mundo puede parar de juzgar. No todo el mundo es indulgente con el error ajeno.

Ya no enviamos cartas como antes. Es una pena. Me habría encantado enviarle cartas a mis amigos en tierras lejanas. Poder describir mi vida en letras. Leer sobre la vida de otros. Esperar semanas por la llegada de mi carta. Esperar semanas más por la llegada de la respuesta. Me imagino al destinatario sentado leyendo páginas escritas por mí. Con atención. Con interés. Con curiosidad. A la expectativa de saber más sobre mis aventuras. Tomando el papel para escribir una carta sobre él o ella. Escribir cartas es un arte perdido. Son reliquias de un mundo que ya no es. Ahora todo es rápido y conveniente. Lo extraño es que, a pesar de eso, nadie parece tener tiempo para los demás. Pienso que deberíamos comenzar a escribirnos cartas.

Gustavo Godoy

jueves, 28 de julio de 2022

Las mujeres y los hombres en el mercado del amor



Por distintas razones, los hombres tienden a ser menos selectivos y menos exclusivos que las mujeres. Esto crea un exceso de demanda para las mujeres y una deficiencia de demanda para los hombres. Entonces, tenemos un cuadro inflacionario en el caso de las mujeres y, al mismo tiempo, tenemos un cuadro deflacionario para los hombres. Las mujeres al ser mucho más exigentes que los hombres concretan su atención en un ideal. Los hombres fuera de esta categoría, por tener menos opciones, bajan sus estándares para poder tener más alcance. Entonces, las mujeres miran hacia arriba. Los hombres miran hacia abajo. Eso implica que los “mejores hombres” disfrutan de una abundancia muy superior al resto. He ahí la ineficiencia del mercado. Pocos tienen mucho. Muchos tienen poco. Y esto crea una profunda distorsión en la relación costo-beneficio. En otras palabras, los mejores artículos están sobrevalorados. El costo es muy superior al beneficio. Los costos son tan elevados que el negocio deja de ser rentable. O sea, el empleo exige mucho, pero ofrece poco. La relación no es simétrica. Tenemos un fallo de mercado. ¿Por qué pagar más por menos?

No sería inusual que una mujer atractiva tenga 10 pretendientes o más. No puede salir con todos sin poner en riesgo su reputación. Entonces, la más común es realizar una preselección recurriendo al sondeo social. ¿Qué dicen las amigas sobre los distintos pretendientes? ¿Qué dicen los pretendientes sobre los demás pretendientes? Cada candidato es sometido a un escrutado doble. Por un lado, el escrutinio del hombre por los demás hombres. Por otro lado, el escrutinio del hombre por las mujeres. Eso normalmente se hace tomando en cuenta una compleja red de factores subjetivos y objetivos.

El hombre, por otro lado, es mucho más básico que la mujer en esta primera etapa. Simple. El hombre se guía por los ojos. El físico es el primer filtro de selección. Este exceso de demanda por la mujer atractiva intensifica la necesidad de subir el estándar en su proceso de preselección. Lo que normalmente significa que los costos de entrada suelen aumentar, pero el producto sigue siendo el mismo. El gran número de pretendientes incrementan las chances de obtener un mejor candidato, entonces lo más sensato sería invertir en el atractivo físico. Este sistema estimula lo estético, la exclusividad y la exigencia.

Claro que esa ventaja aparente de las mujeres en el mercado del amor, tiene su contraparte. Se podría decir que es una bendición y, al mismo tiempo, una maldición. Por vivir en un mundo de escasez, los hombres con más estatus y recursos son relativamente pocos. De ese grupo, los hombres dispuestos a ofrecerse como compañeros exclusivos en una relación a largo plazo son menos aún. Ese grupo de afortunados tiene acceso a mujeres atractivas. Por ende, ahora los criterios de selección son distintos en esta nueva etapa. Ahora lo que se busca son cualidades como la fidelidad, el compromiso, el compañerismo, la devoción y la comprensión.

Ahora bien, lo irónico es que, para las mujeres, la sobredemanda de pretendientes y las dinámicas de un proceso de selección cada vez más exigente, desalientan el ejercicio de virtudes como la fidelidad, el compromiso, el compañerismo, la devoción y la comprensión. De hecho, alientan el egoísmo y la promiscuidad. En consecuencia, esas disparidades incrementan el nivel de insatisfacción de todo el mercado amoroso. Las mujeres se quejan de la falta de hombres de calidad. Y los hombres se quejan de las altas exigencias de las mujeres.

En el bando de las mujeres, una de las soluciones para poder escapar de este ciclo de insatisfacción ha sido la independencia económica. La mujer que no depende económicamente de un hombre para su manutención cuenta con una ventaja considerable sobre las mujeres que no pueden pagar sus propias cuentas. Esto implica, al menos en teoría, que puede ser más amplia en un proceso de selección. Porque ya los hombres con su mismo nivel de estatus y recursos son una opción viable.

En el bando de los hombres, una de las soluciones para escapar de este ciclo de insatisfacción, más allá de la soltería voluntaria, ha sido comprometerse con las mujeres que exigen menos de él. Por ejemplo, tenemos dos candidatas. La primera es de físico aceptable, buen carácter y económicamente independiente. La segunda es muy atractiva, exigente y económicamente dependiente. Para un hombre racional, la primera sería una opción mucho más sensata que la segunda. Después de todo, la primera es un activo que ofrece una renta. La segunda es un trofeo de alto mantenimiento.

El mundo puede llegar a ser un plano bastante hostil. Con frecuencia, necesitamos algo de ayuda. O sea, a veces, necesitamos de un compañero de vida por el apoyo sentimental, psicológico, social y económico. El problema es que el proceso de selección suele ser, en la mayoría de los casos, mucho más hostil que el mundo como tal. El sistema actual tiene consecuencias profundas, porque nos hace juzgar a los potenciales compañeros con criterios equivocados. Porque estimula una relación suma cero. Lo más sensato es fomentar relaciones de mutuo ganar-ganar con un costo-beneficio más equilibrado. Un compañero debe enriquecer nuestra vida. Debe aportar valor. Si exigimos mucho y damos poco, nos convertimos en una estafa. Cuando ambas partes sienten que se ganaron la lotería con el otro, ahí es.


