sábado, 24 de septiembre de 2022

La decadencia del individuo inusual

 


La dignidad universal del hombre es más teórica que práctica. Digamos que todos somos iguales en forma abstracta. Sin embargo, en lo específico, como un individuo definido, la sociedad nos asigna un valor determinado dentro de una escala de valor. Al parecer, hay personas más importantes que otras. La consideración, por ejemplo, dada a la celebridad de Hollywood o a un famoso futbolista, obviamente, no es la misma que la dada a los indigentes de la plaza. Eso sucede, porque, normalmente, deseamos la compañía de lo valioso y evadimos lo deplorable. Se podría decir que adquirimos valor por asociación. Y el valor no es otra cosa que una convención. Es un acuerdo que se forma por consenso.

Toda sociedad humana cuenta con una interpretación de sí. Nuestro mundo es, en realidad, una ficción. La cosa en sí no es ficticia. La cosa en sí es real.  O, por lo menos, eso es lo que se podría suponer. Lo que ocurre es que el ser humano tiene la costumbre de igualar la cosa con su presentación. O sea, la cosa con la idea de la cosa. Entonces, nos vemos en el espejo y pensamos (equivocadamente) que la persona en el espejo somos nosotros. Igualamos lo desigual.

Pensamos en el concepto de éxito. "Éxito" nos sugiere un logro. Algo así como triunfo en la vida.  Básicamente, se trata de una abstracción. Sin embargo, el éxito también es un lugar, una persona, un objeto, una forma, un sonido, una estética o una acción. Por lo general, la parte representa el todo. La cosa representa la abstracción. Entonces, leemos el mundo usando un lenguaje de símbolos y dejamos que la imaginación complete la historia. Matamos a la mosca. Fotografiamos a la mariposa. Consentimos al gato. Comemos al cerdo. Nos da asco la cucaracha. Pero la langosta es un lujo.

La identidad es asociación. Y “valor” son las asociaciones del sujeto con las representaciones de valor escogidas por su grupo. La moral es estática. Y la estética es un fenómeno social. Eso significa que lo ordinario gana por mayoría. El éxito, en muchos casos, es señal de adaptación. Entonces, en una familia patológica, el hijo más patológico es el hijo preferido. Porque el grupo siempre premia a sus miembros más representativos. El padre idiota nunca pierde la ilusión de pasarle su idiotez a su descendencia

En la casa de los locos, el cuerdo suele ser el patito feo. El individuo que contradice a su entorno normalmente es rechazado por desafiar el valor predominante dentro del colectivo. Ahora bien, lo que debe ocuparnos no son los pasos que debemos tomar para alcanzar el éxito. Lo que debemos reexaminar es el tipo de valor que estamos validando.

El éxito es conquistar la cima de una montaña. Pero no todas las montañas merecen nuestros esfuerzos. De hecho, hay lugares que es mejor mantenerlos en la distancia. Hay caminos que se deben tomar de bajada. Y no todo club es digno de nuestra admiración. La decadencia es la utopía de los inconformes. La inadaptación del inusual nos indica, como frecuencia, la presencia de un tipo especial de sensibilidad incomprendida.

Si la nobleza es debilidad, la bondad es perdida, la hipocresía es triunfo, la obediencia es deber, la libertad es rebeldía, la vanidad es orgullo, el esnobismo es cultura, la verdad es mentira, la soberbia es sabiduría y la belleza es dinero, es momento de que el patito feo vaya a buscar a su verdadera familia. La decadencia no siempre es fracaso. El refinanciamiento y la sofisticación son un fracaso para los brutos. Porque el valor define al grupo. Y distintos valores crean seres muy distintos. Por ende, los polos se rechazan por diferencia de caracteres.

El pertenecer, muchas veces, es una prisión. De hecho, el paraíso de uno puede llegar a ser el infierno del otro. En los caminos de la autenticidad, hay mucha soledad. Pero es una soledad repleta de mucha compañía. Porque esta marginalidad tranquila nos permite ser creadores de nuestro propio universo. Lo que, para muchos, podría parecer una decadencia en la superficie, para el subjetivo emancipado es el triunfo del individuo sobre las montañas de su alma. 

Gustavo Godoy

lunes, 5 de septiembre de 2022

La eterna incomprensión del alma solitaria.



