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viernes, 22 de septiembre de 2017

Narciso y los Espejos




El  problema con los espejos es su carácter ilusorio. En realidad, son un engaño.  Cuando nos contemplamos en un espejo,  no vemos objetivamente.  Vemos solo una ilusión. Vemos la imagen que más nos complace.  He ahí la trampa.


Al nacer, sentimos que todo nos pertenece. Esa  fina línea entre lo interno y lo externo resulta algo borrosa. Para un recién nacido, lo subjetivo todo lo domina y el exterior es una mera extensión de sí.  De hecho, el  exterior no existe.  El yo y el todo son la misma cosa.  Esto es porque el infante carece de sentido de realidad.  No entiende cuál es su relación con el mundo porque el se cree el mundo en su totalidad.  Lo que no es él no  existe.  Lo interesante es que al crecer, con el tiempo, este fenómeno en vez de desaparecer se complica.


Un espejo es un objeto inquietante porque nos permite percibir al mundo como un simple reflejo de nosotros.  Nos convertimos en el universo entero.  En el espejo, vemos lo mejor de nosotros. El nos permite ver lo que queramos ver.  Ahí nadie nos contradice.  Es un lugar mágico donde la imaginación se transforma en realidad.  Sin embargo, hay personas que sienten vergüenza al verse en un espejo. Esto es cierto tanto para  los espejos como para las fotografías. Hay personas que sienten vergüenza de su imagen fotográfica.  ¿Por qué ?


Sin lugar a dudas, este planeta está plagado de locos. Y la variedad es innumerable. Hay de todo tipo. Estamos los vanidosos. Seres inseguros que necesitan de  los halagos para poder disipar sus  dudas internas. Estamos los egoístas. Seres miedosos que necesitan poseer todo para sentirse más tranquilos. Estamos los frustrados y deprimidos. Estos son los eternos insatisfechos que encuentran injusticias en todos lados y viven como víctimas en el retiro, llenos de rabia y tristeza. Estamos los idealistas.  Estos son los que se enamoran de algo para vivir de ese amor ingenuo. También estamos los narcisistas. Seres delirantes que han eliminado el mundo para poder interpretarse como mejor  les convenga.   Y  la lista sigue  infinitamente.  Pero lo más seguro es que todos somos una mezcla de todas estas tipologías.  Es difícil saberlo a ciencia cierta. Todo depende del individuo en cuestión.



El problema de los espejos es su carácter ilusorio. Y  nada es más difícil de soltar que una ilusión. A veces, nuestro único consuelo son nuestras fantasías.  Cuando Narciso se enamoró de su propia imagen en el espejo, toda su existencia se volvió familiar. Todo giró en torno a sus gustos,  sus valores y sus delirios. Dejó de existir lo desconocido, lo hostil y lo peligroso. Sorprendentemente,  el mundo se ajustó perfectamente a sus deseos  y de ese modo su realidad se convirtió en un dulce paraíso. Era una ilusión, pero una muy bonita. Incomprensible para los demás, pero fascinante para él.

El mundo es un gran espejo. Lo que vemos revela más de nosotros mismos que del mundo en sí. Narciso se dejó seducir por los misteriosos encantos de su pequeño universo.  Un universo fantástico pero, al mismo tiempo, hermoso. Siempre me he preguntado:De todos los finales posibles, ¿Por qué será que su final fue el de convertirse en una linda flor?



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 22 de Septiembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas








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viernes, 15 de septiembre de 2017

De los Héroes y sus Heridas




Detrás de todo héroe siempre se oculta  un dolor. Una vieja herida sin sanar que se lleva a todas partes. Una pérdida, un abandono, un menosprecio o un fracaso. Algo. El mundo puede ser un lugar sumamente cruel para el inocente y un héroe no está exento de esta cruda realidad. Él, al igual que todos, nunca espera contratiempos de buenas a primeras. Sin embargo, esto rara vez sucede. Nada llega sin reveses. La vida es así. A veces, es  la familia. Otras veces, es  la sociedad. Otras, puede ser el destino. Pero todos estas variables, ya vengan  juntas o por separado, con frecuencia, actúan de modos inesperados para frustrar nuestros planes y deseos más sentidos. Las injusticias nos hacen sentir pequeños y vulnerables. Entonces y de pronto, estos avatares fomentan la ilusión de que no somos suficientes. Las personas crecen inseguras, desconfiadas y ariscas como los erizos. Dejan de vivir y se esconden para no ser heridas nuevamente. Antes de sanar, lo que predomina es el miedo, la rabia, y las dudas.


