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viernes, 16 de febrero de 2018

Diálogo fantástico



El individuo es una mera fantasía. No existe. El uno es un número falso, ilusorio y tan solo aparente. En el fondo, somos una gran multitud de seres, seres que cohabitan en una rica, compleja e intangible realidad que está cambiando sus paisajes sin cesar. Cada uno es un inmenso universo, infinito en el tiempo y en el espacio. Cada “persona” es, en realidad, un libro eterno e insólito donde son representados innumerables personajes que interactúan vivazmente en un océano de matices y posibilidades sin fin. Hay tantos yos como azules en el cielo.

Era uno de esos días que veía todo inconexo y gris, seguramente a raíz de algún desaire o algún revés. Estaba aún solo en casa, acostado en un diván, pero, como por obra de un extraño sortilegio, de hecho, no me sentía en casa. De pronto, me encontré en otro lugar.  Me vi deambulando afuera, entre las estrechas y oscuras callejuelas del mundo. Estaba caminando triste y en círculos como la persona que busca algo pero en realidad no sabe qué. Vagaba cabizbajo, algo abatido y un tanto decepcionado. 

Al poco tiempo de estar en ese mágico dominio, uno de mis yos me llamó. En un primer momento, lo ignore desdeñosamente. Pero él insistió. Trate de evitarlo porque no estaba de ánimos para charlas. Sin embargo, él terminó por imponerse. Me tomó del brazo con firmeza y me susurró al oído: “¡Amigo!, quiero decirte algo”. Era viejo y de lento proceder. Se asemejaba a mí, pero mucho más desgastado e irónicamente mucho más feliz y sereno. A mí, al principio, me pareció sumamente imprudente. Pero como me di cuenta que ya no me podía escapar, no me quedó otra que escucharlo. Entonces, ahí estamos los dos, sentados en un banquillo imaginario en un recóndito y secreto rincón de mi mente extraviada, mi viejo yo conversando con mi joven yo.

Después de una breve pausa, el viejo me dijo: “¡Sabes!, te envidio”. Yo hice una mueca en señal interrogante. Él, luego de notar mi reacción, prosiguió. “Sí, es verdad. Si nos tomamos el tiempo para mirar atrás y reflexionamos un poco, nos daremos cuenta sin mucho trabajo que esos años de dolor y de soledad, de dificultades y de pérdidas, de problemas y de amargos abandonos, esos años son los mejores” -Yo sonreí ofendido y aparte la mirada en gesto de protesta-.

-“Sí, estoy hablando en serio, querido amigo” - Me afirmó con un tono mucho más firme y aplomado-. Y prosiguió: “¿Qué pretendes? ¿Quieres que nunca le pase nada? ¿Tú aspiras que todo se te  dé fácil, así nomás?¿Dónde estaría el mérito en eso? ¡Una vida de gloria, pero sin esfuerzo! Eso sería muy triste. ¡Bah! Pasear por la llanura es demasiado poco. Yo prefiero escalar montañas. Claro que la vida es dura y está llena de contrariedad. No te lo niego. Pero hacerse la víctima no resuelve nada.”

“Ahí, al borde del abismo y las tinieblas, cuando somos atacados por la soledad, el miedo y la desolación, en medio de esa oscuridad que terriblemente nos envuelve y nos golpea, en ese lugar salvaje y frío,  siempre yace  una esperanza. La esperanza, la fe, el amor, la paciencia, el cariño y la bondad, esos son tus compañeros. Nunca los abandones. Todo el dolor, todos las penas, son solo espinas de un rosal. No te rindas. Levántate. Tú eres más fuerte que un titán y tus huesos son de acero. Porque nunca se podrá doblegar la voluntad indomable y el espíritu imparable de un corazón anhelante. Cree en ti. Sé audaz, atrevido y constante. Confía en ti y en tus poderes. Asume, con tenacidad y optimismo, los retos del destino. Afronta sus designios con dignidad."

"Recuerda esto: En la vida siempre hay que tener una ilusión, un ideal, una meta inalcanzable. Eso sí, cualquier sendero que escojas, ¡amalo! Ama siempre con toda tu alma y jamás pierdas la pasión. Haz de la vida un evento memorable.”

