sábado, 12 de julio de 2025

Sartre y la Naturaleza Humana: ¿Una Idea Fuera de Moda?

 



En el corazón de muchos debates contemporáneos sobre la identidad, la libertad y el propósito humano, subyace una pregunta fundamental: ¿existe una naturaleza humana? Es decir, ¿hay un conjunto de características innatas, universales e inmutables que nos definen como especie, más allá de nuestra cultura o educación?

Hoy en día, la respuesta predominante en ciertos círculos intelectuales y culturales tiende a ser "no". Se argumenta que somos seres maleables, que nuestra identidad es una construcción social, y que somos libres de definirnos a nosotros mismos sin límites preestablecidos. Esta idea, aunque a menudo se presenta como una verdad evidente, tiene un origen filosófico muy específico y una influencia que quizás no siempre reconocemos: la del francés Jean-Paul Sartre.

Sin lugar a dudas, la muy popular filosofía de Sartre ha moldeado nuestra forma de pensar sobre la naturaleza humana. Ahora, si bien su visión fue revolucionaria, se construyó sobre una radicalización de ideas abstractas. Al ser meramente especulativa y carecer de una observación objetiva de la realidad, su teoría, en su afán por defender la libertad, terminó por ignorar aspectos fundamentales de nuestra existencia, como la biología y las complejas estructuras que determinan nuestro entorno.

Jean-Paul Sartre, figura cumbre del existencialismo francés del siglo XX, proclamó una de las frases más influyentes de la filosofía moderna: "La existencia precede a la esencia". Para entenderlo, pensemos en un objeto, como una silla. Una silla tiene una "esencia" (su propósito, su diseño) antes de que exista físicamente. El carpintero la concibe antes de construirla.

Sartre argumentó que, para los seres humanos, esto es al revés. No nacemos con un propósito o una naturaleza predefinida por un creador o por la biología. Primero, simplemente existimos. Y una vez que estamos en el mundo, somos nosotros quienes, a través de nuestras elecciones y acciones, creamos nuestra propia "esencia". Estamos "condenados a ser libres", lo que implica una responsabilidad abrumadora por todo lo que somos y hacemos.

Esta idea resonó profundamente en una Europa de posguerra, marcada por la opresión y la necesidad de reconstruir el sentido de la vida. Ofreció una poderosa justificación para la libertad individual y el compromiso político. Si no hay una naturaleza humana fija, entonces no hay excusa para la inacción o la sumisión.

Para comprender mejor la visión de Sartre, es útil ver de dónde extrajo sus ideas. Sartre se nutrió de la fenomenología de Edmund Husserl y de la filosofía de Martin Heidegger. De Husserl tomó la idea de que la conciencia no es una "cosa" con un contenido fijo, sino una actividad que siempre se dirige hacia algo. De Heidegger, la noción de que la existencia humana (el Dasein) no tiene una esencia predeterminada, sino que es un "ser-en-el-mundo" que se define a sí mismo.

Sartre radicalizó estas ideas. Si la conciencia no es una "cosa", entonces es una "nada" pura, un vacío de posibilidades. Si no hay esencia, la libertad es absoluta. 

Se puede argumentar que la filosofía de Sartre, aunque intelectualmente sofisticada, estuvo fuertemente motivada por un impulso político y ético: la necesidad de afirmar la libertad y la responsabilidad frente a la tiranía y el determinismo. En su afán por liberar al ser humano de cualquier atadura, Sartre construyó una visión de la libertad tan radical que, paradójicamente, se volvió abstracta y, en ciertos aspectos, desconectada de la realidad empírica.

La biología moderna, la genética y la psicología evolutiva sí nos muestran que los seres humanos compartimos un conjunto de predisposiciones, necesidades y patrones de comportamiento que son universales. Desde la necesidad de alimento y refugio hasta la capacidad de sentir emociones básicas (alegría, tristeza, miedo), pasando por la tendencia a formar lazos sociales y a desarrollar el lenguaje, hay elementos que trascienden las diferencias culturales. Sartre, al centrarse en la "nada" de la conciencia, parece dejar de lado estas realidades biológicas que, de hecho, limitan y dan forma a nuestra existencia.

Si bien la idea de una naturaleza humana ha sido utilizada históricamente para justificar jerarquías o limitaciones, no reconocerla en absoluto nos lleva a otros problemas. Argumentar a favor de una naturaleza humana no significa caer en un determinismo rígido, sino reconocer que existen ciertos universales humanos.

Estos universales pueden manifestarse de diversas maneras culturales, pero la capacidad subyacente (por ejemplo, la capacidad para el lenguaje, la moralidad, la socialización) parece ser inherente a nuestra especie. Ignorar estos fundamentos nos impide comprender plenamente por qué los humanos, a pesar de sus diferencias, comparten tantas similitudes en sus estructuras sociales, sus emociones y sus aspiraciones.

Si bien la influencia de Sartre en la intelectualidad actual es innegable, su énfasis en la libertad y la responsabilidad ha calado particularmente en la izquierda. Esta visión ha empoderado a muchas personas y ha impulsado importantes movimientos sociales.

Sin embargo, al radicalizar la idea de la libertad y al minimizar el papel de la “naturaleza” en la formación del ser humano, su filosofía ha contribuido a una perspectiva que, en su afán por la absoluta indeterminación, puede ignorar la riqueza y complejidad de nuestra realidad.

De pronto, es hora de reabrir el debate sobre la naturaleza humana, no para volver a viejos dogmas, sino para buscar un equilibrio. Un equilibrio que reconozca tanto nuestra innegable capacidad de elección y auto-creación como las realidades objetivas y universales que nos unen y nos dan forma como seres humanos. Solo así podremos tener una comprensión más completa y matizada de quiénes somos.


Gustavo Godoy


domingo, 25 de mayo de 2025

El mito del lector sabio

 



La lectura, no cabe duda, goza de un gran prestigio. Pero, al mismo tiempo, muchas personas la consideran una actividad aburrida, que consume mucho tiempo y no es particularmente útil. De hecho, últimamente, leer se ha vuelto una obligación tediosa que algunos cumplen, mientras el resto debería cumplir, pero no lo hace. En efecto, una de las quejas más comunes es que "la gente ya no lee", como si fuera una falla moral de nuestro tiempo. Y los puritanos de la lectura no dudan en sermonear con frecuencia: "¡Hay que leer!". Esta dinámica, sin lugar a dudas, es curiosa.

Por otro lado, muchos de los que sí leen tienden a romantizar la actividad como algo mágico y todopoderoso. Nos encontramos con frases como "quien lee, conoce mil vidas", “La lectura me salvó”, o "leer es la mejor forma de viajar sin moverte de casa". En la actualidad, la lectura se ve atrapada entre dos extremos: el menosprecio indiferente, por un lado, y la idolatría extrema, por el otro.