El héroe antes de ser un héroe vive una vida de excusas y  evasivas. No afronta la realidad. Nunca asume  riesgos. Nunca se abierto a nuevos retos.  Simplemente, ahí, estancado en un círculo donde hay cambios pero no hay avances.  Impulsado por los temores, escondido en una cueva, esquivando el compromiso e ignorando su verdadero potencial y valor. Se miente a sí mismo diciéndose una y otra vez que todo está bien. Pero las cosas no están bien. De hecho, están mal. En realidad el momento ha llegado cuando hay que salir de la oscuridad y dar, de una vez por todas, un paso al frente.

Las mejores historias  comienzan con el protagonista teniendo todo en su contra. Al principio,  todo indica que los objetivos que se planean son casi imposibles de  lograr pero, a pesar de eso, se sigue caminando. Hay peligros y enemigos  por doquier, pero la voluntad puede más que la mala fortuna. Mientras más noble es el fin, mayores serán los sacrificios. No hay buena historia sin conflicto. No hay buen héroe sin valor. Una gran meta puede impulsar una historia hacia adelante pero los obstáculos son los que la hacen interesante. La gloria yace en el esfuerzo.

Una vez que el héroe ha demostrado su capacidad superando todas las pruebas, empieza a ver las cosas con mayor claridad. Sus valores cambian y crece en lo interno. Ahora su visión del mundo y de sí mismo es diferente. Al final de su largo viaje, llega a entender que estaba equivocado. Lo que anteriormente creía desear no era lo que realmente necesitaba. Nunca se trató de las grandes proezas y los grandes  triunfos. Desde un comienzo, todo siempre fue sobre algo mucho más sencillo y elemental. Amar y ser amado. He ahí el centro de todo. Tenía que aceptarse para poder dar de . Tenía que sanar sus heridas y poder realizar que sí era suficiente.  Su verdadero anhelo siempre fue  tener un hogar, pero el miedo y el orgullo se lo impedían.

Los héroes no son más valientes ni fuertes que los demás. Solo son los que no se rinden con el dolor. Son los que siguen luchando sin parar  por un mundo más amable. Son los que aman, como si nunca hubiesen sido heridos.


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 15 de Septiembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas







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viernes, 8 de septiembre de 2017

¿Quiénes somos?





Todos nosotros hemos sentido la presión de los demás por ser alguien que en realidad no somos. Tanto la sociedad en general como nuestro entorno en lo particular nos imponen constantemente una serie de exigencias. Siempre se espera algo de nosotros. Pero, para ser francos, nadie encaja perfectamente en estos modelos preestablecidos que nos colocan. Normalmente, son expectativas irrealistas o, en todo caso, insatisfactorias para el individuo. Sin embargo, si no podemos complacer a los demás asumiendo nuestro rol asignado, ¿quienes debemos ser, entonces?


El individuo siempre es un proyecto personal, no colectivo. El contexto podría ser compartido, pero el individuo con su presencia crea siempre una realidad singular. Ese yo en unión con su circunstancia compone una sinfonía de expresiones excepcionales. En otras palabras, todos somos distintos, a pesar de que el factor gregario tiende a querer eliminar los elementos diferenciadores. La batalla entre el ser y el deber ser es eterna. El deseo de la sociedad por establecer un orden predecible siempre se ha empeñado en destruir la belleza singular. Por otro lado, el individuo siente una necesidad natural por defender su autenticidad. A veces con algún éxito y otras veces no tanto. Esto se puede apreciar claramente en aquellas ocasiones cuando la persona desafía las creencias del grupo y por ello recibe la desaprobación de los más “correctos”. En cierto sentido, todos estamos solos en esta contienda existencial. Ya sea por ser  un extraño en el mundo, miembro de una minoría incomprendida o como parte de una mayoría oprimida. La aceptación total es una quimera.


El miedo a lo diferente ha dominado la historia desde que el hombre es hombre. No es fácil transitar la ruta no transitada. La sociedad tiene sus estructuras fijas y sus prejuicios. Si una joven decide sostener una relación sentimental con alguien del mismo sexo, es muy probable que esta relación sea motivo de escándalo en una sociedad tradicionalista. Su relación sería considerada como inapropiada según la moral aceptada. Su felicidad personal sería irrelevante. Si una señora de cierta edad quiere casarse con un joven considerablemente menor que ella, esto también sería causa de censura entre los más conservadores. O si una persona prefiere permanece soltera, seguramente también será cuestionada. O si alguien escoge un estilo de vida divergente, los críticos estarán ahí sin falta. Sin embargo, todo persona tiene el derecho irrevocable de escoger su propia identidad. Tiene la libertad de ser. La identidad es potestad de la persona, no de la sociedad.


