lunes, 14 de enero de 2019

Constanza Chatterley






Dedicado a quienes viven los milagros…

Si la experiencia nos ha demostrado algo en materias de amoríos es lo siguiente: Existe una distancia enorme  entre lo que se dice y lo que se hace. Decimos querer algo, pero nuestras acciones revelan lo contrario. En la mayoría de los casos, manifestamos anhelar un amor bonito, pero no. En la práctica, escogemos amores contrariados. A pesar de lo que constantemente decimos,  las muestras de amor sincero nos aburren y las rechazamos. Preferimos jugar al gato y al ratón. El hombre bueno, la mujer buena no son lo nuestro. Aparentemente, nos gusta la ingratitud. ¿Cinismo? ¿Resentimiento? ¿Pesimismo?  No lo creo. La evidencia es abrumadora. No es políticamente correcto escribir con tanta crudeza sobre el tema, claro. Pero debemos confesar que algo de cierto todo esto  tiene. ¿O no?
Biología, psicología o sociedad, no lo sé. Pero querer es complicado. Sé directo en el amor. Y lo verás. Te darán las gracias y te ofrecerán solo amistad. Algo que es como darle un pan a quien se muere de sed. Muestra distancia, arrogancia y pedantería, y, de pronto, tu atractivo sube como la espuma. ¡Oh, las ironías del amor en tiempos modernos! Le pedimos a Dios una buena compañía, pero cuando nos la envía, no nos gusta. Elegimos otra cosa.  Rara vez, valoramos a la persona que lo apuesta todo por nosotros y lo demuestra con acciones.  Por el contrario, valoramos a quien se va, a quien no podemos tener. Esto nos lo hacen y lo hacemos. Las dos cosas. En la vida real, el príncipe azul no conquista tanto como el lobo feroz.  La bruja puede más que Blancanieves.

El británico David Herbert Lawrence escribía divinamente.  El amante de Lady Chatterley, publicada en el año 1928, es una novela maravillosa. Increíblemente maravillosa porque es la celebración de un milagro.  El guardabosque Oliver Mellors no tiene nada que ofrecerle a la señora Constanza Chatterley. Solo su  ternura. Solo su cariño. Ella lo escoge a él. He ahí la belleza de Connie. En su simplicidad. Lo único que pedía del amor era amor. El amor: Atención, tiempo, detalles, dulzura, momentos, intimidad, compañía.  ¡Para que más!

Constanza se casó muy joven. Su marido, un aristócrata, Sir Clifford Chatterley, quedó invalido de la cintura para abajo después de la Gran Guerra y los dos vivieron juntos en la mansión Chatterley, un lugar sofocante y gris. Por supuesto, la invalidez del señor Chatterley iba más allá de lo físico. También era un hombre incapaz de amar. Su vínculo con Connie no era amor realmente. Era dependencia, necesidad, agradecimiento,  costumbre. Pero no amor. Era otra cosa.  La pareja no gozaba de un verdadero lazo. La guerra rompió a Clifford de un modo más profundo de lo que podía revelar su frágil exterior.  Lo despojó de su espíritu.

De repente, un día, Constanza se dejó querer. Se entregó a un hombre que estaba dispuesto a quererla de verdad. La bella Connie tuve esa valentía. No era el momento, ni la circunstancia. Eran la pareja dispareja y nada encajaba. Pero igualmente se dejó querer. Así nomas. Se decidió por la ternura, por el cariño. Lo demás dejó de  importar.

La relación de Connie y Oliver nos invita a tener fe. Nos abre las puertas hacia una esperanza.  Tal vez, exista un mundo donde el amor sea suficiente, donde  sea posible. Quizás, algún día nos llegue a querer aquella persona que amamos. Y nos dé amor por amor. Simplemente. Tal vez, encontramos a nuestra propia Connie, a nuestro Oliver. Y solo el amor baste. ¡Ojala! Que los te amos sean también un te cuido. Yo te cuido. Tú me cuidas. Nos cuidamos. Así como en la novela, El amante de Lady Chatterley.


Gustavo Godoy 

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