viernes, 24 de noviembre de 2017

Ernest Hemingway


Gertrude Stein los  llamó la generación perdida. Eran un grupo de escritores y artistas norteamericanos  radicados en París de los años 20s. De Los Estados Unidos y de otras partes llegaron a París después de la Gran Guerra para cambiar al mundo a través del arte. Se encontraban en los cafés y en los clubs de jazz rompiendo con las tradiciones e imponiendo sus nuevos valores entre el licor, la creatividad y el desenfreno. Entre ellos, estaba un joven oriundo de Oak Park, Illinois,  Ernest Hemingway.

Ernest Hemingway contrasta con la imagen que comúnmente se tiene del escritor. Él no era un introvertido ratón de biblioteca. Él era un aventurero, sumamente competitivo y viril. Un robusto hombre de acción y amante de las actividades al aire libre.  Enemigo del intelectualismo y de los círculos literarios. Disfrutaba de la cacería, de la pesca y de la navegación. Fanático del deporte taurino y más aún de un buen whisky. Entre  el gran público, se llegó a conocer  principalmente gracias al periodismo y sus safaris africanos. En la guerra civil española y en otros conflictos bélicos se desempeñó como corresponsal.  Llegó a vivir en lugares como  Cayo West y Cuba. Ganó el premio Pulitzer  y el Nobel.  Al final, después de una larga depresión,   escogió, al igual que su padre,   el suicidio. Murió a mediados del año 1961 a los casi  62 años de edad.

Sin lugar a dudas, las mujeres ocuparan un lugar importante en su vida, algo disipada en materia de amoríos. Esos amoríos, al parecer, sirvieron como fuente recurrente de inspiración y  estímulo para su obra literaria.  Él decía que para escribir hay que estar enamorado. Cosa que yo también  creo así.

Siempre mantuvo una rivalidad literaria y personal muy famosa con el escritor Francis Scott Fitzgerald. Hemingway competía para ganar y Fitzgerald para perder. El melancólico y romántico autor de “El gran Gatsby”  en realidad solo competía consigo mismo. Pero la contienda con su amigo ya era una vieja costumbre que llevaban desde sus tiempos juntos en París.  Además, las biografías  tienden a enriquecerse con este tipo de anécdotas y cotilleos.

El épico Ernest Hemingway.  Poseedor de un estilo sencillo y directo, siempre buscando la sinceridad.  Maestro del oficio, dueño de una gran técnica y aficionado a los datos. Daba más importancia a los diálogos, a la acción y los hechos que a  la introspección o a la emoción.   Sus temas favoritos siempre  fueron la guerra, la muerte, el amor y los entornos naturales. Probablemente era mejor cuentista que novelista. De sus novelas recomendaría “Adiós a las armas” y “Por quién doblan las campanas”. La segunda siendo  mejor que la primera. Y de sus cuentos. Por supuesto, El viejo y el mar.

Hemingway es un icono del siglo XX, una verdadera leyenda, y sus obras son ya clásicos. En mi opinión, una lectura obligatoria.

Cuenta García Márquez que un día, en 1957, cuando vivía en París, alcanzó a verlo caminando con Mary Welsh, su cuarta y última esposa, por el Bulevar Saint-Michel.  Llevaba unos bluejeans desgastados, una camisa de leñador y una gorra de béisbol. GM no lo abordó pero sí le gritó desde el otro lado de la calle: "¡ Maestro!". Hemingway alzó la mano y le respondió jovialmente: "¡ Adiós, amigo!”


Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 24 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas



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viernes, 17 de noviembre de 2017

El Universo Entero






Es cierto, una vida como las estrellas, en solitario, tiene sus ventajas. Eso no se puede negar. En soledad nadie nos contradice, nadie nos desafía y nadie nos lastima. Tenemos tranquilidad y libertad. Podemos andar relajadamente de un lugar a otro sin mayores contratiempos. No hay que complacer a nadie. No hay que pedirle permiso a nadie para hacer lo que nos plazca. Somos los dueños absolutos de nuestro castillo y podemos reinar en él a nuestro antojo y capricho. Sí, claro, por un lado, es una vida fluida y sin muchos inconvenientes. Pero, por otro lado, es también algo carente de color. Aunque la terquedad y el orgullo nos  impidan admitirlo, la vida solitaria también puede llegar a ser muy fría y simplona. 

