GusGo

GusGo

.

.
Sígueme también en las redes sociales:

.

.

martes, 27 de junio de 2017

¿Cómo?







¿Cómo sabré de ella ahora,  
si ha escogido un nuevo hogar?
Nos separaba una montaña.
Ahora el muro es  todo un mar
¿Cómo le  explico al corazón,
que nos quedamos sin belleza?
¿Cómo   escribo más poemas,
si mi musa ya no está?


Gustavo Godoy

ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

viernes, 23 de junio de 2017

Mi Afrodita y la Lluvia




Hace frío porque hoy amaneció de lluvia. Las nubes acarician las laderas. La luz es débil. Solo se escucha el frágil murmullo del agua y el de las hojas. Los árboles del bosque bailan suavemente con el viento mientras los pájaros deciden posponer sus cantos para más tarde. Es demasiado temprano para separarse de estas cálidas cobijas y de estas almohadas de algodón. Es un clima que se presta para la intimidad y el afecto. Hoy todo es lento, tranquilo y silencioso. Nada pasa porque todo parece haber quedado suspendido entre el rocío, la neblina, y las emociones. Solo provoca seguir durmiendo. Solo me provoca abrazarte totalmente para sentir calor, en esta cama inmensa. Hace frío esta mañana y lo único que quiero es estar junto a ti. Estar contigo y nada más.

Te propongo que nos tomemos este día libre y nos dediquemos a hablar de nada por horas como dos perezosos. Podemos hacer de hoy un fin de semana para soñar con bellas utopías y olvidarnos del bullicioso exterior. Hoy nos toca holgazanear porque afuera está lloviendo. Es mejor que nos quedemos aquí adentro.

Hay tiempos en la vida cuando se debe aceptar que toda la felicidad del mundo a veces se puede reducir simplemente a quedarse en casa durante un día lluvioso. Y al mundo le tocará extrañaremos. A veces las cosas son así de simples. Ya habrá oportunidad de reparar las consecuencias de nuestra ausencia.

Quédate un rato más. No te vayas. No te marches que aún me faltan besos para darte y canciones para dedicarte. Quiero quererte bonito. Quiero consentirte mientras llueve. Quédate aquí. Quédate hoy. Quiero que te quedes porque esta mañana estás más linda que nunca.


Si alguna vez la pase mejor con alguien más, simplemente hoy no me acuerdo. Hoy solo existes tú. Contigo todo es risa, pasión y tu piel infinita. No me importa si allá afuera en el mundo real yo no soy tu prioridad. Aquí ese mundo ya no existe. Aquí solo estamos tú, yo, este cuarto mágico y esta locura nuestra. Todo lo demás es un borroso y vago  recuerdo.  Yo no te pido nada. No te pido que nombremos o regulemos lo nuestro.  Yo te amo libre. Yo te quiero libre. Sin complicaciones. Gracias por enséñame tu universo, por confiar en mí, por tanto cielo azul, por tantas noches inolvidables y por darme esta bella historia de amor.  Así exactamente como  eres es que siempre me has gustado. Solo dame más de tu sonrisa. Obsequiame  más de tu mirada. Deleitame más con tu presencia.  Tan solo sigue regalándome más momentos  junto a ti.  Eternos  momentos a tu lado es todo lo que anhelo, porque contigo soy feliz. ¡ Qué bueno que  estás  aquí, hoy  que está lloviendo!



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  23 de Junio 2017 en la Columna Entre libros y montañas



ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

lunes, 19 de junio de 2017

Las líneas




¿Dónde terminas tú y empiezo yo?
¿Es acaso en tus cabellos o en mis manos?
¿En mis pensamientos o en tus evasivas?
No lo sé.
Entre tú  y yo las líneas se confunden.
Es que me pierdo en tu mirada,
y tu mirada se pierde en mi recuerdo.
Son mis sueños , es tu boca.
Son  tus ojos que me rozan.
Son mis labios que te piensan.
Es tu alma que me toca.
Son tus miedos los que brotan,
y este amor de hacia  ti.