¿Quiénes somos? Somos seres únicos. Seres ricos en matices y contradicciones. No esclavos de una norma, de una tolda ni de un dogma. A menudo nos vemos en la obligación de suscribirnos a un club para sobrevivir. Para decirlo de otra manera, nos vemos forzados a dar concesiones y a defender una identidad ajena. Asumimos  etiquetas en busca de apoyo pero al mismo tiempo estas  nos aprisionan. Las etiquetas nos limitan. Nunca nos definen absolutamente. Siempre hay mucho de artificial y falso en ellas. ¿Qué es ser gay? ¿Qué es ser negro? ¿Qué es ser latino? ¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre? ¿Qué es ser ingeniero?


De hecho, somos mucho más que una etiqueta. Somos una fuerza nueva  en el mundo y nuestro destino es forjar nuestro propio camino. Somos lo que somos.



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 08 de Septiembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas






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viernes, 1 de septiembre de 2017

La Fiesta de Edipo



Una fiesta en la casa de Edipo siempre era un gran acontecimiento. Y esta en particular prometía sobrepasar todas las expectativas y convertirse, una vez más, en un éxito total. Estas reuniones ya disfrutaban de una enorme fama en Miami porque la señora de la casa siempre se preocupaba por causar la mejor de las impresiones. Y esta noche no sería la excepción. En estas veladas, el hogar se transformaba en un majestuoso anfiteatro. La rutina daba paso al espectáculo, la sofisticación y la fanfarronería buscando deslumbrar audiencias. En aquel momento, el ambiente estaba algo tenso debido a todos los preparativos. Para la angustia de la anfitriona, los imprevistos iban brotado aceleradamente en la medida que se acercaba la hora del gran evento. En otras palabras, ya el pánico se había propagado como la pólvora en la casa de nuestro amigo. Al igual que en un teatro, no podía existir mayor contraste entre el caos tras bastidores, y el elegante show que se pretendía montar. Edipo estaba en la calle. Tenía que comprar el pan, las flores y recoger puntualmente a las niñas en la peluquería. Debía conseguir, a como dé lugar, algún tipo de queso azul y otro blando. Un par de botellas de merlot, helado de frambuesa, un manojo de cilantro, toallas sanitarias, un cable USB, cinta adhesiva, acetaminofén y el último DVD de Caetano Veloso. ¡Ah!, y un jabón para el baño de visitas, el de la caja azul celeste, no el de la verde.


Edipo estaba ahí en medio de un tráfico infernal, conduciendo del Dadeland Mall hacia  el Deli que está llegando al Doral, sitio donde vivía,  cuando sintió la necesidad de reflexionar. ¿Qué significaba todo este frenético recorrer de  tienda en tienda? Bueno, era una metáfora.  Una gran metáfora que resumía la totalidad  de su existencia como un fiel representante  de la clase media suburbana. Una vida igualada a un vulgar cliché.  Vivía para cumplir una  larga  lista de mandados y nada más. ¿Era ese su destino, el alcanzar mayores éxitos que su padre y casarse con una mujer tan neurótica como su madre? ¿Acaso ha podido  ser algo diferente? ¿O eso habría sido  una causa perdida? ¿Escogemos nuestra vida o la vida nos escoge? ¿Por qué la vida que no tenemos siempre resulta más atractiva?


Parece que en cada encrucijada,  solamente podemos tomar un  camino. Este nos abre nuevas posibilidades y, al mismo tiempo,  nos cierra otras. Un evento nos lleva a otro  al igual que  nos niega otros. Por eso da tanto miedo tomar decisiones. Estas duran para siempre. Mientras tanto, los demás caminos, los que nunca abarcamos, siguen ahí existiendo de manera invisible como fantasmas, para atormentarnos. Más allá de lo tangible también existen simultáneamente esas  múltiples dimensiones. Los senderos no tomados componen una infinidad de existencias paralelas para recordarnos lo que nunca fue.  Un hombre es lo que es y también lo no pudo ser. Todo eso está ahí latente en el subsuelo, como parte de nuestra identidad, oculto a los ojos, presente en el alma. ¡Vaya usted a saber! ¿En cuál de todos estos mundos posibles nos encontramos ahora? ¿En el mejor? ¿En el peor? ¿En el más desgraciado? ¿O en el más hermoso de todos?


