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viernes, 16 de octubre de 2015

El colapso de las civilizaciones


 


Normalmente, las civilizaciones son sistemas de organización humana muy inestables. Por lo general, tienden a morir con relativa facilidad. La creencia moderna del perpetuo avance de la civilización es una falsedad que carece de toda prueba histórica. Este mito se desarrolló después de la revolución industrial como una herramienta para el autoengaño y para justificar nuestros destructivos delirios de grandeza.

El escritor inglés Edward Gibbon   en su muy debatido libro “El decline y la caída del Imperio Romano “  expuso una  tesis muy interesante sobre la caída del Imperio Romano. En resumen, él dijo que  el declive  moral del ciudadano romano promedio fue la causa principal  de la caída del Imperio. 

Es paradójico, que la civilización misma crea las condiciones para  su propia destrucción.  Paulatinamente, los avances sociales, técnicos y materiales debilitaron moralmente   a los  miembros del sistema.  El ciudadano romano perdió gradualmente  ese civismo que lo categorizo inicialmente.  El colapso del Imperio se debió al descuido de los mismos romanos. Una vez que el ciudadano romano como individuo comenzó a extraer más del sistema de lo que este  aportaba al mismo era cuestión de tiempo para que el conjunto se desquebrajara. Debido al consumo exagerado y la poca producción real, el Imperio se volvió una estructura inviable que se cayó por su propio peso.  En contra de todo propositico de las masas, aunque inconcebible para la época, el antiguo Imperio Romano, después de siglos de existencia, se derrumbó debido a sus propias fallas internas.

A lo largo de la historia, muchas  civilizaciones también han desaparecido. Por ejemplo,  los mayas de Mesoamérica, las antiguos habitantes de la isla de Pascua, los Anasazi de la Norteamérica precolombina, y la Groenlandia noruega, entre muchas otras, representan civilizaciones que han nacido, crecido, florecido y luego colapsado como resultado de su propia estupidez. En realidad, aunque parezca sorprendente  este es un fenómeno muy  frecuencia. Son muchas las civilizaciones que han colapsado a través de la historia debido a razones similares. Parece ser más la norma que la excepción. 

El sistema actual no es otra cosa que  un gigantesco tren desenfrenado aproximándose al abismo.  Las señales de alerta del desastre están en todos lados. El planeta mismo está enfermando con síntomas muy palpables debido a nuestro descuido.

En la antigua Roma, surgieron innumerables movimientos filosóficos y religiosos que cuestionaron la vigencia de los valores dominantes que imponía Roma, entre ellos, por ejemplo, el cristianismo primitivo. Estos grupos proponían una  reforma. Lamentablemente, no fueron escuchados. Muchos de ellos escogieron el exilo. Escapaban al desierto o a las montañas asqueados de la corrupción de un Imperio en decadencia y cercano a una caída inminente. La mayoría se negó a ver la hecatombe  que se avecinaba. 

A pesar de que seguimos fielmente los mismos patrones de una civilización en rumbo a la debacle, debemos confiar en la nobleza y la inteligencia de la gente. Aún podemos corregir los errores cometidos. Es cuestión de que la humanidad tome conciencia de su propia condición ignominiosa.

La verdadera civilización coloca al ser humano en el centro y  lo empodera para que desarrolle sus facultades. Por lo contrario, la civilización actual carece de una orientación adecuada y todo anuncia un colapso en el futuro.  No hay que ser un genio para saber que  muchas cosas  no marchan  bien.  Por todo el planeta se puede percibir  esta incomoda verdad que la mayoría de las veces la negamos y la escondemos como si se tratase de  una penosa enfermedad. Todavía el miedo, la pereza, el orgullo, y la ignorancia nos empañan los ojos. El sistema actual debe ser transformado urgentemente. Esto es obvio.  Hay que  comenzar de nuevo y retomar el camino de la sensatez.


 Gustavo Godoy 

 Articulo publicado por el Diario El Tiempo de Valera , Viernes 16 de octubre de 2015 en la columna Entre libros y montañas

 


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