Ahora bien, una de las principales limitaciones de la lectura es su capacidad para estimular y reforzar nuestra subjetividad. Cuando leemos, el conocimiento no se absorbe de forma pasiva ni neutra. Cada palabra, cada idea, es filtrada a través de nuestras propias experiencias, creencias, prejuicios y emociones. Este proceso, si bien es enriquecedor por su potencial para la reflexión, también nos expone al riesgo de crear una "falsa sabiduría".

Al leer la palabra 'silla', nuestra mente evoca una imagen basada en nuestras propias vivencias. No obstante, esa silla que imaginamos no es necesariamente la misma que concibió el autor. A pesar de esta diferencia, tendemos a creer, de forma consciente o no, que existe una conexión íntima y directa entre nosotros y el autor. Error.

Leyendo mucho, podemos llegar a la conclusión de que hemos adquirido un conocimiento profundo, cuando en realidad lo que hemos hecho es repletarlo con nuestros propios sesgos y limitaciones. Asumimos que lo que leemos es la verdad absoluta o la única perspectiva válida, olvidando que la interpretación es siempre un acto personal. El peligro radica en que esta "sabiduría" autoproclamada nos aísla, impidiéndonos ver otras realidades o cuestionar nuestras propias suposiciones. ¿Recordemos el Quijote?

Es fundamental recordar que la escritura es una invención humana. No es una representación inherente de la realidad, sino un sistema simbólico que creamos para representar el mundo. Como toda invención, tiene sus límites.

La escritura como canal de comunicación es por naturaleza imperfecta e incompleta. Un texto jamás podrá capturar la totalidad de una experiencia, una emoción o un concepto. Siempre habrá matices, complejidades y perspectivas que se pierden al traducir el pensamiento a la palabra escrita. Esta representación no es ni perfecta ni completa, y creer lo contrario nos lleva a una comprensión sesgada y parcial.

Si no somos conscientes, la lectura puede acarrear ciertos riesgos. Por ejemplo, si solo leemos aquello que confirma nuestras ideas preexistentes, la lectura puede convertirse en una "cámara de eco" que refuerza nuestros prejuicios en lugar de desafiarlos. Por otro lado, una inmersión excesiva en el mundo de los libros puede llevarnos a un distanciamiento de la realidad tangible y de la interacción social directa, elementos cruciales para una comprensión completa del mundo.

Otra cosa. en la era actual, la facilidad de acceso a la información puede resultar en una "digestión" superficial de los contenidos. Leemos mucho, pero comprendemos poco en profundidad.

Además, si el lector se limita a absorber lo que el autor dice sin cuestionarlo, corre el riesgo de delegar su propio pensamiento crítico, adoptando pasivamente las ideas de otros en lugar de desarrollar las suyas propias.

Es importante aclarar que la lectura no es un sustituto de la experiencia directa. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, tiene grandes beneficios. En primer lugar, desarrolla nuestra capacidad para la abstracción, lo que facilita el pensamiento y la reflexión. Por otro lado, enriquece el vocabulario y el lenguaje, lo que nos ayuda a pensar con más precisión y a comunicarnos de manera más articulada.

Y, por último, la lectura nos aporta capital cultural, al exponernos a muchos referentes culturales compartidos. Esto puede ampliar nuestro alcance social, ya que podemos conversar con otras personas que poseen un capital cultural similar. Claro, la lectura también es un gusto adquirido que se puede llegar a disfrutar mucho solo por sí mismo: el puro placer de leer.

El verdadero valor de la lectura no reside en alcanzar una supuesta sabiduría perfecta ni en escapar de la realidad, sino en la capacidad crítica que desarrollamos para navegar sus páginas. Al reconocer sus límites y abrazar su naturaleza subjetiva, transformamos la lectura de una obligación o una idolatría, en una herramienta poderosa para la reflexión, la empatía y un diálogo constante con el mundo, tanto el que imaginamos como el que vivimos.

 

Gustavo Godoy 

domingo, 18 de mayo de 2025

El Humanismo Vitalista





Vivimos en una época paradójica. Por un lado, la tecnología nos ofrece posibilidades de conexión y conocimiento sin precedentes. Por otro, asistimos a una suerte de inflación emocional, una exaltación constante de la subjetividad que, lejos de empoderar, a menudo nos confina en laberintos de victimismo y queja. El Romanticismo, con su innegable legado en el arte y el pensamiento, parece haber desbordado sus propios cauces, inundando la esfera pública y privada con una sensibilidad a flor de piel que, en ocasiones, paraliza la acción y difumina la responsabilidad individual.


Ante este panorama, emerge la necesidad de un nuevo enfoque, una perspectiva de filosofía práctica que rescate la centralidad del ser humano sin caer en los excesos de un sentimentalismo desbordado o en la negación de la capacidad individual para transformar la propia existencia. Es en este contexto donde propongo lo que he denominado Humanismo Vitalista.


Este humanismo se fundamenta en una afirmación enérgica de la vida y del potencial inherente a cada individuo. No se trata de una mera contemplación de nuestras capacidades, sino de un llamado a la acción, a la puesta en práctica consciente de esa fuerza vital que nos impulsa a crecer y a expandir nuestros límites. La inercia, esa fuerza viscosa que nos ata a la comodidad de lo conocido, se erige como el principal adversario a vencer. Crecer implica riesgo, esfuerzo, la valentía de aventurarse en territorios inexplorados. Sin embargo, es en esa ascensión donde reside la verdadera plenitud.


El Humanismo Vitalista reconoce la importancia de la emoción como motor de la experiencia humana, una herencia valiosa del Romanticismo. No aboga por una frialdad racionalista que niegue la riqueza de nuestro mundo interior. Sin embargo, postula la necesidad de una gestión consciente de esas emociones, una disciplina que permita canalizar su energía de manera constructiva. Aquí es donde una relectura del carácter clásico se vuelve fundamental. La prudencia, el equilibrio y el autocontrol no son meras restricciones, sino herramientas esenciales para dirigir nuestra vitalidad hacia metas significativas a largo plazo, resistiendo la tiranía de la gratificación instantánea.


La reflexión se erige como guía de esta acción vitalista. No se trata de actuar por mero impulso, sino de analizar, considerar las consecuencias y elegir el camino con sabiduría. La inmediatez de las emociones y las costumbres arraigadas no siempre señalan el sendero del crecimiento. Es necesario un ejercicio constante de la razón para discernir, para separar lo valioso de lo superfluo, lo constructivo de lo autodestructivo.


