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viernes, 23 de octubre de 2015

La frenetica carrera social


 

En el prologado  periodo del Paleolítico, los seres humanos vivieron en pequeños grupos de cazadores y recolectores  con estructuras sociales muy horizontales. Parece ser que  tan solo aproximadamente diez mil años atrás a partir del periodo conocido como el Neolítico, esto comenzó a cambiar gradualmente. Primero, el cambio se originó en determinados lugares y luego, con el tiempo, se expandió  a lo largo y ancho del planeta.   Fue la implementación de la agricultura y la domesticación de animales que permitió un vertiginoso aumento de la población y la aparición de la división de trabajo y la especialización. Mientras que en la sociedad paleolítica, todos se conocían personalmente y cooperaban estrechamente en tareas comunes, en etapas posteriores, aunque biológicamente éramos los mismos , debido a las nuevas realidades, la sociedad humana se volvió mucho más compleja y dinámica. Las personas se vieron forzadas a convivir con extraños. Los relaciones tomaron un carácter mucho más impersonal e indirecto que antes. Esto aumento el grado de desconfianza y tensión entre los miembros de la sociedad.

Todo grupo requiere de un orden interno  para funcionar adecuadamente. Mientras mayor sea el tamaño del grupo, mayor es la necesidad de orden. En los seres gregarios con grandes poblaciones como las hormigas y las abejas se puede apreciar un orden social mecánico y perfectamente regulado.  El hombre paleolítico dentro de sus pequeñas bandas se ayudaba entre sí pero nada parecido a las grandes colonias de algunos insectos. Biológicamente, el ser humano no evoluciono como uno entre miles, mucho menos como uno entre millones.

En la edad Media, la vida en general se hallaba pesadamente regida por la tradición. Aunque había poco libertad personal en el sentido moderno, no todo era malo. Todas las personas ocupaban un determinado lugar en el orden global de las cosas. Esto aportaba un sentido de seguridad y pertenencia. Las personas no aspiraban más de lo que le estaba establecido por nacimiento.  A partir del Renacimiento hasta nuestros días, la humanidad ha logrado liberarse de los muchas de las cadenas que la oprimían en el pasado, pero, por otro lado, se ha desarraigada de tal manera que carece de puntos de orientación en donde apoyarse. Se siente solo y perdido entre la muchedumbre sin saber qué rumbo tomar. Perdió el beneficio de contar con un mundo fijo y estable, esto se convirtió en ansiedad, aislamiento e impotencia. Tanta libertad lo aturde y lo ha vuelto neurótico. Corre desesperadamente  buscando frenéticamente ser reconocido por los demás para ganar algo de seguridad y confianza en sí mismo.

En nuestros días, la carrera social consiste en consumir cosas, acumular  cosas y ostentar cosas. El consumismo es la gran quimera de la modernidad. Hoy somos valorados en la medida que consumimos. Títulos, carros, casas, ropa, aparatos, personas, de todo.   Hoy en día , el valor simbólico de los objetos es mucho más importante que su valor utilitario.  El consumismo consiste en utilizar las cosas como símbolos de nuestra posición social que cada momento debe mejorar. El paraíso siempre estará en la próxima compra.

 Esta es una carrera sin final que  en la actualidad adquiere patrones circulares, absurdos y  muchas veces ridículos.  Por ejemplo, una celebridad viste un atuendo original para que de esta manera puede distinguirse  y lucir especial ante la  gente común. Luego, las masas aspiran lograr un estatus social similar a la celebridad mediante la imitación. Con el tiempo, este atuendo es común entre todos y pierde su carácter distintivo. Naturalmente, la celebridad pronto nota esta contradicción y cambia rápidamente de atuendo. Y todo comienza de nuevo. Esto es un ciclo que se repite a ritmos cada vez más acelerados. Todos los miembros de la sociedad participan en esta carrera de manera frenética por miedo a descender en la escala social. La presión es inmensa. Esto afecta principalmente a la  clase media que son los primeros consumidores y el publico predilecto de la televisión , las cadenas de tiendas y las corporaciones multinacionales. Consumimos compulsivamente para llenar nuestro vacío existencial porque carecemos de lazos  verdaderos que nos conecten al mundo. La sociedad contemporánea está padeciendo de  una profunda crisis espiritual.

Esta locura del “más es mejor” es una gigantesca tontería. Juzgar a los demás por su poder adquisitivo y su nivel de consumo es una tremenda ridiculez. La verdad es que cada ser humano es único y especial. Todos somos miembros de la humanidad y todos pertenecemos a este lindo planeta. La mejor manera de distinguirnos y al mismo tiempo pertenecer no es comprando cosas que en realidad no necesítanos, sino siendo auténticos,  aprendiendo cosas nuevas, contribuyendo a los demás, creando, y sobre todo, cultivando un gran corazón.  No valemos por lo que tenemos, sino valemos por lo que somos.  
 
Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 23 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

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