Gustavo Godoy

miércoles, 5 de enero de 2022

Confiable

 


La fe en los demás es la confianza. La fe, por supuesto, es expectativa. ¿Y qué esperamos?: Compañerismo. Mejor dicho, esperamos que los demás sean generosos con nosotros a pesar de nuestros defectos. Se podría decir que se trata de un pacto de colaboración. Es la renuncia del interés propio por el interés mutuo. Las implicaciones son claras. Podemos dejar de pretender perfección. Podemos mostrar nuestras vulgaridades. Podemos ser falibles. Pero no somos juzgados ni condenados. De hecho, se recibe cuidado, tolerancia y comprensión gracias a nuestro acuerdo. Somos queridos y apreciados. Estamos a salvo porque tenemos confianza. Hay una relación basada en la sinceridad, el apoyo y el cariño.

La confianza se obtiene por autoridad, por reputación o por experiencia. Suponemos, por supuesto, que nuestro médico es un gran profesional. Su bata, su diploma, y su imponente oficina son símbolos de autoridad. Además, su reputación es impecable. Todos hablan muy bien de su competencia como médico y de su ética como persona. En otras palabras, se trata de una persona confiable. Lo que quiere decir que debemos hacer lo que nos recomiende. Nos entregamos a él sin problemas. ¿Por qué? Bueno, porque es para mejor. El médico tiene nuestro bien como prioridad. No seremos juzgados ni estafados. Seremos ayudados.

¿Qué tal los amigos y la familia? ¿De qué se trata la confianza en el contexto familiar? Básicamente, es la licencia de cometer errores. La sociedad es despiadada. La familia y las amistades son un escudo de protección. Es nuestro equipo. En consecuencia, el familiar (o amigo) autoritario, déspota, e incomprensivo no es confiable. Si ve en nosotros más culpas que virtudes, definitivamente no es confiable. Si no podemos confesar nuestros secretos, no es confiable. Si, en momentos de caídas, recibimos juicios y no ayudas, obviamente ese sujeto no es confiable. Rompió el pacto de colaboración y todo es un vulgar juego de poder. Nuestro círculo debe ser generoso con el caído.

¿Y la pareja? La atracción normalmente surge por autoridad y reputación. Pero el amor verdadero se construye con el trato. Tenemos que poder confiar en nuestra pareja. Eso requiere una cultura de apreciación. Se destacan las virtudes. Y los defectos se sopesan con un ojo generoso. Obvio que hay problemas. No obstante, se resuelven con calma, buena fe y acuerdos. No se ataca a la persona. Se buscan maneras para mejorar la relación. No hay insultos o agravios porque por encima de los desacuerdos y los asuntos cotidianos está la dignidad del otro. La prioridad es la pareja. El bien de uno nunca debe costar el bien o la dignidad del otro. Si esta dinámica no es posible, lo mejor es la separación. La relación necesita confianza. Una relación sin confianza es un infierno de reproches y sospechas.

Ahora bien, en torno al cortejo, los rechazos y la soledad. El mejor partido no siempre es la persona más confiable. Un café no es el fin del mundo. Pero una relación no se construye con cualquiera. La mayoría de las personas no están en busca de un compañero. Están en busca de un proveedor. Quieren un monigote en sus vidas para llenar un vacío social, físico o emocional. Entonces, andan por ahí en la caza de un perfil predeterminado del mismo modo que compran unos zapatos en el Centro Comercial. El comprador inteligente quiere el mejor zapato al menor precio posible. Es decir, quiere un zapato bonito y de calidad. Cómodo y estético. Pero sin mucho sacrificio. 

Obvio que las personas no son zapatos. Las personas son más complejas y contradictorias que una prenda para vestir los pies. ¿Por qué? Porque las personas no son lo que aparentan. Sí, las apariencias engañan. El galán de turno es un éxito con las féminas del lugar. Y la chica bonita se roba todas las miradas. Se conocen, sienten mariposas en el estómago y en poco tiempo se convierten en la pareja del momento. El hombre se siente admirado por una mujer atractiva. Y la mujer se siente deseada por un hombre de éxito. Se trata de una unión por idealización. O sea, son “perfectos”. Sienten que ganaron la lotería. Y cada uno obtuvo su premio.

¿Cuál es el problema? Habla, memoria. El problema es evidente. Todos hemos vivido esta historia. La relación comienza con esta idea de la supuesta “perfección”. Pero, con el tiempo, ambos descubren que no son tan perfectos como aparentan. El hombre no es tan estable y maduro como su aparente éxito sugería. Y la mujer no es tan dulce y agradable como su belleza física proponía. De un momento a otro, el premio resultó ser un fraude. El proveedor no dio los productos y los servicios esperados. El hombre acabó siendo un patán y la mujer terminó siendo una histérica aprovechada. ¿La solución? La búsqueda de perfección en otra persona. Una nueva idealización. Iniciando, por supuesto, un nuevo ciclo de desilusión.

¿Qué es lo que realmente queremos de un compañero de vida? Un apoyo solidario. Fidelidad. Es decir, sustancia. ¿Elige hacer lo correcto pudiendo escoger lo más fácil? ¿Corrige sus errores? ¿Asume su responsabilidad? ¿Resuelve los problemas de manera constructiva? ¿Mantiene su calma durante las conversaciones difíciles? ¿Es justo y comprensivo? ¿Es valiente en la adversidad? ¿Es considerado con tus sentimientos? ¿Piensa en el bienestar mutuo? ¿Es generoso? ¿Es honesto? ¿Es sincero?  ¿Cumple sus promesas? ¿Su prioridad es la relación?

Una persona confiable quiere nuestro bien. Guarda nuestros secretos. No se aprovecha de nuestras vulnerabilidades. Es una persona cálida y dadivosa. No es una mascota para exhibir y pasear. No es un muñequito de torta. Es un ser humano que nos apoya en todo momento. Es un compañero codo a codo. Una alianza de imperfectos. La confianza es algo que se construye con pequeños actos de generosa bondad. La gran pregunta: ¿Es esa persona confiable? ¿Yo soy confiable?

Gustavo Godoy

sábado, 18 de diciembre de 2021

El narrador mentiroso

 


Aceptamos la realidad que se nos representa. Somos crédulos por naturaleza. El escepticismo viene después. La fe es nuestro modo por defecto. La duda no es lo primero que surge. Nacemos ingenuos y confiados. Así funcionamos. Palabras más, palabras menos, el mundo es un cuento. Todo es interpretación. Nuestra vida se construye de opiniones. Y las opiniones son, en gran medida, producto de la sugestión.  