Influenciado por la visión de Friedrich Nietzsche, el Humanismo Vitalista abraza la auto-superación como un imperativo fundamental. La vida no es un estado estático que deba ser simplemente aceptado, sino un devenir constante, una metamorfosis perpetua. El anhelo de ser más, de alcanzar una versión más completa de nosotros mismos, es la fuerza que impulsa este movimiento. Las dificultades y los obstáculos no son vistos como fatalidades, sino como oportunidades para fortalecer nuestra voluntad y templar nuestro espíritu.


Este humanismo concibe la existencia no como un caos azaroso, sino como un lienzo en blanco donde cada individuo tiene la capacidad y la responsabilidad de imponer su propia forma, su propio orden. Al igual que el jardinero que labra la tierra salvaje, debemos tomar las riendas de nuestra vida y construir un significado a través de nuestras acciones y elecciones. La grandeza reside en esa capacidad de dar forma a nuestro propio destino.


En contraposición a una visión victimista que atribuye todas las penas a fuerzas externas, el Humanismo Vitalista promueve una responsabilidad individual radical. El mito del "noble salvaje", esa idea de una perfección primigenia corrompida por la sociedad, se desmorona ante la realidad de que nada surge de la nada. La dureza, no la facilidad, es nuestro estado inicial. Superar esa inercia, vencer las resistencias internas y externas, es el camino hacia la plenitud.


En esencia, el Humanismo Vitalista propone un modelo de ser humano activo, reflexivo y disciplinado. Un individuo que abraza la vitalidad y la individualidad, pero que las moldea a través del esfuerzo consciente y la gestión sabia de sus emociones. Es una invitación a dejar de ser meros espectadores de nuestra propia existencia y convertirnos en los arquitectos de nuestro propio florecimiento. En un mundo que a menudo nos vende la ilusión de una aceptación incondicional sin esfuerzo, el Humanismo Vitalista nos recuerda que la verdadera grandeza se conquista, paso a paso, con voluntad y disciplina.


Gustavo Godoy


sábado, 17 de mayo de 2025

El carácter clásico en tiempos románticos



Cuando pensamos en la Antigüedad, especialmente en la Atenas clásica de Pericles, debemos recordar algo fundamental: no vivimos en una época clásica. Nuestro tiempo está profundamente marcado por el Romanticismo. Esta corriente domina no todas las áreas de nuestra vida contemporánea, pero sí ha logrado una presencia abrumadora en el arte, la música, la literatura, el pensamiento intelectual y la izquierda política. No obstante, es crucial considerar que, por supuesto, este breve análisis simplifica un fenómeno histórico complejo y diverso. ¿Generalizaciones? Sí. ¿Simplificaciones? Sí. Pero, igual, hagámoslo. Nos puede ayudar a pensar. 

Ahora bien, esta sobrerrepresentación del Romanticismo tiene un lado negativo importante. Podemos caer en el error, consciente o inconscientemente, de creer que cultura es sinónimo de Romanticismo. Esta idea es claramente falsa, además de limitante y excluyente. En gran medida, esto explica por qué ciertos grupos –hombres, conservadores, tradicionalistas, religiosos, empresarios y profesionales técnicos o científicos– suelen sentirse alejados de lo que comúnmente asociamos con la cultura.

A veces parece que para ser culto hay que ser necesariamente bohemio y de izquierda, viviendo en un mundo imaginario y de ideas fanáticas, poco práctico y fantasioso, ¡pero que parece cool!

El énfasis romántico en el individualismo rebelde, la subjetividad y la emoción se une en un culto, a veces excesivo, a la autenticidad. Esta actitud domina en las universidades, los medios de comunicación, la industria creativa, el arte, los libros, Hollywood, las humanidades y la nueva izquierda. Particularmente popular entre los jóvenes urbanos. 

De hecho, esto podría explicar por qué la lectura ha perdido protagonismo entre el gran público. Ciertamente, el cine, la música y la televisión son canales donde la emoción y la impulsividad romántica se expresan de manera muy eficaz. Una especie de retorno a la oralidad. Los libros son muy lentos y reflexivos. O sea, son muy aburridos para una sociedad de pasiones intensas.

Lo que sucede es que el Romanticismo es muy accesible e intuitivo. Es fácil de entender y digerir, y no requiere mucho entrenamiento, reflexión o educación. ¡Hasta un bebé puede quedar cautivado por el Romanticismo!

En cambio, la visión clásica es más contraintuitiva. Requiere esfuerzo y no se adquiere de forma natural. Personalmente, como una forma de protesta y contrapeso, promuevo la lectura de los clásicos. Y cuando digo clásicos, me refiero especialmente a Aristóteles, a los estoicos (Séneca, Marco Aurelio, Epíteto, Cicerón) y a Sócrates como un modelo ejemplar de conducta y virtud.

Para entender la mentalidad romántica, probablemente debemos comprender el mito del "noble salvaje". Según este mito, el estado inicial del ser humano es casi un paraíso. Es decir, sin hacer nada, ya somos prácticamente perfectos. Las imperfecciones llegan después, con la sociedad. Entonces, existe una idea de "robo" o "pérdida" cuya culpa es del sistema. La hipótesis es que somos víctimas del sistema. Por lo tanto, el sistema es lo que debe cambiar, y debemos construir la utopía original donde todo era perfecto. Esta es, obviamente, una visión idealista, poco realista, poco pragmática y, naturalmente, muy cómoda. Y que, en muchos casos, promueve el resentimiento. Mis penas son culpa del otro. 

En lugar del "noble salvaje", el estado inicial es más parecido al de Robinson Crusoe. Nada surge de la nada. La pobreza, no la riqueza, la dureza, no la facilidad, es nuestro estado inicial por defecto. El carácter clásico se basa en la gestión emocional, la reflexión, la prudencia, el equilibrio, la moderación, la armonía, la forma y la virtud. Y aquí es donde entran el autocontrol y el esfuerzo. Valores para nada románticos. 

El autocontrol es la facultad que permite elegir el esfuerzo a largo plazo sobre la comodidad inmediata. Es la capacidad de resistir la inercia y la gratificación instantánea en pos de metas mayores o principios. Una sociedad en la que se confunde el autocontrol con la represión emocional y se cree merecerlo todo sin esfuerzo es una sociedad melodramática, comodona, egocéntrica, quejumbrosa y victimista. Abogamos por una sociedad serena, disciplinada, responsable, estoica y orientada al deber.

El Romanticismo, claro, ha aportado contribuciones esenciales, como la exploración de la subjetividad y el reconocimiento de la profundidad emocional humana. Sin embargo, critico su presencia exagerada y excluyente de otras corrientes. Su hegemonía actual resulta asfixiante.

Quizás la clave para navegar nuestra época romántica no resida en negar su fuerza, sino en cultivar conscientemente y sin idealizar las virtudes clásicas como un faro que nos orienta a un camino un poco más reflexivo y equilibrado en medio de la tanta intensidad emocional.