Gustavo Godoy


Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 16 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


viernes, 9 de febrero de 2018

El corazón de las tinieblas




Joseph Conrad (1857-1924), uno de nuestros grandes escritores modernos,   nació en Ucrania, de padres polacos. En su primera juventud, se  educó en francés, en alemán y en ruso, pero, posteriormente,  eligió  el  inglés como su lengua literaria.  Desde muy temprano edad, sintió pasión por  el mar. Así que, aún siendo un adolescente, se enroló como marinero para  zarpar   hacia una vida  de viajes y aventuras por el mundo. De todos sus viajes, el suyo por el Congo tuvo en él obviamente un efecto profundo. Por sus comentarios, ese viaje se sintió como un descenso al infierno. Y  lo cambió en lo más hondo.

El capitán Marlow, marino mercante inglés, es el temerario personaje que utiliza Conrad para contar su historia personal. Sin embargo, el Marlow que conocemos en El corazón de las tinieblas (1899) va más allá de ser un personaje solamente, parece, más bien, una actitud moral, la del propio Conrad. La verdad es que Marlow no solo narra los hechos, sino que también los comenta, los siente y los sopesa. Si leemos sus “juicios” superficialmente, podríamos caer en el error de considerarlos una censura total de lo vivido; pero no. Sus conclusiones, aunque sumamente sombrías, distan de ser precisas. De hecho, presentan  una gran ambigüedad y bastantes dudas. Lo que sí queda perfectamente claro es la intensidad de sus emociones. Sus impresiones son tan profundas y desgarradoras que dejan al lector estupefacto del asombro. Eso es porque  el texto, sobre todo en su tono, posee una fuerza impresionante. La obra logra expresar el horror, la zozobra, la fatalidad, y la oscuridad de aquella experiencia  extraordinaria, como ninguna otra.  Es el trabajo de un verdadero genio de la sensibilidad.

El corazón de las tinieblas es el  relato de un viaje por el río Congo.  La obra es, evidentemente, casi una autobiografía, claro que convertida en un hondo estudio de las emociones humanas. Por una parte, la novela denuncia severamente las terribles ironías,  la amarga hipocresía y los tristes excesos de la colonización europea en África, pero, también, plantea temas morales más universales. Conrad explora aquí el problema de la soledad, el poder y la fragilidad moral del ser humano.   Es decir, los nefastos efectos morales que podrían recaer en un hombre el  poseer un poder sin controles ni frenos.


 La trama, en sí, sorprende por su sencillez.  El capitán Marlow  es asignado con la misión de navegar, con un barco a vapor,  río arribo, adentrándose al centro  de la selva, para rescatar a un destacado comerciante de marfil, un tal Kurltz, que presuntamente  ha caído gravemente enfermo. Pero lo impactante del relato no son los hechos  como tal, sino la atmósfera tenebrosa y sofocante que poco a poco se va construyendo en una especie de crescendo. Con el pasar de cada página, la tensión se va  incrementando hasta llegar a niveles de expresión muy potentes. A cada momento,  la selva se hace más  lúgubre y más intimidante. Y el personaje de Kurltz también se revela paulatinamente cada vez más grande, más enigmático y más inquietante. Kurltz, un hombre de gran talento y dotes excepcionales, se ha convertido un terrible tirano,  en una suerte de dios del mal, el cual los nativos rinden culto como a un demonio. Kurltz es un hombre con algo que decir.  Un ser que fascina,  confunde y  perturba al mismo tiempo. Lo que más trastorna a Marlow de su encuentro con Kurltz y al escuchar su voz, es la lucidez de sus ideas. Kurltz no parece estar loco, pero debe estarlo. El corazón de las tinieblas es un oscuro viaje hacia las profundidades del alma. 