La materia prima de la vida es el evento. Es su elemento más básico. Ahora bien, el evento evoca un pasado (memoria), un presente (reacción) y un posible futuro (expectativa). Cada evento contiene texto (apariencia), contexto (entorno) y subtexto (significado). Se trata de un cambio. ¿Qué es un cambio? Es perder algo para ganar algo más. El exceso del pasado nos lleva a la culpa. El exceso de presente nos lleva al miedo. Y el exceso de futuro nos lleva a la ansiedad. Nadie quiere perder por nada. Nos gustaría creer que la vida es una progresión constante hacia nuevos y mejores significados. 

 Sobre las transformaciones. De lo “malo” a lo “bueno'', nacen las emociones positivas. De lo “bueno” a lo “malo” nacen las emociones negativas. De lo “mixto” a lo “mixto”, nacen los finales irónicos y contradictorios. ¿Qué es lo “bueno”? ¿Qué es lo “malo”? Son ideas en nuestra mente. 

¿Quiénes somos? En la mayoría de los casos, somos una historia contada por los demás. Somos nuestras referencias. Primera escena de la película. Primera página del guion. La cámara es el narrador. El trabajo del director es presentarnos al héroe y crear una relación de empatía. El método más usado para crear empatía es mostrar su humanidad. ¿Humanidad? ¿Cómo? Podemos mostrar su vulnerabilidad. Se puede tratar de un simple acto de inocente torpeza. Una situación de profunda injusticia. Un generoso y desinteresado acto de bondad. O la búsqueda (obsesiva) de un sueño imposible. 

Hay otro método. Las audiencias comienzan a sentir empatía automática por el héroe cuando este es querido por su familia, amigos o alguien especial. Imaginemos a un gordito de 10 años sin los dos dientes frontales. Torpe al caminar. Y medio tartamudo (cuando se pone nervioso). En un orfanato. Acosado por sus compañeros. Enamorado de la niña más bonita de la escuela. Amante de las donas. Sueña con ser  médico para curar la enfermedad incurable de su mejor amigo. Y, finalmente, adorado por su banda. Tenemos, señores y señoras, un héroe empático. Es decir, nos importa lo que le sucede. Nos interesa el desenlace de su historia. ¿Qué pasará con nuestro gordito desdentado y bonachón? 

Otro camino para crear empatía es mostrar valor y capacidad. Me refiero al héroe competente. Obsesivo, valiente y trabajador. Esto es empatía por admiración. El talentoso chico malo. No es muy particularmente bueno o amable, pero tiene la fuerza para hacer el trabajo sucio. Se trata de un sujeto problemático, pero poderoso. Temido, respetado y odiado, pero un solucionador de problemas. Lo queremos de nuestro lado. En este caso, también nos importa el desenlace de esta historia.

La vida es un narrador mentiroso. A primera vista, las cosas son de una manera. Pero luego, nos damos cuenta que son de otra manera. Nada es lo que parece. Un día encuentras al amor de tu vida. Y al otro día te das cuenta que has estado durmiendo con el enemigo. ¡PAM! Esa revelación lo cambia todo. Cambia la narrativa. Cambia nuestra interpretación de nuestro mundo. Nueva información puede modificar nuestras suposiciones sobre el pasado. Durante un evento inesperado, podemos descubrir nuestro verdadero potencial. Y una oportunidad puede abrir el camino para un futuro distinto. El mundo dijo que eras pequeño e insignificante. Pero viviendo tu vida descubres que en realidad eres un gigante. La historia da un giro. El narrador nos ha mentido.  

La validación social, con frecuencia, es una trampa. La persona con el trofeo no es necesariamente la mejor. ¿Qué es la validación social después de todo? Es el reconocimiento de un círculo social determinado. Es un voto de popularidad. En muchos casos, el trofeo es simplemente un signo de buenas conexiones. Por ejemplo. El reconocimiento de una persona importante es el camino más rápido para obtener la validación de los demás. A Oprah le gusta mi libro. Mi libro se convierte en un éxito instantáneo. El hijo favorito de la autoridad familiar suele ser el predilecto de toda la familia. El chef más premiado cocina la comida más sabrosa del lugar. ¿Por qué? Porque la fama es un club de apoyo. 

El éxito requiere de amigos. En otras palabras, para ganar el Nobel hay que organizarse. Ahora nos preguntamos: ¿Qué ocurre con el poder del uno? Me refiero al lobo estepario que simplemente no tiene la capacidad, la energía o el deseo de sumergirse en las dinámicas sociales de validación. O sea, ¿qué pasó con la novela que no cumplió con los requerimientos exigidos por los organizadores del concurso? ¿Qué pasó con el autor no participó? Bueno, ese no gana. Ese no recibe el premio. 

Juzgamos a los demás por sus referencias. Tómanos dictados de los demás para formar nuestra opinión del mundo. Excelente actor. Es famoso. Ganó un Oscar. Pero eso es vivir la vida por reseña. Y la vida, queridos amigos, es una experiencia muy personal. Es un excelente actor. Vi su actuación. Y su interpretación me conmovió mucho. Sin filtros. Directamente. El yo y su circunstancia en el centro. Es la historia vivida. No la vida narrada por terceros. El narrador a sus mentiras. 

Gustavo Godoy 






miércoles, 15 de diciembre de 2021

Atracción y amor

 