Gustavo Godoy

domingo, 11 de mayo de 2025

La voluntad de crecer y la inercia


El anhelo de ser más, de expandir nuestras fronteras internas y externas, palpita como un latido vital. Crecer en fuerza, en entendimiento, en la vastedad de nuestras capacidades y alcances se presenta no como un lujo, sino como una necesidad primordial inscrita en lo más hondo de nuestro ser. Sin embargo, en esta ascensión inevitablemente tropezamos con resistencias, murallas invisibles erigidas tanto por el mundo que nos rodea como por los laberintos de nuestra propia psique.

El adversario silencioso de este impulso de crecimiento es la inercia, esa fuerza viscosa que nos retiene en la comodidad de lo conocido. Crecer implica aventurarse en territorios inexplorados, un acto intrínsecamente riesgoso y costoso. Nos confronta con la incertidumbre, nos arroja a un mar de desafíos donde las corrientes son impredecibles. ¡Cuán seductor resulta, entonces, el refugio de la familiaridad! En ese remanso apacible, el camino de la mediocridad se despliega alfombrado de confort. Sin la exigencia del esfuerzo, sin el aguijón del dolor, sin la ofrenda del sacrificio, el espíritu se abandona a un plácido adormecimiento.

Aquellas almas que se aferran a un sentido inamovible de derecho, aquellas que se dejan arrastrar por la marea de sus emociones sin filtro, aquellas que ceden a la pereza como a un suave letargo, inevitablemente se estancan. Sus instintos y sentimientos, aunque poderosos, rara vez señalan el sendero del crecimiento. Porque lo que la inmediatez de las emociones dicta y lo que la costumbre arraigada proclama como "normal" rara vez coincide con el impulso de superación. 

Ante cualquier señal de cambio, ante la punzada del estrés, la mente y el cuerpo, en una danza ancestral por mantener el equilibrio, activan una resistencia homeostática. En esa búsqueda constante de ahorro energético, emerge una sutil pero poderosa oposición a cualquier "nueva normalidad". Con astucia, nuestro ser maquina excusas para perpetuar el statu quo, para aferrarse a la imagen cómoda de quienes somos, evitando así la ardua tarea del progreso. Nos justificamos con una visión romántica, susurrándonos al oído que la única brújula válida es aquello que "se siente bien". Este es el canto de guerra de la mediocridad: la aceptación incondicional de lo que somos en este instante.

Pero en esta complacencia no hay germen de crecimiento. Para elevarnos, para expandirnos, es preciso aspirar a ser aquello que aún no somos, anhelar una versión más grande, más completa de nosotros mismos. El cambio es un sendero empedrado de dificultad, pero no por ello inalcanzable. Y para recorrerlo con éxito, debemos vencer tanto los enemigos externos como aquellos que anidan en nuestro interior. La primera victoria reside en la sabiduría de aceptar que el crecimiento es una necesidad intrínseca, y que, como todo lo valioso, conlleva un costo. Un costo que a menudo se siente áspero, incluso doloroso. A partir de esta aceptación, el camino se ilumina con la claridad del objetivo, se allana con pequeños pasos constantes, y se nutre de la paciencia que permite la adaptación.

Vivimos en un mundo que nos vende la falacia de una aceptación incondicional, envuelta en el celofán de un supuesto "amor propio". Ese es el camino fácil, la promesa ilusoria de ser bellos, fuertes, saludables, buenos y competentes por decreto, sin el sudor de la labor, sin la disciplina del esfuerzo. Basta con proclamarlo, y ya. Esa es la victoria insidiosa de la inercia, que sigilosamente se ha apoderado del mundo, susurrándonos al oído la dulce mentira de la suficiencia estática.

La lucha entre crecer y la inercia define nuestra existencia. El anhelo de ser más choca con la cómoda resistencia interna. Superar esa inercia, aunque doloroso, es la senda hacia la plenitud. No sucumbamos a la falsa promesa de una aceptación estática; la verdadera grandeza reside en la aspiración constante. Hay que alimentar una ambición saludable y una disposición a superar la inercia en la búsqueda de un desarrollo personal continuo. La gran aventura de crecer.


Gustavo Godoy





domingo, 4 de mayo de 2025

Convergencias y divergencias entre Nietzsche y Proust

 


Ambos gigantes del pensamiento, Friedrich Nietzsche y Marcel Proust, exploraron las profundidades del tiempo, aunque desde orillas aparentemente opuestas. El filósofo alemán se sumergió en la concepción cíclica del eterno retorno, mientras que el novelista francés se detuvo en la linealidad destructora del tiempo, rescatado solo por los fragmentos evocadores de la memoria involuntaria. A primera vista, sus perspectivas parecen irreconciliables, un contraste marcado entre la afirmación vitalista del presente y la melancólica reconstrucción del pasado. Sin embargo, una mirada más audaz podría sugerir una complementariedad sutil, un equilibrio dinámico que enriquece nuestra comprensión de la existencia.

Para Nietzsche, el tiempo culmina en la intensidad del instante presente. El eterno retorno, más que una doctrina cosmológica, se presenta como una potente metáfora para abrazar el aquí y ahora con una entrega total. Se trata de vivir cada momento con una intensidad infinita, liberándose de las cadenas del remordimiento por el pasado y la ansiedad por el futuro. Este enfoque vitalista nos impulsa a la acción, a desplegar nuestra voluntad con elegancia y determinación, buscando ese estado de flujo donde nuestras capacidades florecen al enfrentar los desafíos de la vida. Por ende, la gloria reside en la plenitud del presente.

En contraste, Proust concibe el tiempo como una corriente implacable que erosiona la realidad. La recuperación del pasado solo es posible a través de las epifanías involuntarias de la memoria, esos detalles sensoriales que, sin previo aviso, nos transportan a escenas olvidadas. Nuestra identidad se construye entonces como un mosaico fragmentado, ensamblado laboriosamente a partir de estas evocaciones. Existe en esta visión una innegable nostalgia, una conciencia de la pérdida inherente al paso del tiempo. Sin embargo, esta evocación involuntaria se impone como una realidad ineludible, un despertar provocado por estímulos externos que escapan a nuestro control.

Ahora bien, ¿cómo podemos conciliar estas visiones aparentemente opuestas en nuestra vida práctica? Si, como sugiere Proust, el olvido absoluto es una ilusión, entonces la clave reside en la reinterpretación del pasado. Podemos transformar la carga de la nostalgia en una fuente de aprendizaje y enriquecimiento para nuestro presente. El pasado se convierte así en una herramienta valiosa, un depósito de experiencias y enseñanzas que nutren nuestro crecimiento. Despojándolo de su componente trágico y de la sensación de pérdida, lo podríamos integrar como una ganancia, una sabiduría acumulada.