Gustavo Godoy


Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 09 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 2 de febrero de 2018

Goethe







Para gran beneficio de la cultura, Goethe logró unir tendencias estéticas anteriormente consideradas como antagónicas en algo armonioso y superior. Pudo equilibrar magistralmente los impulsos románticos, típicos de las regiones germánicas, con los clásicos, heredados del mundo grecorromano. Supo combinar los valores propios de una burguesía emergente ligada exclusivamente a un ámbito nacional con la tradición aristocrática europea, acostumbrada a moverse en un escenario internacional. Es decir, sintetizó corrientes supuestamente contrapuestas y las llevó a un nivel mucho más elevado. Con su obra, subió el estándar de calidad y, al mismo tiempo, la hizo accesible a un público más amplio. Goethe creó literatura universal.

Johann Wolfgang von Goethe nació el 28 de agosto del año 1749 y murió el 22 de marzo del 1832. Nació en la ciudad de Fráncfort, en lo que hoy se conoce como Alemania. Es el más grande de las letras alemanas y uno de los gigantes de todos los tiempos. Con Goethe, sobre todo en su país, hubo un antes y un después. Poeta, novelista, dramaturgo, científico, abogado, diplomático.   Fue un hombre total. Un acontecimiento único. Colocó a su patria en la boca de todo el mundo y le dio a su terruño un prestigio cultural del que carecía. Fue un ser extraordinario.

El Goethe joven participó en el influyente movimiento artístico conocido como Sturm und Drang, (preludio del Romanticismo). Después de abandonar el estilo rococó de sus inicios, e inspirado por Homero, Shakespeare, Ossian y escritores provenientes del pueblo llano, comenzó a escribir bajo una nueva poética.

Su primera novela, basada en una vivencia personal, nos relata la tragedia de una pasión frustrada, los tormentos de un joven burgués e intelectual enfrentado ante el amor y la sociedad.  Los sufrimientos del joven Werther, una obra atrevida que causó un verdadero furor por toda Europa e impuso nuevos esquemas. La novela conmocionó porque produjo un efecto profundo en la vida emocional de sus lectores. Los jóvenes se vieron en Werther y se identificaron con su pesar. En su tiempo, fue una sensación, un fenómeno editorial sin precedentes.  Hasta el monstruo de Dr. Frankenstein leyó el libro. Y se dice que Napoleón Bonaparte siempre llevaba una copia en un bolsillo.   

Sus otros escritos, por otro lado, se han convertido en valiosísimas guías educativas para las clases cultas, principalmente su texto autobiográfico titulado Poesía y verdad, pero también sus novelas de formación como Los años de Wilhelm Meister, Los años de peregrinación de Wilhelm Meister y Las afinidades electivas.  Son verdaderas joyas del desarrollo personal. Una referencia obligada.

Luego, tenemos su drama teatral, Fausto. Esta es la obra poética más trascendente en lengua alemana. Un drama universo. Lo tiene todo. Se basa en la leyenda del alquimista y astrólogo alemán Fausto, hombre que, motivado por una desmesurada sed de conocimiento, realizó un pacto con el Diablo. Fausto es un desafío contra el mundo y los límites que nos impone. El personaje, hoy, se identifica con la voluntad indomable del hombre de energía avasallante. La imagen de todo desenfreno.

Goethe es el símbolo de lo mejor del humanismo alemán. Todo lo contrario a lo que podría representar una figura como la de un Hitler.  Goethe tenía mil facetas. Era un hombre de acción y, al mismo tiempo, de gran intelecto. Un romántico de clase mundial.  



Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 02 de Febrero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 26 de enero de 2018

Marcel Proust





Contados son los que verdaderamente han leído la obra de Marcel Proust. Los pocos que han empezado, en su mayoría, se han quedado en el camino, abatidos y frustrados. Eso es porque leer a Proust no es tarea fácil. Su lectura es una montaña difícil de conquistar. El primer desafío con el que se topan los valientes es su tamaño,  su inmensidad. En busca del tiempo perdido, su novela, es una pieza enorme que abarca  más de cuatro mil intimidantes páginas, divididas en siete generosos volúmenes. Esta es una obra que requiere mucho tiempo y dedicación.  Es muy extensa, gigante. Por otro lado, el siguiente desafío es el estilo, sumamente complejo y rico. El autor es gran amante de los detalles y de las frases superlativas. Las oraciones son larguísimas, llenas de imágenes, metáforas y recursos. Son capas y capas que caen dadivosamente  como una cascada en un mar infinito de palabras. Toma cierto esfuerzo y sensibilidad. Sin embargo, si uno logra superar ileso las primeras 200 páginas,  no se puede parar. Uno se vuelve adicto ante tanta elegancia y placer. Proust es un escritor brillante y excepcional. No es para todos. Pero para  los que logra atrapar,  no hay vuelta atrás. Ya nada será igual.

