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viernes, 15 de abril de 2016

La burocracia


El escritor Franz Kafka vivió en Praga durante un periodo muy agitado, un periodo anterior pero cercano a la segunda guerra mundial, los regímenes totalitarios y el holocausto nazi. Estudio derecho por insistencia  de su padre, pero lo que realmente  amaba eran  los libros y la soledad. Para pagar sus cuentas, trabajo como empleado  en una empresa de seguros, oficio que detestaba.  Después  de su  jornada laboral, evadía su realidad burguesa dedicándose a la literatura durante las noches.  Escribía en secreto cuentos y novelas. Kafka es considerando como uno de los grandes escritores de la literatura.

En sus novelas reflejaba constantemente  el infierno de las  oficinas y los burócratas.  En su famosa novela “El proceso”,  Kafka relata  la historia de Josef  K. que sin ser culpable se ve envuelto en  una situación absurda y  sin salida. La novela ilustra  la pesadilla que significa tener que lidiar con la burocracia incomprensible. La imposición de los horarios y órdenes, la estrechez claustrofóbica de las oficinas,  los procedimientos sin sentido, la confusión laberíntica y la desorientación como un instrumento de tortura sin final son elementos recurrentes en sus obras.  La impotencia del individuo frente a la maquinaria del poder es una de las temáticas más presentes en Kafka.  Ahora se usa el adjetivo “Kafkiano” cuando queremos referirnos a un trámite burocrático infinito.

Mientras más grande es una organización más importante  es la  necesidad de orden.   Las instituciones monopólicas con las públicas se ven empujadas  por su tamaño al centralismo y a  la jerarquización de funciones.  Cada miembro dentro del sistema  se ve forzado por la organización a cumplir un pequeño papel.  Debe obedecer a sus superiores implementando reglas generales y abstractas  que impone la autoridad central. Mientras más grande sea  la institución, la tarea de las partes se ve más  reducida y limitada.  La libertad y la iniciativa  personal del funcionario en los últimos escalafones de poder son cada vez  menos relevantes.  En otras palabras, la burocracia por su propia naturaleza embrutece al ser humano.

El individuo inmerso en sus problemas particulares y necesidades singulares cuando entra al aparato burocrático se ve empequeñecido  a una categoría general. Es deshumanizado. Se convierte en un número, un documento o un proceso.  El burócrata  lo trata como un ser quejón y torpe,  como una molestia. Para este, el caso individual del ciudadano común le importa muy poco y si le llegase a importar no puede hacer mucho  por qué el sistema no se lo permite.  A pesar que la burocracia en el discurso formal esta para servir al público en la práctica funciona como un instrumento de dominación.  El ciudadano frustrado e impotente se ve con demasiada frecuencia víctima de un infierno de papeles y formularios  donde no tiene muchas opciones.

Dentro de las antiestéticas oficinas de la burocracia, el funcionario actúa como el  poderoso  representante de una gigantesca organización monopólica  con el poder de imponer su voluntad al ciudadano individual.  Este ambiente tiene la característica de convertir a personas nobles, capaces y talentosas, en perezosos, torpes y arrogantes ya que su campo de acción es sumamente minúsculo y la libertad para innovar  esta encadenada por los todopoderosos e interminables reglamentos internos.  El burócrata es solo responsable de obedecer los lineamientos de su oficina. No produce, no crea, no piensa.  No tiene estimulo de tratar amablemente al ciudadano porque sabe muy bien que este no tiene escapatoria.

Mientras más grande sea la burocracia de una sociedad determinada, mayor será la  ineficiencia, el  autoritarismo, y la improductividad de dicha sociedad. La burocracia es la antítesis de la creatividad, de lo humano y de lo bello.  ¡ Desafortunado aquel que tiene que someterse a un proceso burocrático!


Gustavo Godoy
Articulo publicado por El diario El Tiempo el viernes 15 de Abril 2016




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