Lejos de rumiar estérilmente sobre el ayer con resentimiento o tristeza, podemos adoptar la vitalidad nietzscheana para volcarnos con energía y atención al presente. El pasado, entonces, no es un lastre, sino un cimiento sobre el cual construimos un presente vibrante y significativo. La convergencia reside en la posibilidad de utilizar la riqueza del pasado proustiano como combustible para la afirmación del presente nietzscheano. Al final, quizás la sabiduría se encuentre en ese delicado equilibrio: reconocer la huella imborrable del tiempo, aprender de sus lecciones y, con esa comprensión, abrazar la intensidad irrepetible del ahora.

Gustavo Godoy

sábado, 26 de abril de 2025

El dios Apolo y la forma: La vida como un fenómeno estético

 

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¡La forma y el dios Apolo! Una ilusión de orden en el incesante fluir de la vida. Así nos lo presenta el joven y perspicaz Nietzsche en su Nacimiento de la Tragedia, desvelando la dualidad que reside en el corazón de toda belleza: la lucha constante entre el orden apolíneo y el embriagador caos dionisíaco. De esta confrontación, de esta tensión entre la forma impuesta y el caos desbordante, brota aquello que nuestros ojos perciben como hermoso.

Más adelante, Nietzsche nos habla luego de la voluntad de poder, ese anhelo profundo que late en cada ser vivo. Es el impulso vital mismo, la sed de crecer, de florecer, de dejar una huella única en el mundo. Y esta fuerza, esta energía primordial, se manifiesta cuando el individuo, como un diligente jardinero, toma el terreno baldío de su existencia y lo transforma, imponiendo su propio orden, sus propios valores. El destino heroico es un vida activa y creadora.

¿Qué es la vida sino esta metamorfosis perpetua? La vida es movimiento, es cambio, es la constante creación y destrucción de formas. Y en esa danza incesante, en esa tensión vital entre el caos y el orden que cada individuo se esfuerza por imponer, reside su verdadera belleza y su significado profundo. Un hombre es lo que hace con la vida que le fue dada.

La vida se despliega en el campo de la acción. Y toda acción, como una flecha lanzada, busca un objetivo y, en su camino, encuentra resistencia. La misión del hombre, entonces, reside en elegir un objetivo noble, un ideal que eleve su espíritu, y luchar con valentía, empleando la estrategia más acertada para alcanzarlo. Pues lo que anhela el alma humana es la grandeza, esa cualidad que trasciende lo ordinario. Cada decisión lo define. Y cuenta su historia.

De esta manera, la forma en que cada detalle de nuestra existencia se manifiesta, la manera en que abordamos cada desafío, expresa lo que verdaderamente somos. El porqué y el cómo de nuestras acciones revelan la fibra de nuestro ser. ¿Evadimos la lucha, huimos ante la dificultad, nos escondemos de la responsabilidad, nos victimizamos ante el destino? ¿O, por el contrario, reunimos nuestras fuerzas interiores y, con determinación, vencemos los obstáculos a nuestro modo, imprimiendo nuestro sello personal en la contienda?

Es el orden que imponemos al caos de la existencia, la estructura que levantamos con nuestros actos, la manera única en que moldeamos nuestra realidad, lo que crea una forma estética, una expresión visible de nuestra alma en el mundo.

Ahora bien, contemplemos la existencia no como una estatua marmórea, bella pero inmóvil bajo la luz de Apolo, sino como un jardín secreto, donde la voluntad individual, cuál jardinero artista, labra la tierra salvaje del devenir. En cada surco abierto por la acción, en cada flor singular que emerge de la lucha contra la maleza del caos, se revela la forma única de un alma. Y la belleza que contemplamos no es la de una figura petrificada, sino la del jardín en constante transformación, donde el orden y el caos danzan en un equilibrio precario y elocuente. En otras palabras, la vida se nos presenta como una obra de arte.

Gustavo Godoy 

sábado, 11 de enero de 2025

El espejo roto



Van Gogh, con sus pinceladas tan vivas y llenas de fuerza, nos muestra el alma de un hombre atormentado. Su vida, marcada por la tristeza y la soledad, se refleja en sus cuadros, donde los colores parecen gritar de dolor. En su famosa 'Noche estrellada', el cielo, lleno de remolinos y estrellas, es como un reflejo de su propia alma, inquieta y buscando algo más allá de este mundo.

Poe, con su alma oscura como la noche, nos legó cuentos que nos hielan la sangre. Su vida, marcada por la tristeza y la soledad, se refleja en sus palabras, llenas de un dolor profundo. En sus versos y relatos, encontramos los ecos de un espíritu atormentado, que busca en las sombras la única luz que conoce.

A menudo, se liga al arte con la locura, una idea que ha arraigado en nuestro pensamiento gracias al mito del genio atormentado. El romanticismo, con su exaltación de las pasiones y los sufrimientos, contribuyó en gran medida a esta asociación.

Se pintó al artista como un mártir, un ser solitario y desesperado que, en busca de lo nuevo y lo poderoso, se sumerge en un proceso misterioso y a menudo doloroso. La intensidad de sus emociones, su visión única del mundo y su tendencia a refugiarse en mundos imaginarios lo apartan de la sociedad y lo acercan al borde del abismo. Así, la creación artística se ve envuelta en un halo de sufrimiento y locura, convirtiendo al artista en una figura trágica y fascinante. ¿Es necesario que el artista se encuentre al borde del abismo para producir obras maestras, o acaso la creatividad puede florecer en cualquier circunstancia?

El arte es también un juego, un juego en el que se confrontan lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, en un mundo imaginario que refleja, aunque no copia, la vida misma. En este juego, reímos, lloramos, reflexionamos y crecemos. Estas experiencias nos hacen más sensibles, más empáticos y más comprensivos.

Sin embargo, para que el arte enriquezca verdaderamente nuestra vida, debemos combinarlo con buenas acciones, hábitos saludables y un propósito claro. De este modo, el arte puede convertirse en un bálsamo para nuestras heridas y en un pilar fundamental para nuestra salud mental. En pocas palabras, el arte no solo nos divierte y emociona, sino que también nos enriquece.

El arte es como un espejo roto que nos muestra la belleza y la tristeza del alma, la alegría y el dolor, todo junto. En él encontramos la luz y la oscuridad, la esperanza y el miedo, como en la vida misma. Es el todo. Es la nada. La totalidad. El vacío. 