La opción más simple para juzgar a un extraño es por su apariencia. La apariencia no lo dice todo. Sin embargo, dice mucho. No es un sistema perfecto. No siempre justo. Pero se usa por su efectiva rapidez. Hay demasiados extraños en el mundo y el tiempo es un recurso limitado. Se requiere algún tipo de sistema que nos permita funcionar socialmente y nos ahorre tiempo. En otras palabras, el juicio de apariencias es un comienzo. La apariencia, por supuesto, es un código que debemos interpretar. Lo que implica que se basa en símbolos. Y los símbolos son engañosos. Un símbolo nos puede unir, dividir o excluir. He aquí el gran detalle: No todo significa lo mismo para todas las personas. No todas las personas tienen los mismos valores. No todas manejan el mismo lenguaje de vida. Por esta razón, el gusto es bastante errático.
Ahora bien, en el mundo de hoy, la vigencia del sistema de apariencias es debatible. En ocasiones, da la impresión que todo es una gran malinterpretación. En fin, el mundo es cada vez más ambiguo. Es posible que el rompimiento de la universalidad y la fragmentación de la sociedad tengan la culpa. En el pasado, existía un ideal común y una jerarquía compartida. En consecuencia, existía lo bueno y lo malo. Todo era mucho más claro. Ahora todo es un poco más complicado. Lo bueno es el individuo y lo malo es lo distinto a ese individuo en particular. Es la época de lo arbitrariedad individual. El individuo escoge a capricho sus valores y sus símbolos. Hemos perdido el lenguaje común. Nada parece tener sentido. Todo es un enorme malentendido. Los narcisistas han conquistado el planeta. Por ende, el encuentro humano es cada vez más difícil.
Siempre supe que lo que la sociedad veía en mí no era mi verdadero ser. La sociedad te marca. ¿Campo o ciudad? ¿Caracas o Nueva York? ¿Queens o La Quinta Avenida? ¿El cuarto del conserje o el Pent-house? “¿De dónde eres?”: La pregunta denota un interés social más que uno geográfico.” ¿Qué haces?”: Obvio que no se trata únicamente de una pregunta profesional. ¿Médico? ¿Ingeniero? ¿Albañil? ¿CEO? ¿Indigente? ¿Ladrón? Quieren saber tu estatus mediante tu ocupación. La sociedad te mide y te ubica para asignarte un valor.
La atracción es una forma de admiración. Y la admiración, en muchos casos, nace de la validación social. Si eres deportista, seguramente admiras al ganador de muchas medallas de oro. Si eres músico, seguramente admiras al músico más premiado. Si eres empresario o comerciante, seguramente admiras a las personas con mucho dinero. Si eres una persona familiar, de pronto, admiras a las familias más felices. El éxito o el fracaso se mide en una escala. Bueno, requiere un valor, un lugar y un grupo. Contexto.
El estatus es una serie de asociaciones sociales. ¿Y el físico? El físico es un universo de símbolos. El físico es algo que leemos e interpretamos en cuestión de segundos. Vemos edad, género, genética, raza, salud, vestimenta, preferencias, gestos, etc. En fin, las personas son mundos. Y nos sentimos atraídos por los mundos que admiramos. Nuestros gustos revelan nuestros ideales. Ah, nuestro historial amoroso es una caja de Pandora en este sentido. Aquí debemos incluir todo. Nuestras conquistas pasajeras, nuestras antiguas parejas, los amores platónicos, las fantasías, los dolorosos rechazos, y, muy importante, los periodos de soledad.
Todo nos lleva al tema de la identidad. ¿Quiénes somos? Me refiero específicamente a las disonancias entre la apariencia y la esencia. Lo que los demás ven. Y lo que realmente somos por dentro. Si la brecha es muy grande, esto aumenta las posibilidades de ser incomprendidos. Es la ruptura del símbolo y el significado. Lo que, sin lugar a dudas, complica nuestras relaciones con los demás. La apariencia es lo que atrae. La esencia es lo que enamora. Muchas relaciones comienzan por apariencia y terminan por esencia. Mejor dicho, se descubre el fraude y la unión muere por decepción. Quien te rechaza al principio te hace un favor.
El mejor partido no siempre es el mejor compañero. ¿Por qué? Porque el éxito o el físico no siempre es un reflejo del carácter. Nuestra esencia. La esencia no es una circunstancia social. La esencia es una constante muy personal. El carácter se revela con la convivencia. Y se desarrolla en la intimidad. Significa permiso de ser imperfecto. Significa respeto, paciencia, generosidad y tolerancia. Y eso se demuestra con acciones y decisiones concretas. Se demuestra cuando la opción más fácil es el egoísmo. Las apariencias no cuidan el alma. Seducen el ego, pero no nutren. Amar una apariencia es un desperdicio. Se ama para crecer. No para ostentar. Se ama con la esencia.
Gustavo Godoy


sábado, 20 de noviembre de 2021

Reflexiones de un niño grande


 


Pasan los años y la adolescencia no acaba. Sí, me estoy volviendo viejo. Por fuera. Pero, por dentro, me siento chico. A pesar de los años, mi alma siempre tiene la misma edad. Soy un chico grande viviendo en un bucle eterno de juventud perpetua. Sueño con una vida adulta. Pero, para bien o para mal, no logro superar mi inmadurez. No me quiero casar. No quiero tener hijos. No quiero trabajar. Bueno, sí me gusta trabajar. Lo que ocurre es que disfruto mi trabajo. De lo contrario, tampoco habría querido trabajar. En una oportunidad, se me ocurrió adoptar una planta. Una bromelia con una flor rosa. Pese a un breve periodo de intensa dedicación, la bromelia murió de olvido. Correcto. Sufro de narcisismo. Al parecer, todo existe para darme placer. ¿Puede semejante ser tener una vida normal y civilizada? ¿Puede un ser tan primitivo e infantiloide criar otro ser humano con cierto nivel de decencia? No, no lo creo. 


Me temo que soy una de esas personas que aún sueña con ser astronauta. Por alguna extraña razón, cambiar pañales a las tres de la mañana no es mi idea de la felicidad. Si algo complica mi vida, lo elimino. “Un hombre que me represente”. “Guapo”. “Financieramente estable”. “Educado”. “Caballero”. “Con aspiraciones”. “Trabajador”. “De buena familia”. “Alguien que me valore”. “Esta urbanización tiene un lindo parque para los niños”. “Me encanta Miami en Navidad”.  Por supuesto. Me refiero a la lista. Una lista que convierte  una salida del viernes por la noche en una entrevista de trabajo. La gran pregunta: ¿Me interesa el trabajo? Debo reconocer que, por mucho que hago cálculos, los números simplemente no me cuadran. Se trata de un puesto repleto de responsabilidades y obligaciones. Y, francamente, no sé si los beneficios compensan la carga. En otras palabras, la vida familiar es terriblemente costosa (dinero, tiempo, energía). ¿Me conviene el negocio? Todavía lo estoy pensando. 


¿Cómo se llama mi enfermedad? Miedo al compromiso. Fracaso sentimental. Irresponsabilidad crónica. Invisibilidad para las féminas. Incapacidad de quemar etapas. Superarla, por favor. Evasión del curso natural de las cosas. Síndrome de Peter Pan. No lo sé. Seguramente, todo lo anterior, en una combinación bastante peculiar. Piénsalo y, seguro, lo tengo. Lo que tenemos en nuestras manos es ciertamente una situación bastante atípica: El niño grande que se rehúsa a crecer. No sé la ética, la sensatez o biología del asunto. Pero, sin lugar a dudas, estamos hablando de una verdadera experiencia humana. Soy un adicto a mi vida. 