Es verdad, tener la fortaleza para valerse por uno mismo es muy saludable. Las dependencias son las semillas del sufrimiento y la opresión. Y la soledad bien administrada da carácter y fuerza porque invita a la reflexión, a la calma y al crecimiento. Es necesaria. Sin embargo, la soledad también puede convertirse en una cárcel de miedos, un escondite que oculta el dolor de nuestras viejas heridas que no terminan de sanar. En muchos casos, es una vulgar excusa, un letargo, que nos estanca y no nos deja florecer. 

Por supuesto, no es fácil abrirse. Darse al otro. Entregarse. Es el miedo a ser descubierto como el ser imperfecto y vulnerable que en realidad somos. La sensación de que no somos suficientes. Eso asusta. Pero también mostrarse todo el tiempo como alguien inconexo, impenetrable e invencible es  terriblemente agotador. Es cargar todo el peso del mundo en nuestros hombros solitarios y, a veces, hace falta poder contar como alguien más.  
  
Existe la necesidad, en todo ser humano, de estar solo, es natural, pero también existe la necesidad de amar y ser amado. La felicidad compartida. Hay algo intrínseco en nosotros que nos  llama a salir de nuestra propia pequeñez e ir más allá para explorar al otro.   Esto hasta los más testarudos lo reconocen en el fondo. Y, sí, claro, esto engloba también la familia, la amistad y al arte. Pero aquí me estoy refiriendo al amor amor, al amor de los amantes.  Es decir, tener el coraje de querer al otro en medio de toda la dureza de este mundo hostil. Una compañía que te entienda y te acepte, sin juicios ni reproches. Todo a cambio de que tú hagas lo mismo. Dos seres sensibles que se dan el uno al otro su presencia, su atención y su espacio intimo mientras viajan por la vida como cómplices en una especie de noble conspiración. El amor no es un medio, es un fin. Es vivir. 

El oasis secreto del amor se construye con el cuerpo y con el alma. Es distinto y aparte de todo lo demás. Se crea con confianza, compañerismo, apoyo, fidelidad, calor, piel y fe. Con besos, paciencia, cariño, ternura y cercanía. Se forja con los sentimientos, con la punta de los dedos y con los abrazos. 

Quien te ofrece amor, te está ofreciendo el universo entero. 

 
Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 17 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas








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viernes, 10 de noviembre de 2017

Diógenes y su legado.




¿Cómo sopesamos una vida? ¿Bajo qué criterio valoramos un camino recorrido? ¿Por los aplausos de los demás, por el tamaño de nuestros bolsillos, o por lo mucho que hemos amado? Muchos podrían decir que al amigo Diógenes no le ha ido muy bien en la vida. Si por pura curiosidad lo colocarámos en una balanza para pesarlo,  probablemente el hombre no pesaría mucho. En realidad, era muy ligero. Y, por supuesto, aquí no me estoy  refiriendo  a su peso corporal.  Estoy hablando en lo concerniente a sus triunfos materiales. Porque Diógenes no tenía mayores posiciones. Claro, tenía lo suficiente para vivir. Pero más allá  de eso, nada.  Sus necesidades básicas estaban cubiertas pero no podía  ostentar  mayores lujos. Tampoco tenía poder,  fama  o influencia.  Estaba muy lejos de los grandes centros urbanos del mundo moderno como Nueva York, Londres o  París.  Vivía en una desconocida y pequeña ciudad de provincia en  una humble nación periférica. No era el jefe de nadie ni controlaba el destino de nadie. Si se tratara de una guerra, probablemente estaríamos hablando de un simple  voluntario de la Cruz Roja, alguien sin cargo ni rango. Más allá de su reducido entorno,  nadie lo conocía. Ni siquiera tenía familia.  Como nunca  se casó siempre pensó que lo más prudente era no tener hijos. Entonces, estaba solo. Y,  como no le gustan las mascotas, no  tenía ni perro. Es decir, que si  el día de mañana dejará  de   existir,  prácticamente no estaría dejando  nada atrás.



Si nos dejamos llevar por las formas  y las apariencias, sería cierto,  la intrascendental vida de  un bohemio empedernido como Diógenes estaría desprovista de grandes trofeos que exhibir. Porque para valorar a las personas como él hay que  indagar en lo que no se ve. Ya que Diógenes era como un témpano de hielo. Su verdadero tamaño se podía apreciar  no en la superficie sino en lo profundo.  Su riqueza estaba en el mundo de lo intangible, no en lo externo. Juzgarlo por su monedero solamente sería un error.