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 01 de Septiembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas





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viernes, 25 de agosto de 2017

De los Titanes y sus Proezas







Cuando era niño, al crecer, quería ser un titán. No quería ser bombero, abogado, veterinario, ni doctor. Tampoco quería ser un empresario, un piloto, un explorador, ni siquiera un político. Solamente, un titán. Ahora que ya he crecido en edad, aún no lo soy. Sin embargo, todavía está entre mis anhelos el poder llegar a serlo algún día.

Los titanes son seres grandes, de corazón gigante y de enorme sensibilidad. Seres generosos, compasivos y tolerantes. Un amigo, un compañero, alguien que camina junto a ti, cuando más lo necesitas. Te saluda de frente, te mira directamente a los ojos, te estrecha la mano con firmeza y te sonríe con franqueza. Da las gracias, los buenos días, y se dirige a todos con cordialidad. Trata a los demás con cortesía, cariño y respeto. Se distingue por su nobleza y por sus valores superiores. Siente un interés sincero por tu bienestar. Busca tu crecimiento. Se preocupa por tu vida. Te apoya, te comprende, lucha a tu lado y desea tu felicidad. Nunca te abandona. Te escucha con paciencia y se coloca en tus zapatos. Nunca te juzga. Y siempre está ahí para darte un abrazo fraterno y solidario.

Un titán vive acorde con sus convicciones. Honra sus promesas. Práctica sus ideales en palabras y obras. Es puntual. Valora el compañerismo, la gentileza y el amor. Piensa en los demás y no como los seres pequeños que solo piensan en sí mismos. Se alegra por tu éxito y desconoce la envidia. Perdona. No se ofende con faltas menores. No guarda rencores. Y nunca espera un pago por los favores concedidos. Agradece lo provechoso. Sirve al bien común y rinde homenaje a los héroes y campeones de la bondad.

Es curioso y admite su ignorancia cuando desconoce algo. Siempre está aprendiendo y expandiendo su saber. No se escandaliza por lo diferente e inusual. Tiene criterio propio. Y no teme el contradecir a la mayoría para defender lo justo y verdadero. No se deja llevar por las voces del conformismo, sino que usa su propia cabeza para determinar qué es lo correcto y sabio. Reflexiona antes de actuar y actúa según un principio, que siempre es moral y genuino. Afronta compromisos, riesgos y peligros en pro de lo bueno. Asume la responsabilidad de sus decisiones. Nunca culpa a los demás de sus errores. Posee un alto sentido del sacrificio y el desprendimiento. Sus horizontes son amplios e inocentes. Reconoce sus imperfecciones y siempre busca mejorar. Quiere ser excelente en lo que hace y desea que eso sea beneficioso para todos. En lo posible ayuda a los menos afortunados. No se cree más ni menos que nadie. Desestima el halago exagerado de los demás hacia él pero aplaude con entusiasmo las virtudes y la belleza en el otro. Es considerado con todos y no le causa daño a nadie. Acepta las tristezas, los desafíos y las desilusiones con valentía y aplomo. Ante la adversidad, un titán simplemente realiza su parte. Cumple su deber con dignidad. Lucha y sigue adelante a pesar de las tormentas y las desgracias.

Las personas son tan grandes como el tamaño de su humildad. Son  enormes en la medida que dan, que aportan, y que contribuyen. Así son los titanes. Flores exoticas, raras y hermosas creciendo  inadvertidas junto a los caminos.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 25 de Agosto 2017 en la Columna Entre libros y montañas





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viernes, 18 de agosto de 2017

El Camino






Ese día al despertar, un sentimiento familiar lo visitó de repente. Y ese sentimiento incisivo  invadió su alma con una fuerza tan indomable como el más sorpresivo y feroz de los huracanes. Era una bestia omnipotente que rugía sin parar. Crecía y crecía dentro de él, de un modo inquieto e incesante. Esa mañana por fin se liberó impetuosamente después de haber estado sujeta por mucho tiempo. Tenía una sed incontrolable de viajar. Sintió que el camino, su viejo amigo y compañero, lo llamaba a gritos. Y ya no podía contenerse por un segundo más.  Debía irse. Debía partir a como dé lugar.


