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viernes, 12 de junio de 2015

Las mentiras de Robin Hood







 Los poderosos a lo largo historia siempre han entendido perfectamente
la utilidad de la generosidad estratégica como arma para la
dominación. Los cesares derrochaban enormes fortunas para entretener a
la plebe romana. En el Medievo, la nobleza feudal y la iglesia
católica eran los protectores benevolentes de las castas mas bajas.
Durante el renacimiento italiano, los acaudalados banqueros, como los
Medici de Florencia, fueron uno de los primeros en levantar las
banderas del mecenazgo de las artes y las ciencias. Los Rothschild,
los Rockefeller, y los grandes capitalistas del siglo XIX fueron
generosos benefactores públicos. Todos ellos comprendieron el valor de
un obsequio o una donación en nombre del bien general para promover
sus propios intereses.

En la actualidad, la realidad no es diferente. Las mega corporaciones
transnacionales aportan billones de dólares cada año para financiar
actividades con fines benéficos en todas partes del mundo. En la
lista Forbes de los hombres más ricos del planeta también encontramos
a los filántropos más generosos. Las donaciones son una pieza angular
en las políticas publicitarias y de relaciones publicas de todas las
organizaciones con cierta influencia sobre la sociedad.

En el reino de las relaciones sociales, un regalo casi siempre implica
complejos sentimientos de obligación y elevados precios psicológicos.
Nunca viene gratuitamente para el destinatario. Siempre esconden
compromisos ocultos.

La generosidad estratégica apacigua a la gente, distrae a la opinión
pública con respecto a las tretas que los poderosos comúnmente practican
y coloca al receptor en posición de deuda. Al dador, esta técnica le
confiere un aire de autoridad paternal y una imagen de bonachón. Entre
los dominantes, el dinero no es utilizado principalmente para comprar
cosas bonitas sino para comprar control sobre los demás. Para
conquistar a las masas, las elites deben cortejarlas con esplendidas
dadivas. Jamás enseñan lo suficiente para que las masas puedan
sobrevivir sin su ayuda.

En el presente, las cúpulas que rigen la vida de la población están
aglomeradas en el Estado o en las grandes corporaciones. En la mayoría
de los países, como en Venezuela por ejemplo, el Estado es vendido
como una panacea para todos los problemas de la sociedad y el único
encargado de “la redistribución de las riquezas”. La gran solución para
todo es aumentar aún más su monstruoso tamaño. Claro está que esta
idolatría al Estado gigantesco solo beneficia a la minoría gobernante.
Aunque la muchedumbre se deslumbra por los hazañas de un Robín Hood,
los verdaderos favorecidos con la glorificación de este leviatán son
los dirigentes, la masa burocrática, y una horda de empresarios
cortesanos engordados con jugosos contratos gubernamentales. La gente
común lo que gana en limosnas, lo pierde en poder personal.

A menudo nos dejamos seducir por embaucadores debido a la poca confianza
que tenemos en nosotros mismos. Preferimos esperar salvación por parte
de algún superhéroe. Es preferible edificar un mundo sobre las bases
de la cooperación mutua y voluntaria. Solo debemos unirnos de forma
espontánea para superar los problemas autónomamente sin deberle nada a
fuerzas externas.

La solidaridad genuinamente humana no se decreta desde la oficina del
gobierno sino que florece en el corazón del ser humano que desea
ayudar a sus hermanos.



Gustavo Godoy

Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 12 de junio de 2015 en la columna Entre libros y montañas

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