Gustavo Godoy




viernes, 16 de junio de 2017

El Ermitaño


Cuando el ermitaño por fin decidió zarpar a las montañas para vivir solitariamente en la pequeña cabaña cerca del bosque, todo el mundo se preocupó. La gente que  tan a menudo ignora las complejidades del individuo excepcional se quedó perpleja en confusión cuando el ermitaño manifestó tranquilamente  que buscaría aislarse de la sociedad  para escapar de la soledad. Según el análisis vacio de los más involucrados, esta preocupación se podía justificar debido al irreverente desinterés que demostraba el  ermitaño al incumplir con ciertas formalidades sociales y estéticas. Ya no se vestía como antes sino que adoptó las fachas rusticas y desaliñadas del indigente. Ya no hablaba  de lujos, modas o propiedades  sino que  se ocupaba de temas mucho más etéreos como  la espiritualidad, la poesía y la libertad. Lo de él era desechar todo lo superfluo para dedicarse exclusivamente a la bondad, a la reflexión y a la simplicidad. Algo inverosímil para el  limitado hombre mundano.

El repentino retiro de la vida pública del ermitaño era razón para  recurrentes debates y discusiones entre las personas que lo conocían.  Todos ,aunque con las mejores intenciones, con gran pedantería, se apresuraban  a marcar  posiciones contundentes y alegres sobre el evento  , a pesar de no conocer todos los detalles sobre  la situación . Y no hay  persona más peligrosa que la que quiere ayudar pero sin el entendimiento adecuada. El torpe diagnóstico de los  autodenominados expertos en psicología indicaba que  esta aparente decadencia del ermitaño durante  su exilio escogido no  podría significar otra cosa que  un claro deterioro de su salud mental en la forma de locura crónica con  grave crisis  melancólica. El señor enloqueció, probablemente gracias a un desaire amoroso.  Pero lo que más dejaba anonadados a  las  personas era la risueña y plácida actitud del enigmático ermitaño que de manera misteriosa parecía satisfecho  con  su realidad. Para la persona  común , esto no podía ser normal.  Es muy difícil para muchos poder aceptar  la posibilidad  que alguien pudiera abandonar  voluntariamente la religión del éxito burgués y cambiarla por una filosofía de vida que no dependa de las doctrinas del materialismo. Renunciar a la carrera social moderna es un acto descabellado según el consenso general. Nadie quiere ser tildado de fracasado. Siempre se debe aspirar a más.   La idea de reducir las necesidades y los deseos en vez de multiplicarlos es inconcebible  para la gran mayoría  en nuestros tiempos. La gratitud, la sencillez y la quietud no son valores populares en el mundo de hoy. Lamentablemente, esta sociedad  mide el éxito según el dinero en el bolso y  no según  la felicidad en el corazón.  

Ya que las explicaciones son inútiles para aquellos que no quieren entender , el ermitaño  combatía las  campañas de rescate que se  organizan constantemente por parte de  sus seres queridos para salvarlo de sí  mismo  con elegantes huidas. Era un maestro de la evasiva y el escape. Esa era la única forma de alejarse de las toxinas de la gente ;y era la solución  más eficaz para que él  pudiera conservar la dulce utopía que había edificado con tanto cariño.

Lo que ocurre es que el mundo se ha vuelto loco ;y los únicos cuerdos parecen ser los locos. Lo peor que le puede ocurrir a un hombre de nuestra época es tener la desdicha de ser normal. No hay nada más valioso que la riqueza del alma.


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  16 de Junio 2017 en la Columna Entre libros y montañas





ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

lunes, 12 de junio de 2017

Envidia




Siento envidia de esa lejanía,
del suave  aire que respiras,
de aquel espejo que te mira,
de aquella flor  a la que cuidas,
de aquel manto que te abriga,
de aquel lugar donde no estoy.
Envidia pura y loca siento
de ese espacio junto a ti.

Gustavo Godoy


*Serie Brevedades


ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

viernes, 9 de junio de 2017

La Decisión de Paris






Era una epoca dificil en la vida del joven Paris  porque aún no había encontrado su verdadera vocación. Estaba  algo desorientado y carecía de un plan concreto. No sabía lo que quería realmente porque aún  estaba conociendose. Los moldes que le imponía  la sociedad no se ajustaban a su medida. Y no hacía otra cosa que participar en un lento viaje de autodescubrimiento. Sus familiares  ya estaban frustrados. Al principio fueron muy comprensivos pero debido a  la larga duración de este supuesto viaje ya últimamente estaban perdiendo la paciencia. Los argumentos de la familia de hecho eran muy sensatos. El muchacho debía crecer y asumir la responsabilidad de su vida. El no podía vivir sin aportar  a la economía doméstica de forma  indefinida . O por lo menos debía hacer algo productivo. Estudiar, trabajar, mudarse, o  algo.  Las semanas se le pasaban tocando la guitarra, leyendo libros de poesía, visitando a los amigos y refrescándose con la buena cerveza mientras el resto de las personas trabajaban duramente durante todo el día. En su hogar, ya se sentía la tensión. Era el objeto de moda de numerosos  sermones moralistas  por parte de las figuras de autoridad de su entorno que aprovechaban la ocasión para jactarse de sus glorias pasadas, a veces reales pero en muchos casos  ficticias,  y  su reputación  de holgazán ya estaba establecida dentro de su casa.