Sin darse cuenta, su realidad se había tornado inmóvil. El tiempo se volvió circular y  no producía cambios sustanciales. Sus días eran todos iguales y la monotonía lo asfixiaba. Poco a poco, su vida asumió ritmos y corrientes invariables que se fueron asentando sin protesta. Su carácter subversivo se vio, de pronto y de manera involuntaria, atrapado en un encierro de rutinas y de costumbres que lo devoraban internamente. Necesitaba desesperadamente romper con ese letargo y perderse en el camino de las posibilidades sinfín. Quería que le pasaran cosas. Por distraído, ya no vivía con entusiasmo. Estaba bien pero a veces estar bien no es suficiente. Tenía que renovarse. Le llegó el momento de reconocer que su destino no era uno sedentario. Era un nómada y el viajar le aguardaba. Estaba hecho para ser de todas partes y de ningún lado. Su anhelo más profundo no era el de girar eternamente en torno a un centro fijo, sino el de desplazarse como un peregrino por el mundo entero. La vida que llevaba era contraria a sus objetivos más sentidos y la hora de corregir esa falla, por fin, había arribado.


Ahí en esa cama donde aún reposaba renació un ansia. El impulso salvaje de reescribir su historia y retomar el camino cobró un vigor imposible de detener. Sí, sentía miedo. La jaula que lo aprisionaba  también lo protegía.  Lo desconocido le recuerda  su  vulnerabilidad. E ir de trotamundos por las lejanías lo obligarían a confiar en el extraño, a desafiar  su habilidad de soportar penurias y a probar su capacidad de adaptación. Algo duro pero no había vuelta atrás. Requería crecimiento, sorpresa, cambiar de ideas y ver otros mundos. Entonces, su corazón acelerando dejó de escuchar a los temores para enfrentarse a ellos con valor. El deseo de amar en otros idiomas, sentir en otros lugares y vivir en otras fronteras resultó ser mucho más poderoso que la peor de sus dudas. No tenía opción. Debía salir.


El pecho le retumbaba y una sensación de angustia lo dominaba. No podía contener la emoción que esa mañana lo impulsaba a moverse. Sus pensamientos antes complejos y contradictorios desaparecieron y empezó a entender todo con gran lucidez. No aguantaba más y se levantó con esa nueva vitalidad que lo poseía. Busco su bolso y sus cosas enérgicamente mientras su cuerpo se movía como una máquina imparable. Parecía que estaba bajo de los efectos de un hechizo o una hipnosis. Luego de unos minutos, estaba listo. Ya tenía todo. Se ajustó sus botas, se coloco su sombrero y tomo su equipaje. Dio un primer paso. Luego el otro. Empujo la puerta de salida y ese mismo día, se fue.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  18 de Agosto 2017 en la Columna Entre libros y montañas







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viernes, 11 de agosto de 2017