Era diferente. Tenía otros valores y otro concepto de lo que era  la experiencia de vivir. Lo más sensato sería verlo bajo otro luz ya que él se regía  por otras normas, muy distintas a las de los demás. Su filosofía se basaba en cuarto verbos, los verbos: disfrutar, aprender, aportar y amar. Aunque su realidad era pequeña, nada le faltaba. Lo tenía todo porque en su estrecho rincón existían muchas oportunidades para disfrutar, aprender, aportar y amar.



Se enamoraba, se desenamoraba y se volvia a enamorar. No solo de las damas. También de la belleza de las cosas simples. Buscaba lo eterno en el instante y en el detalle, el universo. Su vida se construía  formando vínculos, conexiones y  contactos. La experiencia de un encuentro íntimo y  directo con el mundo. No poseía. Simplemente, vivía con el corazón.   



¿Qué dejara atrás  Diógenes después del momento de su muerte? Dejará buenos amigos, bellas acciones, lindos recuerdos,  elevados pensamientos y locos amores.

 

 

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 10 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas








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viernes, 3 de noviembre de 2017

Los Oráculos




Desde tiempos remotos siempre ha existido entre los hombres la creencia de que es posible predecir las cosas futuras. Tanto místicos como científicos de diferentes épocas han  admitido que existe la adivinación. La habilidad de pronosticar hechos venideros siempre ha tenido sus adeptos. Y donde hay demanda la sociedad humana siempre ha buscado las maneras de presentar diferentes soluciones que la satisfagan. Hoy en todos partes del mundo hay personas que declaran poseer esa facultad, ya sea gracias a un agudo sentido de la observación, ya sea debido a una  estrecha relación con supuestas fuerzas sobrenaturales. Los inversionistas escuchan a los economistas para tomar decisiones. Los enfermos acuden a los médicos para conocer la prognosis de su enfermedad. Y los matemáticos utilizan números y estadísticas para hacer sus proyecciones.  Lo cierto es que toda empresa que involucre riesgos dentro de un largo periodo de tiempo requiere cierto grado de anticipación y preparación de nuestra parte. Y las predicciones, aunque por lo general imprecisas,   son fundamentales en ese proceso para  poder así  ejecutar las acciones correspondientes y de ese modo obtener los mejores resultados, sabiendo de antemano que no existen certezas pero sí probabilidades.

Todo buen observador ha descubierto con el tiempo que el mundo al parecer se  rige bajo determinadas reglas. Y estas reglas tienden a repetirse en el tiempo y en todos los lugares. Si un evento  ocurrió en el pasado en  un lugar particular bajo determinadas circunstancias, este mismo evento puede vuelve a ocurrir  sin mayor sorpresa en el futuro y en un lugar distinto. Eso solo si las mismas circunstancias se repiten.   Entonces, podríamos decir que si sabemos leer de un modo adecuado el presente es posible adivinar acertadamente el pasado y el futuro sin mayores inconvenientes. Esto se lo podemos atribuir a que el universo como lo conocemos aparentemente goza de una unidad física y temporal incuestionable. En otras palabras,  en la gota se conoce al mar y en el comienzo, el final. Si bien es cierto que la adivinación no es una ciencia exacta, eso se lo debemos no a la indeterminación del universo sino a nuestras limitaciones como imperfectos observadores.

En la antigüedad, los adivinos estudiaban los rayos, el viento, el vuelo de las aves y las entrañas de los animales sacrificados en busca de mensajes divinos para predecir eventos de relevancia humana. La interpretación de sueños, la lectura de las manos, entre otros métodos,  han sido practicados con mucha popularidad por diferentes culturas a lo largo del tiempo. Y hasta los más escépticos de vez en cuando han caído en estas  tentaciones.

En la antigüedad también existían los oráculos. Cada cierto tiempo, luego de aceptar las ofrendas de la concurrencia, una mujer bajo los efectos de un delirio inducido por ciertos rituales expresaba la voluntad de los dioses en un lenguaje incomprensible que solo los sacerdotes del templo podían interpretar. Las respuestas, por lo general, ambiguas y enigmáticas, contaban con la fe de los presentes que escuchan atentamente para la toma de decisiones. Todo esto sin duda tenía una función. Solventaba la necesidad psicológica de aliviar las angustias que conlleva un futuro incierto. Y, además, estimulaba la reflexión.

