sábado, 10 de febrero de 2024

Jacobo y el ángel: la lucha interna




La vida es un camino lleno de encrucijadas, de momentos en los que tenemos que elegir entre dos opciones que se contradicen. A veces, estas contradicciones nos paralizan, nos desorientan o nos decepcionan. Otras veces, nos estimulan, nos enseñan o nos fortalecen. Lo esencial es saber cómo resolverlas y hallar un punto medio entre ellas.

Cada experiencia que vivimos nos deja una huella en el alma. Una huella que nos hace ver el mundo de una forma diferente. Así vamos formando nuestra propia teoría de la realidad y de cómo funciona. 


Un día descubrimos que la vida es un regalo y hay que aprovecharla al máximo. Pero otro día nos damos cuenta de que hay que tener cuidado con lo que hacemos, si queremos vivir bien y por mucho tiempo. A veces nos creemos el centro del universo y nos olvidamos de los demás. Y, otras veces, nos sentimos parte de una gran familia y nos preocupamos por el bien común. Pero, ¿qué pasa cuando nuestra mente y nuestro corazón no están de acuerdo? Cuando pensamos una cosa y sentimos otra. Entonces surge un conflicto interno que nos hace dudar y sufrir.

Jacobo era un hombre de contradicciones. Había nacido con el don de la astucia, pero también con el peso de la culpa. Había heredado la promesa de Dios, pero también el rencor de su hermano. Había amado a Raquel, pero también había desposado a Lía. Había acumulado riquezas, pero también había perdido la paz.

Un día, Jacobo decidió volver a su tierra, a enfrentar su pasado y su futuro. Sabía que su hermano Esaú lo esperaba con un ejército, dispuesto a vengarse de la traición que le había hecho. Jacobo tembló de miedo, pero también de esperanza. Quizás podría reconciliarse con su hermano, quizás podría recuperar su bendición.

Jacobo se preparó para el encuentro. Envió regalos a Esaú, para aplacar su ira. Dividió su gente y sus bienes en dos grupos, para salvar al menos una parte. Oró a Dios, para recordarle su pacto. Y, finalmente, se quedó solo en el otro lado del río, para pasar la noche en vela.

Fue entonces cuando apareció el ángel. Un hombre misterioso que se lanzó sobre Jacobo y lo retó a una lucha. Jacobo no supo quién era, pero intuyó que era un mensajero de Dios, o quizás el mismo Dios. Y se defendió con todas sus fuerzas, porque sabía que de aquella lucha dependía su destino.

La lucha duró toda la noche. Ninguno de los dos podía vencer al otro. El ángel le dislocó el muslo a Jacobo, pero Jacobo no soltó su agarre. El ángel le pidió que lo dejara ir, pero Jacobo le exigió su bendición. El ángel le cambió el nombre a Jacobo, y lo llamó Israel, porque había luchado con Dios y con los hombres, y había prevalecido. Jacobo le preguntó su nombre al ángel, pero el ángel se lo ocultó. Y lo bendijo allí.

Jacobo soltó al ángel y lo vio desaparecer. Se levantó cojeando y cruzó el río. Al otro lado, lo esperaban su familia, sus bienes y su hermano. Jacobo estaba listo para enfrentarlos, porque había resuelto su conflicto interno. Había encontrado el equilibrio entre sus contradicciones. 


Todos llevamos dentro un ángel y un demonio. Un ángel que nos inspira a hacer el bien, a amar, a perdonar, a crecer. Un demonio que nos tienta a hacer el mal, a odiar, a rencor, a caer. A veces, estos dos seres se enfrentan en una batalla por el control de nuestra alma. Una batalla que solo nosotros podemos decidir quién gana.


La lucha de Jacob con el ángel simboliza el conflicto que hay en nuestro interior. La historia nos muestra que podemos superar nuestras incongruencias. Podemos transformarnos en personas más nobles. Solo necesitamos aceptar nuestras contradicciones y hallar el equilibrio interno.


Gustavo Godoy

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