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viernes, 30 de octubre de 2015

El amante de su propia esclavitud





 El peor esclavo es aquel que se esclaviza a sí mismo. Pareciera que el
hombre moderno ha llegado, tristemente,  a ser amante de su propia
esclavitud. Nos creemos libres, pero en realidad no lo somos. Tenemos
dueño y lo ignoramos.

De la misma manera que los vasallos de antaño eran los primeros en
defender el orden que los oprimía, en la actualidad, las masas son tan
dependientes al sistema que lo defienden a toda costa. La sociedad
contemporánea  con “sangre, sudor y lágrimas” ha logrado grandes
proezas técnicas y materiales, pero ha pagado por ello un precio
demasiado alto: su humanidad.

El hombre moderno promedio es el más primitivo de los seres. Mucho más
pobre, en la práctica,  que sus antepasados. El hombre moderno
individualmente es como un ser mimado  acostumbrado únicamente a vivir
en el cautiverio y que debido a esto  carece de  las destrezas para
vivir independientemente en su entorno natural. Gordos y bonitos
gracias al sistema pero no  por lo que hacen por ellos mismos. Sueltos
en su entorno natural, no tendrían la más remota idea de cómo cubrir
autónomamente sus necesidades más básicas. La modernidad lo ha
involucionado.  Ser moderno significa que el sistema haga todo por él,
pero él no hace  nada por sí solo. Perdió el control de su vida.  La
única función  del hombre moderno es obedecer para  bailar al son que
el tocan.

Los animales criados en  cautiverio  pierden algo difícil de
recuperar. Para ellos, es inconcebible volver a vivir como sus
ancestros salvajes. En su estado natural, serían incapaces de
sobrevivir.  Por esta razón, prefieren vivir en una jaula bajo el
cuidado de sus carceleros. Incluso llegan a amar a sus carceleros y no
conciben una vida sin ellos.  Han cambiado libertad por comodidad. Eso
es lo que le sucede al hombre dentro del modelo socio-tecnológico
moderno. Son ya varias generaciones criados por la televisión, la
computadora, el internet y los videojuegos. Se desconoce  las
implicaciones y exigencias técnicas, físicas y mentales de una vida en
libertad. Y lo peor de todo  es que se  siente orgulloso de ello. A
este alejamiento de los procesos naturalmente humanos  lo llamamos hoy
en día: modernidad.

El sistema  controla la población imponiéndole  constantemente nuevos
necesidades y nuevos deseos. Centramos nuestras vidas en buscar dinero
para comprar cosas que en realidad no necesitamos. Crecimos con un
aparato propagandístico  que nos hizo creer que el camino a la
felicidad es ser millonarios.  El sistema valora lo trivial y lo
verdaderamente importante lo desestima.

El hombre moderno esta  distraído buscando “el éxito”. Esta idolatría
basada en la acumulación insaciable de deseos  gobierna la mente del
neurótico hombre moderno de forma totalitario  y se ha convertido en
el nuevo opio de las masas que no solo está destruyendo el alma humana
sino también el ecosistema de nuestro planeta Tierra.

Todos los problemas que en la actualidad nos preocupan: La pobreza, la
guerra, el crimen, las desigualdades, el desastre ecológico, las
enfermedades psicológicas, la infelicidad, la injusticia y muchas
otras tragedias  en realidad no son las causas de la crisis mundial
que hoy padecemos. Estos problemas son  el simple reflejo externo de
la crisis en nuestro interior.  La crisis  mundial es la crisis
espiritual dentro de cada uno de nosotros. He ahí el problema. He ahí
la solución.  Solo nosotros mismos podemos liberar nuestra mente de la
esclavitud. Solo desde el alma, podremos construir el mundo nuevo que
todos anhelamos.

Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 30 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

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