sábado, 18 de diciembre de 2021

El narrador mentiroso

 


Aceptamos la realidad que se nos representa. Somos crédulos por naturaleza. El escepticismo viene después. La fe es nuestro modo por defecto. La duda no es lo primero que surge. Nacemos ingenuos y confiados. Así funcionamos. Palabras más, palabras menos, el mundo es un cuento. Todo es interpretación. Nuestra vida se construye de opiniones. Y las opiniones son, en gran medida, producto de la sugestión.  

La materia prima de la vida es el evento. Es su elemento más básico. Ahora bien, el evento evoca un pasado (memoria), un presente (reacción) y un posible futuro (expectativa). Cada evento contiene texto (apariencia), contexto (entorno) y subtexto (significado). Se trata de un cambio. ¿Qué es un cambio? Es perder algo para ganar algo más. El exceso del pasado nos lleva a la culpa. El exceso de presente nos lleva al miedo. Y el exceso de futuro nos lleva a la ansiedad. Nadie quiere perder por nada. Nos gustaría creer que la vida es una progresión constante hacia nuevos y mejores significados. 

 Sobre las transformaciones. De lo “malo” a lo “bueno'', nacen las emociones positivas. De lo “bueno” a lo “malo” nacen las emociones negativas. De lo “mixto” a lo “mixto”, nacen los finales irónicos y contradictorios. ¿Qué es lo “bueno”? ¿Qué es lo “malo”? Son ideas en nuestra mente. 

¿Quiénes somos? En la mayoría de los casos, somos una historia contada por los demás. Somos nuestras referencias. Primera escena de la película. Primera página del guion. La cámara es el narrador. El trabajo del director es presentarnos al héroe y crear una relación de empatía. El método más usado para crear empatía es mostrar su humanidad. ¿Humanidad? ¿Cómo? Podemos mostrar su vulnerabilidad. Se puede tratar de un simple acto de inocente torpeza. Una situación de profunda injusticia. Un generoso y desinteresado acto de bondad. O la búsqueda (obsesiva) de un sueño imposible. 

Hay otro método. Las audiencias comienzan a sentir empatía automática por el héroe cuando este es querido por su familia, amigos o alguien especial. Imaginemos a un gordito de 10 años sin los dos dientes frontales. Torpe al caminar. Y medio tartamudo (cuando se pone nervioso). En un orfanato. Acosado por sus compañeros. Enamorado de la niña más bonita de la escuela. Amante de las donas. Sueña con ser  médico para curar la enfermedad incurable de su mejor amigo. Y, finalmente, adorado por su banda. Tenemos, señores y señoras, un héroe empático. Es decir, nos importa lo que le sucede. Nos interesa el desenlace de su historia. ¿Qué pasará con nuestro gordito desdentado y bonachón? 

Otro camino para crear empatía es mostrar valor y capacidad. Me refiero al héroe competente. Obsesivo, valiente y trabajador. Esto es empatía por admiración. El talentoso chico malo. No es muy particularmente bueno o amable, pero tiene la fuerza para hacer el trabajo sucio. Se trata de un sujeto problemático, pero poderoso. Temido, respetado y odiado, pero un solucionador de problemas. Lo queremos de nuestro lado. En este caso, también nos importa el desenlace de esta historia.

La vida es un narrador mentiroso. A primera vista, las cosas son de una manera. Pero luego, nos damos cuenta que son de otra manera. Nada es lo que parece. Un día encuentras al amor de tu vida. Y al otro día te das cuenta que has estado durmiendo con el enemigo. ¡PAM! Esa revelación lo cambia todo. Cambia la narrativa. Cambia nuestra interpretación de nuestro mundo. Nueva información puede modificar nuestras suposiciones sobre el pasado. Durante un evento inesperado, podemos descubrir nuestro verdadero potencial. Y una oportunidad puede abrir el camino para un futuro distinto. El mundo dijo que eras pequeño e insignificante. Pero viviendo tu vida descubres que en realidad eres un gigante. La historia da un giro. El narrador nos ha mentido.  

La validación social, con frecuencia, es una trampa. La persona con el trofeo no es necesariamente la mejor. ¿Qué es la validación social después de todo? Es el reconocimiento de un círculo social determinado. Es un voto de popularidad. En muchos casos, el trofeo es simplemente un signo de buenas conexiones. Por ejemplo. El reconocimiento de una persona importante es el camino más rápido para obtener la validación de los demás. A Oprah le gusta mi libro. Mi libro se convierte en un éxito instantáneo. El hijo favorito de la autoridad familiar suele ser el predilecto de toda la familia. El chef más premiado cocina la comida más sabrosa del lugar. ¿Por qué? Porque la fama es un club de apoyo. 

El éxito requiere de amigos. En otras palabras, para ganar el Nobel hay que organizarse. Ahora nos preguntamos: ¿Qué ocurre con el poder del uno? Me refiero al lobo estepario que simplemente no tiene la capacidad, la energía o el deseo de sumergirse en las dinámicas sociales de validación. O sea, ¿qué pasó con la novela que no cumplió con los requerimientos exigidos por los organizadores del concurso? ¿Qué pasó con el autor no participó? Bueno, ese no gana. Ese no recibe el premio. 