Gustavo Godoy 


Publicado en la revista Palabra y Piel. Enero 2025

domingo, 15 de septiembre de 2024

Generaciones: La guerra de las galaxias


¿Quién demonios se cree que inventó la rueda? ¡Ah, sí! Esa gente de las cavernas que según los jóvenes de hoy no sabían ni encender un fuego sin quemarse las cejas! Resulta que ahora todo lo nuevo es mejor (siempre). ¡Claro que sí! Los  'millennials' y los 'centennials' (Gen Z) lo saben absolutamente todo, desde cómo salvar el planeta hasta cómo hacer el amor en gravedad cero. Y los pobres viejos, como nosotros, estamos tan pasados de moda que ni siquiera sabemos cómo usar un teléfono sin que nos explote en la mano. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando la tecnología más avanzada era una piedra afilada y la mayor preocupación era que te comiera un mamut. Ahora, en cambio, tenemos que preocuparnos por los 'influencers' y los 'algoritmos'. ¡Progreso! ¡Qué maravilla!


Antes, un casete era lo más cool, y ahora nos quejamos si un video no carga en un segundo. Cada generación llega y cree que inventó todo lo bueno en el mundo. Los millennials dicen que los boomers no entienden los memes, y los boomers responden que los millennials no saben lo que es una buena siesta sin que los moleste una notificación. Es como una eterna batalla de TikTok vs. telenovelas, donde cada bando está convencido de que su forma de ver el mundo es la única correcta. ¡Y claro! Los jóvenes nos ven como un fax en la era del IA, y nosotros, los mayorcitos, pensamos que ellos son unos idealistas insensatos que se creen que van a cambiar el mundo con un hashtag. ¡¿Tan difícil es llegar temprano de vez en cuando?!


¿Será que nunca encontraremos un punto medio, o es que estamos condenados a pasar la vida discutiendo sobre si es mejor el vinilo o el Spotify?


Cada generación tiene su propia movida. Por eso es normal que cada quien vea el mundo a su manera. Mientras más diferente sea lo que viviste de chico, más difícil es ponerte en los zapatos de otro.

Los conflictos generacionales son como una eterna batalla de egos, donde cada generación cree que tiene la razón y que las demás están equivocadas. ¿Quién se cree el dueño de la verdad absoluta, eh? ¡Todos! Desde los boomers que creían que el mundo se acabaría con la llegada de los millenials, hasta los centennials que piensan que los boomers no saben ni prender un computador. ¡Es un ciclo, amigos! Es un culebrón de la vida real, con más giros argumentales que una serie de Netflix.

Y ya vienen los alphas. ¡Esos sí que son unos casos! Ya se siente el resentimiento. Apuesto a que van a crecer pensando que inventaron el internet y que todos los demás somos unos adornos de museo. Y así sucesivamente, generación tras generación, cada una creyéndose el ombligo del mundo.

¿La solución? ¡Simple! Todos somos unos idiotas. Y eso está bien. Lo importante es reírnos de nosotros mismos y aceptar que cada generación tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Al fin y al cabo, ¿quién no ha tenido una discusión acalorada con su mamá sobre la música que escucha? ¡Es parte de la vida!

Ahora, es natural que cada quien se identifique con las creencias y los valores de su generación. Válido. Pero, al mismo tiempo, somos individuos que podemos trascender, mediante la autocrítica, esos valores generacionales que a veces parecen más sagrados que un crucifijo en una iglesia. Un individuo que piensa diferente no es un traidor a su tribu, ¡es simplemente un alma libre que no le tiene miedo a un 'unfollow' en Instagram! Es un pensador crítico que puede aprender de todas las generaciones, incluso de los abuelos que creen que los jóvenes solo saben bailar reggaeton. ¡Que viva el Rock clásico!


Gustavo Godoy

El radicalismo: Muros en lugar de puentes

 


O sea, ¿en serio alguien cree que este circo llamado sociedad funciona a la perfección? Claro que no. Obviamente, es un desastre total, un caos organizado. Está lleno de gente haciendo el ridículo, de sistemas que fallan más que un reloj despertador y de injusticias tan grandes que hasta un ciego las vería. ¡Todos quieren cambiar el mundo! Bueno, no todos, pero casi todos. 


Aja, pero, ¿por qué siempre se están construyendo muros en lugar de puentes? Es como si la humanidad tuviera una obsesión con separar en lugar de unir. ¡Es como si vivieran en un mundo de Legos y lo único que les gustara fuera tirar las piezas al suelo y hacer una torre! El radicalismo es uno de los males de nuestra era.


Parece que a la humanidad le encanta complicarse la vida. ¿Por qué no podemos simplemente ser amables y comprensivos? ¿Por qué no podemos trabajar juntos para construir un mundo mejor?


En los 70, los hippies nos vendían la idea de un mundo lleno de flores y amor. Ahora, parece que la receta para la igualdad y la justicia es un cóctel explosivo de muros, rabia y resentimiento. 

¡Quién lo diría! Parece que los pequeños tiranos de hoy en día han cambiado las flores por puños y las guitarras por megáfonos. Y todo en nombre de, ¡qué ironía!, la igualdad y la justicia. ¿Alguien más siente que estamos viviendo en un episodio de 'Los Simpson'? Todos sentados a una mesa, gritándonos unos a otros, convencidos de que tenemos la razón absoluta. ¡Qué bonito!


¿Muros? Y no hablo de los muros físicos, esos de concreto y ladrillos, que algunos países están levantando como si fueran a mantener afuera a los monstruos de Godzilla. No, hablo de los muros que estamos construyendo en nuestras mentes.


Ahora todos estamos en nuestro propio club exclusivo, donde la membresía se obtiene demostrando quién tiene el mayor campeonato de víctimas. Es como si fuéramos coleccionistas de ofensas, compitiendo a ver quién tiene la más grande y la más brillante.


Yo, por ejemplo, estoy pensando en crear el 'Club de los que odian los lunes'. Podríamos tener un blog y quejarnos amargamente de la gente que trabaja los lunes. ¡Depravados! Sería genial. Y lo mejor de todo es que podríamos culpar a 'el sistema' de todos nuestros problemas. ¡Siempre es culpa del sistema! Al más mínimo indicio de 'sistemismo', ¡fuera! Nuestro club no tolera enemigos. Yo a los “luneteros” no les hablo. Cancelados de por vida. No los quiero. No los quiero en mi vida. 


Es como si fuera el salvaje oeste, pero en lugar de pistolas, todos llevamos un teclado y una gran boca. Un simple comentario puede desencadenar una guerra mundial. Y lo más gracioso es que la mayoría de las veces, ni siquiera sabemos de qué estamos hablando. Solo repetimos frases que hemos escuchado en algún lado, como loros.


Ahora bien, que todos tengamos opiniones diferentes no significa que tengamos que convertir a cualquier loco en nuestro mejor amigo. La tolerancia tiene sus límites, ¿no? Pero tampoco hay que ir por ahí quitándole la humanidad a alguien solo porque dijo algo tonto que aprendió en la iglesia o en un libro viejo. ¡Todos hemos dicho alguna estupidez alguna vez!