El Vagabundo





Por alguna desconocida razón, desde muy temprana edad, la vida del nómada siempre le había resultado deslumbrante. Para él, yacía algo sumamente poderoso y liberador en una existencia itinerante. Pocas cosas le eran tan atractivas como el unirse a los marginados y ser el capitán de su destino al convertirse en un vagabundo. Sin embargo, desligarse de las ataduras y dejar todo atrás no es para cualquiera. Para enfrentarse a lo nuevo, a lo distinto, y a lo desconocido de manera recurrente se debe poseer un espíritu muy particular. Tolerar las austeridades y adaptarse a los cambios necesita una tipología especial de persona. El vagabundo quería una vida rica en vivencias, no en cosas. El trotamundos busca conquistar la inmensidad para descubrirse a sí mismo. El viaje externo es solo una excusa. El objetivo principal está en lo interno. En la mochila del vagabundo, los objetos que podríamos encontrar eran libros, cigarrillos, una botella con algún licor, lápiz y papel para su poesía, y algún recuerdo para la suerte. Cuando necesitaba dinero, se apoyaba en su guitarra y en la generosidad del extraño. Su medio de transporte favorito eran sus zapatos desgastados, pero no era raro que navegara como huésped de algún navío amigo. El lugar era irrelevante. Para quien no tiene rumbo fijo, cualquier camino es bueno. Nunca está perdido quien no es de ninguna parte. Lo importante era seguir moviéndose. Una vez acostumbrado al camino es casi imposible detenerse. Toda rutina parece una prisión. Abandonar la seguridad del sedentario exige fe. Hay que tener confianza en nuestras capacidades y un gran optimismo en la bondad ajena. Conscientemente o no, un vagabundo siempre huye de algo y al mismo tiempo siempre anhela algo. Esa senda no está exenta de los retos y las contrariedades de la condición humana. Esta es universal. Por un lado y de cierto modo, la vida del vagabundo era muy simple. El errante no sufre las cargas del hombre responsable con asiento fijo. Tiene poco. Entonces, tiene poco que cuidar. Sus deberes son mínimos y por eso puede disfrutar tranquilamente las virtudes del ocio y la sencillez. Por otro lado, por ser un lobo estepario goza de la libertad del solitario que no tiene por qué considerar a los demás en cada paso que da al andar. Lo suficiente es lo estrictamente necesario. Algo de comida, algo de ropa cálida, algo donde reclinar la cabeza por las noches, un suelo para caminar y un cielo para soñar. Los lujos sobran. Eso de vivir liviano tiene una gran ventaja. Le permite a uno moverse con soltura. Si se cuenta con el carácter requerido este planeta ofrece una gama infinita de oportunidades y experiencias en cada rincón. Solo hay que dar un paso al frente y uno está listo para vivir lo que seguramente será una gran aventura. Al tener creatividad y fortaleza, la vida te sorprenderá. Eso es seguro. Por otro lado y cómo es de suponerse, no todo es felicidad en la ruta del vagabundo. El mundo puede llegar a ser un lugar muy frío y duro con aquel que no tiene raíces, con aquel que no pertenece a ningún lado. Y a veces hace falta una familia para abrazar durante los días de lluvia. Sin lugar a dudas, el calor humano es una de nuestras más sentidas necesidades. Hasta el más vagabundo en ocasiones suspira por un hogar.



Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  11 de Agosto 2017 en la Columna Entre libros y montañas


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viernes, 4 de agosto de 2017

El Artista








Ya habían pasado varios días y el artista aún  no salía de su taller. La buena vecina que por casualidad estaba en la casa para ayudar con el lavado de la ropa ya estaba acostumbrada al excéntrico comportamiento de su amigo el artista. Ella informó con gran naturalidad a los desorientados visitantes que esperaban en el patio lo poco inusual de la situación. Solo había una razón lo suficientemente fuerte para que el artista abandonara su taller una vez inmerso en el proceso creativo: Buscar más provisiones de tabaco y vino. La verdad es que era una pena ya que las deudas se estaban acumulando y entre estas personas se encontraban un par de potenciales compradores. Eran reconocidos coleccionistas.


Los visitantes no estaban del todo decepcionados de no poder ver al artista porque éste vivía en un sitio realmente encantador y solo con el paseo ya el viaje había valido el esfuerzo. La casa, aunque muy bonita, estaba algo descuidada. Obviamente, el orden y el quitado del polvo no estaban entre las prioridades del artista. Sin embargo, el anarquismo del lugar no era para nada incómodo. Todo lo contrario. Este ambiente romántico y bohemio resultaba muy interesante y estimulante para sus huéspedes. Pero se debía carecer de prejuicios y tener una mente abierta porque en esa casa todo parecía repudiar a lo tradicionalmente burgués con una irreverencia desenfrenada y descarada. La disciplina, el pragmatismo y la formalidad de la burguesía no existían en la casa del artista. Allá reinaba solo  el ocio, la frugalidad y el caos de los sentimientos. Los viejos paradigmas de la familia, el trabajo y la normalidad eran destruidos  con desdén para ser reemplazados por otros mundos. La obra del artista consistía en romper los moldes, forzar los límites y cuestionar lo establecido. Era natural que con frecuencia ofendiera a la sensible moral de la obtusa clase media. Nuestro polémico artista era un rebelde y un provocador, como es común entre los artistas.