En este asunto de la adivinación debemos admitir que a pesar de toda la charlatanería que gira alrededor del tema hay algo de mucha verdad. Sí hay cosas predecibles.  Del mismo modo que  el canto de algunas aves nos  indica la pronta llegada del amanecer,  la salud de una mascota; los hábitos de una familia,   ciertos cambios  en el pelaje de la marmota; la duración del invierno, o lo que vemos de una mancha errática en un papel podría anunciar  nuestras obsesiones. También se podría decir  sin temor a equivocarnos que en la vida es  nuestra actitud la que indudablemente determina nuestro destino. Porque la mejor manera de predecir el futuro no está en la lectura  del tarot ni en la consulta de los astros, sino en forjarlo con nuestras acciones. En nuestro carácter está nuestro futuro.

Gustavo Godoy

Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el viernes  03 de Noviembre 2017 en la Columna Entre libros y montañas


 
 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Anny y los Marcianitos



Anny Cauz se fue a Marte para escapar de los problemas. Estaba cansada de los rollos y de los pesares del mundo. Entonces, decidió  marcharse.  La Tierra dejó de ser un lugar habitable para ella porque pasaba muchos disgustos.  


             Por eso un día, parafraseando a Mafalda, gritó .-  ¡Señor conductor, pare que me quiero bajar!-


Y ella en  Marte se bajó. Lo primero que vio al llegar a la estación terminal  marciana fue a su tío lejano Cornelio Cauz que la saludaba sonriente mientras sostenía un bonito cartel que decía:


             -   Anny, ¡Bienvenida!-.


Le quedo  chévere el cartel  y hasta un  globito tenía.


Los Cauz de Marte ya tenían muchos años viviendo allá.  El buen tío Cornelio  había crecido con el padre de Anny  en un pueblito de  Italia, hace ya muchos años atrás. No era hermano de éste sino primo, y muy lejano. Sin embargo, como habían vivido en el mismo vecindario y atendieron a la misma escuela, se tenían mucho cariño.  Una  vez adultos, los dos salieron de su pueblo natal hacia otros lares buscando mejores oportunidades.  El padre de Anny zarpó a Suramérica y se radicó por allá, lugar donde nació Anny. Pero Cornelio decidió ir un poco más lejos y se fue a Marte.