Irónicamente, más allá de los límites de su morada familiar, su fama no podía ser mejor. Disfrutaba de la estima de todos y poseía la aprobación de la opinión pública.   El chaval en realidad era muy agradable. Era amigo de todos. Gracias a su gran corazón y su trato divertido se había ganado a todos los vecinos, sobre todo a los niños. Como era muy atento y disponía de mucho tiempo libre, en el vecindario era considerado un personaje de suma utilidad. Sus servicios  gozaban de enorme popularidad dentro de la comunidad. Sus proezas eran muy variadas, desde cargar objetos pesados en una mudanza, hasta resolver una crisis de plomería, desde cuidar a los más chicos,  hasta escuchar las  historias del abuelo, desde cambiar un bombillo, hasta bajar el gato del árbol, desde ser árbitro  en los juegos deportivos, hasta ser el animador estrella de las fiestas infantiles.  Su nombre se podía escuchar por toda la cuadra como la consigna más sentida en tiempos de una revolución. Paris, ven un momentito! Y el controversial joven ,con su relajado andar y su generosa sonrisa,  llegaba  listo para afrontar cualquier misión.

Un elemento muy característico de la compleja y contradictoria personalidad de París era su elegante afición por la belleza femenina. En otras palabras, el hombre era un gran enamorado. Se la pasaba de amorío en amorío. Lamentablemente, sus temerarias aventuras sentimentales siempre terminaban  estruendosamente. Sin embargo,   de  algún modo u otro, y con  la fortaleza de un valiente  guerrero,  su corazón roto sanaba rápidamente y  su fe en el amor renacía de los cenizas  como nunca antes,  preparado para una  nueva ilusión. Era un romántico empedernido y no tenía remedio.

Se encontraba en una encrucijada. Y de las muchas soluciones que existían para  hacer desaparecer a la manzana de la discordia que yacía dentro su casa como un gran elefante blanco las había reducido  a solo tres. Podía buscar un trabajo. Podía inscribirse en la universidad. O podía fugarse con la bella vecina para  viajar de  mochileros por el mundo. Aún lo estaba pensando porque todavía no estaba muy seguro. Solo estaba seguro de que , fuese cual fuese su decisión final y cualquier cosa que terminara haciendo con su disipada vida,  deseaba vivir  con desenfreno. Paris quería una vida extraordinaria  y sumamente apasionada.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  09 de Junio 2017 en la Columna Entre libros y montañas






ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

viernes, 2 de junio de 2017

La Musa






El Escritor  tocaba a la  puerta una y otra vez pero La Musa nunca  le abría. Ella solo lo veía escondida tímidamente detrás la ventana  pero hasta ahí. Al tiempo,  él luego partía  caminando lentamente y cabizbajo por las calles baldías solo dejando atrás una flor y la promesa de siempre volver , y también pensando en el porqué de no intentarlo si ambos  sabían  que funcionaria. Al rato, ella salia con una falsa indiferencia para recoger ,como todos los días, esa  flor que reposaba ahí , desprotegida y emotiva. Con el ceño fruncido y fingiendo que nada transcendental realmente había ocurrido buscaba el florero para ponerlo en el centro de la mesa tratando de disfrazarse de normalidad. Pero cada vez que se ocupaba de esta  tarea cotidiana y trivial que le acarreaba su admirador no correspondido, no podía evitar  respirar hondo y con picardía a veces sonreír.