El profesor que era gran aficionado a la tertulia y que, sin lugar a dudas, poseía un talento muy peculiar para el discurso filosófico elevado se sintió particularmente inspirando ese día en la casa del artista con sus amigos. Entonces, decidió compartir sus teorías personales sobre el arte y la vida con la fuerza de un poeta. Se levantó elegantemente de su silla y, con el porte  aplomado de aquel que recién ha conquistado la cima de la montaña más alta, dijo :

Ese pequeño corredor que llamamos vida no es otra cosa que una estrella fugaz que desaparece rápidamente en el cielo inconmensurable. Al nacer somos arrojados al abismo y en un instante, apenas sin darnos cuenta, ya nos estamos golpeado la cara con nuestra fosa, como la manzana que cae de su árbol. La vida es un parpadeo. La muerte, por otro lado, es inmensa y eterna. Nosotros los mortales solo  existimos por un instante de este infinito. Y hay que vivir ese instante con pasión, por muy efímero que éste sea. No nos quedamos aquí por mucho tiempo, pero siempre podemos dejar una huella. El arte es la fijación de esos frágiles momentos que vivimos y se resisten a ser olvidados. Es nuestra huella en la vasta eternidad. Del hoy, mañana solo quedarán las cenizas y las botellas vacías. Pero el arte, el arte es inmortal. Vive para siempre.


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  04 de Agosto 2017 en la Columna Entre libros y montañas





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viernes, 28 de julio de 2017

Aquellos Tiempos







Así nomás y de repente, un día todo cambió. La vida cambió. En aquellos tiempos, todo parecía un contrasentido. Todo era difícil. Los viejos aires fueron reemplazados por un ambiente sofocante. Lo que antes nos unía, la familia, la amistad, el respeto, la decencia, la honradez, todo eso se rompió. Fue un jarrón de fino cristal que de pronto se cayó de la mesa. Daba la sensación de que todo sentimiento de humanidad se había olvidado. El rencor. El resentimiento. Las injusticias. Las divisiones. La mentira. Y sobre todo la codicia. Esos parecían ser los nuevos valores. Las ideas del prójimo y del buen vecino se esfumaron. En aquel entonces solo había malas compañías. Nos habíamos convertido en una sociedad de enemigos, criaturas rabiosas y odiosos que con sus garras se torturaban entre sí. Un infierno donde los propios condenados eran los primeros cómplices del mismo pavoroso tormento que los agobiaba. O por lo menos, así era como se sentía el mundo en aquellos tiempos.  ¡Y pensar que todo aquello empezó con la idea de crear un paraíso! Todo el mal residió en el hecho de pretender impartir justicia fomentando el odio entre hermanos. No se logró el paraíso. En su lugar, se logró la ruina. De ese sueño tan prometido, solo quedaba, entre la sangre y la mugre, los vidrios rotos en el suelo. Una cruel estafa, eso fue todo aquello.


Un trágico y gigantesco error fue cometido. Unos timadores, con sus  nocivas supercherías y su retorica engañosa, embaucaron a una masa incauta. Nunca vimos ese Dorado de igualdad y paz que se ofreció.  Solo obtuvimos un futuro incierto y un presente fantasmal. La avaricia de unos y la ingenuidad de muchos causaron aquella pesadilla. Todos, tanto los que creyeron en las charlatanerías de esos bandidos como los que no, caímos en el abismo, un abismo cuyo fondo parecía no tener final. La destrucción no fue solamente de caracter externo. También fue en lo interno. Las heridas llegaron al alma. Ya no había personas. No había personas ni en las casas ni en las calles. Solo sombras de personas, seres aturdidos y confundidos que deambulaban entre los escombros tratando de sobrevivir en medio de una realidad de angustia, muerte y miseria. El país que algún día tuvimos ya no estaba. Se lo habían robado.¡Qué cosa tan terrible es extrañar a tu país aún viviendo en él! En aquel país, todos éramos exiliados. Estuviéramos fuera. Estuviéramos dentro. No importaba.  Sí, era la nostalgia. Más que los lugares, se extrañan determinados tiempos.  Siempre se desea  volver a ese periodo en particular donde uno fue feliz.  Siempre se quiere  la tierra donde un día la vida se amó. Siempre anhelamos recrear esos instantes de plenitud y calidez que vivimos en el pasado, instantes que con frecuencia asociamos a un espacio singular. "País": una palabra  que utilizamos cuando en realidad queremos decir hogar. En aquellos años, lo que  aspirabamos realmente  era recuperar nuestro hogar perdido. Simplemente eso.