Marcel Proust (1871 –1922), aunque poco leído, es uno de los escritores franceses  más influyentes del siglo XX. Durante su juventud, se codeó con la alta sociedad parisiense pero  luego se apartó y se  recluyó,  por casi 17 años y hasta el final de su vida,  en su habitación solitaria para dedicarse únicamente a escribir. Abandonó  todo por la literatura. Era su obsesión.  Su texto es conciencia pura, un titánico monólogo interior. El narrador, en primera persona, del mismo nombre del autor, trasmuta cada vivencia, cada impresión y cada detalle cotidiano en una profunda experiencia interna. En busca del tiempo perdido es una novela sobre el tiempo y el recuerdo. No, no es un mero relato del pasado. En realidad, es una constante evocación de lo vivido. Apoyándose en las ideas sobre la percepción subjetiva del tiempo del filósofo Henri Bergson, Proust transforma, cualquier cosa, por ejemplo, el sabor de una magdalena con un sorbo de té en una cadena de asociaciones sinfín que une el pasado con el presente en un encuentro involuntario sumamente sentido. Esta es una novela colosal. Es sobre el tiempo, la memoria, la imaginación, el amor, los celos, las relaciones sociales, el arte, la homosexualidad, el desengaño, la belleza y mucho más.


Proust nos recuerda, en sus libros, que todo es finito e inconcluso, que el universo yace en las pequeñas cosas, y que solo en las ilusiones y en los sueños podemos aspirar a la eternidad. Al final de la novela, Marcel, el narrador, mientras reflexiona  sobre su vida, llegó a la conclusión de  que la única forma de fijar lo que ha vivido en algo perdurable era escribir sobre ello. Convertir su vida en arte. Todo su obra es sobre  el como y el  porqué  Marcel  decidió convertirse en  escritor y la obra que uno está casi por   terminar de leer es la obra que el narrador está a punto de comenzar a escribir. ¡ Fascinante!

Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 26 de Enero 2018 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 19 de enero de 2018

Thomas Mann


La novela como género literario dominante tuvo sus inicios en la Europa
en el siglo XIX. Lo que Pablo Neruda llamó “el bistec de la literatura” se
consolidó en este periodo. En este siglo, en las grandes capitales europeas,
el mundo de los libros experimentó una serie de cambios importantes. La
relación entre  el autor, las editoriales y los lectores rompió con
el pasado y un conjunto de condiciones se presentaron para  favorecer su
desarrollo.
Este periodo marcado por la agitación social y los avances tecnológicos
tuvo como escenario principal  lo urbano. La revolución industrial,
el crecimiento de las ciudades y el nacimiento de la burguesía (la clase
media urbana) asumieron definitivamente el protagonismo histórico.
Y el auge de la  novela estuvo vinculado a este proceso.
Los escritores  empezaron a preocuparse   con la realidad
social de sus contemporáneos y mostraron  gran interés en relatar las vivencias e
intimidades de la gente común. El lenguaje se volvió más real y accesible. La
temática se centró en lo cotidiano.
Alemania es un país que llegó tarde a la modernidad y su unificación
como gran nación con centro urbanos de cierto tamaño también llegaron
tardíamente. Esta situación repercutió en su literatura. Los alemanes siempre
fueron conocidos por sus filósofos, estadistas y militares, pero por  literatos muy poco.
Claro, hay excepciones. Goethe y Mann rompieron muchos hitos para Alemania
en materia literaria.
Thomas Mann, junto a Goethe anterior a él,  colocaron a Alemania en
el mapa de la literatura universal. Mann nació en la ciudad de Lübeck, el 6
June 1875, hijo de una familia de importantes comerciantes venida a menos. Ganó
el premio Nobel en 1929.  Alcanzó la fama mundial con su primera novela,
Los Buddenbrook. Una novela de familia sobre la decadencia con fuertes tintes
autobiográficos. Luego, escribió otras. Muerte en Venecia, La montaña mágica,
y, la última de sus creaciones maestras, Doctor Faustus son las más
conocidas. De él,  La montaña mágica es mi obra predilecta. Es una novela
de crecimiento personal y reflexión. No pasa mucho. Todo lo importante sucede
en el interior de su protagonista producto de sus conversaciones con los otros
personajes.  La pieza es muy extensa pero vale el esfuerzo.
Mann es un escritor burgués, miembro y exponente de la burguesía alemana
de principios del siglo XX.  Y su obra es un reflejo de su tiempo y de su
vida.  Toda su obra es un transmutación de una realidad vivida. Es uno de
esos escritores que representa a su clase y paradójicamente la crítica al mismo
tiempo. Abordaba siempre  el  conflicto entre el individualismo y el sociedad.
La oposición entre la vida burguesa y la vida del artista. Tema muy alemán, por
cierto. En sus trabajos modernizó los ideas de Goethe, Wagner, Schopenhauer y
Nietzsche.  También mitos bíblicos y románticos. Con un estilo muy
particular.
Thomas Mann, un escritor muy alemán, un escritor muy universal. Burgués,  pero
tormentosamente apasionado. Leerlo es toda una experiencia.

Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 19 de Enero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 12 de enero de 2018

Hermann Hesse


Hermann Hesse es uno de esos grandes escritores que injustamente han sido tildados, despectivamente,  por algunos críticos como una lectora solo para adolescentes. Eso probablemente  se debe a ciertos prejuicios que deambulan persistentemente en el mundo literario, sobre todo entre los más puritanos. Dicen algunos autores, como Vladimir Nabokov, por ejemplo, que la tendencia a identificarse con un personaje literario y extraer de una pieza de ficción narrativa algún tipo de técnica para vivir es una actitud pueril. Se debe leer con distancia y buscando exclusivamente el placer estético propio del arte. Según esta postura, la vida “real” es la única escuela. El arte no enseña nada sobre la vida. Yo comparto en parte esta corriente. Sí, tiene algo de validez. Sin embargo, no deja de tener sus excesos y exageraciones. Encuentro más sabiduría en una posición intermedia, en la moderación del punto medio. Porque  existen obras que parecen estar escritas para uno y sobre uno. La identificación es inevitable. Como inevitable es  extraer lecciones prácticas que nos orienten,  como lo haría  un paciente mentor. Hay obras que a pesar de lo que podrían argumentar  algunos  expertos y eruditos  se aferran al corazón, eternamente. Nos guían y hablan directamente. Afectan de modos muy  concretos nuestro modo de vivir la vida. Hesse es eso, un compañero, un amigo y un apoyo para los que nacimos con almas solitarias.

Las  historias de Hesse  contienen más reflexiones que acciones.  En otros autores, tal vez la mayoría, las ideas ocupan un rol secundario. La acción predomina.  Sin embargo, en la obra de Hesse las ideas  son la estrella. El escritor explora el problema de la identidad personal. Desentraña lo esencial en el hombre. No describe paisajes ni grandes batallas. Su mirada yace en lo interno del individuo romántico e incomprendido  en su apasionado conflicto con un entorno que lo aísla despiadadamente.  Sus personajes buscan superar las disonancias entre la inteligencia, el espíritu, la sociedad, el sentimiento, la razón y  la paz interior. La meta es armonizar al ser humano con la totalidad.

Hermann Hesse nació en  Calw, pueblito alemán de la Selva Negra cerca de Sttutgart, el 2 de julio de 1877. Creció en un hogar sumamente religioso, hijo de un misionero. Pero su temperamento desde muy temprana edad rechazó ese tipo de educación. Su verdadera vocación estaba en la literatura. Desde joven, Hesse quiso  ser escritor. En 1914, después de un viaje por el sureste asiático en búsqueda de espiritualidad, se radicó en Montagnola, Suiza para vivir como un ermitaño y escribir. En vida, reconoció la influencia de  Platón, Spinoza, Schopenhauer, y Nietzsche. Pero sobre todo la influencia de las religiones orientales.   Sus libros más conocidos son Demian, Siddhartha y El lobo estepario. Alcanzó la fama en Alemania, sin embargo el reconocimiento mundial lo obtuvo mucho más tarde. A mediados de los sesenta,  Occidente redescubrió al escritor. La juventud. Los hippies, los solitarios, los rebeldes, los marginados, los incomprendidos y los soberbios  de este mundo encontraron en el ermitaño de Montagnola un gurú.