El  contrariado y enamorado Escritor  estaba muy consciente que La Musa para él siempre sería  un amor imposible.  Él estaba claro en su tormento que  su querer era algo inaccesible. Su triste condena era quererla para siempre a lo lejos, como se quieren a las estrellas del cielo. El único consuelo que le quedaba era soñar con ella desesperadamente, pero nada más. Solo con eso debía conformarse  porque él  sabía perfectamente que su amargo destino era amarla inadvertido  desde la distancia y el  silencio de un rincón escondido,  durante toda la vida. Para su agonía,  él debía disimular calladamente  ante los demás para tapar de ese  modo que aquel  algo llamado amor seguía creciendo sin parar en su alma incluso estando siempre separados y que ese  vacío que sentía en el pecho  por aquello que pudo ser pero nunca fue y nunca  será jamás dejaba de causar  dolor.

Sin embargo, tanto ella como él sabían muy bien sobre el secreto que ambos compartían.  A  veces durante las noches  solitarias y los domingos sombríos a ella le  ocurría  que  los miedos y la negación abrían paso a  las dudas   por un sutil momento y ,como una rafaga de viento que viene y se va, la pequeña idea  de un amor tardío rozaba sus cabellos y le erizaba la piel. Un pensamiento atrevido le cruzaba la mente ligeramente como una gota de agua que cae y se evapora rápidamente. Pero lamentablemente después de los suspiros y de aquellos breves extravíos pronto volvía  a recordar su antigua costumbre de protegerse y esconderse como si esa vida no vivida que llevaba fuera una deuda eterna que debía pagar infinitamente. La verdad era que por mucho que lo intentaba y en contra de lo que constantemente ella misma decía que  deseaba nunca lograba alejarse totalmente de la ilusión de  amar.  Al amor siempre lo esperaba y siempre lo despedía como aquella vieja señora que iba a la estación  todos los días aguardando al tren para luego  decirle   adiós  llorando.  Lo anhelaba, pero jamás  se atrevía a  marcharse en él.

El  obsequio más hermoso y generoso en  todo el mundo es  un corazón. Quien lo regala solo crece. Pero siempre pierde  quien ,a pesar que lo añora, por temor no lo recibe y huye de él como si se tratara del  más terrible de los espantos.




Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  02 de Junio 2017 en la Columna Entre libros y montañas





ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com


viernes, 26 de mayo de 2017

Mis Errores








Me habría encantado haber podido equivocarme un poco más en el pasado. Haber cometido más errores. Haber sido más valiente en muchas ocasiones y afrontar riesgos  más grandes. Dejar a un lado con mucha más fuerza la búsqueda por la perfección.  Habría preferido ser más torpe y descuidado. En muchos casos, he debido tener más sentido del humor y burlarme más de mis derrotas. He debido ser menos sensato, menos prudente, y disfrutar mucho más. Cerrar mis paraguas bajo la lluvia para darme más vida.

Yo he debido ignorar más los consejos de mi familia. Debí escuchar menos a mis maestros. Desobedecer un poco más. Ser más irreverente ante la autoridad. Ser menos paciente con el amigo ingrato. Ser menos amable con el necio.  Ser menos práctico. Ver menos televisión y no prestarle atención a las noticias. Nunca sacrificar   mi tranquilidad por el dinero. Nunca extrañar al objeto perdido. Andar por la vida sin tantos cálculos. Reirme más.  Trabajar menos y viajar más. Admirar más el paisaje. Contemplar más atardeceres.  Botar más la compostura y perder más la seriedad. Acostarme más tarde por las noches y  dormir  por  más tiempo en  las  mañanas.  Comer más postre. Cantar, bailar, volar y  soñar  mucho más. Permitir que el viento me despeine  y confiar  más en el azar. Temer menos  y amar más.

Siempre he podido adquirir  un par de vicios más. Ponerle más whisky al café por decirlo de alguna manera. Caer más en las tentaciones. Tener más afectos. Retar más a lo prohibido. Entregarme, darme, enamorarme y  relajarme más.  Siempre he podido tener más amoríos inapropiados. Tener sexo de modos más atrevidos y en sitios más inesperados.   He podido perder la cabeza por la mujer incorrecta más veces. He debido dar ese beso que nunca di. He debido decir ese te quiero.

Con el tiempo, uno algo aprende. Y yo he descubierto con los años  que  no quiero un mundo perfecto y que tenerlo todo nunca es suficiente.  Uno aprende con los días que todo cambia ,y que casi nada es para siempre. La suerte llega ,y luego se va. En la medida que va avanzando el calendario, hay cosas que ya van dejando de importar, y otros que van  tomando  mayor valor. Uno valora más los destellos de belleza, los dulces  momentos, los pequeños detalles,  el poder del perdón, y la capacidad de agradecer. Uno valora más al generoso, al bondadoso y al sincero. Uno  va comprendiendo  que  en la vida muchas veces  lo  más sano es olvidar y que la verdadera nobleza está en dar regalos a los demás sin muchas condiciones.  Más importante que el éxito es el sentir.