Tío Cornelio era bajito, gordito y bonachón. Tenía bigote, el cabello negro rizado y la nariz redondita como una papa. A pesar de todos los años que llevaba en Marte aún hablaba con un fuerte acento italiano. Hablaba muy alto y siempre haciendo gestos con las manos.
Cada vez que algo lo indignaba, lo cual le  sucedía a menudo, decía:  
-          ¡Mamma mia!-
Era aficionado a la ópera pero la única pieza que cantaba, sobre todo temprano en la mañana mientras se bañaba, era el  funiculì, funiculà.
🎶
Jamme, jamme 'ncoppa, jamme jà,
Jamme, jamme 'ncoppa, jamme jà,
funiculì, funiculà, funiculì, funiculà,
'ncoppa, jamme jà, funiculì, funiculà.
🎶
Vivía con su esposa, Ruperta de Cauz, una señora muy noble y paciente que quería mucho a su esposo. Era una mujer de cabello blanco y algo rechoncha. Y muy pero muy buena. Ellos dos se conocieron en la escuela y se mudaron a Marte juntos. Ella cocinaba muy sabroso y su especialidad era la pasta. Su salsa al pesto era famosa en todo el sistema solar. Juntos llevaban una vida feliz y tranquila. Así era la familia Cauz de Marte.
Anny Cauz era una niña risueña, de mejillas coloradas y de cabellos pelirrojos.  Usaba  lentes y siempre llevaba una bufanda azul como símbolo de valor y libertad.  Siempre estaba corriendo y corriendo de un lado a otro  como el conejito blanco de Alicia en el País de las Maravillas, como con retraso. Nadie, ni siquiera ella,  sabía a ciencia cierta lo que siempre tenía que hacer con tanta urgencia, pero cualquier cosa que fuera  siempre debía  hacerla con gran apuro. Era un poquito despistada y distraída. Y  siempre hacía reír a todos con sus travesuras, sus graciosas ocurrencias y sus acciones inesperadas. Todos disfrutaban de su compañía porque junto a  Anny todo era posible. Cualquier cosa podía suceder.  Las matemáticas nunca fueron  su fuerte. Y su memoria no era la mejor de todas, por decirlo de algún modo. Es decir, era un poquito desmemoriada. Algo que siempre causaba muchas risas.
Anny era muy independiente y no le gustaba que nadie la ayudara. Todo lo  hacía sola y con gran misterio. Su pasión era el  canto. Y la única manera de poderla ver sin tanto apuro era cuando cantaba.  Cantaba y lo hacía como los ángeles. Era muy agradable poder escucharla. Anny cuando cantaba era feliz.
El único detallito que debemos agregar sobre ella era que  cuando algo no le gustaba, que debemos confesar que ocurría muy a menudo, se ponía roja como un tomate y golpeaba el piso con el pie diciendo:
-          ¡No, no y no! No me parece-.
Todas las personas que la conocían ya estaban acostumbradas a eso  y sabían muy bien  que la mejor manera de  actuar en ese momento  era del mismo modo que se actúa en el caso de encontrarse con un oso. Había que  quedarse muy callado y muy quieto. Luego,  esperar que se le pasara o retirarse lentamente y con mucho cuidado. Una vez que se le pasaba la rabieta,  todo volvía a la normalidad. Y las risas y la alegría volvían como antes.   Lo cierto es que todos la querían mucho porque Anny era una niña muy especial.
Ah, algo que no mencione anteriormente es que Anny cuando no estaba corriendo por todos lados o cantando, estaba  escuchando música. Sí, música. Y a Anny le gustaba mucho la música del Brasil. Ella era como un carnaval ambulante. Samba, samba y más samba. Un día que estaba sola en su casa y ya estaba cansada de bailar tanta samba. Apagó la música. Y se puso a ver las noticias de la televisión. Todo lo que vio fue horrible. Guerras aquí. Crisis allá. Crímenes, pobreza, hambre, dolor. Y ella como tenía un gran sentido de la justicia y de la indignación se horrorizo.
El reportero  de la televisión no había terminado de informar sobre  alguna  grave tragedia que aparentemente estaba  ocurriendo por los lados de Somalia, cuando Anny se puso roja como un tomate y golpeando el piso con el pie dijo:
-            ¡No, no y no! No me parece. Me voy. Ya no soporto vivir en este planeta.
-            Pero, ¿para dónde me voy?- pensó.
-           ¿La luna? No, allá son muy locos. ¿Plutón? No,  allá hace mucho frío.  ¿Júpiter? No, tampoco, allá es un lugar demasiado grande y revoltoso. ¿Venus? No, mucho menos, allá es demasiado caliente. -
-          Lo tengo. Me voy a Marte- dijo con emoción.
De pronto recordó que allá en Marte vivía el tío Cornelio. Hasta ese entonces ella no conocía al tío Cornelio en persona. Pero ese mismo día lo llamó. Da un poquito de  pena decirlo pero Anny básicamente se auto-invitó a Marte. Pero  algo así no era raro en ella porque cuando una cosa se le metía en la cabeza no le prestaba mucha atención a los protocolos.
Muy decidida tomó el teléfono y dijo:
-          ¡Alo!, ¿tío Cornelio?  Es Anny. Prepárense que me voy a vivir con ustedes-
Y simplemente tranco. Al otro día, salió para allá.
El bueno de tío Cornelio aunque un poco  sorprendido por aquella extraña llamada por  parte de  su sobrina no le quedó otra opción que recibirla en su casa. Después de todo, eran familia. Entonces, como ya lo dijimos al principio, la espero en el terminal con gran felicidad.
Al verla a lo lejos con su bufanda azul le gritó con su fuerte acento italiano:
-          ¡Anny,  bambina! Bienvenida a Marte. Vamos a casa a comer la pasta. Andiamo, andiamo.-
Tomaron un platillo taxi y se fueron a la casa a tiempo para la pasta.
Marte era un planeta sumamente ordenado y tranquilo. En Marte, no había guerras ni violencia. En Marte, no había crimen, ni pobreza. Nadie se enfermaba ni se sufría. Todos eran felices y nada iba  mal.  Los marcianitos, que eran seres pequeñitos, de piel verde,  con antenitas y de voz chillona,  tenían  todo bajo control. En Marte todo funcionaba bien y todo era bonito. No había problemas. Algo que le gustaba mucho a Anny.
Los marcianitos amaban solo  dos cosas. La ley y el chachachá. ¿Cómo? ¿El chachachá? Sí, así mismo es. Les encantaba el baile del chachachá. Y eso era a cada rato y  por todos partes. A la más  mínima excusa y, sin importar su actividad del momento,  lo dejaban todo, formaban un trencito y comenzaba a cantar y bailar al ritmo de chachachá, con gorros, pitos, serpentinas y toda la  paraphernalia.
-          🎶¡Llegó la hora del chachachá! ¡A bailar todos! –
-          A las marcianos nos gusta el CHA  CHA CHA.
-          Aquí todos queremos al CHA CHA CHA.
-          Donde vamos bailamos el CHA CHA CHA.
-          ¿Cómo dice? Cha cha cha. Cha cha cha.
-          ¡Todos juntos! Cha cha cha. Cha cha cha🎶