Hesse es un autor que  siempre retorna. Aparece y reaparece cada cierto tiempo. Es un autor ignorado por muchos. Amado por muchos más. Para mí, es alguien muy cercano. Ha estado ahí cuando más lo he  necesitado. Y sé que siempre estará ahí en el momento más  oportuno.  Por mucho que me porfié Nabokov, no lo puedo evitar. Debo admitirlo.  Y, sí, tal vez sea un eterno adolecente, un inmaduro.  Pero cada vez que leo El  lobo estepario, lo siento en lo más profundo de mi ser. Yo soy el lobo estepario.   Esa novela es sobre mí. 




Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 12 de Enero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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miércoles, 10 de enero de 2018

viernes, 5 de enero de 2018

El boom latinoamericano




Se podría afirmar sin temor a exagerar que antes de los años 60 los escritores latinoamericanos, sobre todo los novelistas, eran poco conocidos  en el mundo.  Es más, eran poco conocidos en la propia Latinoamérica, entre sus coterráneos.  Se escribía, sí. Muchos escribían muy mal y otros muy bien. Pero incluso los mejores  carecían en una audiencia numerosa.  Los lectores de autores hispanoamericanos eran escasos.  Existían  escritores oficiales vínculos a la política. Y tenían fama de buenos porque a  los gobiernos de turno les convenía  decir que eran buenos. Sin embargo, la mayoría escribía con demasiada erudición y con un lenguaje sumamente barroco. Empecinados en el criollismo, el naturismo  y el costumbrismo.  Lamentablemente, debido a los complejos y resentimientos tan  típicos en los países periféricos, el provincialismo siempre  desplazaba a lo universal.  Y,  por supuesto, la calidad se comprometía entre tanta necedad. Claro, hubo notables excepciones. Por ejemplo, Borges. 

En la primera mitad del siglo XX, el mundo no le prestaba mucha atención a Latinoamérica. Realmente, nunca pasaba nada interesante.  Pero esto cambió en los años 60. En esta década, el continente  experimentó gran agitación social y política relacionada a  la Guerra  Fría. El triunfo de la Revolución Cubana colocó a la región en el mapa mundial.  Mientras que eso estaba sucediendo, un grupo de jóvenes escritores vanguardistas, nativos de países hispanoamericanos pero vinculados a Europa, e inspirados por  prosistas europeos y estadounidenses como Faulkner, Proust, Joyce, Woolf, Kafka, Sartre, entre otros, estaban creando una narrativa nueva que rompía con el pasado  y tenía la fuerza para competir en términos de iguales con escritores de talla mundial.   Fue literatura con eñe, sin complejos y sin pena. De Latinoamérica para todo el planeta.  Fue un boom. Y este boom tuvo un efecto inmediato, ya que cambió la forma en que la cultura latinoamericana fue vista por los demás. La política y esta nueva literatura impulsaron una nueva imagen de lo latinoamericano en los otros continentes. Se descubrió que había novelistas excelentes en esa región antes ignorada. Ahora todos leían a los latinos, incluso los propios latinos.

Se reconoce por concenso general  que los protagonistas de este fenómeno literario y comercial fueron el argentino Julio Cortázar, el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y el mejicano Carlos Fuentes. La agente literaria Carmen Balcells, el editor Carlos Barral (ambos radicados en Barcelona, España) y notables traductores  también tuvieron un rol importante en esta historia de éxito. Todos ellos juntos pudieron combinar del genio literario y el tino comercial para crear algo realmente grande.