Yo creo que el problema es que hemos perdido la capacidad de escuchar a los demás. Estamos tan ocupados defendiendo nuestras propias ideas que no nos damos cuenta de que podemos aprender mucho de las personas que piensan diferente. Y es que, al final del día, todos estamos en el mismo barco. Y si seguimos construyendo muros, el barco se va a hundir.


Gustavo Godoy


La psiquiatrización de la vida




La vida es como un gran gimnasio dentro la escuela del universo. La clase de hoy: la carrera de obstáculos. Por un lado, tenemos esta lista interminable de deseos, sueños y metas que se acumulan como platos sucios en el fregadero. Por otro, tenemos un cuerpo que nos falla, una cuenta bancaria que se niega a crecer y una lista de tareas pendientes que parece multiplicarse como un hongo.

Y claro, hay días en que todo parece ir cuesta arriba, como construir un castillo de arena en una tormenta. Nos enfermamos, perdemos el trabajo, nos peleamos con la pareja... ¡La vida es una caja de sorpresas desagradables! Pero, ¿en serio necesitamos un diagnóstico psiquiátrico para cada incomodidad y cada mal humor?

Diagnosticar es un asunto serio. Los psiquiatras (los verdaderos expertos del tema) le ponen mucho empeño en dar un diagnóstico correcto, después de estudiar un montón y hacer pruebas. Incluso así, a veces, no están todos de acuerdo. ¡Y la gente por ahí tirando diagnósticos banales como si fueran confeti!

Últimamente, parece que todo el mundo es un experto en salud mental. Desde el barbero hasta el cajero del supermercado, todos tienen una opinión sobre tu ansiedad, tu depresión o tu trastorno bipolar. Y no me malinterpreten, los trastornos mentales son una realidad y requieren atención profesional. Pero ¿en serio vamos a etiquetar como 'trastorno' cada vez que nos sentimos abrumados o tristes? ¡La vida es difícil, amigos visibles! Y no hay una pastillita mágica que solucione todos nuestros problemas. Que la vida esté llena de altibajos es algo completamente natural. La vida no es una enfermedad. Lo siento, pero una nota médica escrita por ti mismo no te va a dar una A+ sin el esfuerzo. Así que a ponerle ganas a la vida.

Antes, si alguien estaba nervioso en un examen, simplemente decíamos que tenía los nervios de punta. Ahora, ¡zas! Trastorno de ansiedad generalizada. Y si alguien se emociona con una buena película, ¡directamente lo mandamos al psicólogo! Depresión latente, dicen. ¡Pobrecito! ¿Y qué me dices del que llega tarde el tiempo ¡Trastorno por déficit de atención!  Y el organizado, ¡obsesivo-compulsivo! ¡Ay, madre mía! ¡Y si te separas de tu pareja, ya ni te cuento! Depresión segura. Parece que cualquier emoción o comportamiento fuera un síntoma de alguna enfermedad mental. ¡Hasta el que cambia de opinión de un día para otro es bipolar!

El peligro de los diagnósticos 'caseros' radica en que pueden guiar decisiones sobre el tratamiento inadecuadas y afectar negativamente la autopercepción y las relaciones sociales de una persona.

¡Es como si la humanidad hubiera decidido patologizar las experiencias humanas normales! ¿Y cuál es el tratamiento? Pues más pastillas, más terapia y más etiquetas. ¡Viva la modernidad!

 

Gustavo Godoy

domingo, 8 de septiembre de 2024

La confusión de un hombre común

 


Ser hombre hoy en día es como tratar de armar un mueble de Ikea sin instrucciones. Te dan un montón de piezas, una llave Allen que nunca encuentras y un dibujo que parece haber sido hecho por un niño de tres años. Y encima, cada vez que crees que tienes una pieza en su lugar, resulta que hay otra más pequeña que debes poner dentro de esa.

Antes, ser hombre era más sencillo: te ponías un traje, salías de la casa a buscar el pan y luego lo ponías en la mesa. Ahora, tenemos que ser sensibles como un poeta, fuertes como un oso y comunicativos como un terapeuta. Y no solo eso, sino que también tenemos que reciclar, cambiar pañales y saber cocinar quinoa. ¡Es como si nos hubieran dado un manual de instrucciones para ser superhéroes, pero sin los poderes!

Y lo peor de todo es que, cuando finalmente logras ser el hombre perfecto, te das cuenta de que las reglas del juego han cambiado otra vez. Nada es suficiente. Y has perdido el derecho de crear tu propia identidad. Y si te quejas, eres un mariquita. 

La solución de muchos ha sido la retirada. Lo que también está mal porque se te tilda de niño irresponsable y con miedo al compromiso. O sea, tienes razón, pero igual vas preso. Atrapado sin salida. 

No importa lo bien que lo hagas, siempre hay alguien que te va a criticar. Si eres demasiado masculino, eres tóxico. Si eres demasiado femenino, eres raro. Si eres demasiado sensible, eres débil y te dejan por el chico malo. ¡Cada quien nos dice algo distinto! Nuestra madre tiene su opinión, nuestro crush otra, nuestra amiga una tercera y ni hablar de esa chica rara en internet, que parece vivir en otro planeta. ¡Es un laberinto! 

Ahora, el debate sobre la identidad y la igualdad de género, en vez de ser un camino oscuro y confuso, debería ser como una taza de café: un momento de encuentro y entendimiento, donde podemos compartir nuestras perspectivas sin quemarnos ni congelarnos. Pero, lamentablemente, una cucharada de radicalismo y te queman la lengua. ¡Nadie quiere eso! Necesitamos un debate que sea como un buen café con leche: caliente, pero no incendiario; fuerte, pero con un toque de suavidad. 

¿Qué quiero decir con esto? Que podemos hablar de identidad e igualdad sin que parezca que estamos en una guerra de trincheras. Podemos escucharnos, respetar nuestras diferencias y buscar puntos en común. Sin atropellar al otro. Al fin y al cabo, todos queremos vivir en un mundo donde nos traten con respeto y tengamos las mismas oportunidades. No dejemos que el debate lo secuestre una minoría radical.

Imagínate que la igualdad de género es como un rompecabezas. Cada uno de nosotros tiene una pieza, y juntos podemos armar el cuadro completo. Pero si empezamos a tirar las piezas por ahí, a gritar y a acusar, nunca vamos a terminar el rompecabezas. ¡Abajo los dogmas! Necesitamos trabajar juntos, con paciencia y respeto, para construir un mundo más justo y equitativo.