Juzgamos a los demás por sus referencias. Tómanos dictados de los demás para formar nuestra opinión del mundo. Excelente actor. Es famoso. Ganó un Oscar. Pero eso es vivir la vida por reseña. Y la vida, queridos amigos, es una experiencia muy personal. Es un excelente actor. Vi su actuación. Y su interpretación me conmovió mucho. Sin filtros. Directamente. El yo y su circunstancia en el centro. Es la historia vivida. No la vida narrada por terceros. El narrador a sus mentiras. 

Gustavo Godoy 






miércoles, 15 de diciembre de 2021

Atracción y amor

 


La opción más simple para juzgar a un extraño es por su apariencia. La apariencia no lo dice todo. Sin embargo, dice mucho. No es un sistema perfecto. No siempre justo. Pero se usa por su efectiva rapidez. Hay demasiados extraños en el mundo y el tiempo es un recurso limitado. Se requiere algún tipo de sistema que nos permita funcionar socialmente y nos ahorre tiempo. En otras palabras, el juicio de apariencias es un comienzo. La apariencia, por supuesto, es un código que debemos interpretar. Lo que implica que se basa en símbolos. Y los símbolos son engañosos. Un símbolo nos puede unir, dividir o excluir. He aquí el gran detalle: No todo significa lo mismo para todas las personas. No todas las personas tienen los mismos valores. No todas manejan el mismo lenguaje de vida. Por esta razón, el gusto es bastante errático.
Ahora bien, en el mundo de hoy, la vigencia del sistema de apariencias es debatible. En ocasiones, da la impresión que todo es una gran malinterpretación. En fin, el mundo es cada vez más ambiguo. Es posible que el rompimiento de la universalidad y la fragmentación de la sociedad tengan la culpa. En el pasado, existía un ideal común y una jerarquía compartida. En consecuencia, existía lo bueno y lo malo. Todo era mucho más claro. Ahora todo es un poco más complicado. Lo bueno es el individuo y lo malo es lo distinto a ese individuo en particular. Es la época de lo arbitrariedad individual. El individuo escoge a capricho sus valores y sus símbolos. Hemos perdido el lenguaje común. Nada parece tener sentido. Todo es un enorme malentendido. Los narcisistas han conquistado el planeta. Por ende, el encuentro humano es cada vez más difícil.
Siempre supe que lo que la sociedad veía en mí no era mi verdadero ser. La sociedad te marca. ¿Campo o ciudad? ¿Caracas o Nueva York? ¿Queens o La Quinta Avenida? ¿El cuarto del conserje o el Pent-house? “¿De dónde eres?”: La pregunta denota un interés social más que uno geográfico.” ¿Qué haces?”: Obvio que no se trata únicamente de una pregunta profesional. ¿Médico? ¿Ingeniero? ¿Albañil? ¿CEO? ¿Indigente? ¿Ladrón? Quieren saber tu estatus mediante tu ocupación. La sociedad te mide y te ubica para asignarte un valor.
La atracción es una forma de admiración. Y la admiración, en muchos casos, nace de la validación social. Si eres deportista, seguramente admiras al ganador de muchas medallas de oro. Si eres músico, seguramente admiras al músico más premiado. Si eres empresario o comerciante, seguramente admiras a las personas con mucho dinero. Si eres una persona familiar, de pronto, admiras a las familias más felices. El éxito o el fracaso se mide en una escala. Bueno, requiere un valor, un lugar y un grupo. Contexto.
El estatus es una serie de asociaciones sociales. ¿Y el físico? El físico es un universo de símbolos. El físico es algo que leemos e interpretamos en cuestión de segundos. Vemos edad, género, genética, raza, salud, vestimenta, preferencias, gestos, etc. En fin, las personas son mundos. Y nos sentimos atraídos por los mundos que admiramos. Nuestros gustos revelan nuestros ideales. Ah, nuestro historial amoroso es una caja de Pandora en este sentido. Aquí debemos incluir todo. Nuestras conquistas pasajeras, nuestras antiguas parejas, los amores platónicos, las fantasías, los dolorosos rechazos, y, muy importante, los periodos de soledad.
Todo nos lleva al tema de la identidad. ¿Quiénes somos? Me refiero específicamente a las disonancias entre la apariencia y la esencia. Lo que los demás ven. Y lo que realmente somos por dentro. Si la brecha es muy grande, esto aumenta las posibilidades de ser incomprendidos. Es la ruptura del símbolo y el significado. Lo que, sin lugar a dudas, complica nuestras relaciones con los demás. La apariencia es lo que atrae. La esencia es lo que enamora. Muchas relaciones comienzan por apariencia y terminan por esencia. Mejor dicho, se descubre el fraude y la unión muere por decepción. Quien te rechaza al principio te hace un favor.
El mejor partido no siempre es el mejor compañero. ¿Por qué? Porque el éxito o el físico no siempre es un reflejo del carácter. Nuestra esencia. La esencia no es una circunstancia social. La esencia es una constante muy personal. El carácter se revela con la convivencia. Y se desarrolla en la intimidad. Significa permiso de ser imperfecto. Significa respeto, paciencia, generosidad y tolerancia. Y eso se demuestra con acciones y decisiones concretas. Se demuestra cuando la opción más fácil es el egoísmo. Las apariencias no cuidan el alma. Seducen el ego, pero no nutren. Amar una apariencia es un desperdicio. Se ama para crecer. No para ostentar. Se ama con la esencia.
Gustavo Godoy