El problema es que la adultez es una excelente época para tener una infancia. El niño no es independiente. Todo es prohibición y limitación. Tenemos tutores en todo momento. De hecho, la infancia no es tan ideal como pensamos. Los niños saben esto. ¿Cuál es el deseo de un niño? Crecer. No es secreto. El deseo de un niño es ser un adulto. ¿Por qué? Por la libertad. Los adultos pueden hacer y deshacer a placer. 


Se supone que todos debemos cumplir con un libreto. Muchos son brillantes con el papel. Mis respetos y mi admiración para estas excepcionales personas. Otros, sin embargo, somos un auténtico desastre en eso de la normalidad. Somos de lo peor con lo convencional. No hay nada heroico o particularmente noble con nuestra incapacidad de adaptación. Es, simplemente, eso: Incapacidad de adaptación. El mundo y sus maneras. No es nada fácil la vida social. Siento que la única solución feliz en este meollo es la aceptación total de nuestra condición singular. 


Vivir la vida con los ojos de un niño. ¿Qué significa? El disfrute de las cosas simples. Una búsqueda constante por la gran experiencia. La tranquila sencillez de una vida sin ataduras. No es una vida para todos, pero es la vida de algunos. No es una vida perfecta. Pero es una vida. No siempre es cálida. Y, a veces, la soledad es demasiada. Pero debo confesar que sí tiene su encanto eso de ser un arrogante niño grande. El adolescente carece de muchas cosas. No obstante, es rico en sueños y esperanzas. 



Gustavo Godoy





martes, 9 de noviembre de 2021

El amor propio



La diferencia entre el “amor propio” y el narcisismo es ciertamente bastante sutil. Las personas más egoístas del mundo usan con frecuencia la carta del “amor propio” para salirse con la suya. “Yo soy así”. “No me siento feliz”. “Necesito mi espacio”. “Merezco más”. Todo suena muy noble y poético. Pero, en muchos casos, se trata de un narcisista más que no soporta dejar de ser el centro del universo. Amor propio mis cojones. 


“Amor propio” ¿De dónde viene esa frase? Entre las religiones tradicionales, el amor a Dios ocupa un rol mucho más preponderante. Obvio. O sea, el amor propio no es muy bíblico que digamos ¿Qué tal los filósofos? En Grecia y Roma, las opiniones son mixtas. Pero se podría decir que el amor a la ciudad (Grecia) y el amor a la patria (Roma) se llevan el premio. Curiosamente, el fenómeno del amor propio es algo relativamente nuevo. Ha prosperado particularmente en culturas individualistas. Los libros de autoayuda, los hippies, el feminismo, las marchas del orgullo y el movimiento Nueva Era, sin lugar a dudas, han contribuido bastante en la promoción de esta moda. ¡Amate! O sea, manda a los demás al carajo. Lo que no es necesariamente malo. Porque ciertamente nuestra vida está plagada de idiotas. 


El “amor propio” es un tema recurrente en las historias de amor. Especialmente, en las comedias románticas (cine y televisión), el asunto se aborda constantemente. Hablemos de Hollywood. Todo empieza con un enredo y un malentendido. Las cosas se complican, pero, con el tiempo, los protagonistas comprenden que están hechos el uno para el otro. El amor es paciencia y comprensión nace de las novelas de Jane Austen. De Orgullo y Prejuicio en especial. Dentro de las comedias de este estilo, tenemos casi todas las películas de Meg Ryan, El diario de Bridget Jones,y Mujer Bonita. Ejemplos. 


Ahora bien, dentro de este mismo género también existe otra temática fundamental:” Para encontrar el amor verdadero, primero hay que tener amor propio”. Estas historias normalmente comienzan con una devastadora ruptura. La meta, en un principio, es reconquistar el amor perdido de la expareja ingrata. Finalmente, el protagonista se da cuenta que su ex nunca lo valoró y lo desecha. Su autoestima elevada le da el valor necesario para vencer los patrones tóxicos de su vieja vida. Esta realización le permite comenzar una nueva historia de amor. Esta vez, con su “amigo”, que sí la valora, pero ella no se daba cuenta debido a su pasada ceguera. De esta familia, tenemos al Diablo se viste de Prada, Comer, Rezar, Amar, y ¿Cómo sobrevivir a mi ex? (Forgetting Sarah Marshall). Estas comedias se mueven, más o menos, en este sentido. 


“Mejor solo que mal acompañado”. Algo así va todo esto del amor propio. La persona empoderada, rica en amor propio, busca pareja del mismo modo que hace sus compras en el supermercado. O sea, con una lista. Lo que busca es el mejor partido posible. Esto, por lo general, significa una serie de atributos físicos y sociales determinados. Alguien “especial”. En otras palabras, “estatus”. Normalmente, no es un compañero lo que se busca. En muchos casos, es un trofeo, un cajero automático, y un juguete sexual. 


Mucho ruido. Pocas nueces. Hagamos un resumen. ¿Qué es el amor propio? No es estar solo. No es enviar a todos al carajo. No es ser egoísta. No es hacer lo que nos da la gana. Bueno, no necesariamente. Yo diría que el “amor propio” es sentir que somos valiosos. Muy abstracto. “Amor propio” en el contexto de las relaciones humanas (románticas o no) se podría reducir a lo siguiente: Somos una excelente compañía. Exactamente. Mejor dicho, nuestra compañía enriquece la vida de las personas. Así de sencillo. 


No somos Brad Pitt o el príncipe Guillermo de Cambridge. Pero somos la mejor persona que conocemos. Nuestra compañía no es solo grata. Nuestra compañía es un privilegio. Sencillo. Estar con nosotros es fantástico. ¿Por qué? La calidad humana de nuestro ser. El amor propio no es una frase de moda. No es ser un patán. Es un proyecto de vida.


Gustavo Godoy

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mi disposición natural a la pereza




Es probable que mi pereza provenga de mi pesimismo. Después de todo, la pereza es una forma de desesperanza. Exactamente. Me refiero al fatalismo. El fatalismo es la idea de que el destino es inevitable. Las acciones no cambian las cosas. Todo da igual. Lo que significa naturalmente que, en la mente del perezoso, el reposo es la opción más inteligente. Si el esfuerzo no conlleva a un beneficio, lo mejor es conservar la energía. Acción sin ganancia es una verdadera pérdida de tiempo. El desinterés es el alimento del perezoso. Sacrificarse por nada simplemente no vale la pena. 