Cualquiera puede llegar a ser exitoso en esta sociedad de plástico, pero no cualquiera sabe fracasar con estilo. Se requiere cierto talento para fracasar a lo grande.  Hay que aceptar las caídas , sin lamentos y  con orgullo. Esa competencia eterna que se vive hoy en dia es absurda.  La vida es sobre lo  sublime del instante. No la deberíamos convertir en una carrera por el oro.  Eso es una absoluta tontería.  Esto del éxito es algo para el ego y yo siento que lo realmente valioso está en alma. Yo no quiero tener éxito en realidad. Yo solo quiero ser feliz.



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  26 de mayo 2017 en la Columna Entre libros y montañas





ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com


lunes, 22 de mayo de 2017

Mi vida y el mundo



Nací en una ciudad de tamaño medio en la región de los Andes Venezolanos llamada Valera, en el estado de Trujillo. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en Venezuela durante los años 80s y 90s. Mi familia paterna debe sus inicios a un poblado llamado Pampán, pero en algún punto se mudaron a Trujillo, un pueblo cercano, capital del estado con el mismo nombre. Mi padre cuando joven trabajó como telegrafista para luego dedicarse a vender autos. Fue un hombre sumamente bondadoso, generoso, perseverante y hábil. Poseía un talento excepcional para el comercio y los negocios. Sus empresas lograron un gran éxito con una técnica muy ingeniosa para la época y sobre todo para la región: Compraba caro y vendía barato. Sus compañías prosperaron y alcanzó a convirtiéndose en un par de décadas en uno de los empresarios más importantes de la zona. Creía firmemente en la voluntad y la capacidad del hombre de superarse a sí mismo. Yo llevo su nombre.
    En Venezuela, como en la mayoría de las partes del mundo, el éxodo desde las zonas rurales hacia las ciudades ha sido inmenso. Para los habitantes del campo y de los pequeños poblados, la gran ciudad significa progreso y éxito económico. La región de los Andes ha sido víctima de este proceso que se ha traducido en la  pérdida de vitalidad para la zona y la superpoblación para las grandes ciudades como Maracaibo, Barquisimeto o Caracas. Debido a este fenómeno, a pesar de descender de una familia andina y haber nacido en los Andes, pa mi niñez y adolescencia  en la ciudad de Barquisimeto.
    El acontecimiento más importante de mi niñez fue la muerte de mi padre cuando yo tenía  escasos cinco años de edad. De manera repentina, un día del mes de enero, mi padre falleció en un accidente con su propio avión. Yo amaba a mi papá y después de su muerte todo cambió. Mi memoria de él no es completa, es sumamente fragmentada pero sí muy sentida. Los pocos recuerdos que aún logro conservar de esa primera etapa de mi vida están cargados de muchos sentimientos gratos. Su ejemplo y su ausencia han influido mucho en mí. Después de su partida, tuve una infancia que oscilaba entre periodos de mucha incomodidad y otros de mucha felicidad.  
    Los periodos más felices de mi infancia fueron sin dudas, durante mis vacaciones en el pequeño pueblo de Trujillo para visitar a mi abuela y al resto de mi familia paterna. En Trujillo, donde mi abuela “MaConcha”, yo era feliz. Adoraba a mi abuela y adoraba a mis tíos y primos. Todo en Trujillo era mágico. En aquella época, un relajado ambiente bohemio lo cubría todo. Mucha música, mucha camaradería, mucha tertulia. Mucho amor. La rica comida, la naturaleza y los jardines estaban siempre presentes. Era la gloria para mí. Todos me trataban con gran respeto y cariño. El disfrute nunca paraba. Nada era impuesto, todo era planteado con sabios argumentos y con la mejor de las  intenciones. Todos me trataban con mucha cortesía. Sentía que era parte de algo y eso, desde muy joven, me dio mucha  seguridad.