Bueno, bueno, OK. Ahora, seriedad. Otra de las tantas cosas que también olvidamos mencionar antes sobre Anny es que Anny era comerciante. Le encantaba vender corotos viejos. Entonces un  día tocan a la puerta. Y apareció un marcianito vestido de cartero y le entrega una caja gigante al tío Cornelio. La caja tenía una etiqueta que  decía:
-          De la tierra para Anny con urgencia.  Corotos viejos. -
Al ver la caja Anny la tomó y con alegría  dijo:
-          ¡Ah!, mi pedido. Gracias, tío  Cornelio.
Al otro día, mientras sus tíos la observaban con asombro y curiosidad. Anny, con mucha seriedad y sin decir  una palabra, tomó una mesa, la lleva al frente de la casa  y le colocó  un mantel rosado con blanco. Luego, puso  un jarrón sobre la mesa  y  una flor amarilla dentro del jarrón. Y así  montó su tiendita de corotos viejos en Marte. Por supuesto, la música no le podía faltar. Se ponía los audífonos y ¡la samba!
Como era muy independiente y no le gustaba que le ayudaran,  sus tíos la dejaban sola y no le decían nada para que no se molestara. Nadie quería ver a Anny molesta. En la mañana, trabajaba en su tiendita y por las tardes ayudaba a la tía Ruperta con los mandados.
Desde que llegó a Marte, Anny fue la misma que cuando estaba en la Tierra. Vivir en Marte no la cambio.  Eso era correr de un lado a otro con mucho apuro. Eso y el hecho de ser muy despistada ponían al tío Cornelio con los nervios de punto pero la tía le recordaba a su esposo que tenía que tener  paciencia.
Le decía:
-          ¡Paciencia, Cornelio. Paciencia!-
Al principio, Anny estaba muy feliz por estar viviendo en un planeta sin problemas. Pero a las pocas semanas de estar por allá se molestaba con frecuencia del mismo modo que lo hacía en la Tierra porque Marte tenía muchas leyes y casi todo estaba prohibido. Además, todo era trabajo y más trabajo. Solo el asunto del chachachá era divertido. Pero en términos generales  era un planeta muy aburrido.  Todos sus amigos estaban en la Tierra y los extrañaba mucho. Lo cierto era que a las pocas semanas de estar viviendo en Marte ya los marcianitos  la tenían verde. Algo que es irónico porque la piel de los marcianos es, de hecho, verde.
Una tarde la tía Ruperta le pidió a Anny que fuera a la bodega para buscar unos ingredientes que necesitaba para poder preparar su famosa salsa para la pasta. Anny salió de apuro para cumplir con el mandado. Y en el camino se encontró con un parque lleno de flores. A Anny le  gustaban mucho las flores. Resulta y acontece  que como era muy despistada y siempre estaba con un apuro. Se enredó con su bufanda, se tropezó y cayó sobre la  grama accidentalmente.  No le pasó nada pero no se había terminado de levantar del suelo cuando empiezan a sonar las sirenas y se encendieron toda clase de luces. De pronto, salieron marcianitos vestidos de policía por todas partes. Eran muchos. Más de cien sino más.  Salieron del piso, de los muros, de arriba, de todos lados. Llegaron también muchos platillos voladores de la policía marciana. El escándalo fue increíble. Un marcianito policía que se veía que era el capitán porque era gordito, con bigotes y con una gran placa en forma de estrella  sacó un megáfono y dijo:
-          ¡Ann Isabel Cauz, usted está en graves problemas! En Marte, está prohibido pisar la grama.-
En ese preciso instante, un platillo volador se posó sobre Anny y una compuerta   en la parte de abajo de la nave se abrió.  De pronto,  sale una especie de tubo con luces que daban vueltas  y   succiono a Anny  hacia dentro con gran velocidad. Y como un rayo, partieron a la estación de policía.
Ya en la  estación de policía, la encerraron en un cuarto oscuro y  dos policías marcianos, que para efectos de esta historia llamaremos a uno  “el policía bueno” y al otro “el policía malo”, la  empezaron a interrogar alumbrandola con una lámpara más grande que ella que no la dejaba ver nada porque la encandilaba  mucho.