En otras palabras, lo importante es que podamos hablar de esto sin que nos tiren los tomates. Todos tenemos derecho a expresar nuestras opiniones, incluso si son un poco locas o contradictorias. Todos viajamos en el mismo barco, pero últimamente hemos decidido remar en direcciones opuestas, guiándonos por mapas dibujados por un mono borracho. 

Gustavo Godoy


domingo, 25 de agosto de 2024

El universo: ¡Un bazar persa con candado!


 


La realidad es un lugar de abundancia y escasez a la vez. O sea, la respuesta por defecto es 'no'. Sin embargo, para obtener un 'sí', ciertas condiciones aplican. 


Ahora bien, el universo es como un enorme bazar persa, solo que en vez de alfombras voladoras y lámparas de Aladino, está lleno de puertas. Puertas que llevan a cosas que creemos necesitar: amor, éxito, pizza, tatuajes, Netflix y flips de dulce de leche. Es decir, es como si el universo fuera un repartidor muy ocupado que te ha enviado un millón de paquetes, pero los ha escondido detrás de puertas cerradas. 


Todas esas puertas están cerradas con candado. La voz cósmica dice: '¡Quiéreme y dame un masaje antes de que te dé algo!' Y no es que el universo sea malo, es solo que no es muy generoso con los perezosos. Al parecer, todas las piezas de la gran máquina deben cumplir con una función.


Y ahí estamos nosotros, golpeando puerta tras puerta, suplicando, sobornando o simplemente esperando que alguien nos abra. Pero para que nos abran la puerta y nos inviten a comer, es necesario presentar una oferta atractiva. O sea, sin un buen trato, las puertas permanecen cerradas.


¿Por qué? Bueno, porque el universo, por alguna razón, decidió que la fruta no camina sola. O sea, si quieres un banano, no te quedes mirando el árbol. Trepa, lucha contra los monos, evita las abejas... ¡en fin, haz el esfuerzo! Porque abajo, lo único que te caerá encima serán hojas y, quizás, algún pájaro enojado.


Imagínate, necesitas un martillo. Pero tú no haces martillos, ¿verdad? Entonces, necesitas a alguien que sí los haga y que además esté dispuesto a darte uno a cambio de algo. Además, la persona que desea algo debe encontrarse con aquella que puede proporcionarlo. Por lo tanto, es un asunto de capacidad, voluntad y oportunidad. En pocas palabras: tienes que ser bueno, quererlo mucho y tener suerte de que no se te haya adelantado tu vecino.


Cierto. El universo es una máquina expendedora de sueños, pero tienes que saber el código secreto para cada botón.


Gustavo Godoy

De Einstein a TikTok: La googlelogia de la insensatez

 


Antes, para poder opinar sobre la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica, tenías que ser alguien con un doctorado, el cabello despeinado y una barba de tres días, en un cuarto lleno de libros y pizarras. Ahora, después de un TikTok y un café con leche, ya eres un experto en multiversos y agujeros negros. 


Nos anotamos por la democratización del conocimiento, pero nos ganamos la revolución de la estupidez. ¡Bingo! El premio es una entrada para una fiesta de cumpleaños donde todos traen su propio pastel. Lo que pasa es que el pastel está hecho de pura paja y plumas.  

En la era de la 'post-verdad', donde los hechos son opcionales y las opiniones son absolutas, no sorprende que alguien que no sabe ni sumar se atreva a desafiar a un premio Nobel. ¡Confía en mí, lo leí en un meme! Después de todo, quién necesita pruebas cuando tienes un perfil en Instagram. 

Un tipo dice que la Luna es un queso suizo gigante y que las vacas son espías extraterrestres enmascarados de bovinos. Y la gente lo sigue como si fuera el nuevo Mesías. ¿Qué sigue? ¿Qué los dinosaurios todavía existen, pero trabajan en Starbucks? El mundo está lleno de genios, y algunos incluso tienen público. ¿Qué será lo próximo? ¿Que los políticos son honestos y que los lunes son divertidos?

El pensamiento crítico es como hacer dieta: todos hablan de hacerlo, pero nadie realmente lo practica. Es decir, hasta que se dan cuenta de que la pizza de piña no es una buena idea.

Tener una opinión muy fuerte sobre algo que no entendemos es como estar seguro de que puedes volar después de ver a Superman en una película.

Ahora la verdad absoluta se encuentran en los comentarios de un meme. Al final, la única verdad que parece importar es la que nos hace sentir bien, aunque sea tan absurda como creer que los reptilianos controlan el mundo o que Bad Bunny canta mejor que Adele.

Hemos pasado de la era de la razón a la era de la irracionalidad social. Así que la próxima vez que alguien te diga que la Tierra está sostenida por una tortuga gigante y que todo lo leemos en internet es automáticamente cierta, no te sorprendas. Después de todo, ¿quién necesita pensamiento crítico cuando tienes una teoría de conspiración y una conexión Wi-Fi? 

Gustavo Godoy




viernes, 23 de agosto de 2024

La tragedia de querer estar en todo

 


Antes, nuestros antepasados se la pasaban cazando mamuts, trepando árboles y enfrentándose a osos. Hoy, pasamos ocho horas diarias frente a una pantalla, simulando productividad mientras actualizamos nuestro perfil de LinkedIn.

En busca de vidas más interesantes, llenamos nuestro tiempo libre (que ya no es tan libre) con clases de chachachá, yoga caliente y carreras de obstáculos. Hacer nada parece haberse convertido en un lujo inasequible. Lo peor es que nos sentimos culpables por descansar. ¡Incluso ir al baño descuadra nuestra agenda! ¿Quién hubiera imaginado que la evolución nos llevaría de cazar mamuts a cazar 'me gustas' en Instagram?

Buscamos la felicidad en gimnasios, clases de cocina internacional o en obras de teatro alternativo. Al final, ¿qué obtenemos? Un cuerpo dolorido, una mente exhausta y la sensación de no estar viviendo como una Kardashian (aunque, sinceramente, no me gustan las Kardashians).

Antes, ser vago era casi un arte. Te tirabas todo el día en el sofá, comiendo pizza y viendo películas de kung fu. ¡Era glorioso! Ahora, viendo videos de gatos en YouTube, te sientes como un fracasado existencial.  

Quiero ser Indiana Jones: escalar montañas, bucear con tiburones y aprender a tocar el ukelele. Pero, al mismo tiempo, quiero dormir hasta el mediodía sin consecuencias. ¡La paradoja del posmodernismo!

Se podría decir que ser un héroe en estos tiempos es como ser una estrella de Hollywood: todos anhelan el papel principal, pero nadie quiere lidiar con los paparazzi y los problemas de salud mental que conlleva. En otras palabras, el éxito es agotador. Quisiera ser el rey de la siesta, pero la sociedad me pide que sea Iron Man 24/7.

 

 Gustavo Godoy