La “hibernación”, ciertamente, es un estado de reposo prolongado utilizado por algunos animales durante meses de escasez extrema. Esto normalmente ocurre en invierno. La actividad metabólica decrece significativamente para economizar energía. ¿Por qué tanta pereza? En medio de un entorno hostil, a diferencia del perezoso, el diligente intensifica su labor. El problema es que las condiciones no están dadas. De hecho, tanta energía malgastada es un riesgo de muerte. Se podría decir que una acción de este tipo no es diligencia o industria. Es locura. 


Todo ser humano es un comerciante nato. Es una máquina que calcula. ¿Qué calcula? Bueno, el costo y el beneficio de cada esfuerzo. Es decir, entiende perfectamente que su atención es lo más valioso que tiene y no la puede desperdiciar en tonterías. Desde muy tierna edad, debe administrar sabiamente sus recursos. Entonces, le aplica energía a lo que implica una mejoría. Le niega energía a lo que implica un desgaste. 


Hay pereza por incapacidad. Y hay pereza por falta de motivación. En la práctica, sin embargo, todo se entrelaza y se diluye en un mismo mazacote. Palabras más, palabras menos, lo que tenemos es una relación individuo-contexto de poca productividad. O sea, no se le ve el queso a la tostada. Una actividad se evita cuando… Uno. La actividad es muy aburrida y el premio no es lo suficientemente atractivo como para que valga el esfuerzo. Dos. Tenemos mejores opciones  a nuestra disposición. 


Ahora bien, el capricho ajeno es el principal promotor de la pereza en todo el mundo. Es decir, la imposición del otro. Estamos hablando de la persona, norma, idea o ente que nos dicta una conducta en contra de nuestra voluntad. La obediencia que beneficia al otro y nos consume a nosotros. En este caso, la pereza es un acto de desobediencia civil. Los padres, los empleadores, y las burocracias en general siempre se quejan de la pereza en los demás. Pero, ¿qué tan insensato es preferir pasar tiempo con la novia a limpiar el cuarto y hacer la tarea? ¿Qué experiencia te dará más satisfacción? 


Un niño puede aprender más del juego y del ocio que de la arbitrariedad escolar o doméstica. El niño, por haber nacido todo un calculador de intereses, intuye esto de manera instintiva. Por ende, su disposición a la pereza es simplemente una aspiración de libertad. La terquedad de los demás da pereza y desconfianza. La promesa es un cebo muy utilizado por los que exigen obediencia. Con demasiada frecuencia, se trata, por supuesto, de falsas promesas. En otras palabras, en el gran ajedrez del poder, el engaño suele ser el arma más usada. Entonces, detrás de todo perezoso yace un escéptico desconfiado con ideas bastante fatalistas sobre la realidad social. 


Claro que “perezoso” es una etiqueta utilizada normalmente para describir al otro. De hecho, pocos son los que se autodenominan como “perezosos” en lo personal. ¿Por qué? Bueno, porque la inactividad total es imposible. Sencillo. La gente siempre está haciendo algo. Lo que ocurre es que el común de las personas busca hacer las cosas que disfruta y evita las cosas que le generan tedio. Más allá de eso, todos estamos dispuestos a sacrificarnos por un bien mayor. Nadie es perezoso con sus pasiones. Mejor dicho, la ilusión es el remedio de la pereza. 


La oportunidad es el impulso que nos mueve de nuestro asiento. La posibilidad de ser más. La visión de una mejor vida. La alegría de la plenitud. La libertad de poder. Y el amor por lo que se hace. El destino no tiene que ser fatal. No existe el futuro final. Sí se puede. El detalle es que el perezoso sufre de indiferencia hacia determinados objetivos. Pero nunca es indiferente del todo. Mi disposición natural a la pereza es una consecuencia de mi amor por mis aficiones. Padezco de obsesiones. Lo que me hace descuidar otras ocupaciones. 


Gustavo Godoy

sábado, 4 de septiembre de 2021

El héroe y su archienemigo


El héroe y su archienemigo Todo héroe necesita un villano. En muchos sentidos, el héroe es definido por el villano que combate. Lo que, naturalmente, implica que la elección de un villano es de vital importancia. En otras palabras, uno no puede pelearse con cualquiera. La grandeza del protagonista va en directa proporción al tamaño de su antagonista. El antagonista debe ser igual o superior al protagonista. De lo contrario, no se genera la presión suficiente para el crecimiento. El cambio exige un desafío. Es el enfrentamiento de las fuerzas opuestas lo que permite la evolución personal. Sin conflicto, no hay historia. Sin dolor, no hay renacer. La adversidad es el destino del héroe que busca realizar su verdadero potencial. ¿Qué significa todo esto? Por un lado, significa que la pasividad es la derrota del alma. Y, por el otro, significa que las capacidades se desarrollan con la práctica. El enfoque nos lleva a la devoción total a una meta perfectamente definida. La sencillez de una única obsesión. Se requiere valor, trabajo duro e ingenio. Pero la motivación de todo es la conquista de lo imposible. Lo que aspiramos es la gloria. Es decir, la superación de uno mismo. El mundo es una lucha de voluntades. Todo avance genera una resistencia. Para el lector ingenuo, todas estas metáforas podrían parecer en exceso belicosas. ¿No es la meta de la paz y la satisfacción? ¿Villanos? “Yo no tengo enemigos”, dice la persona amable. Bueno, me temo que la vida está llena de pequeños y grandes conflictos. Así es la existencia. No hay opción. Lo que no lucha muere. La quietud es decadencia. El éxito es una construcción. La vida se edifica superando obstáculos. Vivir es desear lo que aún no existe. Las luchas de fuerzas crean los procesos que llamamos universo. En un principio, la vida, en su forma más elemental, es un conflicto físico. La necesidad es el enemigo. El clima, la naturaleza, las enfermedades, el hambre, la sed, la falta de aire, las leyes de la física, los animales y los objetos son un gran peligro o pueden convertirse en un gran peligro. Se requiere de bastante suerte y mucha destreza para llegar a viejo. En el cine, el conflicto físico se desarrolla muy bien, porque el mundo físico ofrece un gran espectáculo visual. Ciertamente, ver en la pantalla grande a un personaje como Superman desafiando a las leyes de la física es ciertamente todo un espectáculo. Una novela sobre Superman seguramente no sería muy popular. Curiosamente, lo físico se vence con técnica. Y, en esta época técnicamente avanzada, el conflicto físico resulta interesante únicamente, si se sobredimensiona. Entonces, tenemos al Superhéroe deteniendo al meteorito o salvando al avión de la tormenta. En el mundo de hoy, el gran conflicto es social. El enemigo natural del ser humano es el otro ser humano. En estos casos, el villano es una persona muy parecida al héroe, pero con propósitos irreconciliables. Lo que normalmente se busca es la dignidad del ser, comprometida debido a los juegos de poder. En la televisión, en la radio y en el teatro, el diálogo permite un profundo desarrollo del conflicto social. Ahora bien, más allá de lo físico y social, tenemos lo psicológico. Me refiero al enemigo interno. El verdadero y auténtico archienemigo del hombre. Nosotros mismos somos el principal obstáculo de nuestra propia autorrealización. En particular, nuestra equivocada manera de pensar. Aquí estoy hablando, por supuesto, del viejo y siempre presente –no se puede-. Hay que creer, de manera ciega y delirante, que lo imposible es posible. El hombre racional piensa que es imposible conquistar una montaña. Algo que no es del todo insensato. Después de todo, el tamaño del hombre es prácticamente nada en comparación a una montaña. Pero el héroe obstinado no escucha razones. Entonces, emprender el alocado viaje de conquistar la montaña un paso a la vez. Su paso mide unos pocos centímetros. Pero su terquedad es infinita. Hace lo mismo una y otra vez como un loco de manicomio. De pronto, se encuentra a un paso de la cima. Hizo posible lo imposible con una pisada. Vivir una vida es imposible. Pero podemos vivir el siguiente minuto. Escribir un libro es imposible. Pero podemos escribir una oración de unas pocas palabras. Enamorarse es imposible. Pero podemos tomarnos un café y conversar un rato. No podemos hacerlo todo. Pero, definitivamente, podemos hacer algo. De gota en gota, obtenemos un mar. Pereza, impaciente o error. Los enemigos a vencer son muchos. Pero la misión del héroe es luchar.