-          Terrícola, ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? - gritó el policía malo desesperadamente y caminando en círculos.
-          ¡Terricola, usted está en graves problemas!-
-          Solo fue un accidente.- explico Anny
-          La ley es dura pero es la ley. Sin ley, hay anarquía, terrícola. Aquí en Marte, usted viola la ley, usted va a la cárcel. - gritó el policía malo pegandole a la mesa.
-          ¿Y por cuánto tiempo? - preguntó Anny angustiada.
-          Aquí en Marte siempre se aplica la misma condena para todos los crímenes.  Mil años de cárcel. - dijo el policía bueno  muy serio.
-          ¿Qué? Pero mil años de cárcel por pisar accidentalmente la grama en el parque es demasiado  - exclamó  Anny muy sorprendida.
-          ¿Y le parece poco?- gritó  el policía malo enloquecido  golpeando esta vez a  la pared.
-          Usted en Marte viola la ley y usted va a la cárcel por mil años. Esta no es la Tierra. Nosotros tenemos orden. - dijo el policía  bueno con gran orgullo.
-          ¡Oh, no! ¡Ahora si estoy en problemas! - dijo Anny llorando.
Y un piano sonó gravemente: tan, tan, taaannn
Mientras tanto en la Tierra...
La noticia de su encarcelamiento no tardó mucho en llegar.  Todos los periódicos del planeta tenían en su primera página una foto de Anny,  roja como un tomate, llorando detrás de los barrotes de la cárcel marciana con titulares como este:
-          Anny Cauz presa en Marte. Sera condenada a mil años. Detalles desconocidos.-
Lo ocurrido  causó gran conmoción en toda la Tierra y todos, que la querían mucho,   se preocuparon muchísimo. Pero sabían perfectamente sin necesidad de conocer todos los detalles del caso que Anny era inocente. Sin embargo,  seguramente se metió en problemas por  ser tan despistada y por estar siempre con sus  apuros.
En cuestión de minutos ya había un gentío en frente  de   la embajada marciana para solicitar su libertad. Gritaban consignas y marchaban de un lado a otro con pancartas que decían:
-           ¡Libren a Anny!- Ser despistada no es un crimen-
De vuelta en Marte  y afuera de la estación de policía, se encontraba tío Cornelio con las manos en la cabeza y a punto de  explotar de los nervios y de la preocupación. A su lado estaba la tía Ruperta también  sumamente preocupada pero  con una vianda de pasta en caso de que a Cornelio le diera hambre más tarde. Con ellos estaban reporteros de todo el sistema solar que vienen a cubrir el dramático evento, amigos de Anny y muchos curiosos. Lo cierto es que eso estaba repleto. No cabía ni una persona más. Y la tensión no se aguantaba. Era la locura.
Todos los canales de televisión estaban cubriendo el acontecimiento. Y todo el mundo, tanto en la calle como en las casas, estaban atentos y alertas de este  hecho en pleno desarrollo.
-          ¡Avance, avance, avance!- se escuchó en la televisión.
-          Adelante Juan. –
-          Aquí Juan El Chaparrito del canal Terravision.
-          Reportando desde Marte en vivo y en directo para  todo el planeta Tierra y más allá. Nos encontramos en frente de la estación policial marciana donde la cantante y comerciante de corotos viejos Anny Cauz ha sido detenida por sus crímenes. Estamos esperando la salida del alcalde de Marte que estará dando próximamente unos importantes y reveladoras declaraciones sobre este  espeluznante  caso que ha conmovido a todo el sistema solar. ¡Oh!, un momento.  Ya sale el alcalde. Escuchamos. -
En ese momento se ve salir a un marcianito vestido con mucha elegancia. Tenía  un sombrero de copa y en su cuerpo una cinta roja con las palabras:
-          Gran alcalde de Marte-
Y dijo:
-          Damas y caballeros, marcianas y marcianos, todas y todos:  
-          Antes de hablar me gustaría decir unas palabras. Los sucesos del día de hoy no tienen precedentes en la historia de nuestro muy pacífico planeta. Es decir, nos ha tomado a todos por  sorpresa. Ahora bien, aquí en Marte somos sumamente respetuosos de la ley. Sin ley, hay anarquía. En Marte tenemos orden gracias a nuestro amor por la ley. La ley es dura pero es la ley. Entonces, leo: Ley marciana 1.239.873.  Si en dado caso,  una terrícola comete un crimen menor  de modo accidental en Marte será perdonada, puesta en libertad y se le dará una segunda oportunidad. Es un regalo de Marte para la Tierra por ser los creadores del chachachá. Anny Cauz queda en libertad.-  
En ese momento, se abre de par en par las puertas de la estación y sale Anny con una sonrisa de oreja a oreja, agitando las manos y saludando  como una estrella de cine a todo el mundo  que ya estaban como locos de alegría con la noticia. Los gritos, la música, el baile,  los fuegos artificiales, las serpentinas. Fue lo máximo.  Samba, samba y más samba. ¡je!
La gente no había celebrado así desde la última copa intergaláctica de fútbol. Ese día Marte y la Tierra eran una fiesta. ¡Qué rumba!
Ya en la casa de los Cauz y después de la pasta. Anny expresó sus intenciones de dar unas palabras.
Se levantó de la mesa y se dirigió al frente. Luego, con su cara muy seria  mientras movía su dedito índice dijo con un tono muy solemne:

-          Yo estuve en la cárcel solo por un par de horas. Sin embargo, ese tiempo me sirvió mucho para reflexionar sobre la vida.-
Y los Cauz se miraron con asombro por la profundidad de sus palabras y siguieron escuchando con gran expectativa.
Anny prosiguió como la misma seriedad:
    
-          Los problemas siempre van a existir. Ya sea en la Tierra o aquí en Marte. Lo importante es tener la sabiduría de afrontarlos con paciencia. –
-          Claro, mucha paciencia. ¿Viste, Cornelio? - dijo tía Ruperta, moviendo la cabeza y mirando a su marido.
-          Sí, Ruperta. - admitió tío Cornelio con resignación.
-          La felicidad está en uno. Debemos disfrutar las cosas buenas de la vida y tratar de mejorar las malas. Pero sin angustias ni amarguras. Tal vez no podemos cambiar al mundo nosotros solos pero sí podemos hacer un poquito más feliz nuestro pequeño entorno. De hoy en adelante seré otra. He dicho. Muchas gracias-
Después de compartir con sus tíos estos  tan elevados pensamientos  que expresó con tanta teatralidad, Anny asumió una pose triunfal,  alzó la mirada orgullosamente  e hizo una graciosa mueca con su boca esperando de reojo los aplausos.

                     -       ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravísimo! - Los Cauz se emocionaron mucho con su discurso. Y con lágrimas en los ojos gritaban elogios  y aplaudían sin cesar.

Se levantaron y corrieron a darle un gran abrazo. Y todos contentos saltaban de alegría.
Al rato se calmaron y después de un largo silencio. Anny de pronto volvió a hablar y dijo:
-          O  mejor me voy a Saturno.  Tal vez en Saturno es mejor.
-          ¡Mamma mia!-
-          ¡Paciencia, Cornelio.  patienciaaaaa! -
Y como aún estamos en Marte:
-          ¡Llegó la hora del chachachá! ¡A bailar todos! –
-          🎶A las marcianos nos gusta el CHA  CHA CHA.
-          Aquí todos queremos al CHA CHA CHA.
-          Donde vamos bailamos el CHA CHA CHA.
-          ¿Cómo dice? Cha cha cha. Cha cha cha.
-          ¡Todos juntos! Cha cha cha. Cha cha cha🎶

Fin
Dedicatoria: Este cuento está debicado a la cantante venezolana y trujillana Anny Cauz. Para Anny. Especialmente a la linda y traviesa niña que aún llevas  dentro. Con mucho cariño y mi eterna admiración.

Gustavo Godoy