La incomprensión es normal, cuando el otro no quiere entender. Lo especial es lo raro. Y lo raro es inferior, si se desprecia lo singular. La simplificación de los estándares reduce al mundo a una misma superficialidad. Se toma un valor. Y se crea una jerarquía que va del todo a la nada. El todo se convierte en el ideal. Y la nada se convierte, bueno, en nada.

El estatus es para el hombre lo que la belleza es para la mujer. ¿Qué es el estatus? ¿Qué es la belleza? Un estándar validado por un grupo. Un criterio avalado por los demás. El estatus se define en popularidad y dinero. La belleza convencional es definida por las revistas. En el primer caso, apareces en Forbes. En el segundo caso, apareces en People. Este sistema de categorización no es necesariamente malo. Después de todo, es una referencia. Además, para los afortunados en la cumbre, es sumamente ventajoso. El ganador lo toma todo. El vencedor obtiene todo el botín. El resto disfruta las sobras.

El problema con este sistema es que menosprecia lo interesante. El sistema actual mide un valor comparativo usando una sola dimensión del ser como criterio total de juicio. El valor del individuo interesante es intrínseco y complejo. Y se caracteriza por la multiplicidad de capas y dimensiones. En este caso, el dinero y la belleza son factores importantes. Pero no son los únicos factores para determinar el valor personal de alguien. Existen otros elementos menos aparentes y menos evidentes que complementan a la persona y/o compensan las supuestas deficiencias en otros campos. Es decir, el valor que una persona tiene para aportar va más allá de una cuenta bancaria o un bello perfil.

El valor real de una persona no siempre es reconocido por el “sistema”. De hecho, se trata de un sistema bastante torpe y engañoso. En efecto, un puesto relativamente bajo en la jerarquía oficial no siempre significa que la persona en cuestión sea indeseable. En muchos casos, no hay nada “malo” con el sujeto como tal. Con frecuencia, se debe a la presencia de un tipo de complejidad y sofisticación que elude a un sistema simplón y limitado. Mejor dicho, el interesante necesita del curioso. Una mente curiosa, abierta y generosa cuenta con la sensibilidad necesaria para apreciar las sutilezas de un individuo profundo, complejo y contradictorio.  

La satisfacción de una vida entera requiere de todo un paquete de atributos. Claro que sí se requiere dinero y belleza. Sin embargo, el dinero no siempre compra el gusto. Y la belleza física no siempre es un reflejo de la interna.

La vida, en el fondo, es la creación de un mundo propio. Se requieren medios materiales, pero lo intangible es vital. ¿Por qué? Porque se vive más en la imaginación que en la realidad. Una mente interesante puede transformar una casa en un castillo y un paseo por el bosque en una épica aventura. Por otro lado, una mente mediocre crea el efecto opuesto. Un paraíso puede parecer un infierno para el inconforme. Y lo extraordinario e increíble pueden convertirse en un tedio por un insatisfecho de vocación. 

Se necesita más que un proveedor. Y más que una cara bonita para vivir una vida soñada. Por encima de todo, se requiere de una buena disposición del alma. Cultivar el carácter. Grandes capacidades, buenos deseos, nobles valores y elevados pensamientos. La sinceridad, la honestidad, la creatividad, la cultura, la fidelidad, la sensatez, la comprensión, la tolerancia, la bondad, la generosidad, la paciencia…

¿Qué tipo de vida queremos vivir? ¿Qué valores queremos defender? ¿Qué tipo de personas queremos a nuestro lado? Lo que es bueno para la mayoría no siempre es bueno para nosotros. La felicidad es un proyecto muy personal. Se confecciona a la medida.

La “normalidad” no siempre es el consejero más sabio. Y el más noble y apto entre nosotros no siempre es elegido rey. La sociedad tiene muchos puntos ciegos. ¿Cuántos genios han sido subestimados por su generación? ¿Cuántas mujeres valiosas ha sido quemadas en la hoguera?

La estupidez humana no tiene límites. Es infinita. He ahí el problema. La estupidez normalmente gana por mayoría. Por ende, colocan a sus elementos más representativos en los puestos de mayor importancia y, desde ahí, logran imponer las normas que rigen a la sociedad toda. 

El destino del interesante soñador (en el entorno equivocado) es la incomprensión y la soledad. Lo que no siempre es malo. Una cárcel puede ser un oasis, si allá afuera todo es cuadrado y sepia.

Gustavo Godoy