    El resto del año lo pasaba en Barquisimeto en condiciones diametralmente opuestas a las de Trujillo. Crecí con mi madre y mi padrastro dentro de una familia que seguía al pie de la letra todos los clichés de la alta burguesía Venezolana. Colegios privados, viajes, casa en Miami y en la playa, fincas, una elegante casa con cuatro o cinco empleados domésticos ubicada en un exclusivo vecindario, camionetas de lujo, distinguido círculo de amistades,  una membresia del “Country Club” y otra del “Golf Club”, una vida social activa llena de whisky importado y salmón, una cuenta en dólares en el extranjero y sobre todo mucha arrogancia social.
    Yo era un extraño entre extraños. A pesar de vernos forzados  por las circunstancias a convivir bajo el mismo techo por un tiempo, nunca nos conocimos, nunca nos entendimos. Distanciarme de ellos era algo que siempre anhelé. Éramos de planetas totalmente distintos. Ellos eran una familia tradicionalista burguesa venezolana actuando como ellos creían que era correcto actuar, y yo un joven liberal e idealista con otras aspiraciones. Naturalmente, era de esperarse que surgieran fricciones y malentendidos.
   Generalmente, fui un joven tranquilo. Mi vehículo era la bicicleta. Con una vieja bicicleta de carreras me movía a todas partes. En la bicicleta iba al colegio, a la panadería y a todos los lugares. Tenía la costumbre de pasear dando vueltas  por toda la ciudad y deambular sin rumbo fijo. Esto me gustaba y me calmaba. Recorrer sin destino las calles lo encontraba terapéutico. Me encantaba. En otras ocasiones, me daba por caminar. Llegaba a caminar por horas como un vagabundo. A diferencia de los otros jóvenes de mi edad, nunca me llamaron la atención los carros. En ningún momento, quise tener uno. La pasión compartida por muchos a los carros, las motos y las máquinas nunca me atrajo. Jamás fue aficionado a los deportes, ni a la competencia. El fútbol o el basketball nunca fueron lo mío. Mis intereses siempre eran distintos al de los demás.
    Desde muy joven, experimenté una profunda inconformidad con la sociedad que me rodeaba. Tal vez por eso, desarrollé un carácter solitario y soñador. Debido a esa naturaleza perezosa y distraída que me caracterizaba, desatendía con regularidad  mis deberes. Entonces, mi madre consideró imprudente darme el derecho a un televisor en mi cuarto. Ella pensó que la televisión estimularía mi acentuada tendencia a la holgazanería. Por esta razón, siempre fui el único de la casa indigno de tener un televisor en su cuarto. Pero tenía acceso a la vieja biblioteca de mi padre. Entonces, como cosas del destino, un buen día, me convertí en lector. Un lector insaciable de libros. Devoraba libros día y noche con mucho placer. Disfrutaba leer enormemente y siempre me gustaron los clásicos. Uno de los  primeros libros que leí fue Las aventuras de Tom Swayer de Mark Twain, seguido por Oliver Twist de Charles Dickens. Me pasé por los libros de Julio Verne y de Emilio Salguieri. Leí Robinson Cruese, los tres mosqueteros, y  Los viajes de Gulliver. Con el tiempo, leí muchos otros. Leí  principalmente novelas del siglo XIX, tratados filosóficos, biografías y escritos sobre  religiones asiáticas. Tan solo me bastaba con cerrar la puerta de mi cuarto para ser libre. Fue en la imaginación donde conseguí el mayor de mis consuelos.  
     Desde que tengo memoria, he sido un gran crítico de toda sociedad que confine lo intelectual, lo espiritual y lo artístico a una posición marginal. Inevitablemente, me formé desconfiando de los adultos, los maestros, los sacerdotes y los poderosos. Me apoyé en la literatura y la filosofía como puntos de orientación.