Gustavo Godoy

viernes, 27 de agosto de 2021

La verdad de las palabras



El texto por sí solo no revela el significado de las palabras. El texto es tan solo una superficie. Las palabras no siempre son el mensaje. Más importante que el texto es el subtexto. Porque, tanto en el arte como en la vida, lo que cuenta es la demostración. La vida es mejor vivirla como un teatro de mimos. Sin palabras, tendríamos que dramatizar nuestros sentimientos. Tendríamos que comunicarnos con gestos, detalles y acciones. Habría que representar nuestra relación con el mundo como si se tratara de un arte escénico. No es lo que digo. Es lo que hago. Son las acciones las que nos definen. 


El lenguaje es engañoso. Las palabras no siempre significan lo que significan. Porque existe algo llamado ironía. La palabra “nada” significa la ausencia de todo. Pero si nuestra pareja dice que no le pasa “nada” con clara expresión de enojo, obviamente, en ese contexto, la palabra “nada” no significa “nada”. En realidad, aquí “nada” significa “de todo”. El texto es “nada”, pero el subtexto es “todo”. Se podría decir que, si un texto dista mucho de su significado formal, estamos ante un texto rico en subtexto. Lo que implica que la palabra tiene múltiples dimensiones. Es decir, los actores no están hablando por sus narices. Y hay que ver más allá de lo evidente. Las comunicaciones más ricas son las que se descifran leyendo entre líneas. El texto es forma. El subtexto es intención. 


Hablamos por un momento de la palabra “gracias”. ¿Qué significa? Por lo general, es algo que comúnmente decimos cuando alguien hace algo por nosotros. Nos sentimos agradecidos por la deferencia. Digamos que es una expresión de aprecio hacia una persona que nos ha hecho un bien. Pero la palabra “gracias” también puede significar “aléjate de mí”. Si alguien nos ofrece un servicio no deseado podemos batir la cabeza y decir “gracias” como una forma de negación. En un instante, entenderán el mensaje. La palabra “gracias” también puede significar decepción. Después de un evento desafortunado, podemos decir “gracias” de modo irónico, sabiendo perfectamente que es una queja y no una expresión de satisfacción. Estamos retrasados para una cita importante y se produce un accidente en la vía. Se forma un tráfico gigantesco y, para colmo de males, comienza a llover. ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias a la vida que me ha dado tanto! En fin, el lenguaje no siempre es textual. 


Hablemos ahora de la palabra “amor”. “Te amo”, dice el joven ingenuo. “Gracias”, dice la muchacha. He aquí la historia de un amor no correspondido. Ese - te amo- seguramente se podría traducir como: Eres muy bonita y me gustaría conocerte más a fondo (sexo). Y ese –gracias- seguramente significa: aléjate de mí, perdedor, tengo pretendientes mejores. Esta breve escena es bastante simple en cuanto a su texto, pero bastante profunda en cuanto a su subtexto. Muy poco sucede en la superficie, pero en el subsuelo hay rayos y centellas.

 

El amor es acción, no sentimiento. Un –te amo- verdadero es en realidad un -te estoy cuidando-. Más acción que palabra. ¿Cómo podría demostrar el amor un mimo? ¿Cómo agradecería un mimo? ¿Recuerdan las historias de amor en el cine mudo? El acto de pronunciar palabras es sencillo. Lo difícil es plasmar la palabra en acción. El texto lo pronuncia cualquiera. Pero el texto revela su auténtico significado en el contexto de las acciones. 


Somos las decisiones que tomamos. Lo que hacemos.  ¿Aprecias a alguien? ¿Quieres a alguien? ¿Se lo dijiste o se lo demostraste? ¿Qué acción acompañó ese texto? En la Grecia Antigua, una persona se dirige a la casa de Demóstenes. “Estoy muy molesto”, le dijo el hombre en tono pausado. “No, no estás molesto en lo absoluto”, le respondió Demóstenes. “¿Qué?” “¿Cómo vas a decir eso?”, afirma indignado el hombre esta vez visiblemente bastante molesto. “Ah, ahora sí hablas como un hombre molesto”, recalcó Demóstenes. 