Eran  los tiempos finales de la tiranía en Venezuela. Sus días ya estaban contados. Su caída era inminente.  Era un periodo de héroes y villanos, de triunfos y fracasos, de pobreza y riqueza, de sueños y  tristeza,  de locura y reflexión. Eran momentos  de aciertos y desaciertos, de esperanza y frustración, de lucidez e ignorancia, de lucha y apatía,   de mucha nobleza y  mucha  maldad. Todo era verdad. Todo era falso.  Era una época dura donde la luz y la oscuridad se entrecruzaban.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes 28 de Julio 2017 en la Columna Entre libros y montañas






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lunes, 24 de julio de 2017

Penumbra







La eterna penumbra.
El castillo destruido.
El terror de un sueño  gris.
El grito infinito de la noche.  
Un negro ejército sinfín.
El rugido poderoso de la bestia.
El miedo, la soledad.
La  oscura y orgullosa batalla.
Nube terrible y de espanto.
La tierra se estremece.
La guerra en el cielo está cerca.
Los demonios, sus carruajes.
Un latir de lanzas y metales.
El fuego, las flechas y el llanto.
La  lluvia, la duda  y el fango
La amargura, la nada y el fin.
Así son mis días sin ti.


Gustavo Godoy

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viernes, 21 de julio de 2017

Los Cantos de la Sirena






Mi historia, que a la vez es la historia de muchos, es simplemente un absurdo. Fue mi culpa, la suya  y la nuestra.  Ahora, que la ilusión se esfumó y veo todo más claro, puedo narrar lo que pasó. Necesito contarlo todo.  No es un relato hermoso pero  es sincero.


Un día en algún lugar y bajo circunstancias muy peculiares conocí a una mujer. Mi primera impresión de ella fue modesta. Físicamente, no era mi tipo. Y desde un principio me pareció una niña mimada. Sin embargo, había algo en ella que me llamaba poderosamente la atención. Luego de un par de encuentros casuales, la empecé a detallar. Por un lado, era una criatura creída, egoísta e inconforme, cuyo narcisismo resaltaba. Pero por otro, también fue cierto que era un ser sensible, inseguro y seductor, cuyo encanto hechizaba. Y así, de repente, su magnética persona, tan saturada con contradicciones y extremos, despertó en mí una curiosidad. He ahí la primera señal del peligro que me aguardaba y debo confesar que yo me lo busque.


Fue de ese modo como decidí invitarle un café para saber más. Quería averiguar sobre este interesante personaje. Luego de un par de evasivas y múltiples esperas, aceptó a mi invitación. Pero lo hizo con altivez, halagada y a la vez algo ofendida. Muy extraño. Puedo haberse negado pero, a fin de cuentas, aceptó. Francamente, su actitud principesca siempre me pareció ridícula pero yo tercamente seguí adelante con ese sin sentido. La curiosidad me dominaba. Entonces, asumí todo el asunto con una sonrisa burlona. Al fin y al cabo, una puerta se abría y yo la aproveche sin pensarlo.


Tanto esa como las demás citas que le siguieron confirmaron mis sospechas. A pesar de que todo transcurrió con normalidad, mi intriga fue creciendo cada día porque sentía en ella algo inquietante, algo perturbador. Detrás de su fachada amable, resuelta y divertida se escondía una soledad desesperada, una vida llena de miedos, secretos y dudas. Había algo roto. Estaba herida. Yo quise ayudarla. Sus temores, tan intensos y profundos, me atraían y yo pensaba en ella sin medida. Sus ansias de amar eran tan fuertes como su frígida convicción de no hacerlo. Se acercaba a mí y se alejaba de mí, de modo intermitente. Esa vacilante alternancia entre interés y desdén me enloqueció. Aquel juego macabro que inicialmente solo fue un mero entretenimiento se transformó con el pasar del tiempo en una obsesión, un capricho insensato cargado de agitaciones, decepciones y tonterías. Caí en la trampa sin salida de quererla sin querer. Un merecido castigo por mi descuido.


El amor es un acero misterioso y despiadado. El amor, cualquier amor, siempre nos revela nuestra pequeñez desnuda. Por eso es que a veces causa heridas tan profundas. ¡Se parece tanto a la locura! Es ilógico y enigmático. La vida deja de ser nuestra para ser de otro, de alguien que muchas veces no le importamos. ¡Triste realidad! Ahora, después de tantos años perdidos, solo me queda el amargo sabor de haber malgastado mi tiempo en ese solitario amor secreto. Tanta angustia, tanta ingratitud y tantos desvelos por nada. Una pena, la verdad, la de esta trágica ironía de haber amado tan apasionadamente a esa mujer, una mujer desagradable que en realidad nunca me gustó.


Gustavo Godoy


Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  21 de Julio  2017 en la Columna Entre libros y montañas


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