 En el verano de 1997, después del bachillerato, partí a los Estados Unidos a estudiar en la Universidad de Tampa en la Florida. A los 17 años de edad estaba por comenzar el principio de mi nueva vida lejos de mi familia y de mi país natal.
    Para entonces mi padrastro y mi madre soñaban con hacer de mí todo un burgués. La idea general era que yo fuera un hombre de éxito, dinero y ascenso social. Dormir temprano. Despertar temprano. Seguir las normas y todo convencionalismo al detalle. Algo así como un ingeniero en computación trabajando para una gran corporación multinacional, ganando muchos dólares, una linda casa con un televisor gigante en un suburbio de Miami, una familia de 2.5 niños, viajes en primera clase, una mini vans de color gris y un golden retriever. Esta es una vida seguramente muy buena, y perfectamente deseable para muchos, pero no era lo mío. A mí me provocaba escalofríos imaginar que mi vida pudiera ser así.
     Yo quería mucho más. Quería vivir mi propia vida, y seguir mis propios sueños. Me di cuenta desde muy temprana edad que yo era yo y no otro. No quería  comenzar la vida siendo un autómata sin alma. Tenía la convicción de ser el único con la responsabilidad de dibujar mi futuro. Quería tener una vida parecida a mí y que se adaptara a mis necesidades. Nunca vi la vida burguesa como un modelo digno de emular. Al contrario, la consideraba vulgar. En todo caso, era el modelo a no seguir. Más que pura rebeldía esto se debía a una razón muy sencilla: entre burgueses, no era feliz. Mi espíritu rechazaba el tipo de vida que ellos llevaban. Me resistía a ser como ellos. Antes de imitar, preferí ser el señor de mi propio destino. Escogí vivir. Por supuesto, sabía muy bien que cometería mis errores, pero no pretendía renunciar a la libertad de poder equivocarme. Y fue la mejor decisión que pude tomar. Vivir mi vida significaba que mis fracasos serían míos, pero mis triunfos también serían míos.
   Para mí, recorrer el mundo como un errante siempre fue un pensamiento sumamente tentador. El nomadismo del trotamundos yo lo relacionaba con huir de la opresión, de los deberes, y de la rutina asfixiante, hacia la libertad, el descubrimiento y la aventura.  Entonces, viajé por el mundo. Y viajar me ofreció la posibilidad de escapar, de renacer, de recrearme y de conocerme mejor. Quien viaja mucho y conoce mucha gente adquiere  una visión mucho más amplia de la humanidad  y sus obras. Se puede llegar a comprender más profundamente el sentido de su propia vida. El verdadero viaje no está en el movimiento de un lugar a otro sino en el proceso interno de aprendizaje y crecimiento personal que ocurre solo en el alma de cada quien. Gracias a mis viajes aprendí a amar a todo el planeta y a ver a la humanidad como un todo.  Aprendí a verme como ciudadano del mundo.
    Por  años, viajé, viajé y viajé. Conocí a mucha gente. En aquellos tiempos, pude conversar con intelectuales, artistas, pensadores, líderes religiosos y políticos. Perseguí el conocimiento con una sed fáustica. Gradualmente, me forme como un hombre de ideas y de libros. Me ocupe de cultivar una mente independiente y me preocupé en marcar siempre mi posición personal ante los asuntos de relevancia y actualidad.
    Después de varios años en los Estados Unidos, debido a que nunca me gustó en realidad el modo de vida estadounidense, decidí mudarme al Medio Oriente. Me traslade a la hermosa ciudad costera de Haifa al norte de Israel para vivir ahí por una temporada. Conocí el país, su gente, su cultura, su comida y sus sitios sagrados. También escuché sus idiomas, el hebreo y el árabe. Y tuve el placer de conocer gente de casi todos los lugares del planeta y de casi todas las religiones. En Israel, me relacioné con judíos, cristianos, musulmanes, drusos y bahais de todas las tendencias. Ahí hice amistad con personas de sitios tan interesantes como la India, Nepal, las Polinesias, Singapur,  Escandinavia, Mali, Suazilandia y Azerbaiyán, entre muchos otros.  Sobremanera, me atrajo la vida rural israelí. El kibutz y el moshav  son modelos alternativos que estudié con entusiasmo. Investigué sobre su agricultura y su modo de organización. Mi feliz estadía en Israel se extendió por casi dos años.
    Luego, me fui al Amazonas (Venezuela). Me introduje al interior de la selva y me establecí por casi un año en una comunidad indígena de los Piaroa para vivir como ellos. Gocé de los sentimientos de la vida salvaje. Tuve la oportunidad de escuchar sus leyendas, tradiciones y creencias mientras observaba sus  costumbres  y su estilo de vida. Cada vez que podía, iba a visitar al chamán de la aldea. Y el viejo chamán siempre compartía gustosamente conmigo su sabiduría ancestral.
