viernes, 12 de enero de 2018

Hermann Hesse


Hermann Hesse es uno de esos grandes escritores que injustamente han sido tildados, despectivamente,  por algunos críticos como una lectora solo para adolescentes. Eso probablemente  se debe a ciertos prejuicios que deambulan persistentemente en el mundo literario, sobre todo entre los más puritanos. Dicen algunos autores, como Vladimir Nabokov, por ejemplo, que la tendencia a identificarse con un personaje literario y extraer de una pieza de ficción narrativa algún tipo de técnica para vivir es una actitud pueril. Se debe leer con distancia y buscando exclusivamente el placer estético propio del arte. Según esta postura, la vida “real” es la única escuela. El arte no enseña nada sobre la vida. Yo comparto en parte esta corriente. Sí, tiene algo de validez. Sin embargo, no deja de tener sus excesos y exageraciones. Encuentro más sabiduría en una posición intermedia, en la moderación del punto medio. Porque  existen obras que parecen estar escritas para uno y sobre uno. La identificación es inevitable. Como inevitable es  extraer lecciones prácticas que nos orienten,  como lo haría  un paciente mentor. Hay obras que a pesar de lo que podrían argumentar  algunos  expertos y eruditos  se aferran al corazón, eternamente. Nos guían y hablan directamente. Afectan de modos muy  concretos nuestro modo de vivir la vida. Hesse es eso, un compañero, un amigo y un apoyo para los que nacimos con almas solitarias.

Las  historias de Hesse  contienen más reflexiones que acciones.  En otros autores, tal vez la mayoría, las ideas ocupan un rol secundario. La acción predomina.  Sin embargo, en la obra de Hesse las ideas  son la estrella. El escritor explora el problema de la identidad personal. Desentraña lo esencial en el hombre. No describe paisajes ni grandes batallas. Su mirada yace en lo interno del individuo romántico e incomprendido  en su apasionado conflicto con un entorno que lo aísla despiadadamente.  Sus personajes buscan superar las disonancias entre la inteligencia, el espíritu, la sociedad, el sentimiento, la razón y  la paz interior. La meta es armonizar al ser humano con la totalidad.

Hermann Hesse nació en  Calw, pueblito alemán de la Selva Negra cerca de Sttutgart, el 2 de julio de 1877. Creció en un hogar sumamente religioso, hijo de un misionero. Pero su temperamento desde muy temprana edad rechazó ese tipo de educación. Su verdadera vocación estaba en la literatura. Desde joven, Hesse quiso  ser escritor. En 1914, después de un viaje por el sureste asiático en búsqueda de espiritualidad, se radicó en Montagnola, Suiza para vivir como un ermitaño y escribir. En vida, reconoció la influencia de  Platón, Spinoza, Schopenhauer, y Nietzsche. Pero sobre todo la influencia de las religiones orientales.   Sus libros más conocidos son Demian, Siddhartha y El lobo estepario. Alcanzó la fama en Alemania, sin embargo el reconocimiento mundial lo obtuvo mucho más tarde. A mediados de los sesenta,  Occidente redescubrió al escritor. La juventud. Los hippies, los solitarios, los rebeldes, los marginados, los incomprendidos y los soberbios  de este mundo encontraron en el ermitaño de Montagnola un gurú.

Hesse es un autor que  siempre retorna. Aparece y reaparece cada cierto tiempo. Es un autor ignorado por muchos. Amado por muchos más. Para mí, es alguien muy cercano. Ha estado ahí cuando más lo he  necesitado. Y sé que siempre estará ahí en el momento más  oportuno.  Por mucho que me porfié Nabokov, no lo puedo evitar. Debo admitirlo.  Y, sí, tal vez sea un eterno adolecente, un inmaduro.  Pero cada vez que leo El  lobo estepario, lo siento en lo más profundo de mi ser. Yo soy el lobo estepario.   Esa novela es sobre mí. 




Gustavo Godoy



Artículo publicado en  El diario El Tiempo ( Valera, Venezuela) y en varios medios alternativos en diferentes países del mundo el Viernes 12 de Enero 2018 en la Columna Entre libros y montañas


ver blog: www.entrelibrosymontanas.blogspot.com

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