Según el mito, el boom comienza oficialmente cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa gana con La ciudad y los perros  el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral en 1962. Y termina con el caso Padilla en el año 1971, cuando el poeta cubano, y opositor al régimen de Fidel Castro, Herberto Padilla  fue perseguido por razones netamente políticas. Eso dividió a los intelectuales de izquierdas y fracturó muchas amistades. Los autores del boom no escaparon a esta discordia que despertó tantas pasiones en su época. 

Las novelas más representativas son Cien años de soledad de García Márquez y Rayuela de Cortázar. Pero hay otras. El boom no fue un movimiento como tal. Pero se podría decir que existió una preferencia por unir lo fantástico con lo cotidiano y una predilección por la ficción histórica. Tuvo un impacto muy positivo. Se reconoció la obra de escritores hispanoamericanos previos al boom. El mundo descubrió a escritores como  Borges, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Juan Rulfo. Y también se abrieron nuevas oportunidades para los autores que surgieron después del boom. 

Aun hoy, hay escritores en países latinoamericanos que se enfrascan la idea de escribir solo de lo local y de los recuerdos de su infancia bucólica.  Se esconden detrás de la nostalgia y el terruño para escribir de modo ingenuo. Sin embargo, yo considero que si algo aprendimos de los escritores  del boom es que se puede posible escribir a la par del resto del mundo y al mismo tiempo ser latinoamericano.  



Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 05 de Enero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 29 de diciembre de 2017

Borges



Cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel de literatura para el año 2010, en su discurso de aceptación no pudo evitar recordar  a Borges.  El escritor argentino Jorge Luis Borges nunca obtuvo este premio. Algo que hoy parece insólito e increíble. Algunos especulan que esta penosa falla por parte de la institución escandinava se debió a consideraciones políticas. En una oportunidad, el maestro aceptó un reconocimiento de una universidad chilena y por razones de protocolo  el dictador del país para entonces, Augusto Pinochet, hizo acto de presencia durante la ceremonia. Eso, por supuesto, se malinterpretó   y  fomentó la matriz de opinión de que Borges mantenía una posición favorable hacia las dictaduras militares de derecha. Se declaró en varias oportunidades como simpatizante del anarquismo individualista de Spencer.  Y  se opuso abiertamente al peronismo y a todo sistema totalitario. Sin embargo, siempre admitió su ignorancia  en materia política y se alejó de ella.  Otros, como el escritor Ricardo Piglia,  argumentan que los suecos no le dieron el Nobel a Borges porque él nunca escribió una novela. Es cierto, Borges nunca escribió una novela. Escribió ensayos, cuentos y poesía. Dio conferencias y entrevistas  deslumbrantes. Pero novelas, jamás escribió.  Sostenía que la literatura es un arte que encuentra su mayor intensidad en la brevedad.  Las obras largas aburren y divagan demasiado, concebía. 

Jorge Luis Borges (1899-1986) nació en Buenos Aires, Argentina. Creció bilingüe. Y desde muy temprana edad, fue un ávido lector. Cuando tenía quince años su familia se trasladó a Ginebra donde cursó el bachillerato. Luego, en 1919 llega a España y se vinculó al movimiento literario conocido como el ultraísmo. En 1921, al poco tiempo de  retornar a Buenos Aires escribió su primer  libro,  uno de  poemas, “Fervor de Buenos Aires” donde expresó el impacto que tuvo la ciudad en él. Uno vez en Argentina, colabora en diferentes revistas de la época, tradujo del inglés a varios autores, entre ellos a Whitman, Kafka, Woolf y Faulkner. También   trabajó como bibliotecario mientras siguió  escribiendo, hasta eventualmente alcázar la fama internacional. En los últimos años de su vida, perdió la vista. Sin embargo, la ceguera no le impidió seguir produciendo gracias a la ayuda de terceros.

Borges es maestro de maestros. Guía de escritores. Lector consumado. Gran critico cultural.  Un autor central del siglo XX. Y sus libros  son catalogados  unánimemente  como clásicos indiscutibles. En un periodo cuando el continente estaba dominado por escritores enfrascados en el naturalismo, el criollismo y el provincialismo, adictos a un lenguaje barroco,    Borges creó literatura universal del más alto nivel en un estilo excelentísimo.