    En mi juventud, conocí muchos sitios, lugares como países de América Central y el Caribe, países de Europa, China, Turquía,  Canadá o México. Después de un largo recorrer pude ver que la vida que lleva la mayoría de las personas no es una vida realmente satisfactoria. El descontento es general. Sin embargo, ninguno de nosotros está de ninguna manera obligado a seguir un modo de vivir que no deseamos.  Cada quien debe vivir a su manera y punto. Es cuestión de ser sincero con uno mismo e ignorar las voces del conformismo y el miedo. Solo luego de hacer esto, uno será verdaderamente feliz y pleno.
   Todos los tesoros del mundo juntos son solo una simple mota de polvo cuando los comparamos con la infinita riqueza y el inmenso mar de posibilidades que es nuestro universo interior. E inspirado por esta noción, me empeñé en buscar un lugar con las condiciones ideales para poder crecer internamente, y después de encontrarlo, convertirlo en mi hogar para vivir ahí por el resto de mis días.
    Yo quería algo más de la vida que la existencia vacía que llevan la mayoría de las personas. Deseaba vivir una vida que tuviera un sentido y se rigiera por una línea moral. Sin distracciones, ni postergaciones. Quise desarrollar una profunda vida espiritual. Hacer el bien. Purificarme. En otras palabras, quise vivir.
    Decidí escuchar mis fuertes deseos de soledad y retiro. Y me convertí en asceta. Sencillamente, me fui al campo indefinidamente para dedicarme al estudio y a la reflexión en medio de la belleza y la tranquilidad. Preferí crear mi propio mundo y vivir fuera de la sociedad. Vivir en la naturaleza entre libros y montañas como un anacoreta para hallar en mí mismo la solución a mi propia existencia.
     Me establecí a las afueras de Trujillo, el pueblo de mi abuela paterna en los Andes Venezolanos. En una pequeña casa, solo como un ermitaño, empecé a vivir al igual que un robinsón. Cultivé con mis propias manos un pequeño huerto. Cociné a leña. Del techo, recogí agua de lluvia. Improvisé mis muebles. Sin refrigerador, televisión por cable, lavadora, bullicio o ajetreo, me propuse a vivir felizmente una vida sencilla, frugal y llena de gratitud. Disfrutar de los pequeños placeres y logros cotidianos. Leer buenos libros, escuchar música, pasear por los bosques, y  ayudar  a los demás.
    Al principio, mi aislamiento del mundo fue radical. Sin embargo, con el tiempo se ha moderado notablemente con la excepción de contados intervalos donde he aplicado este mismo radicalismo por períodos de diferente duración. Se podría decir que ahora este especie de exilio que cuento no es un exilio literal sino más bien un exilio figurado o en todo caso relativo, no total. A pesar que disfruto mucho la soledad y que paso mucho tiempo solo en mi casa, al mismo tiempo tengo muchos amigos y participo en muchas actividades sociales y culturales fuera de mi casa.
    Después de darle la vuelta al mundo, volví al campo donde todo comenzó. He llegado a la conclusión con el tiempo que la vida es una auténtica odisea y que la verdadera sabiduría radica en reconocer nuestra propia ignorancia. Un día dejamos el hogar para viajar por el mundo, viviendo aventuras, superando obstáculos y conociendo otras gentes para al final volver de nuevo al mismo punto donde todo inició. Terminamos donde comenzamos y, sin embargo,  seguimos formulándonos las mismas preguntas eternas de siempre: ¿Quién soy? ; ¿Dónde estoy? ; ¿Cómo debo encauzar mi vida?;  ¿Cuál es su sentido?  ; ¿Cómo es el mundo que me tocó vivir? ; ¿Cuál es mi papel a jugar en este mundo?  ; ¿Cuál va a ser mi contribución en la historia?;  ¿Cómo alcanzo mis  sueños? ; ¿Cómo logro ser feliz?

     Cuando uno puede disfrutar de abundante tiempo libre y soledad, las ideas y los pensamientos florecen con gran facilidad. Uno se vuelve más observador y agudo. La mente se vuelve mucho más lucida. Ver el mundo desde lo lejos, da una perspectiva muy valiosa. Entre el ocio y tanto verde, descubrí que escribir me permitía comprender muchísimo mejor todo lo que leía en los libros y todo lo que pensaba. Entonces, escribí. Y escribir se convirtió en una especie de compañero fiel en medio de estas montañas. Mis escritos son los intentos ilusos de un lobo estepario para dar respuestas a esas preguntas eternas que realmente no tienen una respuesta definitiva.
Gustavo Godoy

*Extracto de un escrito mas largo aun sin publicar



ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com