Lo que decimos normalmente proviene de nuestra mente consciente. Sin embargo, nuestros gestos, nuestras reacciones, y nuestras acciones concretas son más reveladores, porque suelen ser más sinceras. Los pequeños detalles suelen ser más elocuentes a la hora de describir la realidad, porque las palabras son baratas. Solo las palabras acompañadas de acción son palabras creíbles. ¿Agradecido? ¿Qué has hecho para hacer su vida más feliz? ¿Amas? ¿De qué manera estás cuidando a esa persona? ¿Cometiste un error? ¿Cómo estás enmendando la falta? ¿Tienes un sueño? ¿Qué pasos están dando hacia ese sueño? ¿Eres puro texto? ¿O tu vida tiene contenido?



Gustavo Godoy


Autodisciplina

 












domingo, 1 de agosto de 2021

Misión imposible. Una vida de película.

 



El fracaso es el infierno del hombre moderno. Ser tildado de “fracasado” es la peor de las condenas en un mundo de comparaciones. Nadie quiere ser un fracasado, porque todos evitan su compañía. Es un camino muy solitario y repleto de decepciones. Nadie lo quiere. Todos queremos obtener el éxito, porque el éxito es alabado por los demás. Es una validación. Todos queremos ganar, porque perder es demasiado común. Todos queremos sentirnos un éxito, porque el exitoso lo tiene todo. Pero, ¿qué es el éxito? ¿Para qué sirve? ¿Por qué es una meta tan deseada? 

En un principio, el éxito es lograr el primer puesto en una carrera. Es decir, el éxito es ganar la medalla de oro. En la práctica, sin embargo, el éxito es una estación mucho más ambigua e impermanente. En muchos sentidos, el éxito es una reputación. Una reputación que se construye con asociaciones y símbolos relevantes para un grupo social determinado. El éxito, entonces, es básicamente estética y geografía. 

¿Y el talento? ¿Y el trabajo duro? Me temo que no es un requisito necesario. El éxito no es una habilidad técnica. El éxito es estatus social. La forma y el lugar son más importantes que la capacidad. En otras palabras, el éxito sin validación social no es éxito. Supongamos que el mejor violinista del mundo, vestido de indigente, comienza a tocar su música en la calle. Más de uno va a subestimar su talento basándose en el contexto. Ahora supongamos que el mismo violinista toca la misma música en el Carnegie Hall de Nueva York. Más uno va a sobrestimar su talento basándose también en el contexto. En fin, el éxito es una forma de reputación. Depende mucho de la forma y el lugar. El talento, nos guste o no, es secundario en importancia. 

Un día, vamos a comprar un regalo de cumpleaños para un ser querido en una prestigiosa tienda de relojes de lujo. En la tienda, tenemos dos relojes en la exhibición. Ambos son muy parecidos en precio y aspecto. Y el tendero nos informa que la calidad es equivalente. Uno es fabricado en Suiza y el otro es fabricado en Somalia. ¿Cuál de los relojes escogería la persona promedio? 

El genio incomprendido fracasa con frecuencia por una incapacidad social. Es posible que se encuentre en un ambiente insensible a sus talentos o tenga serios problemas de comunicación. En ambos casos, carece de conexiones. O sea, carece de una red de apoyo. Está demasiado solo. El éxito es un lenguaje y un espacio. En consecuencia, el fracasado simplemente está en el lugar equivocado y hablando el idioma que no es. El fracaso es una forma de aislamiento. 

Ahora bien, hablamos del fracaso a un nivel más fundamental. Tenemos un deseo. Hacemos un plan para lograr lo deseado. Y, luego, después de mucho esfuerzo, fracasamos dramáticamente, porque el obstáculo resulta ser más grande de lo anticipado. Aquí tenemos la historia más esencial de todas: El hombre y su batalla contra el destino.

El efecto dramático de esta historia tan universal yace en la distancia entre la expectativa y el resultado. Deseamos algo con todo el corazón, pero las fuerzas antagónicas son demasiado grandes. El fracaso es lo ordinario para las personas con metas muy grandes. Las personas racionales normalmente se plantean metas alcanzables, porque es lo más razonable de hacer. Una historia extraordinaria es esencialmente irracional.

Los personajes muy sensatos no tienen acabado en la literatura o en el cine. La ficción necesita de grandes y imprácticas pasiones. Locos obsesionados dispuestos a arriesgarlo todo por un sueño imposible. Analizamos un deseo cotidiano a modo de ejemplo: Entrar a nuestra casa. En un día normal, todo marcha según lo esperado. Llegamos a nuestra casa y abrimos la puerta con la llave sin mayores inconvenientes. Es decir, nuestras expectativas se cumplen a la perfección. Obtenemos éxito, pero aquí no hay historia. En efecto, no hay nada que contar de verdadero interés. Tendremos una historia en la presencia de un conflicto. ¿Qué pasaría si la llave se rompe y no podemos entrar? Tenemos una historia, porque la normalidad se interrumpe. 

Un personaje sensato llamaría a un cerrajero para solventar el problema. El cerrajero llegaría, solventaría el problema y cobraría por su trabajo. No se perdería mucho. Un poco de tiempo y dinero, pero nada del otro mundo. Esa es la solución sensata. Técnicamente, tenemos una historia. Cierto que tendríamos algo que contar. Pero bien sabemos que no sería una historia muy interesante. Un personaje insensato, por otro lado, no llamaría a un cerrajero. Se subiría al techo y arriesgaría su vida tratando de entrar por la ventana del tercer piso. Se cae en la casa de al lado. Toma la moto de su vecino sin permiso. Y se estrella a toda velocidad derribando la puerta de entrada de su casa. Luego, ya adentro, en medio de la sala con un brazo roto, mira hacia la cocina y se da cuenta que la puerta del jardín estaba abierta. Resulta ser que había gente en la casa. Lo único que tenía que hacer para entrar era tocar el timbre. Aquí tenemos una historia.

La estructura clásica de una historia es: deseo, plan, fracaso, nuevo plan, nuevo fracaso. La clave de una buena historia es añadir un nivel superior de riesgo e insensatez a cada nuevo plan. La obsesión por un deseo y nuestra disposición a sacrificarnos por él no es una garantía de éxito en lo absoluto. Si la meta es el éxito, lo más inteligente es seguir el camino más sensato. Si nos planteamos expectativas sensatas, con un esfuerzo moderado, obtendremos seguramente el resultado esperado. El insensato no busca el éxito en realidad. El insensato simplemente persigue su pasión con toda su alma. Lo arriesga todo por un deseo. Se enfrenta a su destino con total imprudencia. No escucha razones. Vive con el corazón. Es probable que nunca alcance el éxito. Pero, sin lugar a dudas, tendrá una vida de película. 

Gustavo Godoy