Frente a los textos de Borges, uno se llena de asombro y  extrañeza. Su escritura despierta desconfianza e incredulidad. Uno duda si lo que está leyendo es una invención o no.  En sus escritos aparecen de modo recurrente determinados temas. El tiempo, el infinito, la paradoja, el tigre, el laberinto, los espejos. Su obra nos invita a la idea de que no hay nada más fantástico que la propia realidad. Mezclaba lo verdadero con lo falso, lo ordinario con lo irreal, lo verosímil con lo increíble.

Mis libros favoritos de Borges son Ficciones, el Aleph y El libro de arenas.  Recomendaría estos libros para  los principiantes en su lectura. El maestro goza del prejuicio de ser un escritor para expertos y eruditos, pero yo no lo creo así. Borges es un placer para todos. Es misteriosamente  fascinante y profundamente  inspirador.

Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 29 de Diciembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas

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viernes, 22 de diciembre de 2017

Julio Cortázar






La obra de Julio Cortázar se destaca por poseer un marcado elemento lúdico. Sin lugar a dudas, era un autor amante de la travesura literaria. Además, tenía la gran capacidad de descubrir lo fantástico en medio lo cotidiano. Y este atributo mágico y paradójico que él podía ver en la realidad lo plasmaba en el papel con su particular lenguaje poético. Escribía como jugando, como coqueteando con guiños y sonrisas. Para nada convencional, para nada solemne. Innovador. Original. Maestro del cuento. A veces surrealista. Siempre fluido y despreocupado. Quien lo  lee queda con la grata sensación de que para él la escritura era pura diversión. En fin, era un escritor excepcional.

Cortázar nació en Bruselas en 1914, el día que el káiser y sus tropas invadieron Bélgica. Su padre trabajaba allá para entonces, desempeñaba cierta función relacionada con la diplomacia. Luego, a los 4 años la familia regresó a su país de origen, Argentina. Julio, allí,creció y estudió. Eventualmente, obtuvo un profesorado en letras. Y durante 5 años fue maestro rural y profesor de literatura. En 1951, se trasladó a Paris donde vivió el resto de su vida. Murió en 1984.

La imagen que comúnmente se tiene de Cortázar es la de un  hombre muy alto, con barba, anteojos y cabello negro mediamente largo. Casi siempre con chaqueta y aire relajado. Fumando un cigarrillo, tal vez. Su rostro nunca llego a revelar su verdadera edad. Era mucho mayor de lo que aparentaba. Y cuando hablaba, al igual que Alejo Carpentier,  pronunciaba la erre a la francesa. Ese acento no lo adquirió en Francia. Hablo así desde que comenzó a hablar.

Era un sujeto muy interesante. Le encantaba la música, en especial el jazz. Tocaba la trompeta y tenía una enorme colección de discos. Era aficionado a los viajes, a la fotografía, al boxeo,  a los museos,  a la naturaleza, a pasear sin rumbo fijo  y a  los eventos  extraordinarios. Era dueño de una furgoneta llamada "Fafner “, una gata de nombre " Franela" y  una casa de campo en Saigón.

Se destacó como traductor por muchos años. Tradujo  toda la obra de Edgar Allan Poe,  del inglés. Pero también tradujo a  otros. En la UNESCO, trabajó por mucho tiempo como traductor.

Sentía una gran admiración por Jorge Luis Borges. Borges publicó su primer cuento cuando éste dirigía   la revista Los Anales de Buenos Aires. Junto a García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa fue uno de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana de los años 60. Mi predilecto, por cierto. También fue activista de izquierdas. Luego, de su viaje a la India, desarrolló un profundo interés por la lucha política. Apoyó la revolución cubana y a Salvador Allende en Chile. Pero sobre todo, se sumó a la causa de  los Sandinistas en Nicaragua.




¿Quién fue Julio Cortázar? No lo sé exactamente. Como él decía, toda biografía es una colección de meras conjeturas. Pero su obra esta ahí. Julio está en Bestiario, en Un tal Lucas, en Libro de Manuel, en Los Reyes, en Historias de cronopios y famas, en Rayuela. El escritor está en sus libros.

¡Julio Cortázar!  Para mi, eterno compañero y amigo. Se te quiere, cronopio.



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 22 de Diciembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas



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